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POESÍA &
CENIZAS, DE GERARDO BLEIER
Alfredo
Fressia
Lo
que mejor define el poemario Cenizas (Artefato,
Montevideo, 2005. 61 págs.),
de Gerardo Bleier (Montevideo, 1960) es su profunda unidad.
Ningún otro libro de poesía del último bienio buscó (y logró) la
unidad temática que exhibe esta obra, de título concentrado en
una única (pero sabidamente polisémica) palabra. Los treinta y
nueve poemas que la componen comparecen organizados en dos
partes, a saber, la extensa “cenizas” y la más breve (son siete
poemas) “la guerra del principio del mundo”. Pero ni siquiera
esa doble estructura escapa a la unidad que el autor trabajó con
el cuidado que suele aplicarse a la redacción de un único poema.
En definitiva, eso es este libro: un único poema, cuyo sentido
sólo se va componiendo por acumulación.
El mundo se compone de cenizas, también ellas acumuladas “sobre
anteriores cenizas”, según reiteran estos poemas, o
mejor, fragmentos breves del único largo poema. Hay que
admitirlo: era una audacia dar forma a un discurso sobre esa
materia, en principio informe y gris. Si Bleier lo logra es
porque reconoce que toda ceniza cuenta una historia, de ahí ese
llamado a “filmar” esas cenizas (y los elementos que ellas
convocan, por ejemplo los pájaros, o aun Dios). “Filmad”,
reitera el poeta, como quien quiere dejar documentado un relato,
y con la solemnidad de esa segunda persona del plural,
prácticamente arcaica para un hablante hispanoamericano.
El bestiario (y muy especialmente el caballo) y el diálogo con
Dios, siempre recomenzado, aun cuando en algún momento sea
explícitamente “Dios vacío. Ceniza celestial”, son
algunos de los elementos que, reiterados, van tejiendo la unidad
del poemario. Entre ese Dios llamado, pero ausente, y la
vitalidad de la materia en la imagen del caballo, se va creando
la historia de las cenizas. Porque no son éstas cenizas
abstractas. Este poemario va mencionando una biografía, que es
también una de las fuentes de la unidad del conjunto. Islas
suecas o fernandinas, el río como mar (sobre el que un día hubo
vuelos de la muerte) son algunos elementos geográficos e
históricos que van sugiriendo una biografía autoral y un exilio
del ser, inevitablemente radicado en la materia, y por eso mismo
condenado a ser cenizas.
Sin embargo, la mayor unidad del discurso de Bleier surge del
propio corpus donde definitivamente se insiere, por
vocación, por naturaleza: el de la poesía de la modernidad. La
lista de autores convocados es vasta, va de Walt Whitman o Juan
Gelman a Leonard Cohen o Albert Camus, incluyendo a Lorca o a
Eliot o a Rimbaud, pero en todos los casos se trata de poetas
que conocieron alguna forma del exilio, amarga como la que va
mencionando el lado íntimo y biográfico de este poemario. Un
poeta tutelar, en este sentido, es César Vallejo, que comienza a
ser mencionado y citado en Cenizas mucho antes de que
aparezca su nombre explícitamente. El poema “Pájaros”, por
ejemplo, empieza con estos versos: “A tres mil ciento quince
metros/ los pájaros habitan/ un mundo sin cenizas”.
El mismo poema citará sus versos “Hay golpes en la vida/ tan
fuertes. Yo no sé”. Pero sólo muchos poemas después, se le
recuerda al lector que “Vallejo fue parido a tres mil ciento
quince metros sobre el nivel del mar”. Sin duda, exactamente
a esa altitud queda Santiago de Chuco, el pueblo natal del poeta
peruano, pero desde su primera aparición la mención de la altura
ya había ganado otros niveles del sentido e interrogado la
sensibilidad y la inteligencia del lector. Y ese espacio dado al
lector no es el menor de los modos de persuasión de esta poesía
definitiva que seduce sin embargo “acumulativamente”, por capas
del sentido, como su propia estructura.
Gerardo Bleier es periodista. Publicó los libros de poesía
Ideanimas y Aullidos y silencio, así como la novela
Cráneo de Vaca.
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