P R O J E T O   E D I T O R I A L   B A N D A   H I S P Â N I C A

 

 

J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2011
 

 

 

 

AGULHA HISPÂNICA | REVISTA DE CULTURA | 12

Eligio Pichardo

La imagen popular en la pintura de Eligio Pichardo | Jeannette Miller | Ensayo

En la pintura dominicana la valoración real de la negritud como un ingrediente determinante de nuestra cultura se produce durante los años de 1940, con la inmigración europea provocada por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil española.

Los primeros grupos de exiliados arriban al país en 1939, cuando ya se había efectuado la matanza de los haitianos (1937) ordenada por el dictador dominicano Rafael Trujillo (1891-1961), quien era un abanderado de los valores occidentales y la supremacía blanca. Muchos de los españoles y europeos traídos como agricultores para reforzar la barrera territorial y racial, resultaron ser artistas e intelectuales y, paradójicamente, ellos concientizan a los dominicanos sobre la calidad y actualidad artística del componente negro que poseen, a través de los postulados del arte moderno que bebía en las fuentes de África y Oceanía.

Eligio PichardoSe crea una dinámica cultural que estimula la creación de lo que hoy son nuestras instituciones artísticas, entre ellas, la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA) y la Bienal Nacional, fundadas en 1942. Manolo Pascual (1902-1983), Eugenio Fernández Granell (1912-2001), José Vela Zanetti (1913-1999), George Hausdorf (1894-1959) y José Gausachs (1889-1959) son los extranjeros que juegan un papel preponderante en este proceso. Más tarde, en 1948, Joseph Fulop (1898-¿?) y Mounia L. André (1911-¿?) se integrarán a la enseñanza de los lenguajes modernos en Dominicana, realizando Fulop la primera muestra abstracta en el país.

Los criollos aprenden los lenguajes modernos y los utilizan para plasmar sus inquietudes sobre raza, cultura e identidad, pintando y esculpiendo negros, brujas y un paisaje ocupado por el misterio y la exageración.

Expresionismo, surrealismo, neorrealismo… sirven para pintar el hambre y la magia, la vegetación lujuriosa y el sometimiento de la dictadura a través de metáforas y leyendas.

Otras presencias importantes fueron la de Wifredo Lam (1902-1982) en 1941 y la de André Breton (1896-1966), en 1941 y en 1946; ambos intercambiaron con los principales grupos artísticos del país, especialmente con La Poesía Sorprendida [1]. Además del estímulo al surrealismo que produjeron las visitas de Bretón, el intercambio con Lam fue determinante pues venía del París que entronizaba el arte negro y él mismo era un exponente de esto. Al igual que los dominicanos, Lam no era un negro puro, sino un mulato descendiente de chino y negro; la condición de mezclados y la valoración de lo negro a través de Europa, hacía que nuestras manifestaciones coincidieran en una plasmación de la negritud que resultaba occidental.

Esa negritud, que fue factor de cambio en la estética de la primera mitad del siglo XX, era parte de la cotidianidad dominicana, un elemento propio, fácil de abordar y localmente vanguardista, en la medida que enfrentaba los esquemas culturales que instituían la belleza blanca. Sin embargo, asumir la negritud fue para los dominicanos un proceso complejo, si recordamos que su independencia (1844) se llevó a cabo en contra de Haití, un país negro; por lo que lo blanco-español se había mantenido como una representación de la identidad dominicana frente a la haitianización y también frente a las ocupaciones norteamericanas de principios y mediados del siglo XX.

Eligio PichardoA la altura de los años de 1940, calificados como la década de oro de la dictadura de Rafael Trujillo, la idea de lo dominicano enfrentaba la definición de territorialidad y libertad, versus  opresión, raza y cultura, como referentes con los cuales establecer relaciones de pertenencia e identificación, y esto se proyectaba en el arte.

En los cincuenta, el régimen comienza a declinar y adopta mecanismos extremos. Una fuerte censura imposibilita la plasmación de inquietudes, lo que ayuda a que el abstraccionismo, que estaba en boga en Europa y América, entre a la producción plástica dominicana.

La mayoría de los artistas que emergen en los años cincuenta trabajan arte abstracto o deforman sus imágenes en algún momento de sus carreras: Eligio Pichardo (1930-1984), Paul Guidicelli (1921-1965), Domingo Liz (1931), Fernando Peña Defilló (1928), Silvano Lora (1931-2003), Gaspar Mario Cruz (1929-2006), Antonio Toribio (1934-1999), Ada Balcácer (1930), Rafael Faxas (1936-1962), Guillo Pérez (1926), Dionisio Pichardo (1929), Aquiles Azar (1932), Plutarco Andújar (1931-1996), Jorge Noceda Sánchez (1931-1987)…

Este abordaje de la abstracción se hacía a través del cubismo, presente en la escultura negra, y de la esquematización geométrica de los diseños precolombinos. Muchos adoptan un exilio voluntario en Madrid, París, Londres, Nueva York… otros se quedan y viven los horrores de la dictadura.

Estas dos actitudes se registran, en mayor o menor proporción, a lo largo de la historia dominicana. El que se va, y al regresar trae los lenguajes de los grandes centros de poder cultural y trata de adaptarlos a su realidad; y el que se queda, y a través de asumir y profundizar en la diversidad de elementos que lo definen, logra un lenguaje igualmente universal.

De esa época Eligio Pichardo (1930-1984), Fernando Peña Defilló (1928), Silvano lora (1931-2003), Ada Balcácer (1930), son ejemplos del artista que se va y regresa; Paul Giudicelli (1921-1965), Domingo Liz (1931), Gaspar Mario Cruz (1929-2006) y Guillo Pérez (1926), de los que permanecen en Santo Domingo.

Sincretismo, casas humildes, chatarras y rostros deformados, blancos que eran negros, negros que eran blancos, son las imágenes que trabaja el arte dominicano de los 50 y 60 a través del geometrismo (Pichardo, Giudicelli); de un primitivismo mágico-religioso no exento de erotismo (Gaspar Mario Cruz); o del informalismo abstracto (Lora, Peña Defilló), que introduciendo el uso de elementos extrapictóricos, desembocará años después en una figuración deformada llena de empastes y protuberancias, logrando imágenes que refieren al espíritu de cambio, movilización y lucha que definiría la década de 1960.

Eligio Pichardo y Paul Guidicelli nutridos por los criterios modernistas de los profesores europeos de los años cuarenta, abordan una pintura que se apoya en soluciones abstracto-geométricas y deformaciones geométrico-expresionistas, como resultado de la dinámica visual producida por la toma de conciencia de los europeos que se habían dejado conquistar por la isla (Gausachs, Vela Zanetti...) y de los dominicanos que habían comenzado a conocerla y por lo tanto a amarla (Celeste Woss y Gil -1890-1985-; Jaime Colson -1901-1975-; Yoryi Morel -1906-1979-; Darío Suro -1917–1997-; Gilberto Hernández Ortega -1924-1978-; Clara Ledesma -1924-1999-; etc.).

Nacido en Salcedo, en 1929, Eligio Pichardo se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1948, con apenas diecinueve años. De inmediato comenzó a distinguirse como un gran artista.

Eligio PichardoEn 1951 obtuvo el Premio Nicaragua en la Primera Bienal Hispanoamericana de Madrid, donde residió por unos meses y pintó cuadros en los que el inicio del expresionismo como lenguaje se verficaba en el uso del color y en las gruesas pinceladas que aportaban movimiento a los temas trabajados.

Cuando regresa a su país se destaca como pintor de murales y realiza dos valiosas series con el tema de Don Quijote de la Mancha y la Historia Nacional en escuelas del Estado.

En 1958, obtiene el Primer Premio de Pintura en la IX Bienal Nacional, con El Sacrificio del Chivo, un cuadro mesiánico y premonitorio; que marca la entrada formal del modernismo en la pintura dominicana.

Este cuadro aborda la abstracción geométrica a través de la reducción de las figuras a planos. El título de la obra refería a una tradición rural popular que consiste en que cuando un animal es sacrificado, se reparte entre todos. Las imágenes sugieren miseria y escasez. El Sacrificio del Chivo marca un cambio en la valoración estética de la época y crea pautas para futuras tendencias dentro de la plástica dominicana.

 En 1961 Pichardo se va a Nueva York, la Meca del Arte después de la Segunda Guerra Mundial y, por lo tanto, el sueño de todo artlsta: ¡Triunfar en Nueva, York! Y triunfó, como lo atestiguan los comentarios sobre sus exposiciones en Ia gran urbe salidas en el New York Times, en el Journal American, en el Herald Tribune, y en otras prestigiosas publicaciones.

Pero quizás Eligio no sabía que es difícil mantenerse con olor a caña y a tierra negra en medio de edificios altos donde el sol apenas puede llegar a los transeúntes; y el artista, pequeño y débil, aunque nunca dejó de pintar, se fue perdien­do en medio de los autobuses y del frío, de la polución y de los trenes subterráneos, de los supermercados y de las tiendas por departamentos, elementos contra los cuales su casi enfermiza sensibilidad no podía luchar.

En los museos newyorkinos se topó con la pintura de Francis Bacon quien fue uno de sus patrones a seguir, lo que nos parece lógico por su estridencia expresionista y sus imágenes desgarradas, llenas de humor. Bacon, inglés, resultó el extranjero más cercano, con el cual Eligio podía dialogar a nivel de soluciones formales.

Durante la década de 1960, Pichardo  expuso con éxito en Nueva Cork, [2] y a su regreso a Santo Domingo, en 1978, hizo una pintura de tendencia surrealista donde desarrolló un bestiario (perros, cotorras, caimanes, etc.) que influyó en la pintura dominicana posterior.

En el mismo año en que regresa a Santo Domingo,  entra como Comisario a la recién inaugu­rada Galería de Arte Moderno, hoy Museo de Arte Moderno; expone individualmente en Nader, y recibe dos o tres foetazos críticos sobre el evidente apego a Bacon que mostraba su obra de esos años. Y entonces pelea, discute, (conmigo discutió mucho) y retorna a su producción de finales de los cincuenta, -post­picassiana, con algo de Tamayo- pero evolucionada y enriquecida, con verdes y morados oscuros de fondo, soportando sus hombres-animales sus animales-hombres: una humanidad esquelética de largas piernas que parecían huesos y en la cabeza un cocodrilo o una bicicleta.

Eligio PichardoCaras redondas de dienticos afilados, buhoneros con carretillas llenas de pájaros y radios viejos… Es innegable que el encuentro con Bacon había engrosado el imaginario de Eligio, y digo imaginario, porque sus asociaciones de imágenes, imágenes populares, cotidianas, con toda la carga surreal de la realidad isleña es evidente cuando presenta su última muestra individual  en la Galería de Arte Moderno en el año 1981.  El Hombre del Jamón, Buhonero de la Duarte, La Gallina de los Huevos de Oro, El Hombre del Paraguas, El Hombre del Bastón… Y regresaban las boquitas del hambre, los perros famélicos, las extremidades esqueléticas… Pero ahora también entraban la fauna isleña y la fauna citadina; cocodrilos, cerdos, vende­dores ambulantes, su omnipresente cotorra, los coches que ya sólo quedan para los turistas, las carretillas atiborradas de sueños y esos personajes feos y burlones, realiza­dos a base trazos negros y de gamas grises,  verdes y su inefable morado…

Otra cosa a observar era que Eligio Pichardo, quien manejaba plenamente el dibujo, la pintura y la composición, no centraba sus grupos ni sus imágenes; a veces se iba la cabeza por el techo del cuadro, o resultaba que un pie estaba ausente… Y comprendimos que esa especie de realismo mágico, era necesario para traducir la locura desarticulada, ilógica, llena de injusticias, pero también de poesía, que es nuestra realidad tercermundista.

Al poco tiempo Eligo Pichardo murió. Tenía 54 años.

Frente al golpe de su muerte súbita todos reconocieron que un elemento muy importante se le había arrancado a la pintura dominicana.

Eligio Pichardo: universal y caribeño, culto y primitivo, rural y citadino. Un hombre que desde muy joven canalizó su sensibilidad en una búsqueda de  país, raza, idiosincrasia, pueblo… y que logró plasmar sus encuentros en una pintura de gran valor y de gran alcance para nuestro arte, contribuyendo al afianzamiento de nuestra identidad como dominicanos.

 

NOTAS

1. La Poesía Sorprendida, agrupación literaria que surgió en Santo Domingo en 1943 con el lema “Poesía con el hombre universal”. Sus integrantes fueron: xe "Rafael Américo Henríquez"Rafael Américo Henríquez, xe "Manuel Llanes"Manuel Llanes, xe "Franklin Mieses Burgos"Franklin Mieses Burgos, xe "Aída Cartagena Portalatín"Aída Cartagena Portalatín, xe "Manuel Valerio"Manuel Valerio, xe "Freddy Gatón Arce"Freddy Gatón Arce, xe "Manuel Rueda"Manuel Rueda, xe "Mariano Lebrón Saviñón"Mariano Lebrón Saviñón, xe "Antonio Fernández Spencer"Antonio Fernández Spencer y xe "José Glass Mejía"José Glass Mejía. Estuvieron unidos al grupo el poeta y ensayista chileno xe "Alberto Baeza Flores,"Alberto Baeza Flores, y el pintor, músico y escritor español xe "Eugenio Fernández Granell."Eugenio Fernández Granell. Permanecieron activos desde octubre de 1943, fecha de la aparición de la revista La poesía Sorprendida, hasta mayo de 1947, cuando circuló el último número de dicha publicación. Durante esos cinco años salieron a la luz pública 21 números. Ver La Poesía Sorprendida en www.escritoresdominicanos.com.  

2. “Eligio Pichardo, un artista de República dominicana, pintor semi-abstracto de frenético y salvaje hmosr y de suspicaz morbidez. Un verdadero expresionista, tiene el tipo de gusto salvaje que trata asuntos de vida o muerte con una inquietante alegría, un tipo de humor de zombie que puede no complacer a todo el mundo. Sin embargo es difícil de resistir…” The New York Times. Domingo 8 de abril de 1962.

Jeannette Miller (República Dominicana, 1944). Poeta, narradora, ensayista e historiadora de arte. Ha sido jurado en concursos nacionales e internacionales de Literatura y Artes Plásticas. Fue miembro fundadora del Patronato del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo y de la Casa del Escritor Dominicano. Entre otros reconocimientos, en 1975 recibió el Premio de Investigación Teatro Nacional y Comisión Jurídica de la Mujer ante las Naciones Unidas. En el 2011 le fue asignado el Premio Nacional de Literatura 2011 auspiciado por el Ministerio de Cultura y la Fundación Corripio, por el conjunto de su obra. Algunos de sus libros: Fórmulas para Combatir el Miedo (1972), Historia de la Pintura Dominicana (1979), y La Mujer en el Arte Dominicano (2005). Sus artículos han sido publicados por los periódicos El Caribe, donde trabajó con María Ugarte, y Hoy; además en importantes publicaciones internacionales. En el 2000, fue Directora del Suplemento Cultural Espacios, del periódico El Caribe. Contacto: jeannettemiller.r@gmail.com. Agulha Hispânica agradece a Manuel Mora Serrano, José Mármol, la familia Brugal Gassó, así como a los fotógrafos Mariano Hernández, Julio González y Sergio Fernández. Página ilustrada con obras del artista Eligio Pichardo (República Dominicana).

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