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SEÑALES ELEMENTALES, DE ANDRÉS ECHEVARRÍA
Alfredo Fressia
En
la contratapa de este libro el poeta Jorge Arbeleche observa que
la obra de Andrés Echevarría (Melo, 1964) “no se apoya en la
música armónica del canto” y procura “más que el halago sonoro,
la interrogante básica del individuo”. Efectivamente, los
veinticinco poemas del presente libro eluden el trabajo del
verso, que definitivamente para Echevarría no es la unidad
poética. Estudioso de Laforgue y de la poesía simbolista (en
2006 publicó su ensayo Pasión y poesía de Jules Laforgue),
el autor exhibe aquí una poética donde la música es “de la
idea”, que incluye una serie excelente de textos directamente en
prosa, y que usa los versos, cuando existen, cortos, enjutos,
como anáfora gráfica, modo de crear un ritmo poemático, y nunca
un mínimo espacio autónomo de la emoción y de la idea.
Situado bajo la impronta de ese post-simbolismo que corrió por
los ríos visibles y subterráneos de la poesía del siglo XX, el
poemario se organiza sobre los cuatro elementos de los
presocráticos, y los poemas sólo en ese sentido son
“elementales”. La tierra, el agua, el aire y el fuego son aquí
modos míticos, eventualmente esotéricos de organizar un mundo
frente al cual al poeta sólo cabe dar “señales”. Entre las
señales de Echevarría predomina la intuición de un fin, el
aviso de la muerte, las repetidas “pausas”, el despojo, o esa “osamenta”
que estremece en “piano”, tal vez el mejor y sin duda el más
perturbador de los poemas en prosa, que pone en una tensión
vertiginosa la virginidad de una niña contemplada desde esa
metonimia de la muerte.
De una estética deudora del simbolismo, y en los temas de
Echevarría, se puede siempre esperar una mayor pesquisa, por
ejemplo, en el ocultismo que acompañó desde sus orígenes a esa
corriente literaria. En un plano meramente formal también se
pueden reprochar al autor algunos excesos en el uso de los
adjetivos. Quien leyera por ejemplo “un apócrifo pájaro
trinaba tras la ventana y el ilegítimo pez daba vueltas
en la artificiosa pecera”, se haría una falsa idea del
conjunto del poemario. Porque se trata, en cambio, de poesía
escrita a golpes de intuición (las paronomasias de “señal de
aire I” (“despojo/ reojo/ antojo/ (enojo)/ ojo”) o
trabajada como en “sobrantes de imposibilidad” donde el propio
origen latino de “verso” como “surco” instala la estructura del
poema, que nombra el inquietante “contenido vacuo del verbo”,
esa amenaza que, como un enorme buey, indecible, pesará sobre la
lengua de todos los poetas. Señales elementales (Artefato,
Montevideo, 2006. 64 págs.) constituye, en todos los casos, una
arquitectura poética sólida y austera, que anuncia y resuena en
sus lectores.
Andrés Echevarría es también artista plástico, ensayista,
narrador y dramaturgo. Su obra incluye, entre otros, La
historia en dos cuerpos (1992), Homenaje al espejo
(1994), El Re dio la nota (1998).
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