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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Carlos Brandy

Collage, Floriano Martins

 

Nueva poesía de Carlos Brandy, el poeta incesante

Alfredo Fressia

La experiencia es compartida, reiterada, expresa, y se suele formular así: la poesía de Carlos Brandy (Montevideo, 1923) encanta. Tiene ese poder. Es y fue siempre entrañable, desde Rey Humo, su libro de "poesíademilnovecientoscuarentaisiete", publicado en 1948. Querible y querida, se comporta también como una seductora: despierta inmediatamente la adhesión del lector. Sus fieles lectores lo saben y esperan por esa seducción. Y exactamente eso es lo que ocurre con su nuevo poemario Una sombra una ficción (Ed. del autor, Montevideo, 2001).

Tal vez la explicación de esa especie de magnetismo esté entredicha en la contratapa. El poeta, "aunque cronológicamente pertenece a la generación del 45, se ha considerado siempre un outsider". Sin duda, Uruguay contiene toda una literatura de "outsiders", y Brandy, sin ser un "raro", vivió siempre con explícito malestar su inclusión en una generación determinada. Sus amistades literarias y personales, muchas nacidas en el viejo Sorocabana, y que además su obra menciona, incluyen poetas como Humberto Megget, pero también escritores como Felisberto Hernández o Armonía Somers. Y si realmente tiene alguna utilidad decir con quién anda un poeta para decir quién es, Brandy anduvo muchas veces cerca de los surrealistas franceses. Aun en 1998, y en un país donde el surrealismo no despertó mayores ecos, el poeta incluye, por ejemplo, un "Homenaje a André B." (donde "B." es Breton) en su poemario El invierno del ángel.

Sin embargo, Brandy no es un surrealista, más bien se rehúsa a toda "escuela". En Una sombra... las esquinas montevideanas pueden estar pobladas de elefantes, pero aun así el libro "busca una poesía ‘neta’, liberada de toda envoltura estilística". Dice por ejemplo: "Si yo muriera/ no existiría el mar (...) Qué solo quedaría/ el viento/ qué solo el Universo/ mis abisales/ monstruos". O habla de su corazón: "Mi corazón/ solo ama el silencio/ ese que no tiene rostro/ ni una abeja/ para despertarle". O se interroga pura y simplemente: "Si esta vida chiquita/ me pregunto/ es lo que me dejaron/ ¿Quién soy?". Es decir, recurre a un lenguaje de apariencia denotativa que buscaría la expresión llana, si se entiende por tal la renuncia a una retórica "lírica" establecida (como la de otros poemarios del autor, sobre todo el recordado Los viejos muros, de 1954).

Si el encantamiento que provoca la poesía de Brandy vuelve a cada poema de Una sombra..., es seguramente porque el poeta hace "pasar" sus versos sin que se sienta el peso muerto de una retórica. Los paralelismos, por ejemplo, presentes en su obra, comparecen delicados, en el territorio opuesto a la anáfora gritante. Obsérvense estos modos de nombrar a las ventanas, organizados sobre dos sí y dos no: "No son un cuadrado/ ni un redondo/ agujero negro/ Solo son ojos/ rompiendo el silencio/ Largos senderos abiertos/ en la soledad". Las imágenes, poco preocupadas con una improbable "originalidad", se construyen, como sentido, en la estructura misma del poema.

Pero es posible también que se pueda ir más lejos para explicar la adhesión que suscita esta poesía. En Una sombra... los 43 poemas, breves, de versos muy cortos, segmentarios (en tanto obedientes a los menores segmentos de la frase), sincopados, como ocurre con frecuencia en la última obra de Brandy, se proponen nombrar no un universo, personal o metafórico, sino el Universo, hecho de espacio y tiempo, "einsteiniano" desde el acápite ("Apócrifo"). Comparecen el reino vegetal, el bestiario, vastísimo, la piedra, todo contemplado desde un locus explícito, el Montevideo fantasmal (y "hay fantasmas de acrílico") contemplado desde un céntrico cuarto piso, y por un yo que se cita a sí mismo ("Pez masculino/ y guitarra/ escribí un día") y que inevitablemente exhibe la firma Brandy.

La solidaridad del lector, inmediata, provendría así de la austeridad de esos recursos de apariencia llana ("neta") usados al servicio de una interrogación universal. Es de ese servicio al enigma que surge la fineza casi oriental de poemas como éste: "Si hueles una flor/ hueles el polen/ el misto mismo/ de la flor/ Pon atención/ Sola la abeja/ Si eres intruso/ pórtate con discreción/ No la arranques/ cuida de sus pétalos/ Tú no eres el único/ misterio/ Tampoco lo es/ la flor".

Se podrían seguir sumando hipótesis, o acaso ficciones para explicar ese perplejo encantamiento del lector, lo inexplicable. Por ejemplo, ese Montevideo sombrío, "gótico" a su modo, habitado por insectos descritos con minucia, entra en una exacta sintonía con la poesía joven de los ’90. Pero también es útil recordar estos versos que mencionan el título, borgeano, del poemario: "Quien cree saber/ está perdido/ es portero/ en la iglesia/ de una ficción/ que no existió/ jamás". Y en todo caso el poeta, incesante, conoce su secreto y da su respuesta con discreción: "Cansó el caballo/ pero no/ su sombra/ Cansó mi voz/ mas el poema/ no murió/ Difícil es/ entender el ser/ Aún más/ el acto del creador".

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