HÉCTOR
YÁNOVER (1930-2003)
Amalia Inés Gieschen Zarrabeitia
Dicen que
Héctor Yánover ha muerto. Y este dolor –que sólo le pertenece a
él, no permite llorar los setenta y tres años de sonrisas que
Yánover prodigó sobre esta tierra ingrata. "Tengo que
recordarlo", pienso. Hago un esfuerzo por evocar aquello que a
estragos de adolescencia y desidia olvidé. Cierro los ojos, como
él. Aparecen algunas imágenes, todas descoloridas.
El primer encuentro
ocurre, aproximadamente, hace dos años. Un incipiente estudiante
de periodismo, que conoce mis desviaciones literarias, me invita
a que lo acompañe a entrevistar al libreropoeta en su
departamento de la calle Vicente López, cerca del cementerio.
Héctor Yánover sonríe con los ojos tan tristes. El
casiperiodista enciende el grabador; yo -luego lo lamentaré-
prefiero ir nada más que con el corazón fanatizado. Días
después, se borrará por error el cassette, y la voz de Yánover
quedará relegada a este esfuerzo de mi memoria.
Su departamento es
una librería en miniatura. Libros por todos lados, si claro,
todos aparentemente desordenados, con anotaciones; en el sillón,
en el suelo, libros ajados, usadísimos, como corresponde a un
libreropoeta. Los que él escribió (tan humilde es) se acantonan
y defienden de los otros en un rinconcito que es casi un fortín,
en el extremo inferior, a la izquierda de esa legión infinita de
escaparates que revisten una pared entera. Los ejemplares que
aprendices de escritor han remitido para pedirle una sentencia
(tan servicial es) están apilados sobre un tablón blanco apoyado
sobre pivotes de madera, que hace las veces de mesa. La mesa se
llama Prioridad.
Mi compañero y yo
aspirábamos a observar a un hombre alegre desde la médula, pero
a primera vista descubrimos que su alegría es un vestido,
necesario para guarecerse lejos de la fría fatalidad de la vida.
Basta ver sus hundidos y almendrados ojos claros para percatarse
de que allá lejos hace frío, mucho frío, basta escuchar sus
recriminaciones a Perón y a la dictadura, en la que no quiere
ahondar demasiado, para sentir el frío penetrando en nuestros
propios huesos.
Y ese pillo del
tiempo, se filtra por debajo de la puerta, igual que el frío, va
desvistiéndolo a Yánover, dejándolo desnudo con su desaliento y
su soledad, a veces interrumpida bella, alentadoramente por su
esposa Olga, como ahora, que le toca el timbre para verlo, dado
que, aunque siguen siendo marido y mujer en los papeles, en el
corazón y en lo cotidiano, ya no viven juntos.
El poeta se merece
el nombre que tiene. Héctor, héroe troyanoargentino por
excelencia, sonriente ante la adversidad y compasivo con su
familia, homenajea a Olga en su librería privada. No es difícil
encontrar, cuando seguimos con la mirada el recorrido de Yánover
hacia el teleportero por el cual escucha a Olga avisar que
subirá, decía, encontrar justo al lado del llamador una foto de
Ella, foto cuyas dimensiones panfletarias son -estoy segura- una
métafora del espacio que la esposa ocupa en su alma.
Al describirse para
una supuesta entrevista, Héctor predica un ejemplo del que yo
-al menos- no saldré inmune. Aunque usted no lo crea, consejos
del estilo "tenés que leer Babelia" o "Bernardo Kordon", frases
como "la librería es el circo de Buenos Aires", podrán inferir
en los ríos interiores de inciertas vidas.
Después de esa
visita, en la que esta fan además de irrumpir en la soledad de
su fortín se fotografió con él, no tardé mucho en sumarme a la
horda de muchachos y muchachas que le enviaron sus poemas,
poemas que en su mayoría -decía él- no merecían demasiada
atención. Le escribí algo así: "Lo único que necesito saber es
si -como sospecho- debo agarrar el fratacho y dedicarme a la
albañilería o si, por el contrario, puedo seguir escribiendo".
El tampoco tardó mucho en responderme, por mail. No importa lo
que me dijo ni lo que vino después, lo importante es el gesto,
piedra basal para las acciones que de ahora en más voy a llevar
a cabo, una de las cuales será amarlo para siempre.
No sé quién
señalaba que, cuando alguien "muere", en realidad fallecen
ciertas facetas de las personas que se toparon con ese alguien,
porque lo que ha desaparecido no es otra cosa que la memoria del
alguien en la que estas personas eran recreadas. Seguramente el
8 de octubre de 2003 familiares, amigos, lectores, periodistas,
empleados de la Biblioteca Nacional, libreros, productores de
televisión y muchos otros, hayamos dejado de existir.
Dicen que Héctor
Yánover ha muerto. Que fue un enfisema pulmonar, aseguran.
Agüero y Las Heras. Un cartel con letras negras anuncia: "Ha
fallecido Héctor Yánover, poeta, un amante de los libros!/
Estará presente en la memoria de los trabajadores de la
Biblioteca Nacional" .Alguien ha agregado, con impasible birome
azul: "Y de la CGT/CTA". En el velorio, la casa está casi vacía.
Dentro del cajón -cubierto de un paño azul nomás, aureolado por
las nueve velas blancas- no está el poeta.
Dicen que Yánover
ha muerto, porque no saben que el recuerdo es tiempo presente.
Que los libros que publicó hablan. Y que la memoria de los que
lo hemos conocido, dibuja su cuerpo. Por eso tengo que
recordarlo.
Dicen que Héctor
Yánover ha muerto.
Es imposible
creerles.
PEQUEÑOS POEMAS
Para Arnoldo Liberman
III
Grande como es la
tarea de vivir
y nadie que la
viva.
Hondo como es el
ojo y tan vacío.
Serio como es mirar
y no ver nada.
No desfallezcas
corazón
y continúa
golpeando esta mañana.
V
La luna ha entrado
al cuarto.
Se hace primero duende,
dedo suave de luna en el espejo.
Cierra la puerta y llega
allí donde la carne
deja morir su primavera.
El canto de un paseante se asoma
y entra la vida de la calle y sueña.
La luna por los muros se hace muerte pequeña.
VIII
La noche se ha cobijado como una niña en mis ojos
y las desiertas palmeras duermen sueños de palmeras
donde se trepan los monos.
Estoy sentado en un barco oyendo el correr del agua,
bajo la tierra y el cielo, el alma corre y se apaga.
La vida sueña y de su sueño salen ríos,
praderas donde vivir, ciudades; cuerdos y locos.
Yo pienso en lo que vendrá
y en la niebla no distingo si son brillos de verdad
o son las luces de un foco.
La noche se me ha dormido como una niña en los ojos.
X
A Dina Roth
El camino verde-gris
las casas a la distancia
chatitas como tres naipes
perdidos en la baraja.
Quién vivirá en ellas, Dios?
Qué será lo que les pasa?
El mundo que duelo yo,
qué diapasón, qué nostalgia?
¿Cómo será allí el pregón
de la guerra a la distancia?
¿Qué pensarán de nosotros
los del camino que pasa?
Yo llevo en el corazón
tres casitas de barajas,
un juego que no se dio,
y siempre pasa que pasa...
XI
Mujer del amor que tuve
por qué se quebró el amor?
Mujer de Dios en los cuerpos
por qué sin gracia, sin Dios?
Mujer de amor que no vino
y nos perdimos los dos.
XII
Por ver el alba
se empinaba sobre la tierra
pero el alba no llegaba.
Por ver el sol
apuraba el alba
pero el sol tardaba.
Por verse el alma se abrió el pecho
pero allí el alma no estaba.
XIII
Qué van dejando los años?
Tristeza en el corazón.
Y dentro de los pañuelos,
lágrima, adiós, desconsuelo;
cosechas de la canción.
XIV
Gatos del sol por el borde del sol.
Pulgas del mar por la orilla del mar.
Gentes de Dios, cerca de Dios, sin llegar...
XV
Alégrate corazón de estar vivo.
Para ti se han hecho las calles con sol
cuando el otoño
y los vinos sedantes cuando en torno al fuego
los amigos retornan a los viejos recuerdos.
La añoranza es antigua,
el querer es amargo,
la esperanza es incierta.
Pero alégrate corazón, tú estás vivo.
XVI
Del ayer quedan cuentos,
historias fabulosas,
hermosísimas máquinas.
Las religiones y los preceptos
son palabras del sueño del poeta,
palabras nada más, pura belleza.
El ayer es remoto,
sólo el futuro cuenta.
Abrid, abrid el corazón
y el viento
empujará las velas.
XVII
Un poema como una rosa y todo el mundo adentro.
Un poema como una mujer hermosa y todo el mundo
adentro.
Un poema como un tibio sol de otoño y nosotros
contentos.
XVIII
Sin respiro, a trechos sofocado,
sin cesar voy cargado
de angustias en acecho.
Sin nada,
sólo con lo que siento,
voy subiendo las cuestas del alma,
sus repechos.
Seguro,
casi ciego de futuro,
voy a llegar al sol
y me acostaré en su lecho.
XIX
El tiempo galopa sobre los fosos
y sobre las murallas.
La cota ciñe mis huesos, me lastima.
El tiempo es un grumete poderoso,
un piloto borracho, severo.
¡Eh! años, soy yo quien vuela ahora
tomado de los velos.
XXI
Quién sabe dónde andarán
los sueños del 3 de marzo
los días que ya pasaron
y la juventud del canto.
Dónde andará el corazón
que se elevaba del cuerpo
para andar como un señor
por entre gritos y vientos.
Se fue el ayer, ya se irá
el hoy, todo se irá;
¡trabaja amor, mientras tanto!
XXII
Quien tenga un oso que me lo preste
y quien tenga una flauta
y quien tenga un sombrero de mago
y un yo-yo y un barrilete.
Porque me mudo,
porque me voy al año sin viernes
al país de lo alegre
al reino de los más conscientes.
Quien tenga un tambor que me lo preste
y quien tenga un papel verde.
Que me voy para siempre, para siempre.
[De Antología poética, 1996] |