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banda hispânica |
Thiago Rocca |
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Poesía para cerrar un siglo
Alfredo Fressia
Tenía que
ocurrir. La buena poesía uruguaya de los 90, esa producción contumaz en su
romanticismo, debía desembocar en la reflexión metafísica, sin perder no obstante su
exaltado cuño lírico, esa "marca de Caín" que la emparentó a los poetas de
una modernidad todavía industrial, a veces "malditos", que giraron alrededor
del "soleil noir" de Nerval.
Al universo post-industrial, informatizado, al mismo tiempo globalizado y devastador, atrapado siempre en la camisa de fuerza mercadológica, los poetas que cierran el siglo XX opusieron un exacerbado "hipertexto", según la noción de Genette (Palimpsestes, 1982), que incluyó aquí las hadas hurgadoras o alucinadas de Julio Inverso (1963-1999), la escenografía medieval, con sus señales siderales (Federico Rivero Scarani, n. 1969), la vuelta, o las vueltas a la contracara del mundo, el "hipotexto" siempre presente del viejo compatriota Lautréamont (Daniel Vidal Saraví, n. 1965). Por ese camino crispado, todos ellos se aproximaron a una meditación metafísca, y no es casual que el siglo se haya cerrado con Labios del poniente de Jorge Ernesto Olivera (n. 1964) y con el presente los suburbios de dios de Thiago Rocca (Montevideo, 1965). Es como si Rocca (cuyo primer libro, poemas y otras mentiras, de 1987, fue sucedido por túneles para viajar por la carne, 1993, y el cuerpo y su sombra, 1994) alcanzara en estos suburbios... su momento incandescente (para usar un adjetivo muy suyo) y liquidase la década y el siglo con un idioma nostálgico de un "centro" imposible, de un Dios (la minúscula del título es de una significativa retórica: en esta poesía no hay mayúscula porque no se conocen las fronteras y ya no hay arriba ni abajo), nostalgia en fin de un mundo, o de una "Ciudad de Dios", no interpelado por la negación y el caos. La veintena de poemas de estos suburbios... vagan en un universo que ignora la dicotomía centro-periferia. Aquí todo es periférico (como la posmodernidad uruguaya, y acaso como la posmodernidad tout court). Siempre "suburbana", situada en el "umbral" que abre el poemario, la obra de Rocca es siempre un "eterno punto de fuga" ("la casa del dintel azul"), que puede situarse "en las afueras de 1985", hablar de "muertos conocidos" acaso Pavese o el músico Kurt Cobain "y otros por conocer" ("verano"), acercarse o perderse "a un tiro de piedra cristo", "a tres horas de a caballo", "a un siglo de distancia" ("recorrido"). Sin un "lugar", un locus fijo, todos los "lugares" son posibles (Puerto Mont, donde se sitúa "papeles", el mejor poema de la serie, o Italia), o el también chileno e imposible Puyehue, donde el paraíso podría ser "el universo desnudo/ sin signos". La ausencia de "centralidad" reaparece en las barras que cortan los versos, un procedimiento ya incorporado a una tradición (que a su modo, curiosamente, Rodó ya presentía en los obsesivos guiones de su prosa, desgraciadamente suprimidos en las ediciones "corregidas"), que puede crear un doble verseo y, en suburbios..., una especie de freno que el poeta le impone a su (impecable) énfasis lírico. En este lugar indefinido entre el paraíso y el infierno ("umbral de mujer 1"), el poeta interroga "por qué vivimos así/ desalmados/ en los suburbios de dios como si nunca antes/ como si tal cosa" ("suburbana 2", el poema final). No es una pregunta elegíaca, como no es elegíaca la comprobación del desastre ecologíco planetario ("religión"). Al poeta no cabe dar las respuestas, sino interrogar. Es tal vez la estremecida función última de esta generosa obra del idioma, hecha para cerrar un siglo. |