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MARÍA GRANATA: ESENCIA, PALABRA, EMOCIÓN POÉTICA
Esteban Moore
En
1942 María Granata (Buenos Aires, 1923) da a conocer su primer
libro de poemas, Umbral de tierra. La edición fue
auspiciada por la revista Conducta, una publicación del
Teatro del Pueblo, fundado en 1930 por Leónidas Barletta,
institución que llevaba a cabo un amplio programa de extensión
cultural. Este libro inicial de la autora no pasaría
desapercibido en el panorama poético de la época; obtuvo dos
destacados reconocimientos: el segundo premio de poesía de la
Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, y el Martín Fierro,
otorgado éste por la Sociedad Argentina de Escritores,
distinciones que situaron a María Granata en un lugar de
referencia entre los poetas de la denominada Generación del
cuarenta.
El momento histórico, no está de más recordar, estaba atravesado
por un profundo escepticismo, producto de la Segunda Guerra
Mundial. Occidente y Oriente se hallaban entregados a la guerra
y la destrucción, asistidos por el progreso industrial y el
desarrollo tecnológico que pusieron a disposición de las partes
en conflicto armas con la capacidad de multiplicar la muerte en
proporciones hasta entonces nunca imaginadas. La blitzkrieg
(guerra relámpago) germana, ensayada en Polonia en septiembre de
1939, fue el primer paso de una larga serie, que transformaría
una parte substancial del mundo en un gigantesco campo de
batalla. La guerra culminaría pocos años después en Japón, donde
la humanidad pudo testimoniar los alcances del perfeccionamiento
científico y su aplicación fáctica en las ciudades de Hiroshima
y Nagasaki.
Las opiniones de Percy B. Shelley, incomprendidas en su tiempo,
consideradas una exageración de su parte, un exceso de la
imaginación, resultaban ahora a la luz de los acontecimientos,
reales, y adoptaban definitivamente las vestiduras de la
profecía cumplida. En su Defensa de la poesía (1821,
publicada por primera vez en 1840) el poeta sostenía: “El
cultivo de las ciencias que han ensanchado los límites del
imperio del hombre sobre el mundo exterior ha estrechado, en la
misma proporción, debido a la carencia de la facultad poética,
los lindes del mundo interior; y el hombre, luego de haber
reducido a esclavitud los elementos, sigue siendo un esclavo él
mismo [...] ¿De qué otra causa procede el hecho de que
los descubrimientos que deberían haberla aligerado han añadido
un peso más a la maldición de Adán?” [1]
En este contexto surgen varias voces en el panorama poético
argentino que procuran un regreso a lo que ellos de diversas
maneras se refieren como la esencia de la poesía. Aquello a lo
cual alude Heidegger en su trabajo sobre Hölderlin: “La
poesía es el acto de establecer por la palabra y en la palabra.
¿Qué es lo que se establece de este modo? Lo permanente. ¿Pero,
entonces puede lo permanente ser establecido? ¿Acaso no
es eso que ha estado siempre presente? ¡No!
Incluso lo permanente debe ser fijado para que no nos sea
arrebatado, lo simple debe ser separado de la confusión, la
proporción debe ser establecida frente a aquello que carece de
la misma.” [2]
Estas voces se nuclearían en principio en las revistas Canto
(1940); Huella (1941); Verde memoria (1942);
Ángel, alas de poesía (1943-1950); Ínsula
(1943-1946); Perfil (1943); Cosmorama
(1943-1945); Papeles de Buenos Aires (1943-1945);
Contrapunto ( 1944-1945) y Disco (1945-47); e
integrarían el conjunto de poetas conocido como neorrománticos.
Ellos serían los continuadores del antiguo enfrentamiento
entablado por el poeta con el racionalismo moderno, reponiendo
en escena “una tradición tan antigua como el hombre mismo
[...] me refiero a la analogía, a la visión del
universo como un sistema de correspondencias y a la visión del
lenguaje como el doble del universo.” [3]
Esta sería uno de las cuestiones centrales de sus poéticas. Los
poetas de la generación del cuarenta también se caracterizarían,
como algunos de sus poetas de referencia, entre los cuales se
cuentan Rainer María Rilke y O.W. de Lubicz Milosz, por ostentar
una fe desesperada en la palabra y, en la creencia, que ésta
poseía el poder de reconstituir el mundo. Adhieren a la libertad
creativa, la espontaneidad, la sinceridad, y el compromiso
emocional. Apelan al juego de la imaginación, a una imaginería
funcional y la escenificación de lo oscuro y lo difuso. Las
respectivas obras de estos poetas están asimismo cruzadas en
cada uno de los casos y, de diversa manera, por la religión, las
ciencias ocultas, la metafísica y la mitología.
En la obra de María Granata, será el propio lenguaje el que se
constituirá en su máscara; el conflicto entre la identidad
empírica y la poética está allí representado en el cuidadoso,
certero y preciso entramado de las palabras, en el ritmo que
producen, el que recrea una música en la que resuenan los ecos
de Góngora, Quevedo, San Juan de la Cruz; es decir, de la lengua
castellana en todo su esplendor. Asimismo, y deliberadamente
utiliza en su vocabulario ciertos términos que por su arcaismo
benefician al poema con un cierto extrañamiento, el que tiene
por misión expandir el efecto poético del mismo.
La mirada de ese yo que se escuda en la lengua es amplia, desde
el aquí y ahora, desde el territorio habitado, se extiende
abarcadora hacia otras dimensiones, hacia el mundo en su
totalidad: “Apoyada en el muro de la huerta./O en el
muro del mundo. Bien atados / los brazos a la espalda.
Sin llamados. / Sin amor. Sin umbrales. Viva y muerta.”
La doliente realidad de ese mundo halla en el exaltado lirismo,
en la forma, en el metro y la rima, no su negación, sino todo su
contrario, la confirmación del hecho, del cual la belleza dará
testimonio ineludible con el único fin de transformar esa
experiencia en un bien durable. Afirmaciones acerca del
transcurrir de la historia que resistan los embates del tiempo,
en tanto éstas se constituyen en una expresión perdurable.
Ejemplo de ello es su poema El soldado muerto: Desde
tu mano sube / el fusil como un lirio congelado./¡Qué
diferente de las otras muertes / tu muerte de soldado!
// Por tus ojos abiertos / pasa el aire, y el cielo se
detiene…/ ¿Quién cerrará tus ojos /¡ay! antes que
esta hierba te encadene? // Nadie busca tu voz./
Solamente ese viento sin colores / que te seca la sangre,
/ sobre tu piel violácea arroja flores.
En 1946, publica Muerte del adolescente, al que le
seguirá en 1952 su tercer volumen de poemas, Corazón cavado
(1952, Premio Consagración provincia de Buenos Aires). La
poética de la autora se caracteriza, como lo señala David
Martínez, por los siguientes rasgos:“Angustia,
transfiguración, deslumbramiento, por una parte; por otra, ardor
y anhelo contemplativo, en recoleta profusión de ensueño,
trasvasados a una cósmica presencia de la luz, el viento y el
paisaje de una tierra idealizada, enumeran la calidad de su
fervor expresivo y emocional.” [4]
Luego de un silencio de más de una década publicará Color
humano (1966) en el que sorprende incorporando a su poética
una nueva perspectiva, en la que el alto grado de intimismo de
su obra anterior y el ideal estetizante abrirán paso en esta
nueva etapa a una decidida preocupación por el hombre, por ese
hombre que no rehuye la trascendencia del espíritu y, que sin
embargo, no logra abstraerse de su realidad objetiva, de lo
cotidiano. El rigor formal de la autora persiste como el duro
granito o el ‘acicalado acero’ del que nos habla Quevedo. Ahora
lo demuestra en la cuidadosa elección de sus palabras y en una
natural musicalidad que va más allá del objeto cuyo fin es
introducirnos en la tradición poética de nuestra lengua,
cargando de connotaciones lo significado.
Hacia finales de la década de los 40 comienza a colaborar en el
diario El Mundo, donde a partir de 1950, publicará
semanalmente un cuento infantil, treinta de los cuales fueron
publicados bajo el título de El gallo embrujado (1956),
al que le seguirían, entre otros muchos títulos, La ciudad
que levantó vuelo (1980), Pico de cigüeña, trompa de
elefante (1982), Cuentos azules y blancos (1983),
Piupi y la casita de los invisibles (1986, Santiago de
Chile), La fiesta de los lagartos (2003) y Agustín y
el meteorito (2004); estableciendo a María Granata como una
de las escritoras más destacadas y significativas del género, lo
que le valió en 1988 el Premio Nacional de Literatura Infantil.
Paralela y simultáneamente a estas actividades María Granata
decide incursionar en otro género, sorprendiendo a sus lectores,
en 1970, con Los viernes de la eternidad, una novela de
prosa cristalina y poética que obtuvo el Premio Emecé (1970) y
el Premio Selección Nacional correspondiente al período
1971-1974 y, que fuera llevada al cine en 1981, por Héctor
Olivera. A esta le siguieron: Los tumultos (1974, Premio
Strega 1976); El jubiloso exterminio (1979); El
diluvio y La Guerra (1981); El visitante (1983);
La escapada (1988, finalista del premio Rómulo Gallegos,
Venezuela); El sol de los tiempos (1992) y Lucero
Zarza (1999).
En 2003, pone fin a su largo silencio poético publicando
Cerrada Incandescencia, volumen que se reeditó en Madrid,
España (2006). En este nuevo libro de poemas, sostiene Ana
Quiroga Larrieu: “... como en sus primeras obras, persiste un
sujeto poético que tiende a la reflexión metafísica, abordando
una temática diversa: el amor, la vida, la muerte y la eternidad...”.
En la actualidad la belleza como ideal enfrenta nuevas
dificultades, es analizada desde una nueva óptica, la de los
estudios culturales; un amplio campo interdisciplinario que
involucra la crítica literaria, la filosofía y las ciencias
sociales. Esta disciplina no se interrogará respecto de cuales
son los modos en que el arte invoca lo trascendental o si un
objeto en particular es bello. Se centrará, principalmente, en
las circunstancias históricas en las cuales nació la idea de la
belleza como valor trascendente y cuales han sido las
consecuencias de las formas de pensamiento que guiaron este
proceso. Este panorama podría recordarnos un título del poeta
Aldo Pellegrini Para contribuir a la confusión general
(1965); desorden, desconcierto cuyo único antídoto se halla en
la esencia de la lengua, en sus atributos y señales: “... la
palabra es nuestro rostro inmerso/ en los interrogantes
/ de que estamos hechos. / ¿Cómo volverla ímpetu,
/ respuesta para siempre...”.
En la poesía de María Granata la vida, el amor, la muerte, las
lágrimas y el dolor (temática a la que están expuestos todos los
mortales a su paso por esta tierra) se hallan en plena lidia,
contenidas sólo por un apasionado candor, cuyo vehículo es un
lenguaje depurado y sublime, destinado a transmitirnos la
emoción, nacida ésta de una profunda sensibilidad. En su voz la
música de la lengua cobra nuevas fuerzas reintroduciéndonos en
los aspectos fundamentales de nuestra tradición poética y en los
aspectos elementales de la vida humana. Y si Ezra Pound no
estaba equivocado podemos repetir su consigna: “En poesía lo
que ha de sobrevivir es la emoción.”
NOTAS
1. Percy Bysshe Shelley: Defensa de la Poesía, Cuadernos de
Grandes ensayistas, colección dirigida por Eduardo Mallea;
traducción de J. Kogan Albert; Emecé, Buenos Aires, 1946.
2. Martin Heidegger: Hólderlin and the essence of poetry, en The
Critical Tradition, ed. David H. Richter, traducción Douglas
Scott, Bedford /St. Martins, New York, 1998.
3. Octavio Paz: Los hijos del limo, Seix-Barral, Barcelona 1974.
4. Maria Granata, en Enciclopedia de la literatura argentina.
Pedro Orgambide y Roberto Yahni ed,. Buenos Aires, 1970.
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