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LA ESCRITURA
Y
EL SUEÑO. LA “LECTURA ONÍRICA” EN LA OBRA DE LEONARDO GARET
Luis Bravo
1. 80 noches y un sueño
viene precedido de otros libros que Leonardo Garet (Salto,
Uruguay, 1949) publicó en la década del 90`, los que sirven de
guía a motivos claves y concentracionarios de su universo
ficcional fantástico y lírico. Uno de esos motivos es el que
puede denominarse como el de ´universos hechos de palabras`, un
trasvase de los procesos de “lectura y escritura” que el vaso
comunicante del sueño lleva a visionarios recorridos. Es
recurrente que en esas obras (cuentos, prosas, poemas en prosa)
se refiera a escrituras encontradas aquí y allá en soportes no
habituales – una planta-libro, tablillas cuneiformes, rocas
desérticas – verdaderos “hallazgos” que adquieren un estatuto
mágico. Esos hallazgos y sus correspondientes “lecturas” operan,
sin embargo, en situaciones bien domésticas, la “planta
escrita”, por ejemplo, está en la puerta de una casa, mientras
la página de un diario común y corriente refiere al palacio de
la chamánica diosa asiria, Istar.
Así se ingresa a situaciones en las que tanto objetos-textuales
como textos-objetuales funcionan como talismanes que, de pronto,
revelan naturalmente unos mundos letrados, hasta entonces
ocultos para la mirada común. A esos mundos ingresa un
lector-personaje que luego se sirve de la escritura para develar
extraños derroteros.
Se trata de lecturas que inspiran escrituras, y de escrituras
que resultan tan fugitivas o inasibles como las imágenes de un
sueño; son discursos que a un lado y otro de la comunicación
textual (lectura/escritura) participan de una “naturaleza otra”,
con enigmas y misterios a cuestas.
Así, en el cuento “Retorno a la lectura”
el protagonista
lee un libro-planta que lo envuelve “inexplicablemente”. Tras
describir la arborescente arquitectura del libro, el
lector-personaje confiesa no comprender ni una sola idea
concreta de lo escrito. La inferencia inicial (“arribé primero a
la conclusión de que se refería a la creación del mundo”) se ve
luego disminuida: ”cuando me quedé con la última página en la
mano, caí en la cuenta que no había pasado de observaciones
sobre vegetales” (Garet, 1998, p.63). La deriva semántica queda
abierta, como suele suceder en las metamorfosis de los sueños, y
de la lectura visual fracasada se pasará a una lectura táctil:
dejé que los dedos recorrieran por propia iniciativa la
superficie de las hojas. Inesperados placeres se prendían en las
yemas de los dedos. Cuando lo había recorrido como puede un
ciego disfrutar de una escultura, lo deposité sobre la mesa
(Garet, 1998, p.64).
Entonces el libro se dejará disfrutar como una escultura
recorrida por las manos de un ciego, aunque sigue siendo una
planta a la que luego el personaje-lector intentará releer desde
nuevos recorridos y significaciones. El “mensaje” de tal libro
está en un código de escritura que el soñante asume como
portentoso, pero cuya comprensión última está vedada. De allí
que esa ´lectura renuente` dé origen a la escritura del texto
final al que los narratarios se enfrentan con las mismas
vacilaciones y cortes semánticos de las que fuera objeto el
personaje-lector.
En Anabákoros
el protagonista
realiza otro hallazgo: textos grabados en tablillas cuneiformes
de origen asirio que, tras la destrucción de la biblioteca de
Nínive - mítica ciudad de esplendor comercial y letrado, hoy
situada al norte de Irak-, empiezan a ser reencontrados en los
umbrales de un nuevo milenio (1994-1996), esto porque según la
inscripción: “habrá anabákoros para grabar el final de los
tiempos”. El protagonista se sumerge en una tan dispersa como
ancestral tradición de escritores de anabákoros, textos que él
mismo define así:
composición en prosa de corta extensión y motivo variado,
generalmente con implicancias metafísicas, donde se destacan los
temas de la magia y el tiempo, de los viajes y la palabra
(Garet, 1999, p.19).
Luego los clasifica en “simples” y “ligados”, siendo estos
últimos los que, a su vez, se articulan en series en torno a un
motivo central. Al final se agrega: “los anabákoros se acercan
indistintamente a la poesía, a la reflexión psicológica,
existencial, teológica, sin perder nunca su aliento narrativo”.
Una caracterización que desde el texto trasunta y perfila la
poética del propio autor.
Si aplicamos buena parte de tales definiciones a 80 noches y
un sueño es posible afirmar que se trata de un anabákoros
ligado, cuyo motivo central es “el sueño”. Rastreado en
ochenta noches que hacen a ochenta textos numerados, “el sueño”
es capturado desde un “aliento narrativo” en el que, sin
embargo, el resultado es poético. Y lo es porque el
“anabakorista” logra que la sintaxis de su prosa sea clara a
nivel expresivo pero cargada de connotaciones, elipsis y
asociaciones simbólicas cuya significación exige a un lector de
imaginación poética.
El escritor es consciente de este desafío y así lo dice en
“Ángeles”: “es difícil compartir algo de lo que se vive durante
el sueño, esa parcela de infinito de una dimensión distinta,
resultado de la pura sensación” (Garet, 2003, p.83).
Las descripciones, que son el fuerte del discurso, respetan el
complejo sistema perceptivo del soñante, que administra las
derivas sinestésicas sin atiborrar de tropos el plano del
enunciado. El poeta sabe que el sueño es, por naturaleza, una
sucesión de asociaciones libres cuya carga simbólica y
metafórica es suficiente como para dejar que sea el relato
onírico, sin utilización de otras figuras del lenguaje, el que
llegue naturalmente al lector. De allí que sus recursos
expresivos sean más los de la prosa que los del verso, los del
relato que los de la expresión figurada. Utiliza, por ejemplo,
la narración simultánea (dos acciones o pensamientos que ocurren
al mismo tiempo), y secuencias dialógicas, pero sobre todo el
desdoblamiento entre soñante y narrador. Así, lo que leemos
acontece de manera nítida pero sin perder un gramo de la
densidad fantasmagórica del sueño.
Las breves tramas exponen asuntos tales como: la creación
verbal, la reproducción biológica, las artes y los artistas, la
magia, el tiempo, la divinidad, la memoria, lo erótico. En ese
variado conjunto temático se percibe un cuidado especial en no
alterar lo esencial de la procedencia onírica, de manera tal que
los sueños muestren por sí mismos lo que les ha sido dado
representar. De allí que el poeta no se detenga nunca a
interpretarlos, y que el lector se vea impelido a ir
construyendo por sí mismo los múltiples derroteros por los que
transita la intimidad de la psiquis del soñante.
En una breve nota introductoria, el autor anticipa que esta
escritura se alimenta de “un manantial de agua caliente y otro
de agua fría. Ambos llegan mezclados (...) sin más cercanía a un
manantial que a otro” (Garet, 2003, p.9). El magma onírico, con
su chorro de quemante poesía, y el agua fría como su disposición
accesible, se mezclan sin más pretensiones que el exponer los
fascinantes desequilibrios del universo soñado en un estilo
finamente equilibrado. Pero el equilibrio externo se vuelve
inquietante una vez que ingresamos en el imprevisible mundo que
los sueños erigen. Así ocurre, por ejemplo, en “Descubrimiento”,
justo a la mitad del recorrido de las 80 noches, cuando aparece
el siguiente personaje:
Estaba el señor sentado cómodamente en un sillón de colores.
Placas como de radiografías colgaban en abultados manojos a la
altura de sus manos. Innumerables focos de luces le daban al
espacio una profundidad incalculable. El señor elegía placas con
sus dedos grandes. Era imposible reconocer expresiones en su
cara. Más bien gordo y muy blanco, como si no conociera el sol.
Se movía con cierta dificultad y se sabía que nunca se
levantaría de su sillón. El señor era el dios de los sueños (Garet,
2003, p.61).
Este gordo y cómodo ‘dios de los sueños’ parece en principio un
montajista que selecciona lo que finalmente aparecerá en el
“cine de los sueños”, así como la memoria del soñante selecciona
lo que del espectáculo onírico llegará a la narración. También
hay algo como de escena de hospital, como si los sueños fueran
las radiografías de pacientes que el dios-médico examina
fríamente ¿así como el inconsciente lanza sus obsesiones
profundas, más allá de lo que el escritor desee exponer en sus
textos?
Veamos otros aspectos en los que los personajes oníricos
manipulan a quien ingresa, acaso inocentemente, en su indómito
universo. En “Feria” se dice:
Vendo sueños rezaba un cartelito con letras manuscritas, de
colores, que la mujer tenía colgado sobre el pecho como un
collar. Cuando puse atención al conjunto de cartel, cara y
estatura pequeña de la mujer, un niño se materializó desde atrás
de la pollera y dijo: “Ella vende sueños, señor, buenos” (Garet,
2003, p.78).
La mujer murmuró:
Usted puede hacer con ellos lo que quiera: si los quiere de
adorno no tiene más que soplarlos adentro de un cuadro; si
quiere que se cumplan, los lleva en la mano cerrada para que
nadie los vea. Este niño es un sueño que se le cayó a un señor;
cuando se lo dije se fue muy apurado
(Garet, 2003, p.78).
Pueden observarse diferentes funciones de los sueños. Una apunta
a hacer de sus imágenes motivo para representaciones pictóricas.
Un poco a la manera surrealista de René Magritte, por ejemplo,
con eso de que el sueño “puede soplarse adentro de un cuadro”.
La otra función remite a lo fantasmagórico, como un fetiche no
deseado que se ha materializado y tiene el deseo de ser
aceptado. La vuelta de tuerca consiste en que el niño intenta
persuadir al soñante de comprar esos sueños que se ofrecen como
“buenos”, siendo que él mismo es en sí mismo un sueño-deseo
huérfano de soñante, pues el señor al que este niño-sueño se le
cayó, salió corriendo cuando la mujer le dijo que era suyo. Así,
el sueño-niño-abandonado, fantasma con vida propia, busca a otro
soñador que lo adopte, que lo compre.
El texto “En cadena” abre con este juicio del propio autor a
modo de epígrafe: “Ni el escandalosamente pretencioso Sigmund
Freud de La interpretación de los sueños, se refiere a la
encrucijada de la contaminación de los sueños” (Garet, 2003,
p.27). Esta es la única mención al psicoanálisis que aparece en
todo el libro; y está allí más bien para negar la restricción
freudiana de la simbología onírica a lo sexual, acaso para
ampliar el horizonte terapéutico del sueño propuesto por el
psicoanálisis: “Una vecina me contó con naturalidad que sus
hijos –que eran cuatro- muchas veces soñaban lo mismo” (Garet,
2003, p.27).
Los cuatro se preguntan y comentan entre sí como si hubieran
hecho un viaje juntos y quisieran disfrutar y compartir
recuerdos.
- Señora –le dije- ¿y usted que sueña?
- Lo mismo que ellos pero una noche antes.
Aquí aparece el fenómeno de la visión anticipatoria, vinculado a
los lazos parentales. Esta vez la posibilidad consiste en que
los cuatro hermanos sueñan el mismo sueño que, una noche antes,
soñara su madre. Este fenómeno de soñar en colectivo no es, sin
embargo, algo fantástico para algunas comunidades indígenas,
como los Hopis de América del Norte, quienes a modo de ritual
realizan este tipo de prácticas en las que se ejercita el soñar
colectivo para sanear problemas que están sucediendo en una
determinada comunidad. Que el poeta sepa o no ese dato es
irrelevante, pues su tarea consiste en liberar al sueño de su
estatuto de extraña irrealidad, para tornarlo natural, como lo
es para esa madre, y como ha sido largamente expuesto por el
Surrealismo.
2. La escritura y el sueño son parte de una misma naturaleza en
la medida en que en ambos procesos se está expuesto a la
fluctuación de emergentes nunca del todo controlados,
incertidumbre de lo que se trafica de un sitio irracional a un
soporte de conciencia. En tal sentido esta escritura es una
poética del sueño en la que los sueños constituyen una
expectativa de escritura en potencia. El fantasma de la
escritura, como un numen errante, tan placentero como obsesivo,
es un como un sueño recurrente entre los escritores. Garet
participa de ese sueño poético que es un leit motiv de su
escritura, siendo uno de los hilos que tejen la estructura de
este libro.
En algunos textos la bisemia escritura/lectura es protagónica,
siendo a veces acompañada por la presencia de escritores
uruguayos, amigos del poeta, quienes representan y encarnan a la
escritura misma.
En “El libro” se dice:
El libro era pequeño y agradable de tocar y de tener entre las
manos. Tenía textos breves que yo leía como si cada uno fuera un
descubrimiento. Leía una o dos páginas y lo cerraba. Lo volvía a
abrir y nunca se repetían los textos.
A medida que me deslumbraba me daba cuenta de que todo lo que yo
podía escribir ya estaba en ese libro
(Garet, 2003, p.17).
El libro es un objeto asible, se tiene entre las manos como un
juguete, es “pequeño y agradable de tocar”, y su lectura es como
“un descubrimiento”. Lo mágico es que el libro nunca repite sus
textos, como si fuera un organismo vivo, como una posibilidad de
infinito. Esta vez el lector-escritor se da cuenta de que tiene
entre manos un libro-espejo en el que está escrito todo lo que a
él le sería posible escribir; una escritura que siendo
potencialmente suya, sin embargo, no le es posible asir, a
diferencia del objeto-libro que tiene entre manos. He allí al
libro-sueño como visión inspiradora.
Según el psicoanálisis leer en sueños delata:
el deseo de penetrar un secreto, de conocer los entresijos de un
hecho o el pensamiento de un individuo, los aspectos ocultos de
su personalidad, algo que habitualmente, sin embargo, nos
esforzamos vanamente en recordar
Por eso es posible emplear, en este caso, la designación de
libro-espejo, en tanto el poeta se halla en ese instante ante al
objeto más íntimamente deseado, el libro que contiene
virtualmente toda su escritura.
Esto en la Kábala corresponde a:
el Aleph, un principio generador o sustancia primera de todos
los números y letras, que tiene su equivalente en el arcano 1
del Tarot, El Mago Creador, un ente absoluto que contiene todo y
del cual emanan las infinitas posibilidades
En el texto Nº 18 el protagonista es el padre del autor, el
también poeta Julio Garet Más, relación que conduce a uno de los
poemas clave del libro. Allí el padre, ya fallecido, “sale” de
una fotografía familiar para ponerse a corregir un soneto
propio, que el hijo aún conserva y que ahora tiene sobre el
escritorio.
Estoy sentado frente al retrato, mirando franca y decididamente.
Percibo pequeñas alteraciones delas posiciones que recuerdo. Mi
padre sale de la foto que comparte con mi madre y conmigo y se
inclina a trabajar secretamente en un cuaderno suyo, manuscrito,
que yo conservaba en mi escritorio.
Cuando se dio cuenta que yo miraba su lugar vacío en el retrato,
me dijo que saldría las veces necesarias, hasta que el soneto
que estaba corrigiendo, quedara perfecto (Garet, 2003, p.28).
Si partimos de que para la Kábala el “retrato” significa “larga
vida a la persona representada”, lo que el sueño hace es
representar dicha aspiración. El sueño del hijo-poeta restituye
la posibilidad de que el padre-poeta vuelva a corregir un poema,
de manera que ahora ambos se encuentran practicando el oficio
poético en sincronía. El poema que corrige el padre, con tozuda
obsesión por lo perfecto, está contenido en el poema que
inscribe el hijo, estableciéndose un plano de reintegración
mediante las respectivas escrituras.
A la vez podría decirse que ambos personajes “sueñan” sus
respectivas escrituras y que en ese soñar simultáneo se anula la
distancia entre pasado y presente, así como la aún más severa
frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y así,
gracias a la epifánica escritura, se cumple aquello de “larga
vida” al padre.
“El sueño de Miguel Ángel” (Garet, 2003, p.66) refiere, sin
nombrarlo, al escritor Miguel Ángel Campodónico. Tiene su raíz
en un miedo recurrente de los escritores, el de quedarse sin
nada para decir. Que el “manantial” - palabra que aparece al
final del texto - se agote implica algo así como un exilio del
lenguaje. En la trama, el escritor que se queda sin palabras
está en el extranjero, y es un personaje soñado por Miguel Ángel
quien a su vez es un escritor. Esto implica una “puesta en
abismo”, un metasueño, un sueño dentro de otro. Para calmar su
pérdida el escritor-soñado se va a dormir no sin antes caratular
un manojo de hojas en blanco con la frase: ”Hombre sin
palabras”. Al despertar, el título aparece en francés “Homme
sans mots”. Lo que acontece es una suerte de milagro de
Pentecostés, pues el libro se escribe en el idioma del lector
que lo tiene entre manos. No sólo eso sino que las hojas antes
en blanco son “un manantial de palabras”, lo que
restituye la pérdida inicial y contradice la frase anotada. El
“irse a dormir” provoca la restitución de la palabra como si el
sueño fuera “el manantial” de la escritura misma, de manera tal
que el libro es un “espejo-de lengua” para cada lector que lo
posea. El psicoanalista Otto Rank cita al poeta y dramaturgo
alemán Friederich Hebbel (1813-1863) quien en su Diario,
realiza una reflexión muy aplicable a este caso: “Los hombres
deben imaginarse el estado de inspiración poética como un estado
análogo al del que sueña. Se prepara en el alma del poeta algo
que él mismo ignora”.
En el texto Nº 8 aparece otro escritor uruguayo, Ricardo
Pallares:
Pallares descubrió el Árbol de la Vida y pudo sacarle una foto.
Yo en la misma foto veo a Pallares trepado al árbol y
clasificando las hojas para hacer un comentario. Lo va a
escribir cuando tenga el papel que se hará con la hoja verde que
tiene en la mano. Y nos reímos juntos porque ya tenemos el árbol
de la vida
(Garet, 2003, p.18).
En la Kábala el árbol representa “un amigo de confianza” y
“subirse al árbol” implica “honores a la vista”. Aquí la
yuxtaposición entre imágenes (fotografía y sueño) y escritura
(hoja verde que luego será papel) implica una superposición de
planos temporales. El hallazgo del Árbol de la Vida del Génesis
hebreo por parte de Pallares (reconocido profesor, crítico y
poeta) y la fotografía que éste hace de tal mito, aparecen en
una segunda imagen-versión, aún más imposible que la toma
primaria, pues allí es el mismo fotógrafo quien comparece
fotografiado, mientras trepa al árbol. Pallares “clasifica
hojas”, lo vemos en su salsa pues lo hace como preparando un
comentario sobre este fenómeno, comentario que se halla
potencialmente ya inscripto en la hoja verde que tiene en la
mano, que luego será papel. Así el mismísimo misterio de la vida
es el soporte futuro de la escritura, y todo el texto es una
circular alegoría del proceso de la creación verbal, a dos
puntas, donde ambos escritores, el soñante y el soñado, celebran
con risas el “honor” de ser partícipes del hallazgo.
Hacia el final, el texto “Lectura” es como un epítome de las
operativas señaladas:
Yo veía una página del libro y quería, sanamente, prestarle
atención a sus detalles, pero se me transparentaba y veía lo que
estaba debajo.
(...) Tomaba el libro de tarde, con la mejor luz del lado del
río. En él estaría el quehacer de mi historia, el que no podía
eludir y llevaba mi fecha de nacimiento. Era toda una ceremonia.
Parecía que las plantas que me rodeaban sentían: “él está por
leer”. Y estrenaban una paciencia infinita (...)
(...) Cuando me aprontaba para leer me invadía una suavidad de
pana y terciopelo. Empezaba bien, pero cuando estaba atendiendo,
distinguía algo debajo. La ilusión de entender me acompañaba
hasta que las letras se comportaban como muñecos. Y la página
era invadida por la página de abajo.
Después de muchos intentos concluí por aceptar que todas las
páginas tenían las mismas propiedades.
Se le llama leer a adivinar la página de abajo
(Garet, 2003, pp. 113-114).
Esa lectura como en transparencia, de un texto que a su vez es
otro que se le superpone, parece la mejor figura para
representar, a modo de conclusión, la correlación entre
sueño y escritura, así como la bisemia lector-escritor, tanto
hacia el interior de las tramas textuales como en cuanto a su
recepción. En ese “leer a adivinar la página de abajo” se
instala un juego que ilustra, como correlato, ese otro aprender
a leer “la escritura que va por debajo de los sueños”, lo que el
poeta, en definitiva, ha venido ofreciendo al lector. Se está,
entonces, ante una poética que entra con ojos abiertos en la
noche onírica y se instala allí hasta producir la
“transparencia” escritural de sus propios sueños. El resultado
son textos híbridos (prosa onírica, sueño poemático) que
propician ser leídos de tal manera que sus imágenes y entramados
- tras desvanecerse la lectura como en un sueño - pasen a poblar
la imaginación del lector, instalándose allí acaso como “guía de
lectura” para sus propios sueños.
El “viaje” de esta escritura que se persigue en 80 noches
alrededor del sueño es una invitación a “soñar” lecturas, así
como antes el sueño invitó al poeta a leerse a sí mismo. Toda
una ondulación onírica que desde el plano de lo visionario lleva
al poeta a una escritura “otra”. Y al lector a otras lecturas,
incluidas las de sus propios sueños.
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