P R O J E T O   E D I T O R I A L   B A N D A   H I S P Â N I C A

 

 

J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2011
 

 

 

 

AGULHA HISPÂNICA | REVISTA DE CULTURA | 12

Alfonso Peña

¿Qué es una Noche de celofán? Alfonso Peña y El límite del patio | Guillermo Fernández | Ensayo

Creo que fue en un antiguo bar de San José llamado “La Copucha” donde conocí a Alfonso Peña. Llevaba por aquel entonces su boina negra, un abrigo de corduroy y el gran bigote gurdjieffsiano que servía de marco a su agonizante cigarrillo. Bebía cerveza, mirando el ambiente de los teatreros y aprendices de arte. Llevaba un portafolio con sus escritos que luego me mostró en otro clima, menos infestado de poses. No era rápidamente accesible, primero te estudiaba un poco en broma, otro poco en la medida que compartieras alguna ruta de su inspiración, que podía ser sorpresiva.

Por aquel entonces, Alfonso era el coeditor de una revista literaria, de modesta impresión al principio (edición 1 y 2) que circuló fuera de Costa Rica y cosechó interesantes contactos. Me refiero a la revista Andrómeda, que desde un principio apostó por la divulgación y promoción de la cultura y el arte latinoamericano, sin “ningunear” la nueva producción costarricense y el reencuentro con ciertos artistas “minimizados” por el canon oficial, como Max Jiménez y Eunice Odio, entre otros. Andrómeda se distribuía en diversos puntos de la capital. La Copucha era uno de esos. En ciertas ocasiones  existía la oportunidad de encontrar a Alfonso y a otros artistas del colectivo, que de algún modo utilizaban esos antros para “divulgar” sus propuestas artísticas. Si alguien se interesaba, podía conversar algo, algo sobre autores y más sobre sucesos que podían ser un retazo de escritura que requería otro retazo y otro, hasta conformar un rompecabezas de extrañas situaciones, a veces hilarantes, o simplemente descabelladas o imposibles.

El centro de operaciones literarias lo tenía Alfonso en una extraña edificación, a la cual se ingresaba por una puerta falsa. Al entrar, se quedaba uno alucinado al observar un ajustado recinto donde destacaba un llamativo collage –en el cielorraso–. El recinto desembocaba en un corredor “art noveau” donde se tomaba “siempreviva”; se escuchaba a Frank Zappa, Bob Dylan, Jimy Hendrix, Janis Joplin, son cubano y jazz. Sobre todo se leía poesía en voz alta. En ese mismo edificio, vivía el profesor Tauro, un sui géneris astrólogo, entre otros muchos oficios. En ciertas noches emergía de la niebla una gitana, famosa por sus lecturas del tarot y sus requerimientos eróticos… Allí nos reuníamos los amigos para hablar de todo e intercambiar libros interesantes que no se encontraban fácilmente. Para pertenecer al grupo no se requería de una edad mínima ni tampoco de una conducta determinada. Bastaba con estar poseído de algún delirio literario o alguna razón vital fuera de control. Entraba de todo. Personas respetables y auténticos perdedores de extraña inteligencia.

Eligio PichardoDurante ciertos días, nunca programados por nadie, ahorcábamos la rutina, quitándole el banco donde se sostenían tensamente sus pies. Y comenzaba el rito de las noches de celofán. Por esa razón entiendo perfectamente los ejercicios escriturales de este primer libro de Peña, que no son ni cuentos ni pretenden serlo. Son solo el rastro de la bitácora de un observador que se aproximó al precipicio de la ciudad, cuando esta ya estaba infestada de deshumanización, cuando cualquier cosa era posible, y cuando el delirio era un estado alternativo y necesario en una vida urbana muy probablemente esquizoide.

El celofán es un tipo de envoltura que se utilizaba para envolver regalos. Es flexible y transparente. Una noche de celofán es un hecho casi siempre maléfico, ya que está envuelta en cierta viscosidad que parece referirnos una posible alternativa, una ruta, un encuentro casi siempre gratificante. A la larga, después de romper dicho envoltorio solo veremos que el frágil estuche no guardaba lo prometido.

Este libro de Alfonso Peña tiene once ejercicios escriturales. Conforman realmente un solo tema entreverado por un lenguaje citadino y poético a la vez. Aludimos a su construcción lingüística como un logro de la narrativa costarricense de los años ochenta, que aún no había logrado concretarse en la presentación de temas relativos a los tormentos del hombre moderno, sin que caigamos en el cliché de decir que era actual por urbana. En las universidades se seguía enseñando el costumbrismo nacional y el realismo mágico latinoamericano, baúl este último donde se han mezclado a autores tan disímiles como Borges y Gabriel García Márquez.

Se puede decir que Peña fue un innovador silencioso con Noches de celofán (1987) y que probablemente es uno de los autores que inauguran el underground literario de Costa Rica, ya que su vertiente se opone por completo al canon delineado por la literatura de denuncia social y de enfoque político que ha primado en muchos de los escritores “dominantes”. Quiere decir que Peña no se suscribió a ese plan de escritura. Más bien, a la par de su obra se deben alinear todos los autores experimentales que persiguen nuevas formas de escribir en Costa Rica.

En Noches de celofán hallamos una prosa semejante al divagar onírico, a la rememoración lenta y morosa, a la confesión susurrante del que expone influido por una confusión de los sentidos. El autor no condesciende a guiarnos por una gama de sucesos organizados. Solo recibimos el embate de las ornamentadas descripciones, auténticos lupanares barrocos, y el zangoloteo de las voces que nos parecen provenir de una sola queja a lo largo de todo el libro: “Pepe no es capaz de interceder, de seguro que es una broma, una chanza, se quieren divertir, al rato les hablaré de fútbol, de casas de citas… ¿pero si no es así?, entonces va a ser horrible…” (“La Media Naranja”).

Los personajes sufren los remolinos de una mentalidad caótica que se expresa mediante el fluir de conciencia. Tal es el caso de José en “La Media Naranja”, de Cascarita en “Límite de patio”, Lily de “Cause it’ time for you and me”, entre los que más se utilizan.

Podemos encontrar memorables descripciones mediante una decantación esmerada. Tal parece que el único personaje es el autor que se divierte en arreglar coreografías ebrias, hijas de su propia obsesión. En una entrevista que le hiciera Tomás Saraví (Agulha Revista de Cultura nº 53, 2006, www.revista.agulha.nom.br), Alfonso advierte que su intención con respecto al lenguaje empleado en Noches de celofán era reinventarlo y ponerlo de nuevo a circular. “Tiene una estructura complicada (dijo), el ritmo por momentos sincopado a la manera del bramido de un solo de saxo o el desgarramiento de la guitarra eléctrica […] Muchos lectores y críticos han apuntado que se ‘salta’ los géneros. Recuerdo que en ese momento estaba empezando a convencerme de que había que desechar los géneros literarios…”

Entendemos qué es saltarse los géneros porque ciertamente no hay límites precisos entre la crónica literaria, la prosa poética, el relato urbano, la novela fragmentaria, entre otros. Luego de su lectura, casi no recordamos tramas específicas sino la forma caprichosa de un lenguaje muy personal, exento de la intención de ser claro, conciso, eficaz (en su sentido moderno). Nada de eso. Con respecto a las características ortodoxas de la composición narrativa, nada más alejado que las Noches de celofán, donde se opta por el rompimiento de la sintaxis, la coherencia, la unidad de sentido, la necesidad de un desenlace.

En el siguiente fragmento de “Cause it’ time for you and me”, Lily evoca lo que sería simplemente un baile:

…es extraño cómo se ensortijan los cuellos.

 cómo se unen las cabelleras,

 cómo la pintura de los labios va corriendo por los rostros,

 cómo los dientes se multiplican con esa luz

 que es como el aspa de un molino.

 es gracioso ver cómo los hombres van rodeando

la pista de baile, la forma en que miran,

 cómo desean estar ahí dentro del tumulto de cuerpos.

 se pellizcan, se muerden. hacen muecas. disputan,

 pelean cada pulgada de la alfombra.

 me gustaría saber cuál es el nombre de cada uno

de los que miran. pero ¿para qué nombres?

La forma en que lo anterior está expuesto es una reinterpretación del contoneo del baile. Lo elemental en Peña, como escritor que ha observado al hombre y a la mujer de la ciudad, no deviene una evidencia literaria, sino que es el tejido de una celebración fatídica que no tiene sentido sino hasta que es verbo, no importa si es verbo apocalíptico.

Aparte del lenguaje que puede recrearse en este libro de una manera tan plástica y lúdica, como pocos que se hayan escrito en el país, señalamos el tema principal de Noches de celofán, y que a nosotros nos pareció la soledad como borde y centro del mundo josefino.

Con la soledad, los personajes de Peña no tienen sosiego. Inventan su destino trágico a fuerza de no aceptar su presente absurdo. Tenemos muchos caminantes en este libro de relatos y los más encantadores son los aquellos cafeinómanos de “¿Sabe alguien realmente qué hora es?”, que no pueden más que vivir en una rutina de visitadores de café, de analistas de lo ordinario, que ellos deben ver con asombro:

Al principio, tienes que andar solo, buscando cafetines donde refugiarte, emprendiendo espeluznantes viajes entre restaurantes chinos y fondas de tercera, atragantándote con cafecitos adulterados –muy propio de españoles– y renegando del café que hacen turcos y judíos. Uno solo, solín, solito, probando broza negra, chupando gofio azucarado, arrugando los labios por el terrible sabor de esa sustancia parecida al caldo de petróleo que se te quiere devolver de la boca.

Importante señalar que algunos de los relatos que más nos siguen gustando, porque presentan ese paso de escritura perpleja, de imágenes en aluvión, de imprecaciones irredentas, como es todo en una población abismal y ya sin rostros, serán sin duda el anterior citado, “El taxi marrón”, un viaje simbólico cuyo control está en manos de otro, “Concurso de natación” y “Límite de patio”.

Sobre “Límite de patio” nos parece que la propuesta de Peña deja de ser experimental para convertirse en un modelo de relato que hoy día continúa más moderno que mucho de lo publicado en el país. Es un relato de varios niveles de realidad que se encuentran y logran completarse con una naturalidad y dramatismo impecables. El hombre que traiciona a su infancia pierde la razón y es reclamado por los habitantes de esta.

La verdad literaria de Peña es pesimista. Pero un personaje, a pesar de su propia locura, todavía es capaz de anunciar su propia salvación. La invención de sí mismo, la noche de celofán que es superada:

No hay por qué alarmarse, sé que vendrán. Con ahínco, con ansiedad, pienso en el momento de llegar a nuestra Gruta. Volver a experimentar la sensación de libertad: cuando se levanta la vieja escala de madera y se incrusta la cabeza… en verdad, es algo que no se puede olvidar, y ni qué decir de las gélidas regiones, los fríos laberintos, volver a ver los juegos de espejos… Saber que somos dueños de Continentes Perdidos, de Barcos Relucientes, que tenemos miles de trajes para divertirnos, para jugar, como sólo nosotros sabemos hacerlo. (“Límite de patio”).

Noches de celofán, finalmente, es un libro de un verbo vertiginoso. Puede resultar un “mal viaje” para el lector acostumbrado a la prosa plana y lineal. Presenta la dificultad de una lectura que no es amable con el lector de primera entrada, porque fue escrito para lectores entrenados, con deseos de experimentación, capaces de entender que el lenguaje lo es todo y que los temas son solo circunstancias que el escritor consciente debe iluminar, ya que el idioma debe ser remecido desde su tuétano para que exhale lo que no dice todos los días entre lugares comunes y aburrimiento.

 

Límite de patio

Alfonso Peña

…eso que se me viene encima, como un galopar de metales, de agujones, de corazones a punto de reventar, cuando solo en mi habitación, escucho algún maestro, o mejor dicho la creación de un maestro, eso que uno escucha, eso, la música repitiéndose y agrada bastante y entonces se vuelve a retroceder la cinta y se oprime la tecla de la grabadora y se repite la melodía porque quiero escucharla de nuevo, no para oírla nuevamente, sino más bien para volver a sentir, para volver a experimentar que no soy el que la escucha, sino que otro lo hace por mí, y entonces me da rabia tener conciencia de lo que me pasa, y entonces me pregunto: ¿qué es la cosa?, ¿qué es el juego absurdo en que estoy inmerso?, ¡caramba!, si es algo de locos, ¿cómo es posible? Y no sólo es con la música, sino es en muchos actos solitarios, como cuando hago la última soguilla a los cordones de los zapatos, siento que en ese momento no soy el que manda, que no soy el que mueve sus fuerzas motoras para ordenar: hacé la amarra, no, no soy, es otro, u otra cosa.

Una tarde salí del sopor de la oficina y empecé a avanzar entre toda esa sinfonía de colores, de vestidos, de camisas, de fugaces alas de diesel quemado que nos brindan los atardeceres. En una de las esquinas tropecé con un viejo compañero: éste al verme se abalanzó sobre mí con todo un lenguaje de bienvenida, cuando contesté, me di cuenta que no era yo el que hablaba, que otro lo hacía por mí. Recuerdo la conmoción que me envolvió: las manos me temblaban, un rubor me subía aceleradamente por el cuerpo, todavía no sé qué es lo que pasa, pero ahí está, aquí está, sé que me escucha, sé que se carcajea en silencio, pero no lo puedo ver. ¿Cuál puede ser la forma correcta de hablarle para que me entienda? De usted, tú o vea fibra de vidrio, o déjeme en paz cloruro de sodio. Sé que nadie me va a creer, sé que me tratarán de trastornado, o algunos dirían en tono eufemístico: ¡divagaciones, divagaciones!

¿Será por eso que estoy aquí? ¡Ah!, no lo había dicho. Me encuentro en la habitación número trece del Hospital Público. Seguramente he sufrido lagunas mentales. No sé cuántos días tengo de estar soportando los olores a plasma, suero, anestesia, y a los señorones demacrados que visten algunos de verde y otros de blanco y que me visitan con constancia. Nadie me ha dicho cuál es mi dolencia. Nadie se ha acercado para decirme que ya voy a salir y que las repugnantes manguerillas amarillo-enfermizo me las van a quitar del brazo. Si en realidad no tengo ninguna enfermedad. Creo que todo se debe a la obsesión de que tengo que compartir mis pensamientos, que sé que tú, o que vos, o que melón rajado a la mitad o el señor ingrávido se encuentra por ahí, perturbando, jodiendo, chingando la paciencia.

Un médico bastante joven y enjuto, con un rostro que más bien parece actor de melodrama, se ha acercado: viene entonando, mascullando una aburrida melodía. Al llegar al pie de la cama ha esbozado una sonrisilla en la cual la parsimonia y la rutina se confabulan. Me ha tomado del hombro y deslizado sus dedos de pianista ha dicho:

–¿Cómo le va al soñador…? ¡No!, no digas nada, te hace daño preguntar… ¿Que cuándo vas a salir?... eso no importa… bueno, bueno… cuando te sientas mejor, ahora lo importante es que estés tranquilo, te traje un poco de música…

Cómo quisiera haberlo zarandeado. Cómo no lo mandé a la porra. Con qué flojera dejé que hiciera la faena. Cortó rabo y orejas. La estocada la tengo bien marcada en el antebrazo. Con destreza me perforó, sus negruzcos ojos brillaban terriblemente al observar la turbia sustancia que penetraba en mis venas. Mientras tanto, sin poder explicarme lo que sucedía, hacía el papel de tonto, viendo cómo el descartable quedaba vacío. No me atreví a decir nada, de mi boca no salió ni un ¡ay!, que le diera algo de emotividad a la situación. Cuando cumplió con su cometido, volvió a farfullar con su vocecilla entrecortada y salpicada de humor:

–¡Ugh!... nos vemos después del concierto.

Eligio PichardoMientras tanto sigo aquí, en el cuarto número trece, en la misma posición, con mi cara de enfermo sin estarlo. Sintiendo un adormecimiento de mis facultades. Siendo dominado y ultrajado por el soporífero que el encamisado de lino me aplicó. Hundiéndome en el letargo. Asfixiándome, ahogándome por la transpiración de las celosías. Elaborando absurdos juegos mentales. Escuchando murmullos, ciertos quejidos que se repiten continuamente por los poros de la madera. Unas veces me llaman por mi nombre, otras un débil tú: Tú que estás ahí no eres tú, Anselmo no estás ahí, no eres tú.

Por momentos las voces, los diminutos quejidos, se asemejan a voces escuchadas en mi vida pasada. Voces tal vez queridas, tal vez odiadas, pero hay una entre todas que me recuerda al amigo de siempre: Tomás. Aunque muerto, siempre está presente. Rememoro sus cosas, meto el zarpazo en el pasado y lo veo con su chaqueta blanca, charlando locuazmente, enamorando muchachas, dejando escuálidos los bolsillos de los jugadores de billar, haciendo de líder del equipo de pelota; enfermándose de golpe sin poder levantarse. Mirarlo luego, silencioso, desfilando en un féretro rumbo a la tierra, a la tierra, eso es…, pero estoy seguro que no es su voz, si estuviera aquí, no hablaría entre sombras, él hablaba fuerte y sonoro, no tendría de qué preocuparme. Me gustaría que apareciera, que se acercara y como en los tiempos idos –con efusión– mostrara sus dientes de ratón y exclamara con su acostumbrado acento: “¡Qué tal!”.

Pero, ¿qué es lo que ocurre? ¿…qué es lo que pasa?

…de la parte alta de la habitación, un sombrero hongo, color negro con puntos celestes se mueve, baja y sube a velocidad inaudita, se posa sobre la mesa de noche y de inmediato vuelve a alzar vuelo, deslizándose por paredes, describe círculos sobre la lámpara, llega hasta el nivel del piso y con energía trepidante busca las alturas y se posa en el centro del espacio interior de la habitación. Sí, parece un enorme insecto sin timón, colisionando en paredes, en celosías. Será que imagino cosas pero del sombrero emergen tirones de cabellos, narices, orejas, dientes, lenguas… Los órganos chocan entre sí, tratan de no confundirse, de encontrarse, de ajustarse. Un acople entre ellos ha dado paso a la formación de varios rostros. Es espantoso y a la vez de una emotividad escalofriante lo que veo; todos los rostros son conocidos, son los muchachos de la barriada, allá veo a Carlos, a Marín, Kin y a Ojotes…, suben, bajan, sonríen, lloran, enmudecen, gritan…

La visión o lo que fuera ha durado sólo algunos segundos, tal vez un par de minutos, pero los he sentido como años; así como se fueron formando, de la misma manera han desaparecido; sólo el sombrero hongo sigue volando, cómo brillan sus puntos celestes, con qué suavidad, más bien con qué armonía se desliza por la habitación. Con mis ojos le sigo, pero ese brillo, esa estela celeste, hace que mis párpados se vayan doblando, por más intentos que hago siento cómo voy entrando en una recta, en un túnel cargado de brumas, de sueño, ya casi no lo distingo, pero estoy escuchando un murmullo, es como el ruido sordo de las olas, claro, es una voz que sale de alguna parte. No, me equivoco, son varias voces, hablan al unísono, y ya no son, como al principio: sordas, ahora son diáfanas y salen del sombrero hongo…

–¿…te acordás, Cascarita, de nosotros? Nosotros no hemos olvidado…

–¿…te acordás, Cascarita, de los relojes oxidados? Nosotros no hemos olvidado…

–¿…te acordás, Cascarita, de los senderos polvorientos? Nosotros no hemos olvidado…

–Te acordás, Cascarita, de las burbujas de cristal en el medio de la sala sobresaliendo como plateados péndulos y nosotros ahí, testigos silenciosos: ora oscuros, ora plateados. Te has olvidado que te molestaba que te llamáramos Cascarita, te contrariabas, gritabas, maldecías: “No soy Cascarita, no soy”.

Nos conocemos desde antes, pero seguramente vas a recordarnos, te vas a recordar, nos recordaremos, desde aquella mañana en que llegaste a nuestra esquina por primera vez. De los techados bajaban con persistencia chorros de agua turbulenta, la calle tenía olor a hojas mojadas. Nosotros hablábamos de lo diferente que éramos, que mientras los chavalos del barrio estaban encuevados en casita esperando la hora de la televisión, nosotros hacíamos juegos peligrosos bajo la lluvia: jugábamos al gallo capón, al burro, a los cuchillos mágicos, a los juegos electrizantes de las manos, y tú te detuviste, quedaste como una masa fosilizada, tus ojos eran dos balines pétreos, te tomamos de las manos, te hicimos danzar, te zarandeamos. Penetraste con rapidez en el juego mágico del agua, Tomás dijo: “Sí. parece una Cascarita, sí, eso es, una Cascarita, claro, si tenés la forma de una Cascarita…”

Te acordás, qué tiempos más hermosos y tú que nos has olvidado. Cómo nos gustaba ir a los predios verdes y perfumados, cómo a cada arbusto, a cada flor le íbamos poniendo nombre, cómo desgajábamos las flores y hacíamos coronas y guirnaldas para emprender una marcha solemne sobre el alfombrado de los campos.

Hay algo que no podemos pasar por alto: el juramento de sangre. Cuando estuvimos seguros que eras nuestro cófrade, decidimos juramentarte para que estuvieras unido a nosotros. ¿Te acordás, Cascarita? Cómo te hablamos de la Gruta del Encanto, que sólo nosotros conocíamos, que sólo nosotros sabíamos cómo llegar y que ahí estaba nuestra verdad y que queríamos que fuera tu verdad… Nos veías con ojos incrédulos, ojos como de quien dice: “¡Qué fantasía!”

Nunca te imaginaste dónde íbamos a llevarte, jamás creíste que un lugar como ése pudiera existir. Tan fácil que era llegar, solamente se despegaba un peldaño de una vieja escalera de madera, se incrustaba la cabeza en el boquete y arañando, arañando las paredes se iba descendiendo, atravesando los pasajes ocultos, el tejido de corredores que conducían a nuestra Gruta. Quisiste llorar al avanzar entre los pasajes, nosotros te dimos de golpes para que aprendieras a ser hombre, para que vieras que no conocíamos el miedo y para que se te quitaran esas pendejadas.

Cuando llegamos a la Gruta eras otro, el miedo había huido de tu tambaleante carne y entonces te decíamos: “¡Bravo!, ¡Bravo! Así es como se portan los valientes”.

Te acordás del rito, del juramento, de la sangre que corría por nuestros brazos. Todos decíamos que éramos hermanitos, que nada, ni nadie nos podría desunir.

Luego de la ceremonia, tú te diste a correr por los pasillos, por los túneles, gritando de la alegría, al ver las burbujas de cristal que repetían sus oníricas imágenes en los espejos, en los juegos de espejos que estaban adosados en las paredes de la Gruta.

Cómo te quedabas estático, viendo las ánforas de vidrio en las cuales reposaban: Ciudades Desconocidas, Barcos Relucientes, Continentes Perdidos.

Nosotros no podemos olvidar que en las paredes de la Gruta descollaban cientos de trajes: estos eran de todo tipo; trajes del miedo, trajes de la risa, trajes de fuego, trajes del agua… Con ellos vivíamos todos los personajes, con ellos gozábamos, sin preocupaciones de quehaceres, sin preocupación de tiempo…

¿Verdad que éramos diferentes?

Nosotros no podemos olvidarnos. Tú no puedes olvidarte.

***

…Escombros de vidas pasadas, pedazos de filmes sin secuencia, rollos inconexos de ideas, manojos de imágenes suspendidas entre mis ojos llorosos y el cielo raso donde el sombrero hongo se deslizó. No me voy a preguntar cuánto tiempo hace que me encuentro aquí; conviviendo entre fantasmas y recuerdos que no me pertenecen. No quiero suponer nada, deseo olvidarme de esas abismales voces, de ese nosotros de cuerpo entero que bailó, que vibró delante de mí, tratando de confundirme, de engañarme. Con qué persuasión quería desmembrarme, diciendo que no soy Anselmo, sino un tal Cascarita, el mote me produce cierta hilaridad: ¡Cascarita!, ¡Cascarita!, podré ser un cascarón-cascarudo, pero nunca una Cascarita. Pero lo que realmente me pone a meditar es la aparición de Tomás y los otros, claro que los recuerdo, unos viven todavía, otros están muertos, son mis amigos del pasado, pero esa voz que resonó en todo mi ser está totalmente errada y dejarse decir que Tomás fue el que me bautizó con el mote de “Cascarita”. Él me decía: “Ansel”, y que colección de tonterías: La Gruta del Encanto, Túneles, Barcos Relucientes, Ciudades Desconocidas…

Lo que sucede es que me quieren pulverizar el yo. Quieren deshacerme, están tratando de inventarme una historia nueva, me dan datos alterados para convencerme de que he olvidado lo que soy y acepté lo que ellos dicen, pero lo que sea: nosotros, ellos o cloruro de tilo, están muy equivocados, nunca voy a ceder.

 

Estoy seguro de que todo es un sueño, una chanza, un error. ¿Hasta dónde me ha llevado esta estúpida aventura de escuchar voces y sentir que otros hacían cosas y hablaban por mí? Sí. verdaderamente es inadmisible, haber llegado a este Hospital Público, yo que no padezco de nada, yo que me siento en perfectas condiciones, ¿hasta dónde?, pregunto y verme instalado contra mi voluntad en estas cuatro paredes, en este miserable catre, en esta mórbida habitación y aguantar este mundo alucinante de lo fantasmal, de las voces que ordenan, ¡no!, es insoportable…, los detesto, ellos son los culpables, medicuchos, ya verán la lección que les voy a dar.

Sí, los recuerdos que permanecen en mí, son muy diferentes; ellos, mis amigos no eran así, tan desparpajados, tan orgiásticos en sus diversiones…

 

…era una tarde de verano,

caminábamos por una acera,

donde los adoquines tenían muchas figuras y

algunos borrosos colores,

el Sol nos pegaba de frente;

llevábamos con nosotros una red,

la habíamos construido con nylon y manila,

estábamos en tiempo de pescar olominas y cabezones.

En el verano del año pasado Kin

fue el que pescó más cabezones,

pero también se vio en difícil trance: la acequia corría

paralela a la línea de ferrocarril

 y los cabezones más escurridizos se introducían

en algunas cavidades que se bifurcaban

 bajo los durmientes y en su vaso de vidrio

fue depositando cabezones y olominas,

 todos escuchábamos sus risas y

veíamos sus alborotados cabellos

incendiarse con los reflejos del Sol,

sonó un fuerte chiflido, era el tren

que se aproximaba aceleradamente

 enseñando su metálica osamenta:

 ¡Salí! , ¡salí!, le dijimos, pero nada,

todos nos tapamos la cara, no queríamos ver,

al rato escuchamos sus lamentos:

 ¡Lloraba!, ¡lloraba,  porque la vibración

de la máquina había hecho

que sus cabezones y su vaso desaparecieran.

 

Ojotes había asegurado que en esta

 temporada, él sería el campeón del torneo.

Dejamos atrás la acera de los adoquines,

ya habíamos salido de nuestros dominios,

 solamente nos quedaba por caminar

unas cuantas cuadras para

 llegar a la acequia. De camino

nos encontramos con Emilio, nos detuvimos

allá por la vieja Farmacia Colón, hablamos con él,

 le insinuamos que nos acompañara,

 pero él, reacio, como siempre,

 lleno de temor, todos decíamos:

¡muchaleche, muchaleche!,

claro muchas mujeres en su casa.

 

Reanudamos el paso, todos íbamos

pensando en lo mismo: hoy seré el campeón...

 Estaríamos cruzando la Glorieta de Sarmiento cuando

 Ojotes cayó de bruces, vimos cómo en su frente

se abría un tercer ojo, sin nervios, sin pupilas,

era una honda cavidad

de la cual fluía un líquido violáceo... De inmediato

a ponerse en guardia, nos habíamos olvidado

que estábamos

 invadiendo los territorios de la Barra Sarmiento,

eran lo suficientemente numerosos

como para darnos una inolvidable aporrreada,

con rapidez lo ayudamos, y a devolverse, y sin

pensarlo mucho, nos prometimos

que iríamos a buscar más amigos...

 

Ya verá el mediquito ése, barato actor de melodrama, lo que puedo decirle, cuatro son pocas verdades: cuando le hable, se estirará y se achicará como un elástico. Son sólo palabritas, palabritas gastadas, como si no lo hubiera visto manoseando a las jóvenes enfermeritas, ¡ah!, pero lo que más me repugna es que me está punzando y que siempre diga lo mismo: “Te traje un poco de música”. A veces pienso que no sería nada de extrañar que todo lo que me está ocurriendo fuese algún complot urdido por oscuras fuerzas, que todo lo que me hacen (no quiero ni pensar en una lobotomía, un encefalograma, una estetoscopia), que todo lo que me suministran fuese con el fin de hacerme un orate, de eliminarme, ¿o será que me van a practicar una vivisección?

Debo huir.

 

huíamos,

huíamos como conejos asustados, por esas calles

que conocíamos como nuestro propio cuerpo,

sentíamos el golpe certero en la nuca,

el plomazo en la espalda, el cuchillo

que nos rajaría en cuarenta mil fragmentos el alma,

corrimos por varios minutos, hicimos varios movimientos

 para perderlo, nos clavamos por los lavaderos,

incursionamos no sin temor entre el asfalto;

hasta nosotros llegaban sus bufidos,

los escupitajos que tiraba contra el suelo quedaban

ahí como mapas de mugre, al fin no pudo más,

 solo en aquella calle, la calle de los higuerones, sonó su alarido cavernario: “¡Maricones!”

.

Y todo fue idea de Tomás. Llegó a buscarme a

las ocho de la noche. Yo estaba encerrado a la fuerza,

 soportando el tedio, la abulia de cumplir

 con una insípida tarea de química.

Desde el momento en que escuché los golpes

 en la puerta, supe que era él, su forma de tocar era inimitable,

para eso se había metido mucho tiempo

 en el sistema de clave Morse: era un toc-tac-toc-tocco-toc-,

me adelanté a mi hermano Tavo, y ahí estaba,

desde que vi su mirada impregnada de puntos eléctricos

comprendí que debía dejar la casa en el instante.

Con alborozo, fue enumerando, poniéndome al tanto

de lo que ocurría, ahí estaban, por la solitaria calle

donde se encuentra el molino, la misma pareja

 y según lo que decía Tomás: “se aprestaban a hacer la cosa”.

Con una inmensa carga de nervios auscultamos

parapetados en la esquina a la pareja.

Estaban a mitad de cuadra,

entre el molino y una bodega abandonada,

 nos miramos y con mutuo

asentimiento dimos vuelta a la cuadra,

sin muchas dificultades trepamos por el techo de la bodega

 y nos instalamos sobre las láminas de zinc del molino.

 Desde esa incómoda posición,

vimos el rito a que se sometían,

la forma cómo se engarzaban sus cuerpos,

 cómo sus cabelleras se confundían,

cómo se unían en un prolongado besuqueo;

también en el profundo silencio,

escuchábamos sus anhelantes suspiros.

Tomás me veía de reojo y extendiendo sus manos,

 decía entre dientes: “¡Qué bien, qué bien!”.

En esos instantes, acostados sobre el zinc del molino,

totalmente quietos, sentíamos una intensa agitación,

era el estar alargados y clap-clap

resonando en toda nuestra mente.

De súbito todo el silencio, todo

 lo encantador del momento se trasformó

en un incontrolable caos: fue como concatenar dos diferentes acontecimientos a un mismo eje:

el hombre tomó a la mujer de las caderas,

 sus brazos y manos trabajaban aceleradamente

a la manera de una grúa, la trepó,

 la estrujó contra la pared del molino y con una violenta

 embestida se introdujo dentro del otro cuerpo;

en el mismo instante el techo del molino se derrumbaba,

 sucumbiendo ante nuestro peso, caímos sobre ellos.

Luego a correr, huir...

 

Eligio PichardoNo sería difícil abandonar la habitación, podría correr por los pasillos; éstos, acaso, se abrirían como dos gigantescas plataformas a mis pasos, o si no podría golpear –¡claro que sí, alguna vez hay que tornarse violento!–, un medicucho, lo tiraría contra el mosaico, me instalaría dentro de su gabacha blanca y descendería como si nada hubiera ocurrido, saludaría a los colegas y a las jóvenes enfermeritas (o como ellos dicen: personal paramédico), bajaría por el ascensor diciendo: ¡adiós, adiós! O si nada de lo que pienso diera resultado, me quedaría, quizá, una última alternativa: con seguridad debo estar en un tercer piso, escucho con claridad el runruneante sonido de los automóviles, la orquestación metálica de las piezas del motor, el inconfundible y acompasado sonido de la válvulas, bielas, pistones, cigüeñal…, bañados en aceite, viscoso, negruzco. El ronco sonido de las pitoretas, el enorme oleaje de ruidos de la gente que camina, que se arrastra por la acera bajo el ventanal de mi habitación. Tendría que construir con pedazos de tela alguna colgadura para descender hacia la calle; ya me veo totalmente adherido a la colgadura, las puntas de mis zapatos pegando tímidamente en paredes, en cristales. También podría ocurrir que la colgadura no resistiera el peso de mi cuerpo y entonces hasta ahí llegaría el intento de evasión, pero si por el contrario lograra escapar, sería emocionante, imagino a la gente esperando en la acera para felicitarme: ¿por mi hazaña?, ¿por mi heroísmo? Siempre la gente está presente en todos los actos, en todas las acciones: mínimas, medianas, grandes, de todos los demás. Y si lograra escabullirme, seguiría interviniendo la gente: los médicos que me acosan, la policía buscándome, los periodistas desinformando, los estúpidos que preguntan: “¿Qué es lo que pasa?”. Por momentos pienso que es mejor ser un alacrán… coleóptero... banco de corales… una horrible escama… Pero la verdad es que soy un hombre, un ser humano con toda su carga de necesidades y de dependencias, sueños y realidades. De nuevo vuelvo a esta habitación y pienso que debo de estar en alguna categoría del sueño. No puede ser real lo que me ocurre. Hace rato que escucho voces. Ligeros murmullos que suenan por la habitación, tengo que ser fuerte, impenetrable, granítico, pero, ¡uuuhu!, siento un fuerte dolor en la espalda y el ruido vuelve a atormentarme, lo deletreo con mis labios: c-a-s-c-a-r-i-t-a, qué confusión, por más que trato de olvidar con mayor claridad escucho sus voces, que suben y bajan el tono para torturarme; no debo creer ni escuchar, todo está en la mente, ¡pero hombre!, qué son esas punzadas que siento en la región lumbar y otra vez la voz: Tú que estás ahí, no eres tú, todo se resuelve acudiendo a las enseñanzas antiguas “…si una molestia física o psicológica te acomete, piensa en algo diferente”, ¡claro! Esa es la solución, pensaré en un amanecer, alguna playa…, los colores se difuminan en el horizonte, todavía a esta hora no puedo distinguir el color del follaje ni el de la bruma que se levanta sobre la costa, pero como yo he estado muchas veces en ese lugar, creo que la playa tiene un color amarillo, ¡uy! qué dolor más penetrante me avanza por las sienes, es como un taladro trabajando a toda velocidad, sí, sí, los techos de los ranchos son redondos y sobresalen por sus tonalidades verdosas, verdemar, verdemórbido, verdegranuloso…, y la gente que se despierta a esta hora tan oscura, pero ¿por qué será que la gente no tiene otros colores como el púrpura o el naranja?..., dentro de unos momentos aparecerán los colores genuinos de todas las cosas, tal y como, son, c-a-s-c-a-r-i-t-a, por todos los diablos, ¿qué es lo que me ocurre?, una serie interminable de dolores me aquejan , el vértigo se apodera de mi mirada, todo gira a mi alrededor, los objetos pierden su forma, ¡uy!, ¡ahhh!, algo vibrante y punzante me baja de alguna de mis doce mil millones de neuronas, va recorriendo mi carne, las venas se me inflan, mi cuerpo es un solo espasmo, frío, caliente, ¿será que me llega la hora decisiva?, ¿será que me voy a desintegrar?, ¿será que voy a quedar hecho un nudo de pútridas sustancias? ¿Será la muerte? Es algo pavoroso no tener energía para protestar, para pedir ayuda, ¿por qué será que la voz no responde a mis intentos, a mis llamados?, ¿será que me tienen agarrado de la tráquea?, es algo, es alguien que quiere salir, siento que en este momento soy un gas que se disuelve, que se evapora, horriblemente he caído en la trampa, la encrucijada del error…

Ahora que he despertado, ahora que he dejado atrás todo el mundillo de la modorra, los vacíos que no decían nada, ahora, en este momento, sé que estoy bien. Y es que el recuerdo lo único que me produce es un sentimiento de horror, ¡ah!, pero es que alguna vez se ha de comprender que la existencia no es sólo una idea fija, una línea que hay que recorrer eternamente, también se dan los cambios, las explosiones que trastocan los cimientos, hacen que uno se desentumezca. De verdad que me siento asombrado…

Por supuesto que no fue fácil. Cuando desperté de ese larguísimo dormitar, no entendía lo que me estaba ocurriendo. Apenas tenía ligeras reminiscencias, breves evocaciones que me transportaban a mundos pasados… Poco a poco fui desempolvando la memoria, lentamente fui acostumbrándome al dormitorio, con envolvente desidia que casi no me dejaba sobreponer, fui comprendiendo que no estaba en un dormitorio común, si no que era una mazmorra o cerrado laberinto; para burlarlo, había que utilizar más que fuerza, astucia. Estuve por mucho tiempo admirando aquella fortaleza. Con prudencia me fui deslizando por la superficie fosforescente. Lo que al principio creí que era mi dormitorio era una bóveda en la cual se entrecruzaban una infinidad de ramificaciones por las cuales corría un serpenteante líquido.

Cuando dejé la bóveda, fui descendiendo por una cavidad bastante estrecha y aglutinada, ligera claridad inundaba los extensos canales. Me fui olvidando de la precaución, abordé la zona donde trabajaban sincronizados mecanismos. Me fui acercando a una cámara cubierta de tabiques, de gruesas paredes, de exuberantes filamentos…, observé cómo en el centro de la fortaleza una burbuja bombeaba el líquido a las cañerías, a los canales. Durante suficiente tiempo estuve tratando de descifrar dónde me encontraba y que significaba ese complicado mecanismo. Quise continuar con el recorrido, pero comprendí que ya no era necesario. Una ininterrumpida vibración, como el vuelo de una bandada de pájaros metálicos, me hizo comprender dónde me encontraba y quién era… Con agitación fui recordando mi existencia, mi pasado. De algo sí estaba convencido: tendría que abandonar esa mazmorra lo antes posible. Mientras me preparaba, mientra urdía algún plan, fui recordando, me fui recordando y con vehemencia y fruición me decía: sos Cascarita, sos Cascarita

Eligio PichardoLa salida del laberinto ocurrió de la forma más imprevista. Al principio, sin tener artificio alguno, la desesperación hizo que me tornara violento. Con rabia, con saña empecé a golpear todo lo que encontraba. Quise dañar las piezas más frágiles de la máquina, las movía con fuerza, las trataba de destruir, pero al mismo tiempo pensaba que, con esa actitud, lo que estaba haciendo era adelantar mi fin. Me puse a correr por los canales, avanzaba entre descoloridos follajes, entre gelatinosas láminas… Agotado retorné a la bóveda y me instalé en mi conocido dormitorio. Estando ahí, se me ocurrió tocar uno de los hilos que sobresalían de los cientos de telarañas, al menos eso parecían: telarañas que se unían y se alejaban de la bóveda. Como si hubiese sido tocado por la energía de un rayo, sentí un reventón descomunal, en el mismo momento una fuerza cósmica me envolvió en una especie de sombrilla multicolor y fui subiendo en medio de una luz que todo lo alumbraba…Transcurrido ese momento, atiné a ver la bóveda, brillaba intermitentemente y las telarañas con sus hilos se ensanchaban y se adelgazaban… Cuando salí de la máquina, volví a acostumbrarme a los decorados de las salas, cuatro paredes nítidas, las camas, los olores…

En este instante, me encuentro sentado, en una silla de la habitación. Espero con impaciencia la hora de partir. Por última vez quiero ver la máquina en la cual dormí, tanto tiempo. Con tristeza la veo en esa rígida posición; admito que no deja de molestarme, pero al fin es sólo una máquina: la máquina-Anselmo.

Cuando desperté vi cómo mis amigos pasaban cerca de la habitación, Kin no hizo ninguna seña. Ojotes, ¡uh! Sí, es el mismo de siempre y guiñó su ojo izquierdo. Tomás se acercó, fue parco en su manera de hablar, fue como un silbido tenue: “Pronto nos vamos”.

No hay por qué alarmarse, sé que vendrán. Con ahínco, con ansiedad, pienso en el momento de llegar a nuestra Gruta. Volver a experimentar la sensación de libertad: cuando se levanta la vieja escala de madera y se incrusta la cabeza… en verdad, es algo que no se puede olvidar, y ni qué decir de las gélidas regiones, los fríos laberintos, volver a ver los juegos de espejos… Saber que somos dueños de Continentes Perdidos, de Barcos Relucientes, que tenemos miles de trajes para divertirnos, para jugar, como sólo nosotros sabemos hacerlo.

Guillermo Fernández (Costa Rica, 1962). Poeta y narrador. Ha publicado libros como Efecto invernadero, (cuento, 2001), Danzas (poesía, 2002), Babelia (novela, 2006), y Nebulosa.com (novela, 2007). Contacto: g_fernandez62@yahoo.com. Página ilustrada con obras del artista Eligio Pichardo (República Dominicana).

PORTADA DE LA PRESENTE EDICIÓN

El Proyecto Editorial Banda Hispánica crea su propia revista para atender la necesidad de circulación periódica de ideas, reflexiones, propuestas, acompañamiento crítico de aspectos relevantes en lo que se refiere al tema de la cultura en América Hispánica. Agulha Hispânica tratará de temas generales ligados al arte y a la cultura, constituyendo un forum amplio de discusión de asuntos diversos, estableciendo puntos de contacto entre los países hispano-americanos que  posibiliten una mayor articulación entre sus referentes. Revista de circulación bimestral, invitará en cada edición un artista plástico para ilustrar integralmente sus páginas. Las materias a ser publicadas dependerán con exclusividad de la invitación de la coordinación general. Comentarios de lectores y  colaboradores deben ser encaminados a bandahispanica@gmail.com.
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