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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Saúl Ibargoyen

Collage, Floriano Martins

 

Saúl Ibargoyen: el escriba de sí mismo

Guadalupe Galván

El escriba fue la mano de todos. El transmisor de mensajes, el único dador de la palabra escrita. La palabra de todos que aquí el poeta-escriba convierte en propia y la ofrece.

El escriba de pie (Fundación Cultural Pascual, Col. La inspiración nunca duerme, nº 13, México, 2002) es un viaje, un recuento, un conjunto de preguntas sobre la escritura y el origen. Sobre el propio nombre. Un viaje realizado por el poeta que el escriba rememora y transcribe.

Su canción al escriba -primera parte del poemario- oscila entre dos voces que no dialogan ni se responden. Una describe una geografía sin nombre donde se intuye un paisaje seco que es constante durante todo el viaje. Ahí hay pan de sol, mercaderes, una mujer enviejada y una fauna encenizada y traslúcida: garzas transparentes, pálidos peces, sutilísima libélula y vacas de basalto.

La otra voz -la voz poética- es la de un escriba erguido, viajante y en movimiento que se niega y se pronuncia a la vez. Niega lo que ha visto, lo que ha oído y lo que ha dicho:

"No soy el escriba/ no soy el presunto señor/ de la veraz palabra./ Nada pinto ni dibujo ni grabo/ ni escribo ni hablo./ Sólo veo una mujer polvorienta/ y objetos distintos/ y ajados mercaderes y pájaros/ que nadie compra ni bautiza ni recuerda..."

El verbo que al ser pronunciado actúa. La presencia por ausencia. Cesare Pavese señala que un poeta se finge a sí mismo no saber lo que ya sabe. El escriba de pie dice "No soy yo", como si al decirlo quisiera advertir que es otro, al mismo tiempo la voz de tantos hombres. Esa negación a lo largo del poemario se convierte en una postura, una actitud llena de dignidad y simultáneamente de dolor:

"Soy débil con toda mi fuerza/ y mis cuartillas y papiros/ se agrisan y agrietan/ como las verdades/ que no supe escribir."

Le duelen la mujer polvorienta, el asno de ceniza y el aire que llena el pulmón de hombre cotidiano pero no se sienta a la orilla a lamentarse, se niega a llorar. Sus voces sostienen su verticalidad adonde todo está de pie: "la barca con su blancura vertical", "el recto pincel", "la alta pluma iluminada", "el estandarte".

Así, continúa casi imperativo, negándose, y con furia levanta el estilete que lleva su nombre para hablar más alto y decir:

"No soy escriba de nadie/ ninguna orden se introdujo en esta mano/ ni en mi bolsa el precio/ de lo incierto..."

Insiste con las palabras precisas y el verbo fértil, y que sólo es un escriba que ve y escucha. El poeta-escriba cuestiona su labor, hace recuentos y provoca. Busca, como todo poeta, la sustancia esencial de la palabra, su contenido y su significado. La busca en la raíz: "más abajo del debajo", él dice. Busca el origen

en el misterioso choque del cobre sumergido entre los muros de una caja de papel para encontrar las palabras irrompibles, para hacerlas primeras y luego dejarlas en soledad, en medio de un desierto que las rodea. El gran vacío de las telas de un libro blanco que el poeta quiere raspar: "hasta que la sangre de un oscuro libro aparezca."

El autor abandona la escritura para que su poesía cobre existencia, comience su vida activa y vuelva a su origen esencial, "pierde sus denominaciones" y encuentra su perfil y su nombre verdadero, su nombre secreto.

El escriba de pie le habla a todos: "al que nunca escucha", "al que siempre llama", "a ti tan solamente solo", "tan solísima", "al que no encuentra aún su casa sonora", "a los que sólo oyen la liviandad del verbo".

El poeta crea su propio bestiario: animales del aire, de la tierra y el agua, de los que sobresale la negrura de un escarabajo. Hace recordar a Maldoror con su escarabajo que conduce una bola no más terrible que el mundo, que rueda este animal de espaldas "como pétalos de petróleo florecido":

"Y la bola rueda ajustándose/ a los tropiezos de una esfera/ de terregales y rocas inmedibles/ de humanas griterías y lodo podrido."

Queda preguntarnos si seremos capaces de usar el traje de escarabajo y rodar nuestra bola de estiércol, nuestra rueda de sudores del día, nuestro mundo individual a través de nuestros Nilos y nuestras calles irreales.

Ibargoyen pronuncia un solo nombre propio: Nilo, y este río, ya sea real o metafórico, se agita y se aquieta a lo largo de todo el libro.

No podía faltar el erotismo. El poeta le canta a una mujer en "El escriba en ti", donde efectúa otro viaje, uno por el cuerpo. Es ahora el escriba horizontal, el temblante escribiente que invita a la sensualidad y a descubrir palabras en la piel.

El escriba de pie es un recorrido que inicia situándose en la sequedad del desierto, describiéndola, procurando el origen, y termina al cruzar el río, al subir a la barca blanca y al preguntar qué queda en la tierra que se deja, qué en el desierto, qué en el libro blanco.

Después de hacer preguntas abrumadoras que no requieren respuesta, el poeta se cuestiona en "Post scriptum":

"De mí/ del escriba que sólo supo hablar/ con su encía personal.../ del escriba presente/ ¿qué podrá ser escrito?"

¿Qué permanece luego de la escritura, después de degollar el lápiz y escribir el nombre más propio? ¿Qué soledad envuelve y cómo ser fiel a ella y a nuestro nombre? Son algunas preguntas que provoca el final del libro, adonde se reitera la búsqueda de las palabras. Sólo el lector podrá decir algo sobre este poeta que se define "apenas balbuceante", "apenas de pie".

Y como finaliza Eliot algún poema, así despido hoy al Escriba de Pie:

"No feliz viaje.
Sino adelante viajero."

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