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Exorcismos,
de Ingrid Tempel
Alfredo Fressia
La
montevideana Ingrid Tempel es conocida de los lectores de este
suplemento por sus excelentes artículos y entrevistas que manda
desde París, donde reside desde 1983 y donde trabaja además como
periodista en el servicio español de France Presse. Tempel tuvo
que dejar Uruguay en 1973, después del golpe de estado. Antes de
instalarse en Francia vivió dos años en Buenos Aires y ocho en
Caracas. Comparte así su itinerario existencial con toda una
generación de uruguayos que vieron sus vidas partidas, que
continúan aun hoy, en democracia, sin derecho al voto, pero no
renuncian al país que se confunde con su propia identidad, ni a
su idioma.
Hasta ahora la obra poética de Ingrid Tempel en español
comprendía Marea baja (1985) y Sonrisa al fondo del
agua (1990). En francés, su bibliografía incluye Rituels
et labyrinthes (París, 2003). Por otro lado, poemas suyos
también integraron la antología Palabras de Mujer
(México, 2000).
El poeta Horacio Xaubet, en el prefacio del presente
Exorcismos (Artefato,
Montevideo, 2005),
señala en la evolución de la obra de Tempel un desprenderse de
la nostalgia por su país natal, que en el segundo libro
comparecía con una Montevideo identificada a un “gran
camposanto/ velado desde lejos”. Lo que queda en
Exorcismos, un libro que exhibe una cincuentena de poemas
organizados en tres partes, “Amores”, “Duelos” y “Exilios”, es
menos la nostalgia personal, el testimonio sentimental de una
primera persona, y más la herida trágica del exilio, ese
principio de destrucción para cualquier biografía: “Una
corriente helada llega del norte/ anunciando el otoño y una
nueva migración/ a la que llego con poco equipaje:/ fantasmas
que cruzaron el Atlántico conmigo/ para recordarme que una mujer
dormita en mi cuerpo/ cuando los alaridos de la violencia
cotidiana/ descienden a un murmullo fugaz/ y los crujidos de las
casas que abandoné/ se incrustan en mis huesos” (“Otoño en
Greenport”).
Tal vez estos mismos versos citados revelen también la parte
frágil de la poesía de Tempel: su locuacidad excesiva. Por un
lado, su frase parece negarse a otro orden que no sea el de la
sintaxis canónica, y por otro, esa frase de Tempel se vuelve a
veces arborescente, casi hasta el agobio, como impelida a no
dejar escapar sus sucesiones de complementos, sus segmentos más
explicativos. Es decir, se le puede reprochar a esta poesía la
desconfianza frente a la capacidad del lector, como si la poesía
no resultara de dos inteligencias, la de un discurso en el mismo
instante en que es captada por la inteligencia del receptor.
Tempel no siempre crea ese espacio constitutivo de toda real
poesía, en que el poeta debe callar para que el lector haga su
parte.
Pero es posible que este reparo se explique dentro de otra
lógica. Obsérvense estos fragmentos: “Los exiliados se
aferran a la memoria/ porque el dolor es la única forma de
continuar existiendo” (“Dogmas”), “los himnos que
murmuramos/ luego de tantas emigraciones/ nos recuerdan la
vergüenza/ de haber sobrevivido a una era atroz” (“Los ecos
del silencio”), “Anoche soñé que volvía a la casa de mis
padres/ cuando mi cuerpo no era todavía/ esta prisión que me
acompaña por el mundo” (“Anoche soñé”). Ese himno,
literalmente desesperado, que se construye entre exilio, prisión
y vergüenza puede pedir un lenguaje que cubra al mundo de
palabras, que busque en su máquina infinita el movimiento que
haga la vida tolerable, aun si con eso se hiere a la poesía,
que, como los exorcismos, también se destina a garantizar una
sobrevivencia. Hay un límite en la pérdida, a partir del cual
sólo nos resta el lenguaje, y es el lenguaje el que nos permite
reconstruirnos.
Es una hipótesis posible para explicar esa ansiedad denotativa
del idioma de Tempel, que lleva a que algunos de estos poemas
puedan ser transpuestos en el registro plano de la prosa. La
supresión de la espiralidad del poema, en principio porosa y
llena de significados, no parece alterar el tejido del sentido:
el exorcismo estaba de todos modos consumado.
Sin embargo, la mejor poesía de Tempel se encuentra en aquellos
textos que admiten la parte de silencio que hace resonar a la
poesía. Son poemas con versos como estos, de “Alter ego”:
“(…)Pero no hay alcohol que borre estos recuerdos:/ la memoria
es un verdugo cortés que pide permiso/ para desgarrar tus
madrugadas/ quebrando el esplendor de una pesadilla/ con rugidos
de tanques y monstruos vestidos de uniforme./ Ahora los días
transcurren apaciblemente/ aunque los niños que claman a
medianoche/ reabran viejas heridas/ y otra ciudad sea
bombardeada en primavera.” |