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Nota sobre Héctor Rosales
Jorge Rodríguez Padrón
De
padre y abuelos gallegos, nace en Montevideo (abril 1958). Sus
primeros años transcurren en el barrio de Aires Puros. La casa
familiar, en la avenida Burgues, entre Propios (hoy, Batlle y
Ordóñez) e Ipiranga. Estudios de Primaria, en una escuela de
aquella zona. Los de Secundaria, en el Liceo Madre Ana (Sayago)
y los Preparatorios de Abogacía, en el Instituto Dr. Eduardo
Acevedo (Colón).
Su ingreso en el mundo mágico de la literatura se produce ya en
la infancia, y del modo más natural que darse pueda: los
cuentos infantiles que oye a su madre despiertan su imaginación;
su padre y su abuelo, grandes lectores, lo inician en la lectura
y le transmiten la viveza oral de la palabra, con lecturas en
alta voz que el niño escucha entusiasmado. Una vivencia
iniciática hoy perdida para siempre. Infancia de plenitud y
alegría, en consecuencia, por encima de las penas y el desánimo
que la vida sin lugar a dudas dejaba alrededor. Así hasta la
muerte de su abuelo (1970) y la de su abuela materna (1975), a
los dos años del comienzo de la dictadura militar.
Adolescencia, pues, en medio de aquella atmósfera asfixiante y
cerrada, en el centro también de un deterioro económico y social
que ya se había iniciado más de diez años atrás. Pronto se
integrará en algunos de los grupos juveniles a quienes mueve la
inquietud por enfrentar aquella situación política. Es entonces
(1976) cuando escribe sus primeros textos literarios, relatos
breves y poemas de tono popular, influenciados por la
circunstancia ambiente, que –en manuscritos o copias
mecanografiadas– apenas se difundieron entre amigos y allegados.
El propio poeta los reconocería, más tarde, como textos que no
respondían a un proyecto estético definido, que los movía tan
sólo una urgencia expresiva, el deseo de comunicación inmediata,
el afán de dar un testimonio de aquella adolescencia
aprisionada. Entre 1977 y 1978 dispone los textos de sus dos
primeros poemarios, que se llevará con él a España cuando decida
salir de Montevideo, ante el agravamiento de la situación
política y las repercusiones económicas y familiares que la
misma tuvo en su vida.
En enero de 1979 llega a España, radicándose en Rubí, población
próxima a Barcelona. Al año siguiente adquiere la nacionalidad
española.
En los años ochenta trabaja en fotografía, en una empresa de
distribución de relojes, colabora en radio y, entre otras
actividades, realiza diseño gráfico. Se traslada a Barcelona en
diciembre de 1992 y, desde 1993 hasta fines de 1995, dirige una
escuela de idiomas en el centro de la ciudad. A partir de allí
se incorpora a la Librería Inglesa, entidad que dirige del 2000
hasta febrero de 2006. Actualmente administra un grupo de
escuelas en la capital catalana.
Pero será la actividad literaria, muy intensa y destacada, la
que ocupe aquellos primeros años españoles. Publica su primer
poemario, colabora en revistas y, con otros escritores, funda el
Grupo Ahora (1979-1986): organizan debates y talleres,
recitales y publicaciones diversas; estudios de poetas
contemporáneos de lengua española, carpetas de mail-art y
las plaquettes Poesía para el viento. Entre
noviembre de 1994 y septiembre de 1996, edita Las hojas del
diluvio, una serie de doce entregas artesanales, tamaño
folio, que contienen antologías básicas de poetas
hispanoamericanos (Rolando Faget, José Kozer, Verónica Zondek,
León Félix Batista, Neus Aguado, Juan Cameron, Luis Bravo o
Rafael Courtoisie) y españoles (José Carlos Cataño o José Manuel
de la Pezuela). En Las hojas del diluvio, Héctor Rosales
presentará en España la obra de dos nombres fundamentales de la
poesía uruguaya, Marosa di Giorgio y Orfila Bardesio.
Viajero impenitente por España (sobre todo a Galicia, donde se
reencuentra con sus raíces familiares) y por Europa (Lisboa,
París o Londres, Berlín, Praga o Estocolmo, Venecia, Florencia o
Atenas), regresará por vez primera a Uruguay en 1986, un viaje
que resultará decisivo, según confesara el autor.
Desde entonces viajará periódicamente a su país natal, lo que le
ha permitido recuperar y mantener la relación personal y
literaria con el ámbito cultural y humano de sus años de
formación y de su memoria personal y familiar; como también
reconocer las relaciones que lo acercan a otros escritores de la
generación poética a la que cronológicamente pertenece (Alvaro
Ojeda, Luis Bravo, Rafael Courtoisie...), sin por ello ser ajeno
a la evidencia de la diferente personalidad de sus voces; lo
mismo que sucede con Eduardo Milán, Roberto Echavarren o
Cristina Peri Rossi, poetas diferentes entre sí, pero de los
cuales se siente próximo y prójimo por la circunstancia de
desarrollar su obra en el exilio. Pero será Juan Carlos Onetti
el autor que ha merecido siempre su particular y mayor
admiración; no sólo por la importancia de su obra, sino por la
filosofía vital y literaria a la que quiso ser fiel el narrador
de Santa María.
Además de su propia bibliografía poética, oportunamente
detallada en esta misma web (según los datos, de la más
visitadas en internet), una muestra destacable de la obra de
Rosales se recoge en Poésie Uruguayenne du XXéme
Siècle (Paris, 1998) y en O mar na poesía da América
Latina (Lisboa, 1999). Poemas suyos, por otra parte, han
sido traducidos al inglés, italiano, alemán y polaco, al catalán
y al gallego.
Toda esta trayectoria suya, y la constante actividad con que la
ha completado, hacen de Héctor Rosales uno de los más conocidos
autores uruguayos en el exterior, hecho significativo teniendo
en cuenta, sobre todo, su carácter independiente e incluso
hermético en ocasiones. Como su admirado Onetti, está
convencido de deberse por entero a la escritura y de ser ajeno a
eso que suele llamarse “vida literaria”. Alejado del público y
del esplendor mediático, se ha entregado en estos últimos años a
la lectura atenta de cuanto pueda interesarle y a la preparación
de la que habrá de ser su obra próxima, con exigencia y rigor en
la escritura y sin urgencia alguna por publicar. Ello no obsta,
desde luego, para que continúe difundiendo la obra de muchos de
sus compatriotas a quienes considera imprescindible ver
integrados en la dinámica de la literatura española toda; ni ha
sido obstáculo tampoco para que continúe promoviendo nuevas
iniciativas culturales y dedicado a su otro afán, los viajes;
todo ello –según ha declarado– en lucha permanente con su “único
y desmesurado enemigo: el tiempo”. |