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Franklin Ordóñez: la salvación por la poesía

Jorge Dávila Vázquez

Franklin Ordóñez Luna (Loja) llegó hace unos años a Cuenca. Cargaba muchos sueños y proyectos literarios, algunos de los cuales se han ido haciendo realidad poco a poco, un mal librito de cuentos, y una sed de lectura y conocimiento de la poesía del mundo, que no se ha apagado jamás. Fruto de esa ansia de “saber” la poética grande de todos los rincones, y establecer la suya propia, son sus dos libros de lírica, el uno, el brevísimo Mapa de sal, del que tomaremos los textos de este comentario, aparecido hace ya dos años, y el otro, como suele decirse “de próxima aparición”, el maduro y bello, que se está incluyendo en la colección La (h)onda de David.

En ambos, Ordóñez enfrenta con singular valor una realidad: el ser humano está condenado a una destrucción que viene desde los tiempos de la Biblia, y que se repite en cada cuerpo y en cada alma, con una constancia aterradora. Para el poeta, sin embargo, queda una posibilidad de salvarse, y esta se da por la palabra. Por ello dice en Autorretrato: “Momificaré el pasado/ y lo enterraré en las catacumbas de mi corazón. / Inventaré un alfabeto/ y en las paredes contaré mi historia.” El escritor se siente parte de los seres subrepticios, aquellos que tienen que vivir en lugar apartado, consignando su testimonio vital, como los viejos cristianos, en las oscuras paredes de las grutas.

A veces, incluso se identifica con los réprobos: “Guíame. De tu mano el infierno sabe a parábola y viñedo”; con los que rompen con los parámetros del equilibrio:  “Buscó el continente perdido/ donde dementes profesan la cordura, el silencio”, afirma, pero tentado siempre por el poder del canto, se aferra a él, pues aunque “el poeta es un pez en la arena”, y  pese a que “el desierto se alimenta de huesos, / sal y poesía”, en medio de la nada resuena su grito de demiurgo: “Ordeno la resurrección de los astros/ que los cometas se alimenten de sombras/ que el Ángel escupa sosiego en mi voz.”

Sí, más allá de toda catástrofe, del continuo fuego de Sodoma que calcina a todo aquel que se vuelve “maravillado con la esposa de Lot”, que contraviene las reglas férreas, la Escritura,  los principios inviolables, la esperanza (Lázaro que duda de resucitar; el cantor que alaba la noche en que “copulan dioses de azufre”; Abel que sueña con Caín; Mishima, que en medio de un plácido paisaje de pintura japonesa ve como “la muerte retoza en el filo de una daga”),  quedan la voz, la palabra, la escritura, aquellas que hacen decir al Escriba: “Bendices la noche. Mis labios/ donde grabas tu nombre.” Y queda también el cuerpo, como materialización del verbo y refugio último, aunque sea la torturada “carne en la que Barrabás escribió el evangelio.”

 

 

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