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Retorno al mar natal: entrevista
con Juan Domingo Argüelles
Ricardo Venegas
Poeta
que vuelve a las obsesiones temáticas de una obra fecunda y
honda, Juan Domingo Argüelles (Premio Nacional de Poesía
Aguascalientes 1995) recorre la geografía del poema a través del
impulso vital que nutre su obra; el autor de Como el mar que
regresa (1990), Canciones de la luz y la tiniebla
(1991) y Cruz y ficciones (1992), Agua bajo los
puentes (1993), A la salud de los enfermos (1995),
Piedra maestra (1996) y Las aguas del relámpago
(1997), entre otros libros, sabe que sólo se vuelve a la poesía
regresando a la infancia. [RV]
RV -
En un primer acercamiento a su obra,
¿cómo se inició en la poesía?
JDA
- Como generalmente lo hacen todos los autores que en algún
momento son seducidos por lo que es la poesía, ya sea empezando
a escribir o a través de la lectura. No creo que necesariamente
uno se proponga ser poeta, sino que intenta acercarse a ese
lenguaje, comunicarse con él porque ha encontrado poemas
comunicativos. En este caso, por lo general el primer
acercamiento es ingenuo, inocente. Uno se da cuenta después de
que la poesía es otra cosa, que para que uno pueda realmente
decir algo que tenga un valor más allá de lo sentimental y de lo
íntimo, algo que merezca ser publicado, necesitará no sólo
decirlo de una manera directa y transparente, como recomendaba
Juan de Mairena, sino que también es preciso un trabajo, sobre
todo autocrítico, que es el de revisar mucho aquello que uno
escribe hasta que se convenza de que esa escritura va más allá
del simple desfogue sentimental. Básicamente así se empieza y
uno se da cuenta de que la poesía no es sólo escritura, en
términos de esa primera versión o ese borrador espontáneo, sino
también un ejercicio de insistencia y de trabajo que es
necesario pulir en cada línea del poema; cuando se tiene el
propósito de integrar un libro es importante que tenga alguna
propuesta y algún sentido. Así iniciamos, después en nosotros se
produce una decepción de aquello que fue el primer acercamiento,
lo cual da paso a una convicción mayor.
RV -
¿Qué nos puede decir de la poesía joven?
JDA
- Leer a los poetas jóvenes y estar constantemente ante su obra,
producto de trabajar en una revista que publica a jóvenes, o
bien al impartir talleres literarios como el que tuve en Celaya,
en el que la mayoría son jóvenes, aunque no es un taller para
jóvenes sino para cualquiera que desee estar en él; normalmente
son los jóvenes quienes acuden a los talleres, asisten personas
que desean ser poetas y que creen que pueden mejorar su
escritura o al menos conseguir las herramientas que les ayuden a
expresarse mejor. Hay muchos jóvenes que escriben y muchas
posibilidades para los que trabajan. A veces da la impresión de
que esa multitud que escribe se conduce a un facilismo que si no
se combate con autocrítica y con crítica acaba siendo un
problema. Puede haber muchos libros de poesía, muchas
publicaciones, pero la cantidad no necesariamente indica que hay
buenos poetas. Yo creo que los jóvenes son muy diversos, hay de
todo. En pocos podemos hablar de madurez prematura, en otros
hallamos que no sólo estiman la crítica, sino que tienen
autocrítica y constantemente tienen la posibilidad de mejorar
sus textos. Hay otros que aún no conocen este proceso porque no
se han acercado a ninguna de estas posibilidades. No lo conocen
porque no tienen interés en él, piensan que con lo que hacen
está bien; hay otros que de plano no sólo no lo conocen, no sólo
están ignorando esto y huyen de ello sino que ni siquiera
perciben que la poesía exige algo más que la simple escritura,
independientemente de becas, premios, canonjías o sencillamente
de ciertas facilidades para publicar; al igual que en otras
generaciones, hoy se está dando entre los jóvenes esta
diversidad de características, de estadios, de momentos de la
poesía. Sigo creyendo que los prestigios no hacen la calidad del
poeta, en México lo que se requiere es leer con atención a
muchos poetas incluso con prestigio, cosa que la gente no suele
hacer, ¿por qué?, porque el prestigio lo salva a uno de
reflexionar, de pensar, lo libera a uno de estudiar a los
autores, porque basta que fulano de tal tenga prestigio de buen
poeta para que todos los demás podamos creerlo o repetirlo y
asumirlo como tal sin complicarnos. El gran escritor francés
Jean de la Bruyère (1645-1696), crítico de las costumbres y de
las falsas certezas, decía: “No es tan fácil hacerse un nombre
con una obra perfecta como hacer valer una mediocre por el
nombre ya adquirido”. Lo mismo pasa con los jóvenes, hay quienes
desde ahora tienen un panorama muy halagüeño en función de que
ya han comenzado ha hacer cosas que muchos les elogian o
favorecen. Pero también es un riesgo que esos a quienes tanto
elogian sean quienes menos concepto crítico tienen del trabajo
literario. En resumidas cuentas la poesía joven adolece de los
mismo defectos que puede padecer la generalidad de la poesía si
no se cuidan ciertos aspectos que me parecen fundamentales, ¿qué
es lo que busca un poeta cuando escribe? Si lo que busca es
edificar una obra, eso será independiente de talleres, premios,
becas, de que se los den o se los nieguen, esto lo digo en
función de que quien sea poeta lo será independientemente de
esas cosas. Para un poeta que quiera hacer una obra, será
primordial poner todo su empeño en ello, todo lo demás puede
servirle para la subsistencia, para un grado de satisfacción
profesional (como lo maneja cierta gente), pero la parte más
satisfactoria de su actividad debe ser la poesía. No es lo que
da la poesía, sino la poesía misma, que en el mejor de los casos
lo que da son algunos lectores atentos que además entiendan ese
nivel de emoción que puso en sus libros el autor.
RV -
¿En qué medida es importante la crítica para la poesía?
JDA
- La crítica es importante, pero la autocrítica es fundamental,
es decir, crítica, para muchos, es el elogio que se da merecida
o inmerecidamente. Para otros es la devastación o la demolición
de ese material, independientemente de que sea bueno o malo y en
función más bien del gusto del que crítica. Las enemistades o la
actitud ante la poesía son importantes. Muchas veces estas
fronteras de la crítica se diluyen, acaban perdiéndose por lo
que uno observa: lo mismo elogian un buen libro que uno malo. Un
libro bueno lo mismo es denostado que elogiado. A veces en una
misma revista o suplemento cultural, en una misma página,
aparecen reseñados dos libros favorable y entusiastamente,
cuando nosotros, si hemos leído, sabemos que uno de ellos es
pésimo y el otro puede ser bueno y merecer el elogio, quizá no
entusiasta pero sí optimista. Uno se da cuenta de que a veces no
existe diferencia entre una y otra cosa. Lo mismo se consigue
una reseña favorable con un libro malo que con uno bueno, esto
no nos indica demasiado para lo que uno se propone; la parte del
poeta es la autocrítica. Siempre será posible ser poeta pero es
más frecuente no serlo y sin embargo estar convencidos de que lo
somos.
¿Se
nace poeta o se hace al poeta?
JDA
- Es una pregunta que siempre ha implicado una respuesta
polémica. Es decir, hay quienes creen en la parte de la
tenacidad con la que un autor puede generar sus libros, su
capacidad para escribir. A partir de ello conocemos a muchos
autores tenaces que por esa tenacidad a lo largo de los años
consiguen escribir cuarenta libros intrascendentes, pero que
constituyen una obra que no dice nada a nadie, que sin embargo
consta en las enciclopedias, en los diccionarios, en las
antologías. Por otro lado, hay autores que no necesitan esa
tenacidad y con un par de libros producidos tienen sitio no sólo
en las enciclopedias, sino en la preferencia de un lector atento
que los busca, que los lee y los relee; esto qué indica, que
definitivamente el talento literario no es algo que se aprenda
necesariamente con insistencia. Con insistencia se consiguen
destrezas, herramientas. Con tenacidad en el estudio se consigue
aprender conocimiento, erudición, pero eso no hace al poeta, es
decir, muchos podrían creer que con todos esos elementos ya
pueden escribir un poema que sea leído y comprendido y que
produzca emoción en los lectores, pues no es así. Profesores que
tienen un dominio grande de la lengua, que conocen mucho sobre
gramática, lingüística, sobre los tropos y los fenómenos
poéticos, son incapaces de hacer un buen poema. En cambio, hay
gente que no tiene ningún conocimiento teórico pero que tiene
los elementos fundamentales de la comunicación emotiva y
consigue hacer un poema que tiene sentido para muchos lectores.
A mi juicio esto quiere decir que el poeta nace fundamentalmente
y se perfecciona a lo largo del tiempo. De un poeta con talento,
aunque sea incipiente, puede hacerse con el tiempo un autor
digno, mientras que de una persona que domina toda la teoría y
todas las cosas de la poesía, pero que no tiene la capacidad
para mostrar emoción, nunca se hará un poeta. Tendrá lectores
atentos y respetuosos, capacidad para reflejar esas lecturas y
contagiar a otros, pero no necesariamente a un poeta. Es aquello
que decía Gabriel Zaid aplicado a cierto poeta: “No es bonito
ver tanto amor a la poesía tan mal correspondido”. Hay mucha
gente que le tiene mucho amor a la poesía y ésta jamás le
corresponde; podrá insistir y tener tenacidad a un grado extremo
y publicar libros y creer que con eso hizo la poesía, pero al
final de cuentas nos percatamos que después de todo lo que luchó
por conseguir no digamos un libro sino un poema memorable, no
quedó nada.
RV -
En Agua bajo los puentes usted dice: “Yo elevaré el
recuerdo/ hasta la cumbre de las olas más altas./ Y ese recuerdo
entonces será la patria”. ¿Cuál es la patria de la poesía?
JDA
- Yo siempre he dicho, y esto lo abordo en algunos poemas, que
para mí la patria del poeta es la infancia. En cuestiones
literarias, no creo que haya patria bajo los términos de
nacionalidades, porque creo que si un poeta consigue transmitir
emoción, puede ser alemán, francés, inglés, noruego, etcétera,
de cualquier parte del mundo, con la relatividad de lo que
vendría a ser la traducción. Nos damos cuenta que en un poeta lo
fundamental, lo que vendría siendo su mundo o su universo
íntimo, es toda la infancia, la parte que vive. Todos los poetas
parten precisamente de la infancia y esa nostalgia para evocar
todo lo demás. Podemos analizar a muchos poetas y nos daremos
cuenta de que difícilmente existe un poeta extraordinario que no
se remita a la infancia, a esos tiempos. Lo vemos en Neruda, en
Paz, en Vallejo, en todos los grandes de todos los tiempos. Para
un poeta no importa tanto en dónde nació sino cómo vivió y qué
tanto recuerda de aquello para evocarlo.
RV -
Dice Octavio Paz que el hombre es un niño desarrollado del cual
dependía rescatar la infancia para regresar al niño con
dignidad...
JDA
- Exacto. Esa es la diferencia entre el poeta y el que no lo es.
Mucha gente piensa que la falta de vivencia se puede sustituir
de alguna manera con fantasía o con erudición. Falso. Puede ser
válido para un narrador o un ensayista, para quienes van a tocar
el mundo de otra manera (la fantasía y la erudición les pueden
servir mucho). Un poeta fundamentalmente no fantasea, lo que
hace es hablar de la experiencia propia y de la vida que le ha
tocado junto a los demás; por ello Neruda dice: “yo estoy aquí
para contar la historia...”, y la historia que Neruda cuenta no
es la del historiador, sino la que atañe a todos los hombres, la
íntima. En otra parte también advierte: “Hablo de lo que
conozco,/ Dios me libre de inventar”. Cada poeta ha visto la
parte que le corresponde del mundo. El gran poeta no sólo
universaliza lo regional, también lo íntimo. Uno puede no saber
en qué parte del mundo está Temuco, puede ser un río que jamás
hemos visto en los mapas; pero esto no es lo que importa en
poesía, cuando leemos “Temuco, corazón de agua”, etcétera. El
poeta nombra esos lugares con la plena seguridad de que quien lo
lea lo entenderá y no preguntará dónde está ese lugar para saber
si es válido ponerlo en un poema. La emoción es íntima y la
universalización de ésta se encuentra en la forma, en la
grandeza y en la originalidad con que un poeta la pone en la
página.
RV -¿Qué
nos puede decir de A la salud de lo enfermos,
que mereció el Premio Aguascalientes de Poesía?
JDA
- Que no es un libro que escribí para ganar un premio ni, en
especial, el Premio Aguascalientes. Es un libro que tenía y que
envié en un plazo vigente para concursar. Mis libros no tienen
la función de estar terminados para participar en un premio,
sino la de poder decir lo que yo deseo. Creo que es mi mejor
libro, y en donde conseguí expresar de manera más satisfactoria
lo que yo quería decir; puedo escuchar opiniones diferentes, y
de hecho leer opiniones de otros que no lo creen así, pero sigo
pensando que en A la salud de los enfermos hay un
lenguaje que yo no había podido concentrar en otros libros. Eso
finalmente me da el derecho de pensar que la poesía, en función
de cómo la asume uno, te dice si la has logrado o no. He asumido
ese libro como el logro que no hubiera podido alcanzar con menos
años. A ese libro no hubiera podido llegar sin escribir los
anteriores. Finalmente lo que logré con A la salud de los
enfermos me indica que los jurados o algunos lectores pueden
estar equivocados, pero me preocuparía mucho más estar
convencido de que yo estaba equivocado. Si el libro ha tenido
ciertas lecturas similares a las que yo hice cuando lo escribí,
pienso que tiene la posibilidad de estar en ese nivel de emoción
en el cual me encontraba al escribirlo. Lo importante aquí es
que un libro convenza a quien lo escribe, independientemente de
lo que piensen los demás. Si uno tiene la suficiente entereza
para saber y asumir, además de romper cuartillas cuando no lo
convencieron, para publicar aquello, es porque de alguna manera
ya se hizo una reflexión. Puede equivocarse un jurado, ciertos
lectores, pero quien nunca debe equivocarse es el lector mismo
que también, es en todos los casos, el autor, que es el primero
en leer eso que va a publicar. |