Jornal de Poesia - Banda Hispânica
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LOS POEMAS ETNOBOTÁNICOS DE ESTHELA CALDERÓN: UN ENFOQUE ECOCRÍTICO

Steven F. White

Na etnobotánica, una disciplina cuyo nombre se atribuye a una presentación de John Harshberger en 1895, es mucho más ahora que la lista que fue en su comienzo de nombres comunes y también científicos de especies vegetales usadas por grupos indígenas. El término que proviene del siglo xix, claro está, se refiere a la relación entre los seres humanos y las plantas. En el momento actual, sin embargo, la etnobotánica promueve un rico intercambio urgentemente necesario por motivos ecológicos entre disciplinas tan variadas como la antropología cultural, los estudios del medio ambiente (sobre todo en relación con la distribución globalizada de plantas y la diversidad de especies), la biología, la economía, la fitoquímica, la farmacología, la geografía, la etnozoología, la agricultura, la religión, y la arqueología (Balick). Habría que ampliar este diálogo multidisciplinar, agregando la literatura, sobre todo ahora con la aparición de Soplo de corriente vital (2008) porque esta colección de poemas etnobotánicos de la nicaragüense Esthela Calderón (1970) es como un gran jardín lingüístico con decenas de especies de plantas de una zona biótica que abarca una región más allá de las fronteras de un solo país centroamericano. Los poemas en este libro, publicado bajo el sello editorial de 400 Elefantes en Managua, tratan las plantas y su utilización de  una manera tanto figurativa como literal de entender, en las palabras de Wade Davis, “la matriz cognitiva misma de una sociedad específica” (Davis). Soplo de corriente vital posee, además, en su unidad temática, una postura ética por medio de la cual denuncia la fuente principal que contribuye a la acelerada destrucción de la biodiversidad en Centroamérica, un reflejo de un fenómeno mayor en el sentido global.  Muchos biólogos calculan que antes del año 2050, el 30% de las hasta 15 millones de especies que habitan el planeta se extinguirán por causa de las actividades humanas (Véase Spotts). Como marco teórico analítico, este estudio incorpora la ecocrítica, una metodología definida por Cheryll Glotfelty y Harold Fromm  como “el estudio de la relación entre la literatura y el medio ambiente físico” (Glotfelty y Fromm). Tal como opera la ecocrítica, el libro de Calderón funciona como puente entre lo humano y lo más que humano, demostrando cómo la humanidad se vincula con el mundo físico, afectándolo y, a la vez, siendo afectada por él.

La mayoría de estos poemas de Calderón expresa la necesidad de luchar contra el analfabetismo ecológico, destacando la precariedad de la biodiversidad como ocurre en Galería de mártires” cuando la poeta dice que “Una lista de burocracia humana/pende en la pared de la indiferencia” y sigue con una serie de 20 especies que van desapareciendo en Nicaragua (entre ellas las dormilonas, las chirimoyas, los zapotillos, los guapinoles, y las pringamoscas), exigiendo al final del poema: “¡Por estos muertos hoy pido castigo!”.  En “Tamarindón,” Calderón destaca la presencia centenaria de un enorme tamarindo donde se cree que los españoles ahorcaron al cacique rebelde Adiac en el barrio indígena de León que se llama Sutiaba. En la actualidad, esta reliquia de la historia colonial queda maltratada y mal protegida como afirma el poema: “Borrachos, basura y rejas/ahora te acompañan”. El poema “Naturaleza muerta” presenta una visión más apocalíptica de un mundo agónico:

Cuando el colibrí    

no tenga más flores que chupar

porque todas serán de silicona y cemento

 

suspendidas, adornando escaparates.

En “Protesta de diciembre”, estas especies amenazadas dejan de ser víctimas y se convierten en protagonistas rebeldes. Calderón juega con su identidad, dejando abierta la posibilidad de una relación entre el activismo ecológico y el feminismo, una idea que tiene mucho que ver con el pensamiento de Carolyn Merchant cuando afirma que el resultado de la combinación de la tecnología, la ciencia y la masculinidad ha sido la explotación no sólo de la tierra sino de la mujer también (Merchant):

Era diciembre el mes de la revoluta…

…el descontento con el tiempo aumentaba…

y decidieron protestar,

marchar por las calles, alzar el puño en la plaza…

 

¡Pedimos que nos den nuestro lugar!

¡Exigimos respeto!

Gritaban furiosas como quien reclama a un viejo amante

después de tanto dolor contenido.

      -Ya están como las locas feministas que por todo protestan -

dijo uno de tantos que las veían pasar con paso firme.

-Sólo eso nos faltaba que también éstas protesten-

respondió otro.

 

Era diciembre…

…sinónimo de Pastoras de caras rojas, ojos amarillos y brazos verdes,

Madroños de blancura olorosa,

Pañales de Niño de incontables flores,

Bejucos de Patata poblados de campanitas moradas,

Botones anaranjados,

pequeños soles de Jalacates,

Sardinillos repicadores, Acacias envainadas…

 

Fue diciembre…diciembre me gustó pa’ que te vayas…sonaba la canción

cuando los montes quedaron vacíos,

los jardines despoblados

y en la plaza se escuchó la voz de la libertad.

El poema contiene una referencia a “Amarga Navidad” del cantante mexicano José Alfredo Jiménez, una canción de separaciones definitivas en diciembre. Lo que se describe en “Protesta de diciembre” es una toma de conciencia en que las plantas mismas se encuentran en la vanguardia, canalizando su protagonismo para proponer un cambio en la política medioambiental.

      Cualquier pérdida trágica de especies como resultado de  esta lucha ética también reduce las posibilidades de comunicación humana en el mundo. Como aseveran Gary Paul Nabhan y Sara St. Antoine en un estudio sobre la extinción de la experiencia, “No cabe la menor duda que la diversidad lingüística y sus reservas asociadas de conocimiento científico popular han sido tan amenazadas en el siglo XX que la misma diversidad biológica” (Kellert y Wilson). En el poema pesimista “Historia”, Calderón sostiene que la incomunicación se debe a la incapacidad de los seres humanos de aprender la lengua de la vitalidad natural:

El sonido de la primera palabra fue la de un árbol,

y los animales y las aguas respondieron.

 

El primer hombre era sordo.

No escuchó el soplo de la corriente vital.

 

Desde entonces,  heredamos la sordera.

Como contraste, se yuxtapone otra visión más positiva en el poema “La que hubiera sido” en torno a la soñada auto-construcción del cuerpo de la poeta, un proceso que se realiza a base de una lista etnobotánica precisa de más de 25 plantas como demuestra el siguiente fragmento:

Si me hubieran permitido construir mi corazón,

Lo habría tallado con la carne de un Roble,

las flores de todos los Madreados en mayo,

una rebanada de obstinados Cactos,

la tolerancia insufrible de una Amapola

y la frialdad con que miran las Orquídeas.

No sólo el cuerpo de la poeta sino la poesía misma en este caso nace de esa reciprocidad entre el ser humano y el medio ambiente físico.  Según David Abram, la escritura y el lenguaje humano surgen del intercambio y contacto entre el mundo humano y más que humano” (Abram). Es decir, Homo sapiens, tradicionalmente, ha entendido su forma de ser y estar en el mundo de una forma analógica. Aunque este fenómeno a veces es bastante antropocéntrico (como sucede en “Nota roja” con su visión satírica de la flora y fauna humanizadas), queremos, o por lo menos queríamos, antiguamente, como especie construir nuestros vínculos con los procesos ecológicos por medio de metáforas provenientes del mundo natural, lo cual, evidentemente, requiere de un profundo conocimiento de la diversidad biológica de una región.

La relación entre las especies, no obstante, a veces tiene características nefastas. Por un lado, claro, hay plantas que han cambiado la historia humana de maneras positivas. Pero no es así siempre. Hay, por ejemplo, una enorme diferencia entre Zhea mays y Coffea arabica. Cuando el café fue trasladado de Etiopía y Yemen a Martinica, Surinam, Hispanoamérica y Brasil por los poderes coloniales donde se extendió hasta una latitud de 12 grados norte y sur entre una altura de 500 a 1200 metros sobre el nivel del mar, desplazó a la gente y la dejó sin tierra, destrozó un sistema comunal de repartir terrenos, y creó una sociedad dividida entre ricos y pobres. El maíz, en cambio, es quizás la única planta comestible importante que no ha creado la esclavitud y la miseria humana. Más bien sucedió lo contrario, según asevera Pablo Antonio Cuadra al describir  los rasgos imprescindibles de esta planta formadora de cosmogonías y civilizaciones en Mesoamérica:

El maíz fija al hombre a la tierra.  El pensamiento es campesino.  Por eso el Popol vuh - que es el génesis de América - y otras leyendas americanas sobre la creación del hombre, dicen que el hombre fue hecho de maíz. También la ciudad - que es ya la civilización - es hija del maíz. (Cuadra)

Esthela Calderón afirma algo parecido en  su poema “Yo, maíz” sobre la construcción del ser humano a base del maíz, señalando también cómo el maíz está consciente de los beneficios que recibe debido a su relación con la humanidad en dos épocas distintas. La poeta utiliza la técnica de alternar entre una voz lírica que se alimenta del Popol vuh y otra voz contemporánea. Si el maíz es el componente principal de la humanidad, este cultivo hecho carne habla por medio de su conducto humano en la forma de la literatura oral (o “oratura”) sagrada:

…Ha llegado el tiempo del amanecer,

de que se termine la obra

y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir,

los hijos esclarecidos,

los vasallos civilizados; que aparezcan el hombre ,

la humanidad, sobre la superficie de la tierra…

En “Yo, Maíz” la voz de la planta es indirecta a pesar del título del poema, mientras en “Jiñocuajo”, la poeta adopta una máscara vegetal y habla en primera persona como si fuera habitada por la planta misma o como si estuviera habitando un miembro del reino vegetal, un recurso que la poeta emprende siempre con una gran sensibilidad:

Me he pasado, cargando cicatrices porque sí.

Ellas son los besos cortantes

que buscan la carne suave de mi espalda,

roja carne,

verde carne,

carne, lechosa carne,

sangre granulada,

viva sangre, caudal contento en lo calado,

herida de machete en la herida,

 

vida purificada desde toda entraña.

En este poema surge el concepto popular cristiano de las plantas “agradecidas”.  Además del jiñocuajo, el guarumo (cuyas hojas en forma de mano se usan para envolver los tamales), el limón indio (que siempre da frutas aún cuando tiene el tronco medio carcomido por comejenes), y el madroño (que muere por cantar a la Virgen), entre otros árboles, recuerdan la vida ejemplar de Cristo porque viven agradecidos, siempre ofreciéndose, a pesar del maltrato. En el caso del jiñocuajo, este árbol de carne suave se presta como un lugar seguro para dejar el machete clavado cuando vuelve el campesino de su trabajo.  De sus heridas sale la savia que, al secarse y al granularse, se convierte en el incienso de los ritos católicos, o sea, “el humo vital que regresa por su historia”. La comparación entre Cristo y el jiñocuajo funciona también en términos de la idea cristiana fundamental de la muerte y la resurrección, ya que se usan las ramas cortadas del árbol que rápidamente retoñan para construir cercas vivas en el campo. La poeta insiste en la carne del jiñocuajo en el poema para humanizar y destacar la vulnerabilidad de este árbol cicatrizado y humilde que reconoce y acepta humildemente su función en el mundo:

Agradezco la tortura.

Nací sumiso, plantado en el camino.

 

Desde aquí, bendigo cada golpe.

Soy humo vital que regresa por su historia

en el amargo chorrear de mis felices lágrimas

para glorificar los cantos y oraciones

en el altar de los templos

donde una Dolorosa junta sus manos

y Dios hecho hombre

redentoramente expira.

Muchas veces en el poemario, las voces de las plantas expresan la tristeza de no poder cumplir con su papel en la vida, algo que ocurre en “Primer baño” cuando la catapanza (Passiflora, una especie cuyas propiedades sedativas son bien conocidas) medita sobre su muerte inminente:

No tiene sentido ser Catapanza

si no han de cortarme para abrazar y adormecer

en sus primeros baños a los recién nacidos…

Me confesó triste una Catapanza,

con sus hojas casi marchitas.

Uno podría pensar que es un riesgo adoptar las voces de  tantas plantas distintas como hace la poeta en “Yo, Maíz”, “Jiñocuajo”, “Primer baño”, “Níspero”, “Palmera de Coyol”, “Guácimo”,  y otros. Pero el resultado es un conjunto de  personajes con características individualizadas inolvidables y rasgos que corresponden a una naturaleza física única. De hecho, los nombres populares de toda la flora mencionada en el libro se escriben con mayúscula como si fueran individuos con nombres propios. Las plantas que protagonizan Soplo de corriente vital nunca se confunden ni se presentan de una forma genérica cuando hablan por su cuenta o  cuando la poeta las describe desde una perspectiva sumamente íntima basada en los conocimientos tradicionales que apenas sobreviven en la actualidad por medio de su transmisión oral y experiencias rurales familiares compartidas entre diversas generaciones.  A veces, lo que hay es un pre-poema-personaje como en “Madre planta”, donde es la poeta que le ruega a la planta que le hable y que le otorgue respuestas a sus preguntas y dudas.   

Las plantas en Soplo de corriente vital, como hemos dicho,  definen su coexistencia recíproca con la humanidad. Expresan su solidaridad y se apiadan de las circunstancias cambiantes de la vida como sucede en “Mucuna urens”, un poema sobre los ojos de buey o ojos de venado,  bellísimas semillas viajeras muy cotizadas por los artesanos al elaborar collares con elementos naturales. Las semillas son casi indestructibles y cuando caen de las vainas de sus bejucos son capaces de flotar enormes distancias por los ríos y los mares donde aparecen en playas (lo cual les permite germinar en lugares muy lejanos de su origen) después de compartir las aguas del viaje con otras especies. De acuerdo con el conocimiento folklórico, se cree que estas semillas traen suerte y felicidad a la persona que las encuentre:

Transcurren las horas y fluye el viaje.

Silencioso pacto de imágenes,

divisando las vocales de un nombre.

 

Los ojos traspasan las sombras estiradas

de las Cañafistolas y los Caraos.

Río abajo, nadan con las Tilapias,

y, desde el lomo de una Ballena, regresan al mar.

 

Kilómetros recorridos

desde su sarcófogo negro y arrugado…

Insistentes, marchan con su liviana redondez,

acercándose hasta la mano que los reconoce dichosa.

Calderón se perfila en Soplo de corriente vital como poeta-aliada de dos conceptos claves de la ecocrítica: la topofilia y la biofilia.  La primera, según Yi-Fu Tuan, se compone de todos los vínculos humanos afectivos con el medio ambiente material (Tuan), y es evidente la importancia de una afiliación tan sentida con una zona biótica especifíca (la que corresponde a Nicaragua occidental) en estos poemas. La segunda, en las palabras de Stephen R. Kellert y Edward O. Wilson, consiste en la necesidad de los seres humanos, como parte de la evolución, de relacionarse profunda e íntimamente con la biota viva de la naturaleza con el fin de poder realizarse en términos estéticos, intelectuales, cognitivos, e incluso espirituales (Kellert y Wilson). Es decir, por un lado, como expresa Calderón en el poema “¿Y tu Guanacaste, Paulina?”, la relación entre los seres humanos y el medio ambiente natural tiene que ver con necesidades básicas como comida, un albergue y una fuente de trabajo. Cuando desaparece el árbol, las consecuencias son trágicas, no en el sentido global sino personal:

Cada vez que sus ramas

gritan chirris, chirris,

puñados de hojitas pálidas caen.

Yo dormí sobre ellas.

 

El Guanacaste me regalaba

sus chorejas secas,

y, con su espuma, yo lavaba la ropa.

La gente me pagaba y yo comía.

 

Pero no sé. Ya no está, y ahora

tengo hambre.

Ya no escucho el chirris, chirris.

Cama y sombra me faltan.

El desarrollo humano, sin embargo, va más allá de lo estrictamente material, enriqueciéndose cuando existe un conocimiento del significado tanto simbólico como literal de ciertos árboles asociados con el mundo infantil sobre todo cuando se deja atrás la niñez para entrar en una nueva etapa como adulto. “Hombre contra niño”, un poema  dedicado a Manuel Calderón Chévez, hermano de la poeta y Comandante Guerrillero Sandinista, habla de esta transición, usando árboles específicos asociados con las guerras entre  niños que, en sus juegos, se preparan sin saberlo para futuros conflictos menos inocentes como ocurrió en Nicaragua al final de la década de los años setenta. El poema afirma que en la línea continua entre la inocencia y la experiencia, el ser masculino ya adulto inventa “finales/con huecos de olvido”:

En esos lugares metió

a todos los niños

que inventaban guerras

con moños de Tigúilote.

 

Escondidos debajo de las carretas

esperaban al enemigo.

De rojo-Muñeco, la sangre

salpicaba su camisa.

 

Certero golpe dio el hombre

en la infancia de los Mangos.

Fantasmales, los niños vuelven,

y crecen sepulturas sobre sus risas.

Según el poema, uno de los precios de la revolución de 1979, entonces, consistió en el sacrificio de la niñez y la evolución normal del ser humano debido a la necesidad de crear el cambio social en Nicaragua durante la época de la dictadura somocista cuando era un delito grave ser joven.

      De una forma parecida, pero desde una perspectiva femenina, “Almendro” describe una pérdida de la relación biofílica entre una mujer y el árbol predilecto de su niñez: 

Lo amó a su conveniencia,

y él la amó radiante y dulcemente

hasta en sus sueños.

Después, quizás como era de esperar, la niña se convierte en mujer y se olvida del almendro que llora “cien lágrimas de corazón rojo”. En vez de comer dulces naturales de fabricación casera como los ayotes en miel en una hoja de almendro como solía hacer cuando era una niña, la mujer come “dulces enlatados” en platos importados de la China. Aún así, la mujer logra experimentar una especie de epifanía por medio de un recuerdo del árbol perdido:

Recuerda que para indagar en el tiempo,

hay que mirar los almendros

y aprender a comer lágrimas.

De acuerdo con las ideas de Kellert y Wilson, hay mucho más que se debe tomar en cuenta al definir la interacción biofílica entre la humanidad y el medio ambiente físico. Por ejemplo, Calderón demuestra los enlaces entre otro árbol (el madroño) con todo un sistema de creencias religiosas que se celebran en Nicaragua cada 7 de diciembre con la gritería de La Purísima:        

MADROÑO

a Socorro

 

Monja selvática,

alta como torre blanca sobre el campo,

árbol primero entre las variantes verdes  de toda la montaña.

 

Arropada en tu telón oloroso

mi voz,  junto a tu voz, creció en diciembre,

magnificando otros nombres en tu nombre.

 

Los sueños verdaderos, amanecidos y  oscuros

siguieron la ruta perfumada entre los montes

hasta tu cuerpo escamoso y bronceado.

Desde allí, la  infancia mía recorrió tus ramas,

cortando las flores,

Junto a ellas en cada Gritería mi vida retoñó.

 

Los pétalos que te abrazan

son besos que las nubes han ido derramando,

pesadillas endiosadas.

Son de los cantos en la garganta de una anciana

que se apaga poco a poco sin remedio.

 

Caminos te adelantan, y tu surco familiar

hunde garfios de ceniza en el insano luto

que te va regalando la muerte

bajo el antifaz del progreso.

Los altares dedicados a la Virgen para esta celebración religiosa son verdaderas obras de arte. Representan la diversidad del paisaje nicaragüense con sus cielos, lagos y volcanes y se adornan con las flores blancas y olorosas del madroño que florece justo en esta época. El poema de Calderón describe biofílicamente un fenómeno cultural que enriquece las vidas de una población entera. Este conocimiento religioso vivo, sin embargo, es amenazado por la extinción del madroño a raíz de las actividades humanas y el cambio climático.

Un conjunto de tres poemas en Soplo de corriente vital, “7 + 3 días”, “La flor y el colibrí”, y “Una ceiba” definen otro aspecto de la capacidad del ser humano de realizarse que podría caber en todas las categorías señaladas por Kellert y Wilson (o bien existir aparte): el erotismo. Los encuentros amorosos que se desatan en estos poemas se presentan como una fuerza que se alimenta del  topos en que crecen. “7 + 3 días”, con sus resonancias bíblicas, es una especie de génesis del poemario mismo. El poema narra la creación de un nuevo mundo no exento de las presiones de las extinciones de las especies. Por medio de un impulso edénico, la poeta goza de poderes chamánicos al nombrar especies como los jocotes, los zapotes y los nísperos que tienen una relación privilegiada y ritualizada con los amantes:

Véme aquí,

caminando sobre el agua y la montaña,

catapultada y enterrada

en la arena de tus huesos.

 

Como los Jocotes al ser mordidos,

truena mi voz,

anunciando así el sabor que se avecina.

 

Somos el encendido esplendor del Zapote

y el mieludo Níspero mezclado con la sal,

esa sal de las ramas cuando están fuertes.

 

Fuimos y seremos 7 + 3 en medio de la nada,

en el centro de charcos blancos

y una fuente de sangre

que augura la extinción de la especie.

Ninguno de estos poemas se caracteriza por un paisaje literario tradicional porque, en las palabras de Lawrence Buell, el medio ambiente no-humano se encuentra no simplemente como una técnica enmarcadora (como si los amantes estuvieran en un bello escenario natural) sino como una presencia que demuestra cómo la historia humana coexiste con la historia natural (Buell, Environmental).

En estos tres poemas se mezclan la ecología y el erotismo por medio de expresiones  de la fertilidad, deseos de la multiplicación, y búsquedas de apareamiento. Son poemas de muertes y resurrecciones, luz y abismos, estados de lucidez e inconsciencia, y ferocidad y ternura entre distintas especies. En “La flor y el colibrí”, la hablante lírica dice:

Yo, flor,

descanso

en la brillantez cegadora

en sus plumas.

 

Mi colibrí

se lanza sobre el campanario de mi cuerpo.

Deshoja los pétalos de mi carne.

Me inventa una canción

con la música  de sus ojos fijos

y la fiereza de su vuelo.

Si en este poema hay un encuentro erótico entre lo terrestre y lo aéreo, “Una ceiba” cuenta la historia de la tierra poseída por un árbol sagrado que une el inframundo y el cielo con sus raíces y ramas:

Redescubro gemidos en un paraíso

que se extiende

entre las piernas de mi tierra.

Frondosa se clava una Ceiba

con las raíces plantadas en el vientre…

 

Mostrame, Ceiba:

la gruta que ha de seguir anidando mis senos,

la trémula canción que no escucho más cuando te subo

y experimento el suicidio luminoso

con tus plateados signos.

Los miembros de una comunidad biótica pertenecen también a un paisaje invisible que sólo se revela por medio del conocimiento generado y compartido entre esa misma agrupación humana y no-humana.  Por eso, Calderón intenta hacer visible en su poesía los elementos que las personas foráneas desconocen o ignoran.  Según Kent C. Ryden, el sentido de un lugar es el resultado gradual e inconsciente de habitar un paisaje por mucho tiempo, familiarizándose con sus propiedades físicas, acumulando una historia dentro de sus parámetros” (Ryden). Calderón revela a sus lectores no sólo los rasgos visuales de este paisaje invisible, sino también las voces de la flora de la tierra que habla en Soplo de corriente vital.

Por cierto, este concepto del paisaje invisible tiene que ver, además, con las tradiciones sagradas de las plantas medicinales de los pueblos indígenas que aparecen, por ejemplo, en la vasta obra enciclopédica de Fray Bernardino de Sahagún (y el indígena Pedro de San Buenaventura) Historia general de las cosas de la Nueva España (véanse Sahún, Naranjo, Ortiz de Montellano y Prance et al). Ahora, por lo general, la gente prefiere desconocer este aspecto del medio ambiente físico. Por eso, nos hemos convertido en habitantes de un paisaje lleno de elementos silenciosos e imperceptibles. No seremos capaces de defenderlo ni de entenderlo cuando las plantas hablan como en “Guácimo”, donde otra vez la flora misma nos habla, dándonos instrucciones para curar los problemas renales: Dejame en tu recipiente./Dame unos días para iniciar la sanación esperada”. Al final, la planta habla con confianza, anima a sus futuros pacientes, pero pide paciencia porque hay mucha demanda por lo que ofrece.

“Anuncios clasificados” habla con un humor irónico de un presente en que las plantas se ven obligadas a venderse por medio de los periódicos a una población urbana porque sus propiedades curativas ya no son conocidas y han sido remplazadas por un conocimiento farmacéutico contemporáneo occidental que ignora e incluso desprecia la medicina tradicional muy al alcance de todos en términos físicos y económicos, tal como afirma uno de los ocho anuncios” (cada uno con distintas tipografías) que constituyen el poema:

Naranjoagrio avisa a su distinguida clientela estresada

y con terribles dolores de cabeza

que lo espera todos los días

en su consultorio en el fondo del patio.

En “Narcisos” Calderón describe la complejidad moral que genera esta planta cuyas propiedades fitoquímicas, conocidas por las comadronas, producen el aborto. Los narcisos se caracterizan en el poema como “venenosos patanes/de encumbrados olores”:

Las comadronas saben

que les gusta seducir

con brebaje de sus tiernas hojas

a las asustadas Magnolias.

Que la niña se llama Magnolia solita y sola…

cantan los Narcisos.

 

La bebida irrumpe en la vida de las vidas

antes de que se atrevan a vivir.

La canción de los narcisos en el poema tiene que ver con un juego infantil en que las niñas buscan pareja para bailar. Si una niña no la encuentra, queda eliminada del grupo. Aquí hay una relación obvia entre la carga de conciencia y el sentido de culpa y aislamiento que experimentan las menores de edad que buscan terminar un embarazo a través de la medicina tradicional. Los narcisos en el poema se asocian con las mismas actitudes machistas que producen tanto dolor entre una población femenina vulnerable y maltratada, un tema que también aparece en “Letanía semanal” que describe la violencia sexual contra la mujer que se repite cuando las adolescentes son violadas y quedan embarazadas:

Sábado.

Manojo de Reseda y Gardenia

le arranca de su pelo y cae el camino.

Ella abre la boca y grita.

Él le abre las piernas en medio de la huerta.

 

En abril los Madreados retoñan y florecen.

 

Domingo.

Manojo de Reseda y Gardenia

prepara un baño luminoso

con abundantes retoños y pétalos.

Ella, crecido vientre, abre la boca

y anuncia el nacimiento

de una nueva letanía.

El ciclo de la violencia en este poema, sin embargo, coexiste con otros ciclos que siempre producen las plantas utilizadas durante y después del parto para aliviar el dolor de las madres y para facilitar el comienzo de la vida de los recién nacidos.

En algunos casos, las plantas que aparecen en Soplo de corriente vital son capaces de producir estados alterados de conciencia, lo cual, de acuerdo con las ideas de Kellert y Wilson en torno a la biofilia, las vincula con una larga tradición chamánica en las Américas.  Esto sucede en “Madre Planta”, cuyo título sugiere una relación en el poema con las dos plantas sagradas (Banisteriopsis caapi y Psychotria viridis) que se usan para preparar el ayahuasca, bebida sagrada milenaria de origen indígena amazónica. Ocurre también de manera más explícita en “Palmera de coyol”, donde  la voz omnisciente de la poeta hecha planta describe cómo la palmera se sacrifica para que las personas que la tumban y dejan que se fermente el líquido en su interior puedan recuperar una poderosa tecnología cognitiva arcaica:

En mi infinito, ellos danzan y lanzan

gritos lastimeros a sus dioses,

reciclando la monotonía de tambores angustiados.

 

Palmera soy,

indomable víctima,

metamorfosis alertando

la maldita suerte

que me ha tocado.

 

Sobre un dorado puente ,

los sueños

viven por mi muerte.

Hay, efectivamente,  un espíritu chamánico que reina en este poema y que caracteriza el resto del  poemario. En su conjunto,  los poemas describen las múltiples metamorfosis de una narradora que actúa en sus transformaciones como intermediaria entre un medio ambiente físico (que hay que saber cuidar ya que significa el bienestar de la comunidad) y un mundo espiritual lleno de conflictos de alto peligro. “La morada” es otro poema que ofrece una solución topofílica a la crisis ecológica actual, ya que define un santuario, una inmensa liana, la Madre Planta, donde se refugian sus aliados, los amantes que aparecen en muchos de los poemas de Soplo de corriente vital. Desde aquí, se lanza el esfuerzo de proteger y renovar el medio ambiente físico:

Somos para siempre

los elegidos, amantes encontrados

en el cruce del camino de nuestra Madre Planta.

 

No somos los únicos aliados

con morada en la liana enroscada

y ramas que se abren

para que salgan los sueños

y retoñen en algún lugar desolado del mundo.

Heredera del legado de su compatriota Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), autor de  Siete árboles contra el atardecer (1980), Esthela Calderón ha sabido escuchar y poetizar con una admirable intimidad y precisión etnobotánica lo que la flora le ha ido cantando y contando desde que era una niña en la finca donde nació en Telica, Nicaragua. En  Soplo de corriente vital, la poeta ayuda a conservar un conocimiento tradicional de las plantas que sin duda tiene una gran parte de su origen en las culturas y las lenguas indígenas. La flora que aparece en su libro tiene, además, una realidad científica que corresponde a un ecosistema complejo de una región cuyas fronteras no respetan necesariamente los parámetros nacionales. Forma una parte de la rica biodiversidad del lugar que habita la poeta y sirve para combatir la homogeneidad y la uniformidad sin alternativas de lo que Vandana Shiva ha definido como los “monocultivos de la mente” (Shiva 7).

 

 

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soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

.

 

 

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