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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Harold Alvarado Tenorio

Collage, Floriano Martins

 

Harold Alvarado Tenorio: Summa del cuerpo

Jorge Bustamante García

La poesía del colombiano Harold Alvarado Tenorio (1945) es una alabanza a las expresiones rotundas de la vida, una oración al cuerpo y sus quereres, a sus goces vitales y recónditos, pero también una suerte de indagación descarnada e incisiva sobre los parajes penumbrosos de nuestra inasible condición, que el poeta escudriña y experimenta sin hacerse muchas ilusiones. Al leerlo, una rara atmósfera de subversión parece extraerse de las cosas del mundo, con todas sus porciones de extrañeza y dolor, de rabia y asco, pero al mismo tiempo de goce y esperanza por la belleza y bondad que aún guardan los seres y que iluminan, sin duda, las razones (si es que todavía es posible hablar así) de la vida. Tal vez mucho de esta mirada se deba, en parte, a la cercanía que Alvarado Tenorio ha experimentado con la poesía oriental, especialmente la de China, que el poeta colombiano ha estudiado y traducido durante muchos años, pero acaso también al hecho insoslayable de mirar, leer y escribir en su país hermoso, en esa joya desesperada y herida que es Colombia. Alvarado Tenorio es un autor de voz sonora y bronca, como creo recordar que es su propio carácter personal, algo muy apropiado para un hombre de su estatura y peso, en el sentido absolutamente literal de estos términos. Pero tras esa voz sonora y bronca se adivina, en su poesía, una fina visión que se arraiga en una dura ternura, un fiel escepticismo y un madurado asombro. De ahí, viene, creo, Summa del cuerpo, su último libro en «Deriva Ediciones», una edición de autor en la que Alvarado Tenorio incluye varios de sus mejores poemas publicados en libros anteriores. Totalidad, aventura, suma del cuerpo y de los cuerpos, exploración de los placeres y los viajes, de los lugares y países, en donde el poeta ha ido desarrollando el tacto, el gusto, el paladar: «La delicia de las cosas/ reposa en el paladar./ Desgraciado/ quien llegado a los treinta/ sólo ha probado un lado del placer/ y gustado sólo una caricia». Alvarado Tenorio es doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, ha vivido en Beijing, México, Berlín, Estocolmo y Cali, donde ahora reside, ha traducido a Cavafis, Eliot y numerosos poetas chinos y, entre idas y vueltas, ha inventado libros como Pensamientos de un hombre llegado el invierno (1972), En el valle del mundo (1977), Recuerda cuerpo (1983), El ultraje de los años (1986), Espejo de máscaras (1987), Poemas chinos de amor (1992) y Summa del cuerpo (2002).

Lo conocí en los ochenta, cuando ya era un escritor reconocido en Colombia. Alto y muy robusto, es un hombre de carácter fogoso, desbordado, combativo, antisolemne, polémico, controvertido. Su tamaño y su temperamento, lo hacen ver más hosco de lo que en realidad es. Puede ser áspero con sus adversarios y tierno y detallista con sus amigos, pero siempre irónico y conversador. Alguna vez me sorprendió desde la China, al enviarme un caballo frágil e inmenso de porcelana que llegó intacto a mis manos después de varias semanas, sin un rasguño, por el correo postal. Fue como una metáfora de su propia poesía, que me ha acompañado sin fracturas y a la que vuelvo con reiteración. En ella he entendido, por ejemplo, que la patria es muchas cosas, además de ser «el frío y el hambre de Vallejo/ Neruda y su infinita colección de nombres y cosas,/ los juegos memorables y eternos de tu maestro Borges/ y un laberinto de sangre llamado Macondo./ Tu patria serán los libros que des a la tierra/ y la felicidad que depares al lector./ No pierdas el tiempo buscando la patria,/ la llevas contigo,/ con ella morirás sin haberla pisado./ La patria son un hombre, una mujer/ y la lengua que hablan».

Arte y ficción
Como en el arte,
hizo de su vida una ficción.

Y lo que más amó, el placer,
lo obtuvo en sueños.

No había realidad
y si la hubo
resultó también quimera.

La poesía
¿Qué eres sino la visión de la noche?

Todo lo nocturno te pertenece.

Invitas a los espléndidos banquetes de los sueños
y a las no menos espléndidas vigilias de la realidad.

Viajas con el hombre y la mujer como si fueras
la llama de sus ojos, el bordón de su felicidad
o el humo espeso de los amaneceres.

Para ti, madre del dolor, sólo hay gloria y pesar,
el mediodía no está escrito en tus agendas

Ninguna otra cosa eres, poesía,
Que la más alta sima donde el loco,
los mortales,
los desheredados de la suerte y la fortuna,
encuentran cobijo.

Tu, la detestada, la leprosa, la purulenta,
eres la mejor de las hembras
la mejor madre,
la mejor esposa,
la mejor hermana
y la más larga y gozosa de las noches.

Proverbios
No hables,

Mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren.

Confía sólo en los niños y los animales
y de los ancianos aprende el miedo de haber
vivido
demasiado.

A tus contemporáneos pregunta sólo cosas
prácticas
y comparte con ellos tus fracasos, tus
enfermedades,
tus angustias, pero nunca tus éxitos.

De tus hermanos ama al que está lejos
y teme al que vive cerca.

A tus padres nunca preguntes por su pasado
ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud.

Con tu patrón no hables, escríbele y nunca le
cuentes
tus planes futuros y miéntele respecto a tu pasado.

Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita
y si llegas a tener hijos, piensa que,
como en los juegos de azar,
podrás ganar o perder.

El destino no existe.

Eres tú tu destino

Y si llegas a la vejez,
da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo,
pero implora con resignación por tu pronta
muerte.

Los que no tenemos dinero ni poder
valemos menos que un caballo,
un perro,
un pájaro o una luna llena.


Los que no tenemos dinero ni poder
siempre hemos callado para poder vivir largos
años.

Los que no tenemos dinero ni poder
llegado a los cuarenta
debemos vivir en silencio
en absoluta soledad.

Así lo entendieron los antiguos
Así lo certifica el presente.

Quien no pudo cambiar su país
antes de cumplir la cuarta década,
está condenado a pagar su cobardía por el resto
de sus días.

Los héroes siempre murieron jóvenes,
no te cuentes entre ellos,
y termina tus días
haciendo el cínico papel de un hombre sabio.

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