|
SINCRONÍAS/CELEBRACIONES
DE SYLVIA RIESTRA, UNA ÉTICA DE LAS “TRETAS DEL DÉBIL”
Claudia Pérez
yo lucho por reconocer el rumbo
por hacerme un espacio
entre tejidos antiguos interminables.
cuando llueve
no sé si es adentro o afuera
Sincronías.
La palabra designa una “coincidencia de hechos o fenómenos en el
tiempo”,
y resaltamos en este título, que advierte
sobre una temporalidad paradójicamente celebratoria, la
sucesividad sin síntesis.
El prefijo, la preposición
sun,
significa con, al mismo tiempo, según la voluntad de.
También alude a la lengua que se manifiesta en un momento de su
devenir histórico. Pensamos en el acto de la palabra de la poeta
en la coincidencia temporal. Y el pensamiento sobre la
coincidencia heterotópica sustenta, a nuestro entender, este
libro de Sylvia Riestra, sobre horrores y cambios del fin de
siglo, sobre el desconcierto frente a ellos.
A su vez diríamos que esta mirada transcurre a partir de ciertos
movimientos dados en el espacio y en el juego de la treta, “la
treta (...) consiste en que, desde el lugar asignado y aceptado,
se cambia no sólo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo
de lo que se instaura en él”, dice Ludmer.
Es decir que desde ese lugar de
enunciación, desde la opción de lo poético, se consolida la
protesta, a veces sorda, a veces estridente, hacia una
descripción de lo “real”, entendiendo este término en su sentido
de una cierta construcción. Sobre estos pilares, a nuestro
entender, construye Sylvia Riestra un pensamiento poético sobre
el fin de siglo enfatizando las decepciones: “a una zona
inestable, de pasaje/ de profecías apocalípticas”, pero también
concientizando la muerte de una época: “al fin del siglo al fin
del mundo”, observando la progresiva destrucción, mutación
histórica, de un pasado que se carga a la vez de idealismo,
discurriendo sobre póstumas Celebraciones. Y en el medio,
el yo, de consistencia asumidamente quebradiza.
Retoma Riestra una línea de pensamiento que trabajara en
Ocupación del miedo (1987):
“Me inicié en los sótanos clandestinos de las palabras, en sus
fugas sonoras; y las ausculté hasta oír el crujido de los
muertos y el contenido silencio de los vivos”, en manifiesta
preocupación por la opresión real y simbólica de los regímenes
del terror pero enunciada siempre desde un yo lírico cuyos
límites no son fijos. Sin aunarse en un yo colectivo
miméticamente vivenciado, lo distingue. Ese yo se presenta
siempre en paralelismo comparativo con el afuera: “siento
un agujero / un pozo hondo / y vacío/ un páramo creciendo
dentro/ como si una ciudad con miedo / fuera ocupada por un
certero / amenazador toque de queda / en fatal presagio de
derrota”.
Y resaltamos el carácter de la mirada ética, sin asidero
hegemónico en el paradigma postmoderno, pero necesaria en estos
tiempos, preciada y sostenida en un plano de inestabilidad.
Mirada que invita a manifestar una preocupación por la historia
reciente y el presente, en su faceta de violencia exacerbada y
en la sensación de pérdida en el pasaje de paradigma. “Qué hacer
a qué dioses llamar/ cuando hasta las palabras/ se subastan al
tráfico de las influencias/ cuando el alma se mide por rating/
y se la denomina “producción de imagen” / desgastado todo, qué
quedaría de la tierra/ qué quedará de nosotros”. Y propio
de los cambios teóricos en el paradigma postmoderno resulta una
revisión de la historia desde un enfoque intimista. Así el
Descubrimiento de América, el Centenario, se colocan desde su
distancia histórica en línea de contigüidad junto a Vallejo y al
Abuelo, y al indio viejo en el Zócalo. Procedimiento de
personalización que aproxima, que actualiza el hecho histórico
en el rostro amigo, tal como el usado por Esquilo en Los
Persas. Recordemos el Commós de Jerjes y el Coro,
lamentando las muertes con sus nombres propios, yendo del hecho
fechado de libro a la vida misma, al amigo o conocido, a aquel
que ya no está pero sí estuvo en una dimensión íntima de la
historia. El abuelo se hermana con el viejo indio y su mercancía
folklórica : “Esa otra manera de cruzar el Santa Lucía / en
plena medianoche, abuelo, / vos también, a caballo, entre
barrancas/ (como desafiando)/ No te rías:/ las luces malas los
aparecidos”, “Tan sólo escucharte, oír tu música tan solo, tu
aliento /indio viejo del Zócalo de la ciudad de México/-que no
me vendas, que no te compre-/ que los dos sabemos que no es eso
que no se trata de eso”, mundo desaparecido y rescatado por la
memoria singular.
Como sostiene Sarlo, la historia ya no es vista desde su enfoque
monumental sino desde la expresión del giro subjetivo.
La desjerarquización de la historia
monumental se cumple mediante la irrupción de las voces antes no
validadas de la expresión personal, de las escrituras del yo,
del punto de vista del margen, que igualmente intentan
resignificar desde esa perspectiva la fragmentación percibida de
los hechos históricos : “el presente es comprensible en la
medida en que se lo organice mediante los procedimientos de la
‘narración’ y, por ellos, de una ideología que ponga de
manifiesto un continuum significativo e interpretable de
tiempo”. Pero las estrategias de lo cotidiano han buscado el
rastro excepcional, “el rastro de aquello que se opone a la
normalización, y las subjetividades que se distinguen por una
anomalía” .
Y esa pretendida anomalía no es tal, sino para formar el
pensamiento de la diferencia, con las consiguientes
transgresiones al poder simbólico. “reconstruir la textura de la
vida y la verdad albergadas en la rememoración de la
experiencia, la revaloración de la primera persona como punto de
vista, la reivindicación de una dimensión subjetiva, que hoy se
expande sobre los estudios del pasado”. La literatura cobra otro
estatuto, si todo es texto, “diría que encontré en la literatura
(tan hostil a que se establezcan sobre ella límites de verdad)
las imágenes más precisas del horror del pasado reciente y de su
textura de ideas y experiencias”, “en ella un narrador siempre
piensa desde afuera de la experiencia, como si los
humanos pudieran apoderarse de la pesadilla y no sólo
padecerla”.
Tomamos estas ideas de Beatriz Sarlo para
iluminar este intento de construir una historia, particular, y
también un concepto de memoria colectiva que engarce los puntos
de la afectividad en común, que sostenga el encuentro con el
otro no ya desde la autoridad, sino desde el compartir la
experiencia. Así dice Riestra: “Reencontrarnos/ el aliento las
yemas los dedos las historias/ cosemos unos a otros los
costados/ ir formando una trama una bandera un poncho un ala”,
porque igualmente es necesario poseer una memoria que suture
comunitariamente la herida abierta. Un frente común a la
banalización como efecto del individualismo manipulable del
paradigma postmoderno, con su desjerarquización, su filosofía de
mercancía, la seducción narcisista: “Todo se subasta al mejor
postor”. La irrupción de diversidades y subalternidades,
necesaria justicia histórica, se mira desde la perspectiva
consumista, quizás en parte, sistematizadora, poniéndose de
moda: “Nombres étnicos, de moda”. Mientras por otra parte la
desigualdad social se agudiza en la progresiva pauperización:
“muchos demasiados niños/ limpian los parabrisas de los autos
por un peso /en plena calle a la intemperie”.
Otro punto que nos interesa señalar es el lugar de la
enunciación del yo lírico, que toma la palabra desde la
conciencia de una fragmentación: “Casi simultáneo fragmentario/
yuxtapuesto incompleto/ como instantáneas en series/ en cascadas
en fogonazos”. O un yo ya perimido con el que es imposible
reconocerse, ya abolidos los parámetros que regían otro estado
de las cosas. Vuelve la historia individual a emanar la historia
colectiva. Otra opresión y violencia simbólica se despliega,
referida no solamente a etnias, clases y pueblos, sino la
ejercida sobre las mujeres. Ese yo fragmentado debe a esa
posición indecisa, atribulada, atravesada por una condición de
género insoslayable. Un interesante corte de género surge, con
escisión romántica y tentación de abismo, de quiebre con el
sistema y los roles aceptados: “inconsciencia pereza /desafía a
la autoridad/ resistencia al paso del tiempo/ fantasía de
convertirse en outsider / una manera del suicidio”. Un habla
femenina de fin de siglo, también fin de categorías y binarismos.
Porque la categoría parece funcionar para igualdades políticas,
no para categorizar un vasto continente forjado en la
diferencia. El concepto de escritura femenina se asocia a lo
contrahegémonico, a lo desestabilizador de fronteras. Lo es
siempre que se refiera, al hablar de escritura femenina, a una
“feminización de la escritura”, sea cual sea el sujeto
biográfico que firme el texto, que sea desreguladora y
confrontadora de un cierto discurso hegemónico que se instituye
como masculino neutralizado en lo invisibilizador, tal como
plantea Nelly Richard.
Pero queremos destacar ese encuadre
“femenino” de la escritura de Riestra, en el sentido de que una
pregunta sobre lo hegemónico y tradicionalmente colocado en la
serie binaria de lo masculino entra en cuestión: se yergue un
duda sobre la violencia, una conciencia del entrampamiento, una
contemplación complejizadora de lo “real”.
“Cualquier literatura que se practique como disidencia de
identidad respecto del formato reglamentario de la cultura
masculino-paterna; cualquier literatura que se haga cómplice de
la ritmicidad transgresora de lo femenino-pulsional, desplegaría
el coeficiente minoritario y subversivo, contradominante de lo
‘femenino’ ”, sostiene Richard. Todo aquello que desde el borde
cuestiona el plano simbólico instaurado. Pero todo aquello no es
solamente el género, es una de las variables y debemos
reconocerle sus cualidades especificas en esa transversalidad.
Así en Palabras de rapiña, Riestra dice: “será porque
también me aparté del camino/ o porque me cuesta aceptar/
horizontes como mesetas”. Otra línea de su palabra poética que
atraviesa, desde otro lugar, este nuevo libro.
La palabra poética de Sylvia Riestra se resignifica, y se deja
tomar atravesándonos; sin elegir el camino de lo críptico y
quizás por eso, pensamos, profundamente perturbadora, casi como
el erizo derrideano,. Este erizo enrollado al borde del camino
permite un acercamiento si sabemos renunciar al saber: “Hecho
un ovillo, erizado de espinas, vulnerable y peligroso,
calculador e inadaptado”. Hablar de la poesía, como sostiene
Derrida, implica tener conciencia de la renuncia a una erudición
imposible de dejarse atravesar por el aguijón de lo poético. De
la conciencia de la imposibilidad de definir este “erizo”, de
apenas recortarlo en sus bordes fugitivos, rescatamos la idea de
la brevedad, de la economía. El tránsito “de un derrotero
concluyente repetido”, de la metáfora cristalizada, no deja de
señalar ese acontecimiento único, de memoria y de corazón. Una
forma absolutamente única, un acontecimiento de intangible que
nos atraviesa mediante ese dictado de la lengua. Dice Derrida:
“el deseo de lo mortal despierta en ti el movimiento
contradictorio (...) coacción aporética de proteger del olvido
eso que al mismo tiempo se expone a la muerte y se protege – en
una palabra, la habilidad, la retirada del erizo como un animal
hecho un ovillo en la autopista”. El recuerdo se expone a su
propia destrucción a través de una palabra que borra fijando,
inacabada cadena significante, que se plasma en la palabra de
Riestra en los códigos cambiantes: “Qué hacer a qué dioses
llamar/ cuando hasta las palabras/ se subastan al tráfico de las
influencias/ cuando el alma se mide por rating”; en la mutación
histórica: “advertencias apocalípticas/ aunque era hasta
agradable /el espectáculo de luz y sonido”; en la
sensibilidad social: “Las verdes colinas del África / son ahora
corredores de muerte” .
Tal vez también, frente a tantos fines, con la estrategia de
toma de la palabra y de cuestionamiento al sesgo sobre el lado
más “duro” de la contemporaneidad, frente a tantas muertes
reales y simbólicas, se advierte el despeñarse del propio yo
conocido, se escuchan los avisos de mortalidad yourcenarianos. Y
significativo es este concluir de Riestra: “Renovar la cédula de
identidad/ para qué para quién / a cuenta de qué/ ajustarnos
fijarnos por diez años (...) Mientras tanto/ me darán por no
existente/ estaré dada de baja/ en una lista de muertos/ en
suspenso”. Nos llegan, finales, las palabras de Yourcenar: “Como
el viajero que navega entre la islas del Archipiélago ve alzarse
al anochecer la bruma luminosa y descubre poco a poco la línea
de la costa, así empiezo a percibir el perfil de mi muerte”.
Estrategia escritural, duelo por la
pérdida, transfigurado en palabra creadora.
|