|
banda hispânica |
Gustavo Lerena |
|
La vida y otros contratos, de Gustavo
Lerena
Alfredo Fressia
Gustavo Lerena fue poeta, narrador y
periodista. Nacido en Montevideo en 1954, pasó sin embargo la mayor parte de su vida en
Punta del Este ("No la de la TV, qué horrible", dice un verso suyo). Al
morir, en 1998, Lerena dejó una obra periodística premiada (por su trabajo
"Informáticas y desarrollo de la inteligencia", 1983, y el primer premio en Prensa
e identidad, 1988, otorgado por la Asociación de la Prensa del Uruguay), algunos
cuentos que también merecieron galardones diversos y, sobre todo, el libro Poemas
mínimos, premiado en la categoría Inéditos por la Intendencia de Montevideo, 1996.
La presente edición de su obra poética, La vida y otros contratos (Ed. Civiles Iletrados, Maldonado, 2001), organizada y prefaciada por Helena Corbellini, incluye los 19 textos del libro de 1996, y una serie de 35 poemas que Lerena dejó inéditos, "borradores, textos sin revisar", según afirma la prologuista con más modestia que certidumbre. El conjunto revela a un poeta urgido por la expresión de su "estar en el mundo", creador de una especie de diario, no siempre "íntimo", que recorre su pasado, su ciudad, los amigos, el amor. Se siente en el libro al periodista, el repórter de sí mismo que convivía con el poeta, y la perplejidad del militante de izquierda que Lerena también fue, frente al caos denunciado en el neoliberalismo ("Constatación", "Qué suerte", entre otros). Pero la poesía de Lerena va más lejos. La vida... se abre, por sabia opción de Corbellini, con la misma, vieja, infinita pregunta retórica de Moisés, al ser elegido por una divinidad que se denomina Yo soy el que soy. Se trata del azorado "¿Quién soy yo?", interrogación de un Moisés tartamudo y sin las fuerzas para cumplir su misión (Éxodo, III, 11-14). Lerena se responde "Apenas uno más", y no es por mera humildad. Efectivamente, en "Por qué poeta", el texto que funciona aquí como un Arte de su oficio, el poeta existe "para revelar la magia oculta" (...) "hasta enmudecer de tanto nombrar las cosas" y "para disolverme en la creación". Es decir, el creador es consciente de que su poesía, para serlo, debe trascender las "noticias" de un diario íntimo, usar más bien el yo como una sonda que recoja esa "magia oculta" con la que los hombres conviven sin saber nombrarla. En el poeta, Yo es otro porque es todos los otros, y ninguno. Dividido entre esa intuida negación de sí y la afirmación del yo, y su historia, implícita en el texto documentario, perecedero muchas veces, como las noticias, Lerena "tartamudea" en sus versos con frecuencia. A veces habla demasiado, urgido, impotente frente al silencio ("Hacia la noche", "Mujeres de la vida", o el lacaniano "Lo real, lo simbólico, lo imaginario"), o es lacónico cuando tal vez no debiese serlo (momentos de "Cometas", de "Dar"), o recurre a alegorías revisitadas, como la que justifica el título de este volumen: "Resignado cada uno de nosotros lleva/ su contrato de arrendamiento con la vida", que acabará en una "rescisión unilateral" (por cierto, injustamente temprana en el caso de Lerena). Sin embargo, la originalidad de esta obra, la vertiente definitivamente madura de este creador que fue siempre joven, reside en la poética que el autor va componiendo a partir de la interrogación bíblica que abre su obra, y su eco en la respuesta rimbaldiana. Son justamente los poemas donde el yo parece desaparecer ("Sal de limón", "Tauromaquia", "Apuntes nocturnos", "Viento del tiempo"), como el "Pino seco", ese "cantor/ hermano y gigantesco/ de la voz más nocturna y verdeoscura/ posadero de grillos y palomas". Es la poesía que nombra al mundo, no como su mímesis, ni como el corazón contenido en su recuerdo (el "cordis" del recordar), sino para guiarnos, como un Moisés, hacia otro: "al zigzagueante pardo de una liebre/ bajo el alado negro/ que la busca/ cuando a lo lejos crucifica nubes/ como un Gólgota gris/ el Pan de Azúcar". A la sobria edición con que civiles iletrados presenta la obra de Lerena sólo se puede reprochar el uso de caracteres demasiado pequeños y, por cierto, algunos tildes faltantes. Confirma en cambio la sólida tradición poética fernandina, la misma que justifica la vocación "nacional" de esta editora que ya había publicado poetas de la importancia de Elder Silva. |