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EQUILIBRIOS DEL BOSQUE, DE BLANCA EMMI
Alfredo Fressia
Este
cuarto poemario de la montevideana Blanca Emmi, prefaciado por
el poeta William Johnston, exhibe tres partes: “Muebles”,
“Equilibrios del bosque” y “(Posdata)”. Esta última parte se
compone de un único poema, breve, que se puede transcribir aun
perdiendo los juegos con el espacio blanco de la página: “Retuerzo
las palabras.// Las degüello/ -desplumándolas-/ con dolorosa
fascinación// Las dejo abandonadas al olvido// Vuelvo a ellas
con un puñado/ de albahaca.// Permanecen en el plato/ como un
hierro tibio/ que no logra quitarme/ el hambre.” El paralelo
entre las palabras y el ave sobrentiende a la poesía y su
íntima, artesanal preparación, las hierbas finas, fascinantes, y
un hambre siempre insaciable, que lleva a los poetas a
recomenzar después del vuelo de cada poema.
A caballo entre un Arte poética y un Ars vivendi, el
poema funciona como un epílogo de los poemas aquí reunidos,
signados por la imagen siempre precisa, la elegancia de la idea,
el vuelo circular entre la alusión y la elusión, la vigilancia
de la inteligencia. Si hubiera que elegir el elemento común a
este “Bosque”, ese elemento sería el aire (viento, ave, alas),
también bajo la forma de la tradición oriental: la madera. Para
comenzar, se trata del elemento de los “Muebles” que constituyen
la primera parte del libro. Los muebles son el refugio, el
ropaje de un yo que se reencuentra cada noche entre las sillas,
el pupitre, y principalmente, ese “vórtice” que es la cama, ese
mueble muelle, en los dos sentidos de “muelle”, por su molicie,
sin duda, pero también porque es la escollera desde donde se
parte y donde “desembarcan” esos seres que nos rodean, “andan
en puntas de pie” y a veces llamamos fantasmas: “Son una
larga fila de siluetas.// Resisten con pequeños huesos azules.//
Navegan los rostros/ en una flota de barquitos.// Atraviesan la
muerte/ bajo las estrellas.// Desembarcan/ en una almohada
cualquiera/ húmeda y a punto de amanecer.”
Finalmente, si el bosque es un símbolo gigante del inconsciente,
en estos poemas el dormir, el sueño, vale como entrada en esa
especie de más allá cotidiano, de mínima contracara donde la
lógica de cierta “realidad” se desvanece. La lógica de esta
poesía, sin ser “onírica” ni adherir a cualquier automatismo de
la escritura, es más bien nocturna, o cercana a los juegos
imprevistos de luces y sombras, un arte hecho en tonos pastel y
sutil como este poema que representa bien al conjunto del
excelente libro de Emmi: “Un hombre, hermoso como la noche/
me mira./ Lento, voy/ mudándome en sus ojos/ ordeno sus
enigmas./ Dulcemente amurallada/ me adelgazo,/ mínima/ como un
rayo de luz/ y duermo.”
Blanca Emmi es contador público y docente de la Facultad de
Ciencias Económicas. Sus obra poética incluye Cuerpo a tierra,
1989, Algo de arado, mucho de manzana, 1994, y Tachos
de cobre, 1999. Como dramaturga, en 1990 obtuvo el premio
Juan José Morosoli con la obra Todo va mejor con cocaína.
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