ENTREVISTA CON SANTIAGO MONTOBBIO
Lina Zerón
LZ
¿Cómo surgió su amor por la literatura? ¿Cuándo empezó a
escribir?
SM
A los catorce años empecé a leer y escribir poesía; pasadas ya
las lecturas más de infancia, es entonces cuando he de señalar
el nacimiento de una vocación. Empiezo a leer con
deslumbramiento y fruición a los grandes poetas del 27, maestros
de una época auroral y fundadora. Recuerdo una antología de
Jorge Guillén, Mientras el aire es nuestro, preparada por
Philip W. Silver, en cuya introducción se comentaba el
atrevimiento que sentía el poeta (¿poeta tú, como Homero, como
Horacio?, se preguntaba) al empezar a escribir poesía, ya mayor,
a los 25 años, cuando es lector de español en París. Yo tengo el
mayor respeto por esos temores y pensamientos. En Barcelona y no
en París empiezo a juntar palabras con igual o mayor temor. Pero
también con la convicción que da el amor. Así recuerdo esas
lecturas iniciales y decisivas, formativas, por la que me
asomaba a un mundo nuevo y que me llamaban a cumplir con un
destino: los poetas del 27 (conservo la estima, por ejemplo, por
Manuel Altolaguirre, leído entonces, y de quien firmaría la
defensa que de él hizo Cernuda, y predicaría, como él, el
carácter espiritual y alado de su poesía), los poetas neogriegos
de la generación de 1930 (Elytis, Seferis, Ritsos), o algún gran
poeta catalán (Salvador Espriu y, ya un poco más tarde, pero
también muy al principio, J. V. Foix). Y así empiezo a escribir
a la sombra o bajo la luz de estas lecturas. Es un principio. Y
pronto estarán presentes en lo que escribo (en germen, o en
inicio) los rasgos y constantes que definirán luego mi poesía,
que escribiré con intensidad y apasionadamente. Porque un
artista ha de ser él mismo, y, tras esa fase inicial, puede
llegar a serlo pronto. Puede alcanzarse la madurez artística al
inicio de la juventud, y también que el artista tenga de algún
modo conciencia de la altura alcanzada. Porque, aunque un
escritor no sabe lo que escribe, puede ser que en algún momento
y como en una nebulosa tenga una visión exacta de la medida de
su dignidad.
LZ
¿Por qué escribe?
SM
Escribimos para revelarnos a nosotros mismos, y esto quiere
decir expresar lo que más profundamente somos: nuestras
ensoñaciones, anhelos, desesperanzas, angustias, miedos,
sufrimientos, soledades, sentires y pesares, que forman los
hilos de un tapiz en el que se dibuja nuestro rostro más hondo y
verdadero, que no tiene por qué coincidir con el que desearíamos
ver reflejado. Lo que escribimos, en efecto, no tiene por qué
gustarnos: basta con que sintamos que es como hemos sentido que
debía ser, que en arte debíamos cifrarnos así exactamente y no
de otro modo. (Entre paréntesis y en este sentido recuerdo ahora
lo que escribió Yorgos Seferis en uno de sus Tres poemas
secretos: “El papel en blanco rígido espejo/ sólo devuelve
lo que eres.// El papel en blanco habla con tu voz,/ tu propia
voz/ no con la que te agrada”). Así escribimos para salvarnos.
He escrito o dicho en alguna ocasión que la poesía es una rama
civil y laica de la soterología, la ciencia de la salvación, y
lo firmaría de nuevo. Podríamos relacionarlo con el antiguo y
griego aspecto catárquico del arte, a través del cual
purgaríamos o susperaríamos las pasiones que nos turban, y
acertaríamos: así ciertos poemas sobre el suicidio (sobre los
que algún crítico ha llamado la atención) pueden habernos
ayudado a escapar de la tentación de éste, al expresarla (o
realizarla de este modo en el poema), y, más en general,
escribir poemas de indiscutible negrura pueden haber
contribuido a que llevemos una vida equilibrada y que no
trasluciría esta tonalidad. Escribimos, pues, para salvarnos, y
para cifrarnos a nosotros mismos, en nuestra verdadera medida,
con la profundidad que en verdad tenemos. (En cierto modo, la
poesía también nos sobrepasa, ya que quedamos en ella
transcendidos). Escribimos por necesidad, en una tarea que
resulta como impuesta y que tiene de deber y de fatalidad. Y se
escribe, también, desde un profundo amor. Con el desprendimiento
y la convicción que sólo da el amor. Y escribimos a la aventura,
con libertad, con sinceridad y generosidad, con valor y en
cierto sentido también con inocencia, ya que también ella es
necesaria, al igual que los otros elementos, para navegar por
las cambiantes aguas de ese misterio que es (también en gran
medida para quien la lleva a cabo) la creación artística y sus
hallazgos. Puedo decir también que en mi caso he escrito, además,
desde una profunda soledad y un independiente silencio absoluto.
LZ
¿Inspiración o transpiración? ¿Por qué?
SM
En una entrevista de sus últimos años, Carmen Martín Gaite
afirmaba que, a la hora de escribir, a la inspiración la veía
llegar con alas y todo. Le demos el nombre que le demos, y la
definamos como la definamos (extremos en los que no voy a
entrar), coincido en que el elemento que llamamos inspiración
está en la base de la creación artística, y que resulta
indispensable, si ésta es auténtica. La importancia del talento
natural en el artista resulta capital. Prueba de ello es, creo,
el hecho de que haya artistas que adolescentes o muy jóvenes
llegan a alcanzar altísimas cimas artísticas; su temprana edad
excluye que lleguen a ellas por el peso de la mucha experiencia
o de un gran número de lecturas, y nos reafirma en el aspecto
del talento, en el componente natural, innato, de la creación. (Pavese
decía, por otra y la misma parte, que en arte no vale la
experiencia, sino la experiencia interior). El creador puede
estar dotado de una extrema juventud, como nos acredita su
biografía, y tener a la vez la madurez del artista, que preside
su hacer y le guía en sus logros. Creo que el arte nace del
fondo de uno mismo, y que no puede aprenderse de otro. Puede ser
alentado o estimulado, pero no adquirido, si ya no lo llevamos
dentro. Asimismo, otro extremo que me reafirma en ello es el
modo en que escribo los poemas.
Una vez me preguntaron cómo se me había ocurrido
un poema. Me pareció una pregunta absurda. Y pensé: a mí en la
lengua las cosas no se me ocurren: me sucede. Y este pensamiento
puede dar idea de cómo se crea con las palabras. No con
ocurrencias, ni con ideas (como respondió Mallarmé), sino con y
desde ellas mismas; en la lengua encontramos las palabras que
ésta ya contiene, que nos tiene destinadas, y que descubrimos
mientras escribimos. Ello lo podemos hacer de manera
esencialmente instintiva, con gran rapidez y -¿por qué no
decirlo?-con extrema facilidad. Así puedo decir que no suelo
corregir mis textos, y que éstos son en general idénticos a su
primera versión, escrita en un momento como ya definitiva, como
comprobaría quien viera mis originales. Sé que puede haber
varios modo de escribir, y legítimos, pero en general me cuesta
comulgar con los remendones y sus textos recalentados. Se
escribe un poema en su momento, en su principio, cuando su
impulso original, y es difícil aceptar las revisiones y
remiendos muy alejados de éste. Creo que esta facilidad e
instantaneidad, este carácter inmediato y fulgurante de la
creación nos habla de la presencia e importancia indiscutible
del elemento de la inspiración.
A lo que nos sucede en la lengua debemos, por
otra parte, escucharlo y transcribirlo con fidelidad y rigor,
tal como sentimos profundamente que debe ser. Pero creo que este
rigor es consustancial al impulso de la inspiración, si ésta se
cumple y no queda abandonada; al cumplirla, al realizarla, lo
hacemos con rigor, instintiva, fatalmente.
LZ
¿Cuál es su último libro? Háblenos de él.
SM
El anarquista de las bengalas se ha publicado en
Barcelona, en la colección Biblioteca Íntima de March Editor, en
otoño de 2005. Ha sido finalista de los Premios Quijote en la
modalidad de poesía, que concede la Asociación de Escritores de
España para premiar al mejor libro publicado en el año 2005
mediante votación de sus socios. Con este libro el lector puede
tener un panorama más completo y cabal de mi poesía, y apreciar
mejor en qué consiste ésta, tanto en sus diversos modos como en
su conjunto. Una poesía que estriba en una voz que viene de sí
misma y se reparte en voces varias; podría señalarse cómo éstas
se enzarzan por encima –o por debajo- de sus formas diversas,
logrando delimitar un territorio que aun pudiendo parcelarse
sigue siendo el mismo, y cuya edificación entraña una quizá
difícil y desde luego plural coherencia. Cabría contemplar así
una obra como un juego de contrapesos, a través del cual se
alcanzan diversos puntos de equilibrio, y a los que se llega a
través de la dinámica natural de la lengua; éstos se
complementan (y completan) unos a otros, se entrelazan y se
ensamblan, ya que unos explican y hacen posibles a los otros, y
entre ellos se reflejan, de manera fiel y a veces invertida.
Entre estos modos o voces, la de la primera sección, “Desde mi
ventana oscura”, podría hermanarse con la de la primera sección
de “Hospital de Inocentes” o con Tierras. Estos poemas son o
deben ser la expresión de un alma, y algunos de ellos deberían
haber conseguido ser espíritu trascendido, nada más conciencia.
En los poemas de la segunda sección, “El teólogo disidente”, nos
encontramos con la poesía de las representaciones, en la que
también hay verdad y belleza, y que está presente también, junto
con poemas que mezclan otro cariz, en la sección cuarta, “El
anarquista de las bengalas”. La sección tercera, “Limbo”, está
formada por textos en prosa, en la que de algún modo se mezclan
componentes de otros tonos y dan con resultados sólo propios de
ellos. Estos textos, junto con otros, los publicó Miguel Delibes
en el Suplemento Literario de “El Norte de Castilla”, de
Valladolid, hace más de diez años. La sección quinta y última,
“Con bastante octubre”, podría relacionarse con la última
sección de Hospital de Inocentes, “Dramatis personae”,
vertebrada por largos poemas narrativos, en lo que podría
calificarse de recapitulación o incluso ajuste de cuentas con
uno mismo. Es un lenguaje nuevo y, sin duda, de modulación moral
(ya que tras una nueva actitud formal apunta, claro, un trasunto
moral). Y podríamos decir que tan remarcable resulta el modo en
que el autor dialoga con el lenguaje como el diálogo que lleva
consigo mismo, si es que de algún modo aquí ambos extremos no
son una y la misma cosa. Porque diríase que se escribe tanto con
sabiduría como con distancia (“como si a otro viera”, dice el
primer poema), y que en su postura el poeta no encierra ninguna
impostura. En esta última sección de El anarquista de las
bengalas podemos encontrar algún poema narrativo que podría
colocarse junto a estos de Hospital de Inocentes (“Al
compás de un reloj de cocina...”); a parte de esto, estos poemas
están hermanados con ellos por su andadura meditativa, y los
completan con su intenso lirismo, presente también en algunos
poemas de mi primer libro (“Los improbables tiempos” o “La
caligrafía del amor” de él podrían ponerse al lado de
“Intermedio” o “Absurdos principios verdaderos”, de este
último), y dominante ahora en esta última sección del nuevo
libro, que aporta también un tono recapitulador. Estos distintos
tipos de poemas se ensamblan unos con otros, se entrelazan y
complementan, como he indicado, formando un conjunto fuertemente
unitario, y que es uno en su plural singularidad. A través del
conjunto de poemas que conforman El anarquista de las
bengalas, dotado de una marcada singularidad y a la vez
enlazado con el de libros anteriores, a los que prolonga, ahonda
y completa, el lector puede tener ahora un conocimiento más
equilibrado y completo de mi poesía, y en ello reside la
importancia capital que para ella ha tenido la publicación de
este libro.
LZ
¿Qué otros libros tiene en proyecto?
SM
He organizado un libro completamente inédito, Absurdos
principios verdaderos, con textos contemporáneos de los de
El anarquista de las bengalas, Tierras y Hospital de
Inocentes, y que significa una aportación nueva a mi poesía.
Porque en algunos de sus poemas se desarrollan y llevan hasta su
extremo (aunque no más allá) las posibilidades que encerraba mi
poesía, y el libro resulta así una constelación de éstas. Pues
en este constante hacer (y deshacer) en los recovecos del texto
nos encontramos con formas, modos, tonos, andaduras y acentos
nuevos. Estos hallazgos resultan consustanciales a la labor
poética, están en la misma naturaleza de su actividad. “Tengo la
belleza fácil y es una suerte”, empieza el poema que Eluard
tituló “La palabra”. Y la palabra poética no es, no podía ser
una palabra cicatera; posee la incorregible generosidad de la
sobrada de ideas, recursos y posturas, la fuerza y dinamismo, en
fin, de quien puede estar siempre regalando inquietantemente
algo. Así y con ella se han desarrollado estas posibilidades
encerradas en mi poesía. Porque estos modos estaban ya en ella,
y podían adivinarse en poemas ya presentes en anteriores libros,
de los que son prolongación natural. Pues para expandirse y
crecer hacia adentro el territorio de esta poesía también se
alimenta de sí mismo, y lo que pueda parecer nuevo de hecho nos
había sido anunciado ya bastante antes, ya que los poemas
retoman, para condensarlas o extremarlas, sus mismas fórmulas. Y
en su zigzagueante sucederse y renovarse a sí misma esta poesía
procede por puro desenvolvimiento natural, lejos, quiero decir,
de modos forzados, artificiosos o impostados. Pero en
Absurdos principios verdaderos los caminos que en mi poesía
se habían recorrido llegan un poco más lejos, ensanchan su
territorio, establecen nuevos lindes y fronteras, en las cuales
se sitúan muchos de sus poemas. Así, junto a poemas que podrían
estar en anteriores libros, encontramos otros nuevos, con
inéditos modos en su hacer (nuevos tonos, acentos y maneras de
narrar, expresarse y cifrarse en poesía a través de ellos). En
la mezcla y regreso de unas y otras pericias es de esperar que
hubiera, aquí, una como rescatada y deshecha sabiduría, y que
ésta estuviera presente en los poemas de este nuevo libro y a su
manera en los de los otros (a los que se suma y complementa), y
que a través de ellos y con un singular acento consiguiera que
la poesía sea lo que debe ser, algo que felizmente seguimos sin
saber cifrar pero que en alguna ocasión tal vez podríamos
enunciar con la pintada que Rosales vio en la esquina de la
calle Tutor, esto es, como “un puñado de pájaros contra la gran
costumbre”. Porque las revelaciones en que cristaliza la poesía
son originales y nuevas (también para el artista, que se
encuentra con ellas, como con una luz entre los dedos).
He organizado también otro libro, De noche y
alma, con poemas posteriores. En 1990 se publicó Ética
confirmada, que contenía 33 poemas de 1988; la primera
sección de este nuevo libro lleva este título, pero está formada
por 71 poemas de ese año, en lo que es una edición completa y
definitiva del mismo. Este libro es de algún modo una gran
glosa, y en parte, también, la historia de un desistimiento. El
tono de los poemas es distinto y nuevo; están dotados, quizá, de
mayor serenidad, que es a veces también melancolía, y
constituyen, en fin, un nuevo punto de equilibrio –algunos de
ellos, en particular, resultan los frutos singulares, primeros,
de otra exploración nueva, que extrema o sitúa a mi poesía en
unos también nuevos límites, ya que se ha igualmente ahondado o
extendido con ellos. De noche y alma se continúa con dos
secciones posteriores, “Arpía” y “De noche y alma”, cada una con
tonalidad y personalidad propias.
Está ultimada una antología de mis poemas en
traducción al francés, y que se publicará en una editorial de
París. Otra antología se publicará en Italia, y está ahora en
preparación y proceso de traducción, que se llevará a cabo
dentro de un Programa de Doctorado de la Universidad de Siena.
LZ
¿Cuál es su meta literaria en la vida?
SM
Cuando los escribía pensaba que entre mis poemas y yo no había
diferencia ninguna, y también que quien los leyera sabría más de
mí que quienes me conocían: unos pensamientos directos,
sencillos, pero que dan fe de la medida en que me he dado a mí
mismo en mis poemas. En ellos estoy por entero; y me he puesto
así, del todo, con una honestidad profunda, radical, no como me
gustaría que fueran sino como he sentido que debían ser,
profundamente, desde las entrañas de mí mismo, de quienes son
hijos. Esto no es una meta sino un estado de conciencia, una
sensación que tenía y tengo ante mis poemas y que quería anotar
como respuesta, ya que pienso que es bueno que así sea. (Ya se
ve, por otra parte, que no hablo de metas en relación a la
literatura como carrera profesional. Porque escribir no es una
carrera profesional, ni un trabajo: es un destino. Y puedo
hablar de algunos aspectos en la manera de cumplirlo. Me he
entregado a ello de manera completamente desinteresada, sin
pensar en los aspectos profesionales, comerciales o de éxito que
quizá a otros preocupen).
“La vida te has jugado en las palabras” puede
leerse uno de mis poemas héticos confirmados, y es una sentencia
verdadera. Acabo de hablar de la vida que he vertido en las
palabras; pero, como vemos, en el poema se dice que me la he
jugado en ellas. Y, como digo, es cierto. Pero quisiera hacer
una apostilla al modo en que he emprendido y me he arrojado a
esta aventura de la exploración poética. Porque la poesía es, sí,
exploración, indagación. (El gran poeta catalán J. V. Foix
gustaba decirse, más que poeta, investigador en poesía,
denominación que hace referencia a algo que es consustancial a
la poesía, si es verdadera, que está en sí misma de manera
connatural; es señalar o querer definirse, en tanto que poeta,
por un aspecto esencial e indeclinable de su actividad). Y en
esta actividad indagadora, como he dicho, los poemas crecen y se
ahondan, se expanden, se ramifican, y para ello condensan,
extreman o varían sus fórmulas. He llevado a cabo esta
indagación con libertad y creo también que con valor, elementos
necesarios para seguir el dictado de mi poesía y expresar lo que
estaba dentro de ella, y así no he puesto cortapisas mentales
para ello. Pero lo he hecho también con rigor, una profunda
honestidad y un estricto respeto hacia lo que he sentido que
permitía y estaba en mi poesía. En mi escribir no he hecho sino
encontrar las formas que estaban ya en mi poesía, que he ido
descubriendo según las escribía; las he llevado a los extremos
que ésta permitía, que tenía ya dentro de sí misma, pero no los
he traspasado ni vulnerado por afán de ningún tipo. Podría así
decir que he cumplido en mi tarea con el primer verso de mi
primer libro y la declaración de intenciones que encierra: “No
es bueno apretar el alma, por ver si sale tinta”.
No escogemos lo que escribimos sino que se nos
impone, como un deber, una necesidad y una salvación. Quiero
creer ahora que del mismo modo se nos puede imponer el silencio,
y también que éste forma parte de mi poesía, y que con él se
completa. El silencio apuntala la poesía que escribimos, que no
sólo se dibuja sino que adquiere autoridad a través de él. Sus
palabras quedan así perfiladas, nítidas, como más recortadas en
sí mismas, con la profundidad que más verdaderamente les
corresponde, y que gracias a él han alcanzado. |