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Cartografía espiral para un eclipse
Luis
Bravo
Con
el poemario Eclipse, que a su vez da título a todo el
presente volumen, la poética de Alfredo Fressia (Montevideo,
1948) ingresa en un nuevo tramo de su itinerario expresivo. Si
bien no hay rupturas ni cortes abruptos en los treinta años de
poesía (1973-2003) que el poeta conjunta aquí para una renovada
lectura, sí hay tramos diferenciales que son como las vueltas de
una espiral, esa línea curva que gira indefinidamente alrededor
de un eje. Tramos que sin clausurarse, se prolongan o se
disuelven en otros posteriores. Entre los vectores temáticos que
conforman el eje o “núcleo duro” de su escritura, pueden
destacarse dos: ser y tiempo; y ser y estar. El primero incluye
“ese enigma de la especie sucediéndose en el tiempo”
, así como la bipolaridad “tiempo fugitivo
/ eternidad”. En el segundo comparecen los exilios (de país, de
lengua, del propio cuerpo), así como la íntima cartografía de un
Montevideo que no es sólo el “lugar” natal del autor sino un
polifacético referente (“la duplicidad de Montevideo”
incluida) de una voz lírica que aborda, bordea y borda esa
ciudad desde distintas perspectivas: la memoria, lo histórico,
el deseo, la costumbre, el lugar común y su parodia. Una
Montevideo asediada, a su vez, desde cuatro dimensiones
temporales (pasado, presente, futuro, eternidad) que se barajan
entre sí para re-fundarla como espacio mítico. A partir de
Frontera Móvil (Aymará, Montevideo, 1997) puede verse a una
Montevideo que es locación de incertidumbres: real y
desrealizada, histórica y atemporal, vigilante y onírica,
doliente e ironizada. Montevideo, ciudad-numen desde donde
Fressia teje y desteje sus tramas textuales. En efecto, si se
prosigue con los significados del término “espiral”, puede
encontrarse un correlato iluminador: “muelle espiral del volante
de un reloj”
. En “muelle/ escollera” radica justamente
la metonimia de la ciudad-puerto a la que sus poemas aluden una
y otra vez, y es desde el “volante” del reloj que el poeta hace
girar las manecillas hacia atrás y hacia delante para concluir
en esa fórmula lúdicamente infinita de “Teorema”: “Presente =
Futuro, lo que no demuestra absolutamente nada fuera de
Montevideo.”
Dos primeros tramos
En “Cuervo y después”
, libro que incluye los textos de un primer
tramo entre 1973-1989, se señalaba que Alfredo Fressia cultivaba
una poética de la “individuación”. Esto porque en medio del
fragor de una poesía social latinoamericanista y, de otra,
incipiente, que se objetualizaba como reflexión metalingüística
sobre el propio acto de decirse (mallarmeana y postconcretista),
Fressia se distinguía pues no sólo abría una senda distinta a
dichas tendencias sino que incluso se despegaba de la tan
influyente tradición hispana (de corte machadiano) entre los
poetas uruguayos de fines del 50 y del 60. Lo hacía reasumiendo
la modernidad francesa (visionaria en Rimbaud, sincrética en
Baudelaire), y la modernidad portuguesa, radicada en la
heteronimia de Fernando Pessoa, que a esa altura no había sido
explicitada entre los discursos poéticos vernáculos. La voz y el
sujeto de aquellos poemas exponían una suerte de doble “agón”:
el de un ser atrapado en su propio cuerpo y en el devenir
temporal (“¿Quién es este huésped en mi cuerpo? (...)//¿Qué
hago, padre, con mi espanto/ a cuestas, y mis días/ en los días
implacables de los hombres?”). Desde sus tres primeros
libros la poesía de Fressia fue pionera en exponer la cuestión
del “género” desde una perspectiva homoerótica en la poesía
uruguaya, junto al exultante Evohé (1971) de
Cristina Peri Rossi. Luego, el poema “Obediencia” (Veloz
eternidad, Vintén, Montevideo, 1999) retomó dicha temática,
y ahora comparece como un mojón en este Eclipse, en tanto
prolongación y síntesis de ese “memorial de hombres que me
amaron”. Cabe agregar que Fressia ha sido el primero, y el
único hasta el presente, en reunir textos de índole homoerótica
en nuestra literatura. Lo hizo en Amores impares (Aymará,
Montevideo, 1998), una muestra que incluye textos de nueve
poetas uruguayos, en la que debe verse su compromiso ético y
estético en torno al tema.
Pero, en la poética fressiana hay un sustrato que, lejos de
volver abstractos éste y otros tópicos ya referidos, los
potencia hacia lo metafísico: el del “ser caído”. Un ser abatido
en una dimensión limitada, en lucha con los sucesivos “yo” en
los que fatalmente la “eternidad” (esa totalidad originaria,
dígase Edén, Edad de Oro, Gran Tiempo, Edad Glacial) se
desintegra, para dejar en su desgarro el “don de la melancolía”
(ese que, según Agrippa de Nettenheim, conduce a la sabiduría y
a la revelación) como remembranza de una armonía espiritual que
habría tenido lugar in illo tempore. En un texto axial
como “El otro (Arthur Rimbaud)”, se puede leer: “y hubo un
tiempo de amor para los hombres”; y en “Plaza Matriz”
(cuyo epígrafe estructurador es de Delmira Agustini), se dice: “y
yo también cayendo/ en la herida del tiempo”.
Un segundo tramo o ciclo de esta espiral se genera a partir de
Frontera Móvil, continúa en El Futuro (Ediciones
Tema, Lisboa, 1998), y se redondea en Veloz eternidad
(Vintén, Montevideo, 1999), aunque en éste cohabiten textos de
ambos tramos, agregándose únicamente “Obediencia”. Aquel
pathos desolado y doliente de su primer tramo da paso
entonces
a un sesgo irónico y hasta paródico, mientras incursiona en la
prosa narrativa y en los poemas en prosa. Frontera
Móvil recoge la traducción del libro en portugués (extendida
con nuevas narraciones) titulado Destino: Rua Aurora (Ed.
Autor, San Pablo, 1986). En éste un narrador-personaje llamado
Alfredo es y no es el propio autor. De ahí que en la
contraportada Mercedes Ramírez observe certeramente que ese
“Seu (Don) Alfredo nunca fue exiliado: por eso puede
escribir sobre Montevideo sin que le tiemble el pulso. Creemos
que Alfredo Fressia, habitué invernal del café Sorocabana, deja
a Seu Alfredo en rua Aurora cuando viaja”. Ese
“desdoblamiento” pone en cuestión tanto el estatuto ficcional
como el testimonio de la crónica. Rua Aurora no sólo está
escrita en portugués sino que está siendo “informada” por
autores y obras de esa lengua, desde el heterónimo pessoano
Bernardo Soares del Livro do desassossego -que
trabaja en la misma Baixa lisboeta en la que vive Pessoa-,
hasta el brasileño Machado de Assis con sus novelas en
primera persona, cuyos narradores pueden abocarse a lo
autobiográfico, mezclando rastros de crónica actancial y autoral
en la misma ficción. Así, Seu Alfredo, retrata personajes
de esa Rua Aurora, la misma donde habita el propio Fressia en
San Pablo, desde 1976.
La cercanía con Pessoa también se constata en esas “migraciones
de identidad” que experimentan los personajes de Rua Aurora,
como es el caso del corista y cantante de boleros, Olegario,
quien travestido fue Olga, hasta que un alias artístico lo
transformó en Olga del Córdoba, que tras un romance con un
pastor pentecostal ingresa a la vida monacal como Frey
Oliverio. Lo mismo ocurre con la cartografía
prosopopéyica de la ciudad, donde la “fatal y coqueta”
calle Augusta se torna, por escasos cien metros, en Av.
Paulista, y la “indiferente” Brigadeiro Luiz Antonio se
“vuelve Av. Paulista mucho antes y mucho después, y no le
importa.”
En este segundo
tramo puede percibirse que la carga agónica del “yo” ya no pesa
tanto en sus valijas. La “movilidad” de quien escribe es
fronteriza pues es la de alguien que se ve como un pasajero más
de sí mismo, alguien que da cuenta de lo ilusorio de cualquier
absoluto, incluido el de la identidad, la propia y la divina. De
ahí que en Rua Aurora, se diga:"Un día Dios
recibió una carta que contenía severísimos reproches y que era
Una y Trina". Esa transitoriedad del yo se anunciaba ya, sin
embargo, en “Transeunte inútil de ti e de mim/ Estrangeiro
aqui como em toda aparte/ Casual na vida como na alma”,
epígrafe de Pessoa en Noticias Extranjeras (Ed. del
Mirador, Montevideo, 1984).
La segunda parte de Frontera Móvil está
constituida
por cinco poemas, cuatro de los cuales (“Homenaje a Pitágoras”,
queda fuera de sitio) comparecen en el presente libro, en
la sección “El Uruguay y el Plata”.
La resonancia paródica de los versos del Tabaré de
Zorrilla de San Martín (“el Uruguay y el Plata vivían su
salvaje primavera”) deconstruye el topos épico de lo
patrio, diciendo: “El Uruguay y el Plata/ y esto o aquello/
el último o el próximo/ la última o penúltima/ penumbra en la
península/ escollera o salvaje/ primavera”. Esto ilustra, a
su vez, esa “estética de la exclusión, la de los espacios
vacíos y periféricos de quien vivió siempre ‘lejos’, al acecho
de algo así como un país natal”
. El
mismo doblez irónico hace que en “Aeropuertos” la condición de
exiliado, antes un tema personal y colectivamente dramático, se
expida así: “El exilio es un aeropuerto. Yo ya tuve mis años
de aeropuerto”. Ya en “Montevideo, La Coquette”, la
descriptiva aforística presenta a ese Montevideo atemporal,
desde el lugar común:“A Montevideo, los niños lo ven lindo,
con su cerro y su fortaleza, y dicen que allí nacieron, allá por
el mes de enero de hace muchos, muchos, muchos años”.
No sólo varió la impronta discursiva del poeta entre 1989 y
1997, también la recepción de su poesía varió. Y, por cierto,
tampoco es la misma hoy (2003) que hace catorce años.
Efectivamente, en ese lapso ha crecido en audiencia, en
reconocimiento crítico, en cuanto referencia para nuevos poetas;
y goza de un creciente prestigio que tiende a extenderse cada
vez más dentro y fuera de sus dos fronteras. Porque incluso en
Brasil, donde Fressia se había mantenido al margen de los
circuitos literarios, ya lo han “descubierto”.
Tercer tramo
1.
Los augures, en su oficio de intérpretes del cielo y de los
sueños, y el poeta, se asemejan. La analogía es simple: ambos
leen códigos de misterio. Una forma de la poesía consiste en
“leer” los fenómenos que la ciencia explica a su manera, desde
otra epistemología que incluye lo imaginario y lo espiritual
como formas de conocimiento. En esa senda se inscribe el tercer
tramo de esta poética, el cual bien podría denominarse como
“esotérico” en tanto “método o vía hacia el interior” (eso-thodos).
Eclipse es una barroca trama de historia y mitologías
(antiguas y modernas) donde lo literario, lo filosófico y lo
científico componen un singular espectro gnoseológico. La
hermeneútica exigida por una obra de esta envergadura implicaría
una anagogia, es decir, una interpretación que lograse
penetrar en las correspondencias interdisciplinarias que el
texto propicia, disparándose en múltiples estratos
significativos. Es decir, poesía resistente y constructio
de ”conocimiento” por la vía oblicua de lo estético. El lector
está ante un vasto tapiz verbal donde los intertextos de otros y
los intratextos propios, entretejen y entretienen -en el sentido
de mantener y de recrear- los significados de fondo de esta
escritura. Propongo que también pueda leerse siguiendo a Lezama
Lima: “Un mito es una imagen participada y una imagen es un
mito que comienza su aventura, que se particulariza para
irradiar de nuevo”
. En este caso, irradiación de
sentidos “eclipsados” donde los límites entre lo manifiesto y lo
oculto, lo concreto y lo trascendente, no son de inmediato
perceptibles pero operan subterráneamente en esa urdimbre
apasionante que es también aventura cifrada según pistas que la
obra fressiana, autógena, ha ido construyendo. Una poética a la
que bien puede aplicarse la fórmula keatseana: belleza =
verdad. Como en la “urna griega” del siempre joven poeta
inglés, se trata de una “verdad” que, por cierto, no es
filosófica ni sistémica sino nómade y lírica: “Beauty is
truth, truth beauty”, - that is all / ye know on earth, and all
ye need to know”
.
2.
El 11 de agosto de 1999, a pocos días de haber cumplido Fressia
los cincuenta y un años (el 2 de agosto) se producía el último
eclipse solar antes del cambio de siglo y de milenio. El hecho
desató en la mass media (incluida la nueva industria
editorial de mercado) la publicación de “refritos” apocalípticos
- bastardeado Nostradamus mediante- para anunciar, más como
simulacro que como representación real de un temor, la sombra
del fin, que siempre sobreviene en los cambios de siglo y en los
eclipses, curiosamente. Nuestro autor, que ya venía de
cuestionar el futuro (“Futuro era el de antes (...)// ¿Y hoy
llegó? No, debe estar atrasado, viene de muy antes.”), y de
saber que éste sólo viene del pasado (“Sé que cuando el
futuro aparezca, vendrá volando por atrás del Cabildo.”),
acaso percibió que en ese eclipse final del milenio estaban
contenidos, en claroscuro, todos los eclipses que desde hace
cuatro mil años (desde Ur, 2000 a.c.) venían sucediéndose. De
allí a la cita de Plinio el Viejo, (motivadora de algunos poemas
y epígrafe iniciático del libro) hay sólo un tramo de luz.
Fressia tomó algunos de los eclipses citados en esa apabullante
enciclopedia del sabio romano (su Historia Natural
contiene 37 volúmenes, y se conserva hasta hoy), consultó sobre
otros posteriores, imaginó algunos y así, históricos o
apócrifos, los hizo poesía propia. A saber: el eclipse tebano de
Píndaro y el marítimo del ateniense Nicias (según Plinio); el de
Jerjes (según historia Herodoto); el eclipse hebraico, oracular
y amenazante (el único bíblico, en Amós); pero también el que
aparece en “El vergel y la laguna”, que refiere, “tenuemente
iluminado” por detrás de las palabras, al fresco de Rubens
(“Cristo en la cruz”, más conocido como “La lanzada”)
una de las escasas “crucifixiones” en las que se aprecia el
eclipse referido por los Evangelios. Puede acotarse, de paso,
que al igual que en la pintura del maestro flamenco, en la
poesía de Fressia es apreciable esa tensión entre lo intelectual
y lo emotivo, incluso entre lo clásico, lo barroco y lo
romántico. Luego, ese eclipse al que refiere “Lección de
Historia”, un texto plagado de símbolos y señales ocultas. Su
protagonista es Margarita de Angulema, la reina nacida bajo un
sol en Sagitario, que mira al cielo acompañada por un imaginario
séquito velazquiano, esas enanas con textos hebreos en mano.
Pero no se engañe el lector, la fecha del 28 de octubre de 1536,
allí referida, no remite históricamente a ningún eclipse sino a
la celebración de San Judas Tadeo, inscripta bajo el fatal signo
de Escorpio. La misma fecha coincide con la también fatal Casa
12 (la de la destrucción) en la Carta Astral de la reina de
Navarra; por tanto, lo que ésta contempla (“Margarita lee lo
que no quiere”) es el “eclipse” de su propia vida. “Lección
de Historia” es la suma poética de Eclipse. Desde allí
giran, otra vez, las manecillas del reloj, “volante” por donde
el lector viaja en el tiempo en múltiples direcciones que se
vuelven sincrónicas. Así se atraviesa por una sucesión de
imágenes, que van del film de Antonioni -revisto con nostalgia
por los juveniles años sesenta- a las fotos (que también son
mapas y/o arcanos del Tarot) “mal reveladas” del padre de
Isidore Ducasse, que “yace en estampas radiactivas”, él
que, a su vez, eligió autovelarse (recuérdense sus palabras de
1870: “Je ne laisserai pas de mémoires”). La voz lírica
navega por un tiempo sin barreras pues procede de una
palingenesia (reaparición de un cuerpo tras una muerte real o
aparente), y por eso dice: “Yo
soy el más joven de los muertos,/ reconstruyo el mundo en mi
lección de Historia y le beso la sandalia/ a Empédocles, en
silencio, después de la explosión.”
Esa voz arma y desarma los acontecimientos del mundo, como un
demiurgo, y también los vuelve a juzgar. La leyenda dice que
Empédocles en su afán de merecer el divino ascenso celeste,
se arrojó al cráter del Etna; al desaparecer el rastro de su
cuerpo se creería que había logrado su deseo, pero el volcán
devolvió su sandalia de bronce, descubriendo la estratagema del
suicidio. Así y todo, a diferencia del estigma que esa sandalia
vulgarmente representa, aquí se la “besa”, redimiendo
poéticamente al viejo filósofo griego en lo que su acto tiene de
heroicidad mística.
En otro orden, en Eclipse reaparece, aunque
desarrollado desde otra perspectiva, lo que ya se decía en
“Final” (“Cierro todo ciclo: en mí me acabo./ Tiresias
contempla al travesti en silencio,/ por siglos se responde un
eco humano/y en mí me acabo”), y lo que tan vehemente y
baudelariano se lee en “Obediencia”, “gato encelado y sucio y
bello, oh sí, rehenes obedientes de la especie”: la no
descendencia de quien se sabe “hombre y mujer”. En el
poema “Eclipse” una voz interpela al personaje, ese “Fressia
irremediable”, y, oracular (como antes Tiresias), le dice:
“ni
esperanza de morir cercado de tus hijos, el semicírculo acosado/
desde antes de nacer”.
Si se recala en la elegía final y colectiva de “Baldón”
(metonimia de la muerte que incluye a íntimos amigos del poeta),
se percibe la sombra eclipsante no ya de la muerte física sino
de la propia voz poética; paradójico temor, pues por un lado ese
silencio sería una liberación pero, por otro, asoma el
sentimiento de una pérdida, el de no poder decir ya más nada:
“¿por qué hago versos a destiempo con mi resaca amarga?/ ¿Cómo
mantengo el imperio provisorio /yo mismo solo en el oprobio y
tarde/ o temprano el último poema?.”
3.
En este tercer tramo de la escritura fressiana son muchas las
vertientes temáticas de su obra que se retoman y se prolongan de
manera sutil, connotada, profundizando aún más lo que Gerardo
Ciancio señalara como una “práctica
escritural
(que) parece el resultado de un vaivén continuo, oscilación
enunciativa, de un entrar y salir (impresión - expresión) al yo.”
Los malabarismos con el tiempo se encapsulan, por ejemplo, en
estampillas de santos como la de San Expedito de Armenia que
porta un cartelito que reza “hodie” (“hoy”),
respuesta combativa al diablo que dice “deja para mañana” (en su
iconografía originaria este santo del tiempo pisa a un cuervo
que dice “cras”, es decir, “mañana”, también en latín).
Entonces, lo que Fressia hacía al respecto del tiempo en El
futuro con ironía denotada, aquí aparece subyacente. Si en
Cuarenta poemas se evocaba a un San Venceslao
borracho, en tanto protector impotente de una “Praga invadida”,
si en “Obediencia” se invoca a San Jorge (“amable”, como
la noche de San Juan de la Cruz), en “Plaza Matriz” se asiste a
un imposible buceo en las aguas de su fuente central. Allí se
divisa a los “santos flotando bajo el agua” como
“siderales guerreros”; entre éstos están los mártires
gemelos, Cosme y Damián, médicos ellos, portando esas “pociones
blancas” para curar la también imposible “herida muda”
del verso delmiriano. También “arden” allí las saetas de San
Sebastián (ícono del imaginario gay) y, en “los moluscos del
Hodie viscoso” vuelven a enfrentarse el pasado, el presente
y el futuro, en esa oculta alusión a San Expedito, ya explicada.
Todo un santoral con su mística a cuestas que Fressia ha leído
con una fe mítica, y que ahora inscribe para futuras exégesis.
Ya desde el epígrafe, junto al más filósofo San Agustín, el
poeta sabe que nadie puede explicar el tiempo, materia de la que
los mortales están hechos, condición ontológica de esa “caída”
que es raigal en su poesía.
También está aquí esa montevideaneidad escriturada lejos del
costumbrismo y muy cerca de un simbolismo visionario, atravesada
por nubes sin rumbo como “navíos olvidados”. Y es que
cuando se insiste en que Fressia asume una escritura desde y
hacia la periferia
, esto no debe confundirse con lo
anecdótico ni con lo “menor”, pues se trata de una
territorialidad tan locativa como universalizable. La factura
formal, el entramado laberíntico y resistente de sus textos, sus
yuxtaposiciones espacio-temporales -acaso una forma de la
“carnavalización” que dinamita la función referencial sin
distorsionar el registro de la lengua-, apuntan a ser plenamente
interpretados por un lector uruguayo. Ese que no confundiría,
por cierto, a la Úrsula de Julio Herrera y Reissig con la de
García Márquez, que sabe que la Torre de los Panoramas no es
precisamente un rascacielos, que puede interpretar
históricamente el asesinato de Delmira Agustini, que tiene
presente la escenografía de la Plaza Matriz (Catedral, fuente,
Cabildo, ducassiano “Hôtel des Pyramides”), que ha caminado
alguna vez de madrugada por la soledad de la Avenida General
Flores, que conoció “la geografía de los viernes” en el
Café Sorocabana, que ha leído desde sus años escolares sobre esa
“salvaje primavera” en la que habita un indio de ojos azules,
que sonreirá cuando Murilo Mendes afirme que Lautréamont,
Laforgue y Supervielle “forman un gobierno colegiado”. O
sea, ese empecinado diálogo con esta periferia, que está en el
centro de su poética, también se hace patente en Eclipse,
cuyas imágenes de lo antiguo griego, latino y mesopotámico no
son cultismos fosilizados sino anclajes en lo regional y en lo
actual, que adquieren nueva vida. Así, en “Píndaro
Intempestivo”, se dice :“Eclipse
de Tebas, ¿vuelves otra vez del breve exilio/ para apagar el sol
de Montevideo? // (...)¿Será el hielo/ sobre el descampado o un
verano que los vientos del sur/ harán derramarse en sudestadas
furiosas?”
4.
En “Los Persas”, donde el eclipse divide el bando solar griego y
el bando lunar persa, se insinúa el único legado de la batalla
de la vida: el ser motivo de canto en este desvencijado y
periférico gran teatro del mundo, desde donde Fressia,
asumidamente, escribe:
Al morir lo comprendieron: morimos
de un eclipse, eternos como el zafiro,
y seguiremos el retorno de las lunas
mientras un Coreuta recite nuestros nombres.
Fue sólo para eso que vivimos.
Si en Cuarenta poemas se celebraban cuarenta años de
vida, en Eclipse se celebran treinta años de “cierta”
poesía. “Cierta” pues no está toda, en tanto no busca el autor
la opera omnia sino una de las posibles selecciones y
lecturas de su trayectoria escritural. Esto supone haber trocado
el cuerpo biológico por el cuerpo textual, transmutación en la
que, a contrapelo de cierta posmodernidad, se atisba un valor
trascendente para con la escritura, esa humana forma de la
eternidad, ese Gran Guión del drama ilusorio de lo divino, al
cual esta poética pertenece. De allí su veloz eternidad.
NOTAS
Lo dice el poeta: “No
creo que con la globalización hayan cesado de existir
los centros hegemónicos y las periferias (como lo
afirman algunos optimistas, García Canclini entre ellos).
Soy un poeta en lengua española de un país periférico de
América del Sur y vivo por opción en otro país
periférico de América del Sur, de una lengua diferente,
la portuguesa. Por así decirlo, me exilié en otro exilio.
Construí una obra cuya estética, si tuviera que darle un
nombre, se podría denominar estética de la exclusión.
Algunos títulos de poemarios míos aluden a un fin o a
una aspiración de silencio, “Clave final”, “Noticias
extranjeras”, “Eclipse”. Con alguna excepción
-poemas que aparecieron publicados en España o en
Lisboa- mis ediciones, en Montevideo, alguna en São
Paulo, son modestas, artesanales como la misma poesía, y
dirigidas a un lector connivente. Salgo poco de mi
periferia, y cada vez que lo hice -viajes a Francia, a
España, a la vieja Checoslovaquia- esos viajes se
debieron a razones personales y no literarias. Mi
presencia, hoy, en EEUU, y debida a motivos literarios,
es insólita en mi biografía, (...)”. (Conferencia
pronunciada en Marshall University, Huntington, WV,
26.04.2002).
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