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HOMENAJE A ERNESTO CARDENAL
Jorge Boccanera
Presentar
a una figura como el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal podría
resultar, dada su estatura literaria y ética, una formalidad, un
dato redundante. Pero el motivo que nos convoca lo justifica no
sólo en lo que podría tener de reparación, sino en lo que tiene
como retribución.
Retribución a una obra original e iluminadora; a esa voz amasada
en la contemplación y en la acción, que traza el relato de una
experiencia personal y colectiva enraizada en una historia
ardiente y una naturaleza exuberante.
Los hilos temáticos de un poeta van entretejidos a un tapiz
coloreado por el tiempo, ese transcurso que da brillo y sentido.
Esos estambres se refunden finalmente en una indagación perpleja
sobre la existencia. En el caso de Cardenal, todos sus temas
–Dios, la revolución, la naturaleza- se refunden en uno: el
amor.
Cuando Cardenal titula el primer tomo de su autobiografía
Vida perdida, resume en la paradoja de perder la vida para
encontrarla, una forma profunda de la entrega. Ese estilo que se
traduce en darse, consagrarse, brindarse; es un diálogo del alma
y la sangre que abarca, en un solo haz, el hacer poético, la fe
religiosa y el compromiso político.
Así, el hombre que ingresó al Monasterio de Gethsemani, en
Kentucky es el mismo que padece exilio, el que realiza estudios
sacerdotales en Colombia, el perseguido político que firma sus
poemas como “Anónimo nicaragüense” y que otros poetas como Pablo
Neruda llegan a publicar en sus revistas sin conocer la
identidad del autor.
Así, el hombre que en 1966 funda la comunidad de Solentiname y
que fue condenado a prisión en ausencia, es el mismo que en
1979, con el sandinismo en el poder, lleva adelante el
Ministerio de Cultura; el mismo que frente a un presente de
depredación y deprecio afirma que así como hay leyes para
proteger la diversidad biológica, debería haberlas para proteger
la diversidad de las lenguas, porque “cuando se pierde una
lengua se pierde una visión del mundo”.
Su anhelo de solidaridad, que cristaliza entre la convicción
política y la fe, lo lleva a decir con Camilo Torres que la
revolución es la caridad eficaz. Y reafirmando esos principios
sigue sosteniendo que: “La revolución significa la puesta en
práctica del Evangelio; que la verdadera iglesia está con los
pobres”, y que “lo importante es cambiar el mundo, porque es
posible y necesario”. Ajeno a cualquier seguidismo, ha sido un
crítico severo del abuso de poder y las corruptelas que han
traicionado el espíritu de la Revolución.
Decía nuestro Pedro Orgambide que “la solidaridad es el lujo de
los pueblos”. En ese sentido la obra de Cardenal redefine hoy,
desbaratados los lazos sociales, una solidaridad movilizadora
consciente de las potencialidades de las labores cooperantes; un
sentido de comunidad, de acción aglutinante que es reciprocidad
y diálogo, trabajo y creatividad dinamizando una mejor
convivencia de los hombres en sus proyectos diversos. Dice Walt
Whitman: “si me pierdes en un sitio, búscame en otro/ En algún
lugar te espero”; responde Cardenal: “el esfuerzo humano
arranca desde la hermana iguana”; concluye César Vallejo: “se
debe todo, a todos”.
Entre la épica y la meditación mística, en sus textos resuena
siempre una Centroamérica donde convergen el pensamiento mágico
y la contingencia: el filibustero William Walker proclamándose
presidente de Nicaragua, una retahíla de dictadores sangrientos
y enajenados, pero también un extenso registro de resistencia y
rebeldía en la lucha por la dignidad. Cardenal, que nació en una
Nicaragua sitiada por las tropas norteamericanas, tiene dos años
cuando las voces de su casa comentan que los liberales con
Moncada a la cabeza se han rendido. Todos menos uno, Sandino. En
Cardenal resuenan las voz del general Zeledón, el indio Zeledón
enfrentándose a los marines norteamericanos, la voz de Sandino
iniciando la primera guerra de guerrillas del continente, las
voces de los Farabundo Martí, los Carlos Fonseca, las Rigoberta
Menchú, los Leonel Rugama. Todos sobre una tierra de imaginería
laboriosa con puentes tendidos entre Rubén Darío y Miguel Ángel
Asturias; Salarrué y Carlos Luis Fallas; Roque Dalton y Luis
Cardoza y Aragón.
Que Nicaragua ha destacado desde siempre en el mapa
latinoamericano por su poesía, lo patentiza no sólo la obra de
ese Darío que vivificó el idioma; el que escribe: “¿Seremos
entregados a los bárbaros fieros?... ¿Ya no hay nobles hidalgos
ni bravos caballeros?/ ¿Callaremos ahora para llorar después?”,
sino también la del poeta y cura Azarías Pallais (primero en
hablar de socialismo en Centroamérica), la de Salomón de la
Selva, combatiente en la primera guerra mundial que dejó un
libro fundamental El soldado desconocido; la del poeta
metafísico Alfonso Cortes, que perturbado mentalmente vivió
encadenado en la casa que fuera de Darío, y voz la de Joaquín
Pasos , el niño genio de la poesía nicaragüense autor nada menos
que del “Canto de guerra de las cosas”
Y por supuesto José Coronel Urtecho, un claro referente en la
poesía de Cardenal, siempre trasgresor y desenfadado en sus
noveletas, farsetas y libros de viaje. Es junto a Coronel que
Cardenal dará un libro invalorable con traducciones de poesía
norteamericana.
Coronel lideró en Nicaragua a inicios de siglo pasado, el único
grupo de ruptura literaria en Centroamérica, el grupo
“Vanguardia”, junto a otros poetas como Pasos, Pablo Antonio
Cuadra, Manolo Cuadra y Octavio Rocha.
Y se me ocurre que Cardenal cumple con los postulados de ese
grupo que procuraba una modernidad enraizada en lo propio; las
palabras en libertad coexistiendo con lo vernáculo. Cardenal
hace suya la intención del grupo que buscaba “presentar informes
sobre “las artes indígenas, coloniales y populares de Nicaragua”
y empuña su consigna: “Desconocemos la palabra imposible”.
Así, el habla viva de su pueblo está en la base de la poesía de
Cardenal, con su folklore, mitos, leyendas populares y la
primera piedra de la literatura de Nicaragua, el Gueguense, esa
obra mestiza escrita en nahuatl y español, de gran libertad
creativa. Ese Guegüense que se burla de la autoridad, es el
primer personaje del teatro hispanoamericano.
Y si los poetas de “Vanguardia” fueron del caligrama a la
canción folklórica, del humor dadá a la poesía del Siglo de Oro
español, de lo lúdico a la celebración de la naturaleza,
Cardenal en un ejercicio de trasiego literario va de lírica a la
crónica, del relato breve al anecdotario, del epigrama al pasaje
histórico, en un collage que se hace homilía y canto coral. Y
allí están sus libros fundamentales: Hora Cero,
Gethsemani Ky, Salmos, Oración por Marilyn Monroe,
El estrecho dudoso, Canto General, Homenaje a los
indios americanos, Cántico cósmico.
El escritor que registra en sus escritos la suma del sacrificio
anónimo, enlaza el sueño con la crónica, hace un cruce entre
historia precolombina, pasajes bíblicos y modernidad, y relata
desde el lugar del testigo: “voy a hablarles ahora de los gritos
del Cuá”
La originalidad de su poesía tiene que ver con un ejercicio de
montaje del verso de amplio período que introduce en la
respiración del poema el tono del coloquio, pero además:
consignas políticas, letras de canciones, onomatopeyas, largas
enumeraciones, datos de la botánica, la astronomía, la economía;
palabras indígenas, cifras, salmos, comentarios, partes de
guerra, marcas comerciales, siglas, telegramas y apuntes de
viaje. Y sobre todo ajustadas descripciones que semejan guiones
cinematográficos, con una fuerte impronta visual que, al decir
del poeta cubano Cintio Vitier, dan “proféticos cantos” que
parten de “un realismo revolucionario y místico” y funcionan
como documentales y reportajes.
La marca de esta poesía de enfoque directo que Cardenal ha
llamado “exteriorista” y que atraviesa gran parte de la lírica
de su país, es una oralidad alimentada en gran parte por la
poesía norteamericana. Ya Urtecho había escrito de Carl
Sandburg, que se expresana: con “rápidas imágenes” y “un idioma
viviente, palpitante, callejero” que “nos daba en detalle, al
menudeo... la inédita poesía de lo que se encontraba uno en la
calle”. La poesía de Cardenal entra en este análisis, como
también en la caracterización que hace Coronel sobre los
Cantos de Ezra Pound; una poesía: “maravillosamente móvil,
cambiante, cinematográfica, fluida, intrincada, compleja,
entrecruzada de corrientes y luces y reflejos, rica de
referencias y de alusiones y de presencias, recorrida de voces y
de conversaciones en varias lenguas y distintos acentos,
canciones y procesiones, cortejos, viajes y fiestas, abierta a
innumerables perspectivas, espacios, tiempos, naciones, y
civilizaciones”.
En esta cuerda de la oralidad teje Cardenal la crónica del
continente americano; la trama dialogante acerca en sus giros y
locuciones populares el sabor del habla nicaragüense, las voces
anónimas; y en un ejercicio de traspaso de voz los humildes
toman la palabra en su poesía: Amanda Aguilar, Joaquín Artola,
Angelina Díaz, Bernardino Ochoa, y los jóvenes de Solentiname,
Juan, Laureano, Alejandro, Natalia, junto l indígena Panquiaco,
Netzahualcóyol y el coronel Santos López.
Todo cruzado por un paisaje apabullante: el latido de la selva,
el gran lago de Granada (quizá su paisaje preferido que lo
acompaña desde la infancia) los volcanes de nombre atronador
–Momotombo, Mombacho- y los gorjeos, los trinos, los
cascabeleos, los chillidos de toda clase de pájaros que llegan
desde la garganta abovedada de la selva. Una naturaleza en
estado de gracia, cantando, un todo en comunión. Escribe el
poeta: “Tú has hecho toda la tierra un baile de bodas y todas
las cosas son esposos y esposas”.
Ya lo dijimos, los hilos temáticos de la poesía de Cardenal
–Dios, la revolución, la naturaleza- se refunden en uno: el
amor. Un amor no exento de erotismo. En uno de sus primeros
textos hablaba Cardenal de: “Una muchacha meciéndose en una
hamaca/ con su largo pelo negro y una pierna desnuda/ colgando
de la hamaca”, y ahora, en un poema último no recogido en libro,
retrata a: “una muchacha morada, en su palma anaranjada una
almendra roja… la piel de sus piernas parece sonreírnos”.
Estudiosa de la poesía de Cardenal, Luz Marina Acosta sostiene
que “el amor es un elemento motor y configurador de su obra”.
Dirá el poeta: “El amor es saber que uno ya no es uno sino dos,
y que uno es incompleto sin la persona amada”. Y el amor centro
del universo atraviesa desde Epigramas al Cántico
cósmico, ese extenso poemario con el aliento de San Juan de
la Cruz, y se prolonga a otro poemario místico, El telescopio
en la noche oscura.
Hay que decir que no es la primera vez que Cardenal es
homenajeado en México, aunque sí es la primera vez que recibe un
Doctorado Honoris Causa de una universidad, en este caso la
veracruzana. Y es pertinente recordar que fue en México donde un
Cardenal veinteañero publicó en las revistas Letras de México
y Cuadernos Americanos sus primeros poemas, entre ellos
nada menos que el poema “Ciudad deshabitada”, elogiado por León
Felipe y Octavio Paz, en el que el despechado de amor prende
fuego a la ciudad de su amada, porque esa ciudad, dice “es la
osamenta de una gran ilusión”.
Fue en México que el joven nicaragüense que trabajaba en una
librería de la calle Tacuba, estudiante de Licenciatura en
Letras en la UNAM, se relacionó con Lolita Castro, Rosario
Castellanos, Augusto Monterroso y Pablo González Casanova, entre
otros escritores mexicanos; con su amigo de juventud, el
costarricense Alfredo Sancho, y con los poetas del exilio
español, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y Concha Méndez,
entre otros. Fue en México donde en 1959 ingresó al monasterio
Benedictino de Cuernavaca y publicó dos años después la primera
edición de su libro Epigramas.
Y no es dato menor recordar que en México escribió gran parte de
su primer libro Carmen y otros poemas, inédito por más de
medio siglo hasta que fue exhumado en el 2000 por Luz Marina
Acosta.
La poesía de este maestro espiritual como lo llamó Thomas
Merton, puede leerse como un registro de la identidad americana
donde se percibe el rumor de las culturas precolombinas, el
esplendor de ciudades indígenas que no tenían murallas ni
cuarteles ni usura. En su celebración siempre estará la vida
recomenzando una y otra vez: “la momia aún aprieta en su mano
seca su saquito de granos. Y la lucha recomenzando una y otra
vez: “el héroe nace cuando muere/ y la hierba verde renace de
los carbones”.
Saludamos a este poeta mayor de las letras americanas, de la
esperanza, a quien veremos siempre como él veía a Sandino: de
pie en la montaña negra, calentando sus sueños junto a la
hoguera roja. |