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J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2010
 

 

 

ACERVO GERAL | COLOMBIA

Juan Gustavo Cobo Borda | (1948)

Juan Gustavo Cobo Borda: tierra de fuego, las palabras en escena

 

Omar Castillo

 

Nos clavamos un aguijón en el flanco
para que nuestra trompeta suene con más fuerza.
Sólo que algunos producen miel
mientras otros zumban estériles.

Juan Gustavo Cobo Borda

 

De la lectura previa que de Tierra de fuego, de Juan Gustavo Cobo Borda, hace Enrique Molina, y de la que nos cuenta en la presentación escrita para el libro, entresaco algunos de los renglones en los que Molina nos dice lo que considera son las intenciones y mecanismos por los que se moviliza la escritura del mismo. Los renglones puestos como un párrafo dicen:

“Estos poemas podrían ser las notas de un viaje de exploración. Pero en realidad ese breve inventario se transforma para él (el poeta) en una revelación y su título termina por aludir oblicuamente a un itinerario interior. En efecto, este libro es una reflexión sobre la poesía en medio de la alienación cotidiana. Nace en la niebla y se hace nítido y tangible. La función del poeta es asumida como la de ese payaso empolvado que canta su fracaso lírico, o bien ese bufón hecho para sentir. En medio del extraño delirio de estar vivo conserva la cabeza fría, contempla con la máxima atención la cuerda floja por donde avanza, en la que cada paso está exaltado por el riesgo de la caída. Aquí también, misteriosos como chamanes, se invoca a los poetas García Lorca, Borges, Víctor Hugo, Rubén Darío, aquellos que urdieron una trama fosforescente entre la ciega vecindad de las cosas. Asimismo la realidad, al pasar a un medio como la poesía —medio volátil por excelencia— se abre en distintos planos. Pero bajo su transparente visión se presiente una verdad más profunda que la enunciada, un reprimido sentimiento de soledad y la intuición de lo abisal”.

Así nos prepara el poeta Enrique Molina para la lectura de los poemas que componen Tierra de fuego. Agreguemos que estas palabras también las podemos usar como el inicio y posible escenografía para la puesta que significa cada poema, tanto en el momento de su creación por el poeta, como en el momento de la creación a la que lo somete el lector. Un poema nos debe permitir abordar su lectura desde cualquiera de los versos que lo hacen, y desde ahí, en el orden que sea, poder leerlo. Ultraje o no, un poema nos debe dejar ejercer en él cualquier disección que nos permita allanar su lectura. La palabra llevada al poema hace posible leer la realidad, es decir, esa palabra se convierte en vehículo arqueológico inmediato para el presente de esa realidad. Y si la realidad es incesante, entonces las palabras que la pronuncian no deben cesar en su revelación.

El poeta es actor en las palabras que elige, en la forma como las emplea para armar las imágenes con que quiere comunicar su poema, que por paradoja adquiere después las identidades de sus lectores. El poeta que nos deja el itinerario que se lee en Tierra de fuego no se distrae en filigranas y malabarismos de cuño incauto, las palabras que emplea presentan rápidamente el asunto a tratar, no son forzadas para aparentar más allá de lo que intentan decir, responden al decantamiento que las perfila y hace ágiles tanto para su escritura como para su lectura.

Con “El maestro” y “Mestizo  nicaragüense”, poemas que junto con “retratos” abren el libro, Cobo Borda nos comparte su aprecio por las obras de Borges y Rubén Darío, poetas que con sus ritmos imprimen un movimiento vital al idioma español. En ellos el poeta identifica dos referentes que le permiten entender que su materia en la elaboración de su escritura es la palabra, entendida ésta como autónoma de la bisutería que le adjudique cualquier malabarismo histórico, bien sea social o religioso. Entendiendo que la riqueza de un idioma son las voces de sus hablantes, quienes, como un surtidor, alimentan y nutren las palabras que sin distingos hace suyas, en el momento de su escritura, el poeta.

En “Hecha por todos: la poesía” es la voz del poeta lanzándose en pos de una conversación por territorios donde el diálogo es apenas posible en el acoso doméstico que impone sus rutinas. Es también la corroboración de que la palabra que el poema involucra no es propiedad de quienes normalmente usan sus pulcras escupideras en las academias de la lengua. Aun en medio del acoso la poesía cruza las vías públicas a cualquier hora:

Errantes por el mundo,

solitarios en definitiva,

veo de golpe todos los amigos.

Es como pasar a limpio

la libreta de teléfonos.

Renegando de la literatura

pero citando versos

jocosos o inaccesibles

En la herida ontológica que nos escinde y domestica, ¿es el poema cicatriz o auscultamiento? Mucho se ha argumentado en pro de la revelación del poema, o en contra de la incomodidad que procura el poema. Agreguemos que aprehender es una de las funciones del poema. En ocasiones su escritura se comporta como señas afanosas dejadas en territorios donde la domesticidad gobierna e impone sus dogmas. Nos dice el poeta que estas señas:

Hay que copiarlas,

sin embargo,

aun cuando la página

se vuelva mucho más blanca.

Pálida como sudario.

Aun cuando la certeza sea la de que no se tendrá espacio para comunicar estas señas y  de lograrlo sería alimentando la enfermedad más propagada, de la cual ningún parte clínico informa: la impotencia, encono que se esparce por todo el organismo hasta hacerlo inoperante, empero:

¿Cómo hacer que las palabras sirvan

en países insuficientes

atiborrados de piadosas mentiras?

Al menos quisiéramos las palabras mínimas que nos permitan saber de nuestra domesticidad y sus dividendos, no de esas “piadosas” retahílas en elocuente retórica con la que nos mitigan cada jornada. Pero a cambio de la obediencia los lugares nos pertenecen como cotos de empleo o desempleo, al punto que la gran oración para el inicio o el fin de cada jornada es la de dar gracias por un empleo y un salario, esa es la inclusión para una existencia de vida y muerte remunerada:

El tiempo que se va

sin remordimiento alguno.

Los afectos diluidos.

La inercia arrolladora

de las conversaciones insulsas.

Lo que es humano, trivial, perecible.

La carencia de todo impulso.

Este refinamiento laboral que sacraliza la cotidianidad y nos permite estripar al vecino en la escena de la competencia. O, al poeta creer en la fidelidad de sus sentimientos y hacerlos aparecer como la hontana que surte de principio a fin la belleza de los acontecimientos que suceden en tal escena, mientras:

Pero el poeta,

bufón hecho para mentir,

seduce con su máscara de amante

y se desangra al pie del lecho

tantas veces mancillado.

No sólo lo vocea el poeta, también la sangre de los caídos, bufón que diariamente se reseca y hace grumos al ingreso de los edificios del Estado, al borde de los mataderos independientes y privados. Es cuando el presumible e íntimo itinerario que da motivo a la escritura del poeta se desfigura y le hace aparecer en su monólogo “de la superficialidad”:

Que el cotorreo sentimental

no subleve la bilis.

Ninguna tensión rígida:

desnudarse. Dejarse ir.

Sin embargo par delicatesse

volvemos a convocar

el baboso yugo.

¿Cuándo acaeció la familiarización que  nos convirtió en esto tan desmedido y ruin? Entendiendo familiarización como la expresión que consigue establecerse e imponer la domesticación hasta convertirla en el dogma que con sus rezos nos unifica, fortalece y mantiene “vivos”. Animales atávicos a una posible respuesta que dé indicios de cuándo acaeció esta familiarización, mientras su inicio se bifurca y extravía, y al cúmulo donde se almacena este extravío lo denominamos alma. Hasta convencernos de un origen divino que nos justifica y glorifica en el tiempo universal.

En fin, continuando por el itinerario íntimo y público que el libro Tierra de fuego nos propone nos encontramos con la visita que en la penumbra Cobo Borda le hace a César Vallejo justo cuando éste departía con sus madres. Y como quien intenta su mejor número acrobático deslizando su garganta por el filo de un arma cortante, Cobo Borda nos participa de cuando “Vallejo hablaba con sus madres”. Escuchemos algunos fragmentos:

Blandengues y mimados,

carentes de carácter,

[…]

hemos sido educados.

[…]

Nunca afrontamos nada.

Pero el tiempo

acaba por ponerse de nuestro lado.

Lo que fue rubor y pena

se convierte en anécdota barata.

[…]

Sostenme en el aire,

que me caigo.

Y llegamos al poema “Modos de resistir”, en el que el poeta retoma su monólogo de alusiones y apariencias, donde la realidad que lo permea pareciera sólo afectar la intimidad de sus asuntos, permitiéndole mantenerse al margen de la infraestructura doméstica que cercena e impone sus principios. No obstante nos deja oír:

No se reconoce en sus titubeos serviles

ni en la necedad de querer servir

dos señores al mismo tiempo.

En las escenas donde el monólogo del poeta se representa se hace evidente que toda la puesta del itinerario propuesto y cubierto por este libro se recrea entre la apariencia de una existencia holgada, aun en medio de su tráfago, y la contundencia de una domesticidad que cercena mientras se impone. Y por más que el poeta haga introspección y consiga proyectar un diálogo de mudanzas entre su voz y la de los poetas invocados, siempre termina lo doméstico por copar la escena. Entonces, ¿dónde huir?, ¿dónde encontrar un ínfimo espacio que permita al menos el olvido de la existencia? Mientras, como quien analiza un coto domesticado que cunde en su atrabiliario, los exóticos civilizados observan cómo estos domésticos los invaden y “cuelgan trapos sucios de las ventanas”:

contemplan cómo la nueva tribu atrabiliaria

devora museos, consume paisajes,

hurta los souvenirs infames.

 

Se esconden entonces

en los cuidados bosques

de sus barrios residenciales,

lejos del smog

pero no de su propia historia

implacable.

“El retorno de las carabelas” es el título del poema donde se describe tal escena. Sí, las carabelas regresan cargadas de flores exóticas, de piezas de oro, de guacamayas, de manzanas de tierra que alivian las hambrunas. Es decir, de las heridas y sus consiguientes coágulos de sangre, de cicatrices inertes donde se ha instalado, impecable, el proteccionismo desde el que se enseña el abecedario del silencio, en sintaxis que camuflan la entrega dócil y total. Ya no nos compran con espejitos ni nos fascinan montando engalanados caballos. Ahora nos fascinan con su historia, con sus ciudades y residencias museos: sus suculentas construcciones donde se practicaron los más sofisticados crímenes. Nos engolosinan con su ciencia y tecnología al servicio de la barbarie desarrollada. La “tribu atrabiliaria” no tiene escapatoria:

Aquí, donde todo un país

se estafa a sí mismo

especulando con pasados que no existen

y futuros que por supuesto nadie disfrutará

“¿Todo goce implica remordimiento?”, interroga el poeta mientras su garganta continúa deslizándose por el filo del arma que atraviesa la escena donde se escriben algunos de los poemas que hacen este libro o Tierra de fuego. Y de súbito, del fondo de su voz ahíta entre escombros, el poeta García Lorca cruza la escena dejando “una gota de sangre de pato”, la cual no alcanza a salpicar los decorados que acentúan el último cuadro de la escritura de Tierra de fuego y su puesta en escena.

La poesía no es cuestión de calificaciones. Es asunto de hallazgos. En su escritura el poeta no evoluciona, solamente se adentra en el hallazgo que la veta le propicia, ya esquiva, ya cargada de sus dones. En “Tierra de fuego”, último poema del libro y al que da título, Juan Gustavo Cobo Borda logra imprimir con su escritura la manera de decir la veta que excava, convirtiendo su voz en la de un poeta identificable, en la voz de un poeta que explora y consigue comunicar su exploración. “Tierra de fuego” es un poema que, con el ritmo de su escritura, informa el no rostro, la carencia de una identidad. Empero, es también un llamado a la tenacidad, a la convicción que elabore la estalactita y la estalagmita que nos procuren un destino no sometido o, en su defecto, la desobediencia al actual destino doméstico. Dejemos que sean algunos de los versos de “Tierra de fuego” quienes pronuncien y cierren esta puesta de palabras en escena:

También aquí,

[…]

En esta tierra seca

donde los grandes lagos escarchados

inician su deshielo

[…]

algo irreprimible

me ha obligado de nuevo

a tratar de decir la vida

con palabras insuficientes.

[…]

Cuántos años, cuánto tiempo,

sin más ley que la ineluctable

que rige las mareas.

[…]

Por tal razón trabajo los vocablos

que deben introducirse

en algún remoto pecho

como quien miles de años después

recoge un pedazo de vidrio

golpeado hasta conformar una punta de flecha. 

[Parte integrante del libro Asedios – Nueve poetas colombianos, de Omar Castillo (Los Lares, Casa Editora, Medellín del Aburrá, 2005).]

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El acervo general de la Banda Hispánica fue creado en enero de 2001 para atender a una necesidad de concentrar en un mismo sitio informaciones acerca de la poesía de lengua española. El acervo contiene ensayos, reseñas, declaraciones, entrevistas, datos bibliográficos y poemas, reuniendo autores de distintas generaciones y tendencias, inclusive inéditos en términos de mercado editorial impreso. Aquellos poetas que deseen participar deben remitir a la coordinación general del Proyecto Editorial Banda Hispánica sus datos biobibliográficos, selección de 10 poemas y respuesta al cuestionario abajo:

1. ¿Cuáles son tus afinidades estéticas con otros poetas hispanoamericanos?

2. ¿Cuáles son las contribuciones esenciales que existen en la poesía que se hace en tu país que deberían tener repercusión o reconocimiento internacional?

3. ¿Qué impide una existencia de relaciones más estrechas entre los diversos países que conforman Hispanoamérica?

Todo este material debe ser encaminado en un único archivo en formato word, para el siguiente email: bandahispanica@gmail.com. Agradecemos también el envío de textos críticos y libros de poesía, así como material periodístico sobre el mismo tema. El acervo general de la Banda Hispánica es una fuente de informaciones que refleja, sobre todo, la generosidad amplia de todos aquellos que de ella participan.

Acompañamiento general de traducción y revisión a cargo de Gladys Mendía y Floriano Martins.

Abraxas

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Ficha Técnica

Projeto Editorial Banda Hispânica
Janeiro de 2010 | Fortaleza, Ceará - Brasil
Coordenação geral & concepção gráfica: Floriano Martins.
Direção geral do Jornal de Poesia: Soares Feitosa.
Projetos associados: La Cabra Ediciones (México) | Ediciones Andrómeda (Costa Rica) | Revista Blanco Móvil (México) | Triplov (Portugal).
Cumplicidade expressa: Alfonso Peña, Eduardo Mosches, Gladys Mendía, José Ángel Leyva, Maria Estela Guedes, Maria Luisa Passarge, Soares Feitosa e Socorro Nunes.
Projeto original criado em janeiro de 2001.
Contato: Floriano Martins bandahispanica@gmail.com | floriano.agulha@gmail.com.
As quatro sessões que integram este Projeto Editorial - Banda Hispânica, Coleção de Areia, Agulha Hispânica e Memória Radiante - possuem regras próprias de conformidade com o que está expresso no portal de cada uma delas.
Agradecemos a todos pela presença diversa e ampla difusão.