poemas
LE
DIGO A MI HERMANA MUERTA
Reconoce lo posible
las únicas verdades elementales
fuego ,aire ,tierra, agua.
No sabemos que es la nada
si el ensueño resbaladizo que trae la muerte
o
la vida que se repite
cada mañana al peinarse frente al espejo.
Dentro del tedio que traen las horas
tampoco hay verdad
por eso no me conmueve mi propia mentira,
desconfío del secreto
del que pretende perpetuidad
y
del dolor que dejan los muertos por unos días
y
emprenden vuelo,
y
la del labio fogoso que creíste ser
cuando el rayo te partió.
En ese misterio hay crimen
porque nadie habla,
se pavonean sobre tus cosas
desconocidas en poco tiempo:
en donde hubo familia ahora hay moradores
en donde hubo jazmín y gardenia sólo tierra
en donde estaban colgadas tus cortinas
quedan vidrios desnudos.
Por eso recorro las verdades elementales
y
es mejor que estés en una de ellas
y
no vuelvas,
porque no hay espacio.
FOTOGRAFÍAS
Perdimos el rastro un siglo atrás,
El plumaje blanco
fue un corazón recogido
en el fondo de un campo
sembrado por la lluvia
adonde abundan los muertos.
Recuerdo un silencio nuevo
que repasa a los solitarios
y amarillos rostros,
el niño, la abuela, su madre,
el poco consuelo de un
caballo de madera,
el calor de una caricia femenina
los hermanos tapados con bolsas
hasta que la locomotora partiera.
Ahora nos olvidamos
de estos siglos que fueron empujados
a unas cajas
y que el ojo afortunado del temporal
sin vergüenza
las deja en una orilla y
obedecen.
ÁNGELA DE SAN IGNACIO
Ese era el mundo liberado,
el que amanecía en septiembre
con pies descalzos y ojos de fondo de mar.
Como un hilo transparente
comía y parpadeaba
explicando que estaba loca.
Los ojos,
cuencas de los ojos
salidos de un vientre sin fondo
corrieron a preguntarle su nombre a la madre.
La niña loca,
un diablo en San Ignacio
sin su infierno
se agota sin deseos
porque la orquídea ya no es flor
en sus manos
sólo un disuelve conciencias
para seguir siendo
lo que será mañana. |