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hispânica

Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Alvaro Mutis

Collage, Floriano Martins

 

Alvaro Mutis: "Escribo para perpetuar la tierra de mi niñez"
(entrevista)

José Font Castro

Poeta y novelista ALVARO MUTIS JARAMILLO nació en Bogotá el 25 de agosto de 1923, hijo de Santiago Mutis Dávila y Carolina Jaramillo. De 1925 a 1939 residió en Bruselas y estudió en el Saint Michel de los jesuitas, pero en vacaciones retornaba al Tolima. Estudió en el Rosario. En 1941 se casó con Mireya Durán, con quien tuvo tres hijos. En 1942 comenzó a trabajar en radio; en 1946 fue jefe de redacción de Vida. En 1948 publicó, con Carlos Patiño, su primera poesía: La Balanza, al que siguió, en 1952, Los elementos del desastre. Jefe de publicidad de COLSEGUROS y BAVARIA, de relaciones de LANSA y luego, en 1954, de la ESSO. En 1956 viajó a México pues la ESSO lo demandó. Allí escribió Reseña de los hospitales de ultramar (1959); en 1959 estuvo 15 meses en la cárcel de Lecumberri, donde escribió Cuatro relatos (1958), Los trabajos perdidos (1965) y el Diario de Lecumberri (1960). Libre, se vinculó a la Century Fox hasta 1988. En 1973 publicó La mansión de Araucaima, en 1982 Caravansary, en 1983 ganó el premio nacional de poesía, en 1984 Los Emisarios, en 1985 Crónica vieja y alabanza del reino, al año siguiente apareció su primera novela La nieve del Almirante; seguirían Ilona llega con la lluvia (1987), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1989), Amirbar (1990), Abdul Basuhr, soñador de navíos (1990). Mutis ha ganado el Médicis, de Francia, al mejor libro traducido al francés en 1989; el Honoris Causa de las Universidades del Valle (1988) y de Antioquia (1993), y los Reina Sofía y Príncipe de Asturias.

Alvaro Mutis (o si prefieren, Maqroll el Gaviero, para nombrarlo con la metáfora que ha creado de sí mismo) continúa todavía muy alerta, oteando el horizonte desde su puesto de centinela en lo alto del palo mayor, para desentrañar las posibles asechanzas que le reserva el tiempo a lo que aún queda de la travesía. Porque "el Gaviero, el tipo que está allá arriba en la Gavia desempeñando el trabajo más bello que puede haber en el barco, es el poeta, el que ve más lejos y ve por los demás". Maqroll, un mito que nace predestinado a implantarse firmemente en la literatura, comienza su periplo en 1953, en el poemario Los elementos del desastre. Para entonces Mutis, su creador, le lleva una buena ventaja, ya que inició su andadura 30 años antes y promete continuar un buen trecho, porque aún no da señales de cansancio. Y es que a pesar de haber sido galardonado con los más importantes premios, el silencio es un premio que no se ha ganado todavía.

Mi relación con Mutis a lo largo de estos cuarenta años se ha desenvuelto a base de encuentros, en muchos casos casuales encuentros en diferentes lugares, pues ambos nos fuimos casi al mismo tiempo de Colombia y hemos sido, además, viajeros inpenitentes. Ahora, al borde de celebrar su emblemático cumpleaños, nos hemos vuelto a encontrar en Madrid y Alvaro me sorprende tan vital como lo conocí en el Bogotá de 1952, estrenando entonces un oficio casi desconocido en Colombia y que parecía inventado especialmente para él: las relaciones públicas. Como no podía darse el lujo de vivir de la poesía, tuvo que resignarse, como la mayoría de sus colegas a ser poeta a propósito de ser paralelamente otra cosa; de ser, por ejemplo, jefe de Relaciones Públicas. Y durante los 50 lo fue de la Colombiana de Seguros, de Bavaria, de Lansa y de Ecopetrol; posiciones a través de las cuales fue una especie de mecenas de la intelectualidad de aquellos tiempos, pues no había revista a la que no socorriera con anuncios, ni escritor en apuros que no se beneficiará de su generosidad, que muchas veces consistía en pagarle anticipadamente un artículo que a lo mejor nunca escribiría (aún le debo uno para Lámpara). Luego en México, a donde recaló en 1956 y se quedó desde entonces, trabajó en publicidad y posteriormente fue contratado, primero por la Century Fox y luego por la Columbia Pictures, para vender en América Latina sus series televisivas, trabajo éste que le permitió viajar durante 23 años por todo el continente y en el cual se ganó la jubilación. Desde entonces, todas las horas del día las ha dedicado a escribir, a recuperar el tiempo perdido.

En esos años 50, Mutis. a pesar de su juventud, rebasaba las condiciones necesarias para actuar como relacionista, pues además de su talento creativo exhibía una sólida cultura que, si no era indispensable para su actividad cotidiana, sí lo era para su oficio nocturno de escritor, para recrear los mundos que hirieron de niño su imaginación; lo mismo que para su vocación de gran conversador, para animar las tertulias que solía organizar en restaurantes de moda y clubes elegantes, pues era un elitista que no solía frecuentar cafés como el Automático, tan célebre en esa época. Contaba, entre sus interlocutores habituales, nada menos que a Gómez Dávila y Téllez, dos nombres que, junto con los de Carranza, Volkening y Eiger, ha entronizado en los altares de su memoria como sus auténticos mentores ¨Será exagerado de mi parte decir que fue Mutis quien introdujo (o popularizó) en Colombia a Proust y a Saint-John Perse? Al menos en los cincuenta era de los pocos que los había leído en su francés original y es gracias a su influencia que los más jóvenes comenzamos a leerlos. Dotado de una estupenda presencia -era el joven más bien parecido y elegante de su ciudad y de su tiempo-, derrochaba y derrocha todavía una simpatía envolvente y una elocuencia desbordante que suele subrayar con despeinadas carcajadas. Nunca ha tenido pose intelectual y ni siquiera se ha llamado a sí mismo poeta, sino modesto servidor de la poesía, como lo proclamó solemnemente al recibir el año pasado el "Reina Sofía", al mes de haber recibido también el "Príncipe de Asturias".

Por la séptima, que era por donde discurría la vida de la capital, saludaba a sus amigos de una acera a otra con su inconfundible voz de trueno, la misma que protagonizaba a veces los fabulosos montajes teatrales de Bernardo Romero en la Radio Nacional; y la misma también que por aquellos días identificaba la recién nacida H.J.C.K y que medio siglo después ha vuelto a identificarla. La misma voz que tiempo después se hizo famosa en todo el Continente al narrar la serie de Los intocables. Esa voz, así como la carcajada, el talante, la lucidez -y la luz de unos ojos enmarcados por unas mefistofélicas cejas, lo mismo que una sonrisa que no le abandona mientras habla- se mantienen presentes con la frescura de antaño en el Mutis de hoy.

Sí, nació en Bogotá, pero a los dos años se lo llevaron a Bruselas, donde su padre, Santiago Mutis Dávila -biznieto de Manuel Mutis, hermano de José Celestino- fue nombrado diplomático. Allí creció hasta los nueve y, por supuesto, fue en francés que aprendió a leer, a escribir y quién sabe si también a pensar. Pero no obstante las vivencias que le deparó esa infancia europea, es la finca de tierra caliente llamada Coello, en el Tolima, surcada por plantaciones de café y caña, el lugar de sus más entrañables querencias. Allí transcurrió buena parte de su niñez y adolescencia.

Lector compulsivo desde la niñez, para quien la historia de Europa se le antojó desde un comienzo como el más fascinante de los cuentos, fue, como siempre ocurre, un mal estudiante, que al fin nunca sacó el bachillerato, porque la lectura, la poesía y el billar del Café Europa y del Café París -que estaban a dos calles del del Rosario donde estaba matriculado- no le dieron tiempo para ello. En 1948, publica con Carlos Patiño, La Balanza, donde se alternan poemas de los dos, pero este libro, que ambos repartieron entre algunos libreros amigos, fue de las muchas cosas que ardieron el 9 de abril... Desde entonces ha publicado 22 libros en casi 100 ediciones.

Maqroll, su álter ego, omnipresente tanto en los poemas como en las novelas, nace de la necesidad de ganar credibilidad. Las tribulaciones interiores que acosan a este joven veinteañero, producto de sus prematuras y abundantes lecturas, y que parecieran no tener nada que ver con un joven bogotano y casi calentano, requieren una voz y un protagonista en consonancia con ellas, tanto en edad como en vivencias. Para ello nace Maqroll, un hombre que inventó pensando en la palabra Kodak, escogida por su fabricante debido a que su fonética se pronuncia y suena igual en todos los idiomas. ¨Era que ya presentía que Maqroll desbordaría el castellano, que sería traducido a 15 idiomas, entre los cuales hebreo, griego, sueco, ruso, rumano y danés? Es Mutis, con García Márquez, el colombiano más traducido.

¿Cómo era Maqroll? Nunca lo ha revelado. En La nieve del almirante hay una breve descripción, quizá la única de toda la obra, que se refiere a su barba hirsuta y entrecana que le cubre buena parte del rostro; y dice que era de pocas palabras y que sonreía a menudo, pero solo para sí mismo; y que tenía un aire salvaje, concentrado y ausente. Nada más. ¨De dónde era? Tampoco lo dice, aun cuando en una página deja entrever -sin querer decirlo- que podía ser de flamenco. Lo único que nos deja saber sobre este heterónimo que articula en gran parte su obra, es que "no hay nada en Maqroll que no sea mío. Yo no le he puesto a Maqroll nada prestado, no hay un solo rasgo de Maqroll al servicio de un personaje, todo lo que hay en él lo he vivido yo, sale de mí, de mi mundo".

Mutis desde siempre se ha declarado apolítico y monárquico. Es una posición suya muy seria, a pesar de que a veces la atribuya al hecho de haber nacido el día de San Luis, Rey de Francia. Pero la raíz de esta actitud está en sus lecturas de la historia de Europa -cualquiera de cuyos episodios puede contar como si lo hubiera vivido- que le despertaron auténtica fascinación por esa institución, patente en sus poemas al rey Felipe II. En este aspecto vive ausente de la actualidad. Declara que el único hecho político que de verdad le preocupa "es la caída de Constantinopla en manos de los turcos, sin dejar de reconocer que no me repongo todavía del viaje a Canossa del Emperador sálico Enrique IV, en 1077, para rendir pleitesía al soberbio Pontífice Gregorio VII, viaje de funestas consecuencias para el Occidente Cristiano. Por eso soy gibelino, monárquico y legitimista".

Coherente con esa posición, es el único colombiano que no nació ni liberal ni conservador y reitera que por ser monárquico no permite que se le llame derechista, un término que le huele a rancio. Dice no haber votado nunca, pues no cree en la democracia. Y a propósito explica: "Estoy totalmente de acuerdo con Ortega y Gasset, quien dijo que cuando las grandes mayorías se ponen de acuerdo es para cometer un desmán o alguna bellaquería." Su intransigente monarquismo hace que mantenga una estrecha amistad con reyes, comenzando por los españoles. Esta posición no le ha creado problemas, excepto una vez en Puerto Rico, cuando estuvo a punto de ser linchado en la Universidad de Río Piedras por un grupo de independentistas que le preguntó su opinión sobre los episodios cuando E.U. se quedó con la isla. "Fue un acto bárbaro -respondió- que aún es tiempo de reivindicar devolviéndole esta isla a España, a la cual por derecho pertenece". (Temiendo declaraciones como ésta, es por lo que su amigo Gabo nunca lo ha invitado a Cuba).

Por más de que no hable de la edad -la suya la disimula muy bien-, este es un tema que siempre le ha preocupado. En Bogotá un tonto incidente lo ha hecho asimilar esa aterradora edad. "Salía yo del Tequendama -me contó- y un gamín, vendedor de lotería, me agobió ofreciéndome un billete, con el truco de dejarlo caer al suelo como si yo fuera turista. Lo mandé al carajo ¨Sabes lo que me respondió el chino?: 'Váyase a la mierda, viejo h...' "

¨¿Eso fue todo? ¨¿Y qué...? -le pregunté.
­ ¡Es que lo de viejo le salió del alma!

A sus 75, completamente realizado, creyendo a ratos que ha llegado la hora de callar -pero sin callar-, disfrutando del amor, la ternura, la paciencia y el sentido común de la dulce Carmen, su mujer -sin lo cual este gaviero no se hubiera afincado nunca en tierra firme, desde donde ahora columbra la sonriente lejanía del camino recorrido-, Alvaro reflexiona sobre la vida, la cual ni a él ni a Maqroll les debe nada. Y reflexiona también sobre la muerte, tema imprescindible para un poeta de cualquier edad. "La verdadera muerte -me dice- no es la que se presenta con una enfermedad. Ese es el fin. La muerte que uno lleva adentro, con la que ha vivido desde que nace, se manifiesta a estas alturas en forma sigilosa, a base de alejar recuerdos e ilusiones, a base de irnos aislando del presente y acercándonos al pasado, a base de que muchas de las cosas que nos han interesado tomen otra distancia. Es además un regreso muy intenso a la niñez y a la juventud..."

¨¿Por qué escribes, Alvaro?

Para salvar los recuerdos de mi niñez, que es una manera de perpetuar en la memoria los momentos más felices que he vivido. Lo he dicho muchas veces: todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar Coello, ese rincón de tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis errores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón del Tolima".

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