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REFLEXIÓN Y VIAJE: MIS PRIMEROS 20 AÑOS EN LA POESÍA
Aleyda Quevedo Rojas
Con
el invierno que se acerca, algo se cierra en mí.
Es
este verso de la poeta austriaca Frederike Mayröcker el que me
permite iniciar este ensayo sobre el poeta y su mundo, más bien,
sobre mi mundo y mi poesía.
Algo
frágil y necesario se cierra en mí cuando dejo de escribir; y
algo luminoso se abre cuando me siento frente al computador para
ordenar con palabras —las emociones, imágenes y conceptos— que
me han rondado y obsesionado por días, semanas, tal vez meses y
años...
Con
la fortuna de la inspiración tocándome, a través del invierno y
del verano casi simultáneos que vivimos los habitantes de la
mitad del mundo, inicio el proceso creativo, o más exactamente,
la exploración de la sensibilidad, hasta llegar a las palabras
escondidas, esas a las que García Lorca les otorgó misterio, ese
misterio que solo la poesía es capaz de develar sobre todas las
cosas de la tierra y dentro de ella.
Sola. Con Gente. Mirando mucho cine. Sola.
Leyendo poesía de todo el mundo. Con Gente. Devorando novelas de
japoneses y Latinoamericanos. Sola. Con gente. Música a todo
volumen. Viajando. A mil por hora. Caminando. Sola.
Sobreviviendo. Con gente. Sola. Amando. Con gente. Sola. Es así
como funciona mi proceso creativo.
Sola, porque es la única manera de leer profunda
y concentradamente un libro, más aún si es de poesía. Con gente,
para vibrar, electrizada de pies a cabeza con un concierto de
jazz, bolero, tango o flamenco. Sola, porque la poesía se aspira
en la religión de la soledad. Con gente, para respirar el aire
del autobús, el supermercado, las calles o el café. Sola y con
gente para adentrarme en mi profesión: el periodismo.
Leer, es indispensable para la poesía y el
periodismo, porque es un ejercicio para decantar el tiempo,
adentrarnos en el conocimiento y entregarnos al disfrute, pero
al mismo tiempo leer nos aleja de los demás y nos acerca a los
otros, a los que viven sus historias y voces en las páginas de
los libros, según la ficción e investigación del escritor o del
periodista.
A solas, con multitudes, bajo el invierno
metálico del granizo y la bruma, he podido escribir muchas de
las páginas de mis dos últimos libros. Con gente, a pleno sol de
verano andino o cuando viajo bañada por el calor seductor del
Caribe, algo se abre en mí y entra la fortuna de la inspiración
para escribir, desde la libertad, la pasión y la imaginación.
Esas tres claves que muerdo, agarro, vivo y experimento para
intentar llegar a mi propia voz en la poesía y ser feliz o quizá
no.
¿Para qué sirve la poesía en tiempos de miseria?
tiene su respuesta en que escribir me da felicidad. Entonces
esta es mi primera revelación, aunque la angustia cruce muchas
fases del proceso creativo interior.
Otra respuesta que intento a esta pregunta,
radica en la libertad. Escribir poesía es un ejercicio de
libertad, de rupturas de dogmas y actitudes intolerantes, para
volvernos más humanos y menos primarios. Más solidarios y menos
mediocres.
Sola
y con gente, en la poesía llevo ya más de 20 años, y para mí su
misterio consiste en cómo estructurar las emociones y de allí
lograr que el pensamiento emocione y la emoción piense.
El narrador japonés Haruki Murakami, sostiene: “todos tenemos
habitaciones en nuestro interior, no visitadas, nunca olvidadas.
De tanto en tanto nos aventuramos por un pasaje que nos lleva a
esas habitaciones. Y encontramos en ellas cosas que sabemos que
nos pertenecen, pero es la primera vez que vemos”. Creo, que de
alguna manera, he logrado visitar alguna de mis habitaciones
interiores, libre y en completo goce de la soledad, porque
intuyo que la poesía es una operación matemática en la que la
primera línea debe ser tan precisa, limpia y exacta como la
última; pues el inicio y el remate de un poema deben estar en
correlación absoluta, donde no falte ni sobre una sola letra
para que tenga la tensión necesaria de lo que quiero comunicar.
Entonces prefiero un poema que lo diga todo en pocos versos, en
el que concentro varias emociones que me conmueven ese momento y
al que convergen todos los fantasmas que me persiguen. Prefiero
un poema de 3 líneas a tener que escribir 300 páginas de una
novela.
Con multitudes. Sola, en la intimidad de mi habitación más
guardada, y luego de 20 años en el viaje de la poesía, creo que
su misterio está en cómo estructurar las emociones. Cómo
construir los versos que evocan a las emociones que perturban,
las que matan y movilizan. Cómo decir que necesito llegar hasta
tu corazón y desdoblarlo para conocerlo. Es que en la poesía hay
demasiadas cosas del alma y del cuerpo comprometidas; por eso,
escribir poesía es tan complejo y vibrante, porque de lo que se
trata es de nombrar, lo ya nombrado, con nuevos ritmos,
originales imágenes y nuevas razones emocionadas.
Soledad, libertad, independencia económica, algo de amor, todo
eso permite ejercer la escritura. Con gente. Entre multitudes.
Sola. Sobre mis libros, anoto que cuatro de los siete que he
logrado conformar exploran y se adentran en el universo
inagotable y siempre cambiante del erotismo y la sexualidad.
En mi poesía el erotismo es omnipresente. Escribir poesía
erótica ha sido una necesidad que aún no se agota.
Esta necesidad, la asumí como la relación íntima entre erotismo
y sexualidad. El sexo es un acto que roza lo obsceno y el
erotismo es fantasía pura. El erotismo es invención inagotable.
La imaginación es el mejor vehículo del erotismo, desde que el
mundo es mundo, y desde que publiqué mi primer libro, titulado:
“Cambio en los climas del corazón”, editado en 1989, entonces
tenía casi 18 años.
En el delicado y frágil territorio de la imaginación, el deseo,
y el juego apasionado del amor, es donde se mueven las fantasías
sexuales. Una fantasía siempre roza una estética y crea un mundo
íntimo y personal, que supera las visiones de género, ahí está
la poesía, la palabra y la literatura, para narrar las fantasías
de un ser universal.
Confieso que de un sueño erótico hice un poema breve, a la
manera japonesa conocida como haiku. El poema primero fue un
sueño, y luego de mucho trabajo con el lenguaje, llegó a
convertirse en estas tres líneas, que guardan el concepto de
libertad en el amor de pareja:
HAI-KU DE LOS PÁJAROS
Cuidaré tus pájaros
pero me niego
a
hacer el amor en la jaula.
Este es un poema del libro: “La actitud del fuego”, editado en
1994 en Lima, Perú.
En 1996 apareció: “Algunas rosas Verdes”, donde además de
caminar por las orillas del erotismo, traté de adentrarme en la
psicología femenina de ciertos personajes como: Edith Piaf, Olga
Orozco, Marilin Monroe, Clarice Lispector, Remedios Varo,
Cristina Peri Rossi, Sor Juan Inés de la Cruz, y otros perfiles
de mujeres anónimas que poblaban mis preocupaciones en aquella
época. Entrar en esas artistas y en las mujeres anónimas me
permitió encontrar que las mujeres escriben no solo para excitar
la imaginación erótica y su más allá, sino para dar honesta
cuenta de su vivencia plena desde el cuerpo y la feminidad,
desde las actitudes y el complejo tejido de las relaciones
sociales.
“Algunas rosas verdes” es el libro más conceptual y de género
que he escrito hasta ahora, pero sin esa intencionalidad. Un
libro de género que no fue escrito con esa intención
antropológica o sociológica, pero que resultó en un libro sobre
la psicología femenina desde los pliegues de la poesía. El
libro, recibió, el mismo año de su publicación, el Premio
Nacional de Poesía “Jorge Carrera Andrade”. Un alto honor,
considerando que lleva el nombre del mayor poeta nacional que
tiene el Ecuador.
Uno de los poemas que componen este libro es el que le da título
al mismo:
ALGUNAS ROSAS VERDES
Esta mujer de hechizos
de mentiras y
yeso
teje las medias
más cálidas
para el día
de su muerte
Una cruz
una caja de madera
algunas rosas verdes
esperan por ella
No hay temor
a
la muerte
Solo pido
sea justa.
Después, mi viaje interior navegó entre las aguas del no amor,
la soledad, el odio; y el cielo de la desidia y las relaciones
amorosamente obsesivas.
En el 2001 se publicó “Espacio Vacío”, un libro que recupera la
geografía física y natural del desierto como un estado del alma
al que el ser humano se enfrenta, luego de que el amor, en sus
diversas formas, se agota.
“Espacio Vacío” es una búsqueda del amor y del sexo y de la
falta de los dos en un universo de escorpiones, salamandras,
iguanas y bebedores de té.
¿En qué nos transformamos cuando nos falta amor y sexo? Quizá la
respuesta podría ser: en seres del desierto, que ocupan su
espacio vacío para llenarlo con otro imaginario de amor.
La fragilidad del amor, la poderosa fuerza del desierto del
alma, las imágenes más o menos surrealistas, lo efímero pintado
por la arena, marcan este libro que aún me gusta mucho. Debo
mencionar que este libro se reeditó en el 2007, en la Colección
Poesía del Mundo, de la editorial venezolana “El Perro y la
Rana”. Esta fue una gran puerta de difusión que abrió este sello
editorial Latinoamericano, y que me ha permitido entrar en
contacto con lectores de todo el Continente.
Uno de los poemas más significativos de “Espacio Vacío” se
titula:
MÚSICA JAPONESA
¡Ah! de las horribles pasiones que recorren mi cuerpo
insoportables cuando los ojos de otros miran
Sé que voy
hacia el despeñadero de cuerpos desconocidos
que aman y emocionan
Señor, no me abandones en arenas
de almas en movimiento
soy tuya
camino descalza y pulcra en mitad del desierto
preparada para el goce o la muerte
Más allá de esta seducción
guía mis pasos en el amor.
Mi quinto libro titulado: “Soy mi cuerpo”, es una búsqueda
intensa por entender y explicarme la enfermedad y la muerte,
pero también la resurrección como otra forma de vida, desde el
referente de la pasión.
En “Soy mi cuerpo”, la poesía reflexiona en torno a la
enfermedad como un aprendizaje para aplacar el ego y las
vanidades.
El cuerpo, ese motor tan erótico y sensorial es el lugar desde
el que se explora la llegada de la muerte, como otro viaje,
aunque triste, absolutamente necesario.
Erotismo y Muerte, dos constantes en mi poesía que temáticamente
hablando, llegan a condensarse y fusionarse en “Soy mi cuerpo”.
Alguien señaló que “el cuerpo, vetado y proscrito durante
centurias, resurge en innovadores procesos metafóricos”. De
alguna manera, en “Soy mi cuerpo”, esa fue la intención:
apropiarme de mi propio cuerpo, desde la pérdida que genera la
enfermedad, desde la vulnerabilidad a la que nos exponen los
males del mundo, a partir de palabras limpias.
El cuerpo es un territorio del que las mujeres nos apropiamos
para dar cuenta del estado de nuestras emociones. El cuerpo vivo
que tapamos con ropajes, el cuerpo desnudo que mostramos a
nuestro amante, el cuerpo creativo de la maternidad, el cuerpo
lúdico de la danza y la música, el cuerpo enfermo que no miente,
el cuerpo valiente que sobrevive.
“De “Soy mi cuerpo, el poema:
ARRODILLADA YO
Pongo las manos
al Hermano Gregorio
él es mi intermediario
Centrípeta
llena de mí
riñones
uréter
vejiga
me entrego a la más honda fe.
El sexto libro es un solo poema, compuesto por seis cantos bajo
el título: “Dos Encendidos”. Este es el libro donde más he
aplicado aquella reflexión de Arthur Rimbaud: Yo es otro.
Efectivamente, cuando escribí este largo poema, utilicé una
máscara. Yo es otra, porque fue como si me desdoblara en la
sintaxis literaria en la que me expresé; y por todo el poema, de
casi 40 páginas, me coloqué la máscara de Manuela Sáenz, su
deseo ardiente de libertad y su vibrante pasión por Simón
Bolívar, para recuperar así a una mujer que además de
adelantarse en la historia, ejerció su libertad, sin temor
alguno.
De esta manera, quien habla en mi poema, puede ser la mismísima
Manuelita, o quizá una ecuatoriana contemporánea que vive y ama
desde el mismo deseo ardoroso de libertad.
En “Dos Encendidos” quise que nadie dude mientras lea mi poema,
mientras entre en contacto con el sentimiento y el espíritu del
poema y de sus protagonistas: Manuela y Simón Bolívar; quise que
lo que escribí alcanzara tanto poder de seducción y de
persuasión que quien lo lea, lo acepte de principio a fin, y
entre en el ritmo que le propongo, el ritmo crea a la imagen, la
imagen en movimiento; mi objetivo fue lograr que el poema,
basado en la correspondencia de Manuela y Bolívar, tuviera un
eco verosímil y más contemporáneo, de uno de los amores más
poderosos de la historia.
Mi séptimo libro son versos marcados por las estaciones del
tiempo y marcados también por la armonía de la naturaleza
humana. La naturaleza influye sobre el carácter y los estados de
ánimo de las personas, y esas estéticas y sensaciones, son las
que intenté plasmar en este libro titulado: “El viento bajo la
almohada”.
La segunda parte este libro, son versos inspirados en el cine; o
mejor dicho, versos sobre las imágenes que me dejó mi afición
desmedida por los filmes del mundo.
Es un viaje del que disfruté mucho. No solo por el placer ritual
de mirar cine en una habitación oscura, con gente, y sola en mis
adentros, sino también, porque me encuentro frente a un lenguaje
donde las imágenes se mueven sobre la música de las bandas
sonoras más brillantes que el ser humano ha dado a luz. No trato
de contar mi versión de la película que vi, tan solo intento
recuperar una imagen que se grabó en la retina de mi espíritu.
De este libro, el poema titulado Azul, basado en la trilogía
cinematográfica del director Krzysztof Kieslowski.
AZUL
Tomo aire,
me zambullo como si se tratara
de comerse el ancho mundo
Más hondo
hasta el diafragma
Respira
que el fondo azul pareciera abrirse
entre la caja de tu estómago y el cielo
Un largo
dos
y
vuelvo
Nadar me cura
Lloro
Respiro
mis lágrimas
de cloro.
Creo que el poema abre mil puertas, las llaves, son sus
metáforas. El amor, el erotismo, la muerte, el cuerpo, la
ciudad, el viento, el cine… los temas de la poesía también son
infinitos, como los poetas que los cantan y las puertas de
millones de casas que pueblan este mundo.
La poesía es el verbo creador de ese gran viaje que es vivir.
Ese desplazamiento por rostros, ciudades, amores, montañas,
mares y estados de ánimo. Mi viaje, sola, con gente, entre
multitudes, por la poesía...
En todas las cosas hay una palabra interna, una
palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa.
Esa es la palabra que debe descubrir el poeta. La poesía es el
vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la
palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba primera del
mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en
no alejarse del alba. Su vocabulario es infinito porque ella no
cree en la certeza de todas sus posibles combinaciones. Y su rol
es convertir las probabilidades en certezas. Su valor está
marcado por la distancia que va de lo que vemos a lo que
imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro. El poeta crea
fuera del mundo que existe el que debiera existir.
Esta reflexión del poeta chileno Vicente Huidobro, esclarece
mucho más, la manera en que veo la poesía en mi vida.
Soledad, libertad y pasión, vuelvo sobre estos tres elementos
para nuevamente emprender ese viaje interior, sola y con gente,
vestida de inocencia y repleta de emociones, con la piel de una
mujer que se conoce bien a sí misma pero que también es una
posibilidad y muchas mujeres a la vez, y que se entrega
totalmente a la poesía porque en ella están los misterios de la
belleza y el conocimiento.
El octavo libro de poesía, en el que me encuentro trabajando
desde hace un par de meses, regresa a las aguas turbadoras,
poderosas y siempre cambiantes del erotismo.
La
mayoría de poemas que estoy escribiendo se enmarcan en la
lujuria y en la certeza de saber y sentir, que algunos excesos
son indispensables para vivir más feliz, más completa,
totalmente alejada de la culpa. Como lo repetía ese príncipe
marchito Jim Morrison citando a William Blake:
“Los
caminos del exceso nos llevan al palacio de la sabiduría”. Y es
allí donde la culpa se hace trizas. La culpa, invento cruel y
devastador de la religión. Y Morrison como Blake llegaron a la
sabiduría por ser auténticos.
Nadie puede vivir sin excesos: de amor, de compasión, de
solidaridad, de ternura, de pasión, de amigos, de hacer el amor,
de caminar, nadar y respirar. Excesos ideales, pero que hay que
desearlos y procurar vivirlos.
Las
palabras llevan a la lujuria, mucho más velozmente que la piel y
los cuerpos. Las palabras pesan por sí solas y retumban en la
conciencia o el inconciente, por ahí empieza una relación
sexual. La primera palabra es como la primera piedra y quien la
lanza no podrá esconder su cuerpo.
Cierro con el poema del más reciente libro:
SENTIMIENTOS DE LOS DEDOS
Te
hueles los dedos. Únicamente los dos sabemos donde estuvieron
hundidos antes de llegar a la casa de Dios. De donde sacaron ese
olor que se esconde obsesivo bajo tus uñas y el sudor natural de
las manos. Hueles el aroma impreciso del sexo. Tus dedos largos
estuvieron antes entre el mar de secreciones y vellos
voluptuosos que me niego a rasurar. Penetrante olor metálico,
marino, frutal, que reconozco muy mío y que ahora guardas
inocente, en tus dedos todos mis sentimientos. Así se deletrea,
con el cedazo de los dedos, el fondo de una mujer. Perfume que
arde doblemente obsesivo. |