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banda hispânica |
Enrique Fierro |
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Elogio de la duda La organización rigurosa que Fierro otorga a su obra (extensa, ya que el autor publica regularmente desde 1964), vuelve cada item (o libro u opus) un territorio donde el lector reconoce las ondulaciones del idioma que constituye la verdadera patria de este poeta cuya biografía, esa sí, se ha dividido entre Uruguay, México y Estados Unidos. Efectivamente, Marcas y señales recoge obras del ciclo 1972-1977, que ya habían sido editadas separadamente, en el orden siguiente: Calca (del ciclo 1974-1977), Ristra (también de 1974-1977), Fuera de lugar (de 1973-1975) y Ver para creer, causa perdida, estaba escrito: para una crítica de la razón poética (de 1972-1973). La edición, de Biblioteca de Marcha, no trae ninguna información sobre el autor ni informa al lector que se trata de una reedición de textos ya publicados. El laconismo del editor, acaso querido por el poeta, autoriza al lector a leer Marcas y señales como un único libro de poesía, especie de diario del poeta en aquellos años atormentados. Con un detalle: los textos aparecen en el orden contrario al cronológico, lo que también es un modo de privilegiar la profunda unidad de la palabra poética sobre las contingencias biográficas. Una de las líneas que atraviesan el libro, por su tema y por sus imágenes, se construye efectivamente sobre la violencia del descalabro histórico de aquellos años y la distancia, nunca meramente elegíaca, del ausente: "allá/ Montevideo/ gestos/ en el aire:// súbita/ de la memoria/ noche:// omitamos crepúsculos/ mediodía/ del miedo" ("Lienzo"). Pero también Marcas y señales presenta los grandes tópicos metafísicos de Fierro, que incluyen la reflexión sobre la palabra, la que lleva al poeta a una retórica, personal, sólo suya, que surge de la crisis entre el discurso que fluye y la parquedad (de ahí el exceso de interrogaciones que marca esta poesía), entre la emoción y la voluntad cerebral de ciertas experiencias (la del poema que puede ser leído a partir del último verso, especie de palíndromo de la idea). El lector que no conozca la obra de Fierro tiene en Marcas y señales la ocasión de acceder a un tramo importante de esa carrera poética. Y en todos los casos, la unidad que el libro suscita otorga a cada parte una lectura nueva y acaso más rica que la de las ediciones separadas. Así, por ejemplo, el primer poema del libro, "Contrahierba", dedicado a Cecilio Peña, funciona aquí como una especie de espléndida introducción a esta poética que, reflexionando sobre la palabra, se complace en dialogar con sus creadores. Lo que, además, en el caso de Peña, constituye un homenaje a la altura del inmenso poeta de Desde Eidar. EL PAISAJE DEL POEMA El libro "nuevo" de Fierro, La savia duda, en Vintén Editor, reúne poemas del ciclo 1980-1984, como también lo hacía su libro Homenajes, publicado en 1991. Antes, Travestía (1992) había reunido poemas de 1978 a 1984, mientras la plaquette Quiero ver una vaca (1982) exhibía una experiencia de 1978. Travestía repetía seis veces un poema de 20 decasílabos ("Espacio, Tiempo, Regla Perpetua" era uno de los versos) con un detalle: cada nueva versión del poema comenzaba en un momento o "altura" diferentes, hasta reencontrar, en la sexta versión, el orden de la primera. Con esta estructura y con la musicalidad ya obsesiva de los decasílabos, el poeta creaba un moto perpetuo seguido de un "Colofón" que saludaba "la balada inmortal entre texto/ y figuras, follaje, follaje!". La "balada inmortal entre texto y figuras" (que el poeta ya mencionaba en Ver para creer..., de 1972-1973), con el barroco, repetido follaje y su horror al vacío, reaparece en el entramado de figuras, la naturaleza, anunciada en aquel follaje, y la sincopada canción barroca de La savia duda. Obviamente, la naturaleza y la duda mencionadas desde el título constituyen el tema de este nuevo libro, pero también su equivalente fonético: la sabia duda, donde el vocablo duda puede ser sustantivo o verbo. La polisemia del título inaugura el movimiento del libro, que suscita una poética "bucólica", ya no como nostalgia urbana de una naturaleza imposible, sino con el peso (pero también la levedad) de los barrocos españoles. Así, sólo el poema puede acceder a la naturaleza, o mejor, el poema la habita, si no la precede. El cielo puede monologar, integrado al paisaje, que es el del poema: "el vidrio no deja ver/ en la realidad del sueño del poema/ las manchas aisladas de azufre/ de los sentidos del monólogo del cielo/ entre los troncos y las ramas/ y las raíces y las hojas/ en el paisaje del poema" ("En el paisaje del poema"). El tema de las "geórgicas" atraviesa el libro, hasta el casi platonismo de "La copa de un pirú" (el "pirú" cuyo "susurro" se mencionaba en Ristra), que "no es copia ni mancha sino eco/ de sí misma". El "eclipse pictórico" es puesto en una sucesión de grupos nominales, paralelo a "campos alusivos". Y en el vasto y abstracto bestiario de Fierro, que incluye en este poemario caballos, abeja, mirlos (las repetidas "miríadas de mirlos"), langostas, palomas, la liebre ocupa un poema privilegiado ("Una liebre nos oye"): "la muerte de febrero/ y las puertas de marzo/ (...) recogen tempestades/ y siguen geórgica/ (...) hasta el fin de la tarde/ que es un campo de lino/ donde trema la luz/ y una liebre nos oye". La tensión barroca latente en la Duda ("Duda trabaja hasta las once/ de la noche (...)/ en cambio Certeza no trabaja") que lo contamina todo (las paradojas, las buscadas equivocidades), reaparece en las oposiciones movimiento-inmovilidad, eternidad-instante efímero ("Torva tunda"). Y el poemario se cierra con estos versos: "inmóviles// nos movemos/ y aceptamos la gracia/ de no saber: cantamos" ("La tu voz en que fui"). Indagar el mundo y los "previsibles arcanos" puede ser un "Intento baldío". Y la misma humildad contamina a la palabra: "hablar por hablar/ no decir nada/ hablar en vano/ escribir en vano" ("En vano"). UN IDIOMA DENSO En la plaquette Quiero ver una vaca, publicada en 1989 y datada de 1978, Fierro trabajaba la apoyatura visual (gráfica) para llegar no tanto al poema sino a su tema (o su "paisaje"): "una vaca colorada a las tres de la tarde de un día de febrero en un campo verde o amarillo", todo precedido por una primera persona que manifestaba la voltunad de "ver". Sólo entonces se inauguraba el movimiento poemático, con "la vaca que viene y va// y nadie vio", que se cerraba así: "entre una idea// y una vaca colorada/ me quedo con la vaca colorada". También en La savia duda, entre la idea y la imagen, el poeta Fierro elige la imagen, creada siempre sobre un lenguaje tenso que llama sistemáticamente la atención sobre sí mismo. Geminación de nombres o grupos nominales ("Ocultan un discurso"), quiasmos ("Del aire al aire"), aliteraciones ("Antigua luz") otorgan al idioma de Fierro la densidad que el tema requería. Y si ese tema es de naturaleza barroca, el poeta no vacila frente a las asociaciones inesperadas ("Con la M de mierda y de memoria") o las menciones eruditas (Chardin o Avicebrón, el panteísta de La fuente de la vida). Y lo hace en cada poema de este libro con el movimiento sabiamente controlado y la misma elegancia del estructurado conjunto de su obra: "los enemigos del Bardo/ (que está solo y no sabe/ por qué y hasta cuándo/ y con qué música muere)/ dirán del dolor y del amor/ que jamás cicatrizan/ en la querella de lo Absoluto" ("Del dolor y del amor"). EL ÁRBOL DE LAS SÍLABAS Entre setiembre y diciembre de 1997, el poeta Enrique Fierro (Montevideo, 1942) publicó la segunda edición del libro Cuerpo extraño (fechado en 1985-86, y cuya primera edición era de 1996) y las plaquettes Contra la distancia (datada en 1992-96) y Hechos, desechos (de 1987), todos en Montevideo, un locus reiterado en la obra de este poeta "en viaje" que también ha publicado una parte importante de su obra en México y que reside, por períodos, entre Montevideo y Texas. Dividido en tres partes ("Margen", "Llamar a Capítulo" y "Deriva"), Cuerpo extraño reúne una treintena de poemas breves cuya unidad profunda radica en el desplazamiento, el viaje ("a campo traviesa/ somos aves de paso/ entre octubre y octubre y lejanías") en un "tiempo" paradójico que siempre se repite, como las estaciones, o como el reiterado y peligroso viaje de Eneas, el héroe que "huye de Troya/ rinde viaje/ queda en su sitio" ("Deriva"), con el padre, Anquises, a sus espaldas: "Historias paralelas/ en la cabeza un velo blanco/ a sus espaldas otro Anquises/ y sobre todo lo entrevisto" ("Margen"). Este viaje ajeno al tiempo desencadena en Cuerpo... los tópicos recurrentes de la poesía de Fierro, incluyendo ese "eterno retorno", en su obra, del bestiario (pájaros, tigre, perros, lobo) y del vasto mundo vegetal (hierba, cipreses, pinos, tilo, acacias, retama). Pero lo "extraño" de este movimiento circular reside en el doble juego de polarización y oxímoron: el silencio o la palabra, la palabra o los objetos, la construcción de la poesía o un mundo amenazado y desprovisto de idioma. "Lo demás es un fraude" es el título de uno de los poemas que, si hubiera que elegir, representaría con brillo el moto sutil de este libro: "Prefiero callar, hacer silencio./ Entonces puedo leer lo que leo:/ el fin que es el principio/ y que se torna mancha,/ mancha de tinta al borde/ de las cosas que fueron:/ como la vez que somos./ Lo demás es un fraude." El poeta reflexivo de Cuerpo... reaparece en las dos plaquettes publicadas en el mismo período. Si Fierro viene fechando con precisión cada uno de sus libros, el lector debe sospechar que las etapas de publicación de su obra, las fechas de sus ediciones, también están provistas de significado. Situados después de La savia duda (de 1996, ver El País Cultural no. 366), los tres títulos de 1997 constituyen una unidad. Si Cuerpo... se inauguraba en el paradójico movimiento perpetuo, en el primero de los siete poemas de Contra la distancia "nos espera una clara Penélope (...) y siempre es La Plata,/ Buenos Aires o Montevideo./ Todo tiene sentido y volvemos." ("Contra la distancia"). También aquí "el árbol de las sílabas" es la síntesis del mundo y "dos ubicuos pronombres suben/ hasta los riesgos de la lectura/ donde sabemos la plegaria/ que desde siempre nos explica." ("Un no sé qué, dos alas"). No es casual el eco del "árbol de la vida" en ese "árbol de las sílabas", que tampoco constituye aquí una metáfora sino el mundo mismo. Más tensa en su estructura, y hasta en su diseño gráfico (éste a cargo de Fidel Sclavo, por lo demás brillante en las tres publicaciones), Hechos, desechos retoma el mismo movimiento meditativo, "filosófico" de la tríada, con su estructura casi pedagógica de tesis ("Hechos") y antítesis ("Desechos"). Los cuatro poemas de "Hechos" constituyen una poética: "Confesión y memoria/ trepan por las ramas/ del eucalipto". Aquí "las sílabas" crean un paisaje teñido de subjetividad, donde los elementos (arena, agua, fuego, aire) construyen posibles, atávicas biografías. Pero el idioma constructor se "deshace" en los tres brevísimos poemas de los "Desechos" (casi "deshechos"), esos restos del "árbol" del idioma, que desisten de toda biografía y sólo queda el "pasar", el viaje sin objeto del tiempo, un viaje que Eneas habrá ignorado siempre ("lo que pasa no piensa/ lo que piensa no pasa") y que sin embargo acecha a toda construcción poética, como sirenas llamando al abismo, o como estos dragones de Cuerpo...: "de guante blanco/ surgen/ de la parte en prosa/ del sueño pánico/ dos cuernos como endriagos" ("Deriva"). Poeta en viaje, como Eneas, Fierro también funda un mundo con su obra, se indigna con "los inanes", "los que perdieron/ sin causa ni motivo/ los verdaderos nombres/ los nombres sin dueño" ("Llamar a Capítulo"), y sabe que la única "Habilidad literaria" es "vivir para contarlo". |