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Expíritu
o la ciega lucha en la red de las estrellas
Reyna Armendáriz
González
Ha
dicho Yeats que “la vida de un hombre es el vuelo...su ciega
lucha en la red de las estrellas”. Esta última nota luminosa
envuelve a la perfección el acto de pasear, no por la
estructura, sino por la deliciosa astronomía, la estética
cuántica de Expíritu (Ediciones Azar), poemario del
escritor y traductor chihuahuense Rubén Mejía. No es fácil,
ciertamente, andarse revolcando entre estos versos punzos e
inteligentes, breves poemas, certeros como una fina flecha en el
blanco de la página y de la vida. No es fácil a pesar de que
Mejía expresa en apariencia algo común en la poesía filosófica y
en la filosofía en sí: las interrogantes del hombre sobre sí
mismo.
Heiddeger decía que el hombre es un ser que pregunta.
Mejía se empeña precisamente en evidenciar este rasgo distintivo
de lo humano, pero en comunión exacta con todas las dosis
posibles de una misma profunda respuesta que permite al poeta
dar un relieve fugaz a lo invisible según sus propias
palabras.
En tanto que el hombre es un ser que pregunta, la primera
pregunta que se formula es acerca de sí mismo. La constante en
la poesía de Mejía es precisamente esa tendencia a interrogar,
por parte del hombre; un interrogar que se dirige al universo
para automáticamente revertirse sobre él mismo, apelando sin
embargo a la individualidad y al egoísmo natural de la poesía
como un complemento de la dualidad ineludible y asombrante que
le provoca inquirir
“En mi paso por el morir-amar:¿qué tanta es la división, cuáles
son los porcentajes de mi espíritu en su travesía, simultánea,
por cada una de estas hendeduras, hondas e invisibles?”
(la hendedura no visible, p.127)
Y encontramos asimismo respuestas dadas con una honda, duras,
redondas, definitivas:
“El vaso medio lleno o medio vacío
resbaló de tus manos,
mezclándose por los suelos
el agua, los cristales y el vacío
No hay dilema: sólo ser y no ser”
(el punto sobre la Y, p. 135)
De inmediato notamos que hay en su poesía una fuerte
preocupación antropológica. Expresa, a la manera compleja y
hermética, paradójica y matemática de la filosofía, su
experiencia, su pre-comprensión de lo humano. No intenta
construir un discurso antropológico o filosófico, sólo nos
plantea las interrogantes y nos ofrece las respuestas a través
de su propia humanidad, desde su pre-idea de lo que es-somos;
desde la concreta experiencia de su asombro desgajado en el
prisma de la realidad irreal:
“..mi rostro mil rostros
en incendio
espejos frente a sí
en fuga
en la cifra infinita
de mi fugacidad”
(XVI, p. 45)
Ello le permite preguntar a su vez sobre el hombre y regresar a
sí mismo en este juego brillante, en la circular obsesión por el
sentido de la existencia.
También la ciencia tiene en el libro un lugar irrenunciable, sin
embargo este recurso, la constante mano de la física y la
astronomía, el lugar de los científicos en la prosa, las leyes
que se ofrecen como terreno fértil a la paradoja, los datos
científicos que se inscriben de modo genuino y oportuno en este
contexto filosófico; no son sino fino y acertado pretexto, un
recurso para ahondar y explorar otras áreas más intensas de lo
humano, eso que precisamente permite la perfecta fraternidad de
la ciencia, la poesía y la filosofía. Son los elementos que le
permiten replantear de manera original y novedosa las preguntas
filosóficas fundamentales, recrear las interrogantes y
reformularlas con deliciosa profundidad, lo cual es un mérito
innegable en Expíritu. La ciencia pues es el perfecto
recurso para ahondar, y sobre todo para reiluminar la pregunta
esencial sin trastocarla, para insuflarle vida en palabra nueva.
“Poner al universo con
sus galaxias estrellas agujeros
tiempoespaciocurvos
x dimensiones sueños luz
la mente de Dios
en mi dedo anular
y escribir todo de nuevo
el poema
el universo”
(XXIX, p. 71)
La ciencia constituye aquí el medium exacto para expresar al
poeta en su estado de pasmo y de obsesión que surge de la
paradoja “pequeñez-grandeza” humana, contenidas la una en la
otra y develadas en sí mismas. El hombre como un miscrocosmos,
en cuanto que contiene en sí todo el cosmos y a la vez se duele
de ser limitado, efímero, diminuto; eterno y a la vez finito en
el todos que somos cada uno:
“Alguien
sueña conmigo
en tanto
yo sueño con otra y
ella con otro
en eslabones concéntricos
oniespirales
como los rayos de la rueda
al acelerarse
se pierden dentro de sí mismos
en el círculo lúcido de un anillo
cuyo centro
-en todas partes y en ninguna-
irradia en todos los sueños
y concentra el sueño de todos”
(XV, p. 43)
Mejía parece dinamizar los más puros existenciales, pues. El
hombre como posibilidad, por ejemplo, dato que creo reconocer en
el uso constante y privilegiado, -con un magistral lugar en el
poema- , del “hubiera” y el “habría”. El “hubiera”, ese tiempo
que no es pasado, ni futuro, ni es presente, sino un alterno que
nos permite y exige el dolor de ser y no ser a la vez, el
“hubiera” siempre fue la posibilidad que ya no es, mi
posibilidad, que ya no existe; se manifiesta en el absoluto
verbo del asombro, el desencanto, la trágica sorpresa del
otro presente, al cual ya es imposible asir para ser
dentro de él.
“hubiera, hubiere
tiempo intacto
suma de historias
sin historia
la imagen que aún
palpamos
-en el entresueño-
la muerte que me posee
y yo poseo”
(XVIII, p.49)
También podríamos asegurar que se trata de un pasado alterno que
se sigue inexorablemente prolongando en mi presente a través del
dolor de no haber podido ser: “hubiera”, “hubiera”, retumba como
un elegíaco tambor de génesis en todo Expíritu.
“Hubiera”, sin embargo, es también el paradójico resultado de la
libertad. En tanto que ser, “hubiera” significa que “no
fue”, de modo que el desenlace necesario es el inmenso
desencanto inmerso en la flama vital, la frustración quizá, como
una consecuencia natural -aunque sublimada- del ejercicio de la
libertad.
Es una poesía que está muy atenta, sin embargo, a lo que hoy
constituye la reflexión sobre el hombre (muy apenas el amor y
una etérea mujer encarnándolo), en el sentido en que, contrario
a lo que algunos pudieran pensar, lo que Mejía nos dice acerca
del hombre no son generalidades de una corriente filosófica que
han sido extraídas para ser insertadas de una manera fría en el
poema. No son interrogantes universales que se quedan vacías del
poeta. Son, ante todo, la necesidad y la experiencia concreta,
particular y circunstancial de cada ser humano, es decir, de lo
humano que es la suma de las individualidades, el devenir del
uno solo en el mundo que se cristaliza en la prueba concreta
de la voz de un solo hombre: el poeta Mejía. Por eso, como el
poeta verdadero, el habla desde él mismo, y puede a la vez
hablar desde todos con el altoparlante de la naturaleza humana,
sin que eso signifique falsa generalización.
Otro dato que lo obsesiona -y que lo hermana irremediablemente
con Borges, entre otros- es la temporalidad. Al leer vinieron de
inmediato a mi recuerdo aquellos poemas borgianos que
protagoniza Heráclito y su danzante “nadie se baña dos veces en
el mismo río”.
“un hombre, en cada momento, cambia, se transfigura, es otro.
Aun siendo quien es, nunca es igual a sí mismo, ni lo es para
otra persona, aunque esa persona sea su hijo, su madre o
su esposa.
Su carácter y su huella digital lo delatan e individualizan,
pero su ser -que es agua pero también fuego y viento- vibra en
una corriente y una contracorriente de metamorfosis que lo
transforman hasta su figura final.
Diverso en sí, un hombre a lo largo
de su existencia es otro hombre, inalcanzado, autosimilar,
en eterno zig-zag: la clonación incesante de uno que ya
no es él”
(hombre en zigzag, p- 81)
El tiempo, que aparece continuamente, en casi la mayoría de los
poemas, tiene sin embargo un matiz existencialista: el
escurrirse de la existencia, el escurrirse de la posibilidad, no
en ejercicio de la voluntad, sino a través de las ciegas fuerzas
de lo imprevisible:
“En mi reloj, no cuentan
los granos de la arena que pasa,
sino aquello que queda:
la transparencia
medida de mi tiempo breve”
(Sueños de arena p. 13)
Y luego nos espeta la otredad, la dualidad dolorosa de lo
pretendidamente real:
“Con las yemas del pensamiento
armo las piezas últimas
de mi tiempo mental
En Expíritu me reflejo
-y por momentos me revelo
hasta desaparecer-
en la mitad real
del mundo”
(p.14)
Y aquí toma gran fuerza otro de los existenciales que lo
atormenta y lo encara al vacío: la muerte. La muerte como
destino, como un tumbo esencial, sin el cual lo humano no es
posible ni explicable, hasta -al menos así lo he entendido-
ceder a la tentación fatalista de ver en la muerte el sentido
último, el evento central, la resistente pleura que es cápsula y
esponja de nuestra única posibilidad de ser: la vida.
“tener la muerte bien adentro
y ha
(bla
bla)
blarle
-con las sílabas del silencio-
sobre la vida maravillosa”
(Voz de vida, p.57)
Es por eso que el gato, con sus siete vidas no vidas, se
convierte aquí, como en muchos otros escritores, en el símbolo
perfecto para encarnar la mirada del poeta sobre el universo y
sobre nuestra humanidad.
“Expiro en espiral
entre
la muerte 7
y la vida 8
del gato”
(XXIV, p.61)
Lo que hace de Expíritu una lectura excitante es también
el descubrimiento de que sus poemas se nutren solos, aunados, y
simultáneamente separados del poeta y de la circunstancia misma
de su creación. Logra pasmarnos profundamente con su pasión por
un universo zanjado en el azar y en la certeza de lo funesto, su
ritmo místico, sus repeticiones misteriosas, la obscuridad en
las circunstancias accidentales de la existencia. Una poesía
medularmente humana, en ocasiones de un minimalismo asombrado y
doloroso; poesía madura, filosófica, que jamás se traba en
especulaciones estilísticas vacías. Una poesía compleja que nos
muestra el dominio del oficio y la maestría del poeta, encarnada
por ejemplo en la voz profética y apocalíptica que el poema
“ciclo” nos ofrece como un microcosmos de la actitud general del
poeta en el libro:
“Del cielo llueven hombres
gotas de polvo...
................
peces
calculan el final del tiempo(-30) al
tropezarse en alguna curva el espacio...
............................
herbívoros
fabrican armas de postfisión nuclear para
exterminar a su vecino - el enemigo milenario
devorador de hierba- que esta vez
no sobrevivirá...
.............................”
(Ciclo, p. 69)
Expíritu
representa pues la muerte vital; el ejercicio sublime e
ineludible de expirar en conciencia de la muerte,
de la levedad humana, ejercicio que paradójicamente da alas y
fuerza a la existencia. Ese es, en rigor, el soplo de vida que
normalmente llamaríamos “espíritu”, y que Mejía nos cambia por
un Ex latino que de inmediato nos coloca “fuera de”.
“Expíritu, tal vez sea en el hombre ese equilibrio-resta,
entre sus estadios físico, cuántico y mental”
(t, p. 58)
Por eso es inoxidable.
Expíritu
siempre muere y sin embargo va modelando una médula inagotable
en la vida. El fondo se nos cae a la forma y nos deja profundos
y helados. Cruzamos por él la desolación sagrada de la
existencia, la imposible frontera del instante, el instante
infinito de la muerte...religiosamente viviendo. El autor viaja
su estado existencial en las curvas más ocultas de las palabras,
que a veces, abruptamente cercenadas, brillan, se tocan, punzan
mejor. Un lenguaje que esculpido con hondura nos ofrece armonía
y determinación, y sobre todo, una voz que está en condiciones
de interactuar con la pavesa racional del alma.
Por eso en Mejía escribe la inteligencia, el amor por la idea y
por las verdades contenidas en el mundo ideal. Su pluma corre en
las líneas de hierro tan fugaces como agudasº; y en esta larga
traslación efímera todo se nos quiebra y crucifica, todo nos
ha bla bla bla desplomándonos irremediablemente entre lo
humano, en los inescapables reflejos del mundo. |