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Juan Bañuelos: La palabra: Nudo de tres vientos

José Ángel Leyva & Begoña Pulido Herráez

Niñez que ulula/ Con aullidos más verdes/ Que los helechos de la muerte.”

La voz de Juan Bañuelos no ha cesado desde que iniciara el camino de la escritura con sus entrañables amigos chiapanecos, los poetas Rosario Castellanos y Jaime Sabines. Años más tarde formaría parte de la Espiga amotinada, ese pequeño grupo conformado por Jaime Labastida, Eraclio Zepeda, Jaime Augusto Shelley, Óscar Oliva y que tuvo posiciones literarias y políticas enmarcadas en las grandes utopías del siglo XX. Para Juan Bañuelos, la historia cambió de rumbo y los amigos también, los ideales se transformaron en prácticas de vida y cada uno de los hombres comenzó a preocuparse más por su propio bienestar, por el poder y su colocación estratégica ante los nuevos vientos de la política estatal. Iniciamos la conversación en la plaza de Coyoacán, la continuamos en casa güisqui en mano, la prolongamos durante la comida y la sobremesa, luego en una breve caminata para hacer la digestión. Muchos temas y comentarios sobre el mundillo intelectual quedarán al margen de este escrito.

La voz personal de Bañuelos ha adquirido un tono de multitudes a partir del levantamiento indígena en Chiapas y el país, con una población mayoritariamente indígena, con etnias que han preservado sus lenguas, sus tradiciones y costumbres, sus mitos, sus esperanzas: millones de mexicanos no reconocidos, negados en su esencia. El primero de enero de 1994 estalló la insurrección de los sin nombre, de los desposeídos y olvidados. Un lenguaje vivo comenzó a moverse por las calles, por las diversas regiones del territorio y a pronunciar a veces con dificultad, a veces con firmeza: “Todos somos indios.” Una guerra virtual, dijeron algunos, una lucha cibernética, ciberétnica, ciberética, un conflicto de símbolos, la rebelión de usos y costumbres del pasado en la Internet, dijeron otros. Lo cierto es que los mexicanos comenzaron a ver lo que durante siglos miraron pero no vieron. Juan Bañuelos, junto con el poeta Óscar Oliva, ambos chiapanecos, denunciaron de manera permanente la marginación y la pobreza extrema de los indios de México, y hoy en día el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés sobre la autonomía de los pueblos indígenas. Algo comenzó a cambiar desde entonces en la realidad política de México. Pero Bañuelos es sobre todo poeta y a nosotros nos interesa acercarnos a su palabra.

JAL & BPH - ¿Cómo te aficionaste por la lectura y la escritura en un medio tan poco dispuesto para ello?

JB - Tuve muy buenos profesores. Me tocó aprender bajo el modelo de la escuelas llamadas tipo, iniciadas durante la administración del presidente Lázaro Cárdenas. Durante la mañana teníamos las cursos teóricos y por las tardes asistíamos a los talleres de artes y oficios. A mí no me gustaban mucho los cursos de hojalatería o de carpintería, pues yo le ayudaba a mi padre en sus trabajos de herrería. Como pueden imaginarse, no me quedaban ganas para más actividades manuales. Así que me escapaba a la biblioteca donde el bibliotecario era un tío mío. Allí todos éramos parientes. Agoté el escaso acervo para escolares y le pedí que me dejara leer otras obras. “No, niño, esos son para los maestros y para las personas mayores.” Le insistí mucho y decidió prestarme uno, eran los cuentos de Tolstoi. Me encantaron. Se acentuó más mi anhelo de lecturas. Obviamente vino la queja de los maestros de Artes y Oficios por mi ausencia. Mi papá fue citado a la dirección de la escuela, y como yo declaré que me refugiaba en la biblioteca, mandaron llamar al encargado. Él confirmó mi versión y explicó que me permitía leer allí porque yo le había dicho que contaba con permiso. Mi padre montó en cólera, pero yo le recordé que un día él estaba leyendo el periódico cuando le comenté que no me gustaba asistir a Artes y Oficios y él me respondió: “Haz lo que quieras.”

JAL & BPH - ¿En qué momento iniciaste una relación amistosa y literaria con los escritores chiapanecos de tu generación, con los cuales mantendrías una larga trayectoria intelectual?

JB - A Óscar Oliva y a Eraclio Zepeda los conocí en Tuxtla Gutiérrez porque iban a menudo a la herrería de mi padre. Les gustaba quedarse largos ratos mirando cómo éste forjaba el fierro luego de sacarlo al rojo vivo de las fraguas y le iba dando formas, artísticamente muy elementales si tú quieres, pero representando figuras de diversa índole: caracoles, rosas, etcétera. Mi padre era el herrero del pueblo y mucha gente se paraba a mirar cómo trabajaba con sus martillos y sus yunques, cómo lograba torcer, aplanar y retorcer el metal, cómo salían de sus manos las puertas, las ventanas, las rejas y muchos objetos más que hacía por encargo o por iniciativa propia. Yo era un poco mayor que ellos pero nos hicimos amigos. Luego, ya adolescentes, salíamos juntos a ver los bailes chiapanecos y a escuchar a la gente recitar poemas en plena fiesta. Era una costumbre muy arraigada decir la poesía en voz alta. Y pienso que hasta cierto punto era muy útil, pues nos afinaba el oído. Claro, muchos se quedaban en el nivel de simples recitadores, pero otros desarrollaban capacidades poéticas con mucha musicalidad. Allí están los ejemplos de Jaime Sabines y Rosario Castellanos.

El exilio español llegó a Chiapas y eso fue un aporte maravilloso. Recuerdo a un maestro, Andrés Fábregas Rojas, ex militante del Quinto Regimiento, quien era un hombre ilustrado que nos daba las materias de francés, filosofía y literatura. Era yerno del dueño de la principal librería de la ciudad, don Antonio Puig, de origen catalán, y observaba a quienes nos gustaba leer para sugerirnos determinadas lecturas, incluso él nos preparaba paquetes de libros. “Hombre, Bañuelos, mire, pensé que le gustaría leer estas obras y las he traído para que se las lleve, a ver qué le parecen.” Entre los volúmenes dejaba como por descuido el Manifiesto del Partido Comunista. Luego yo le decía: “Me parece que olvidó este librito entre los demás.” Y el me respondía: “Sí, hombre, cómo fue que se me traspapeló. Pero dígame, ¿lo leyó?, ¿qué le ha parecido?” Por supuesto que lo había leído, pero no había entendido francamente gran cosa. Él sonreía satisfecho de su acción.

Tiempo después tome la resolución, contra la voluntad de mi familia, de venirme a vivir a la Ciudad de México. Había ganado un concurso de poemas al árbol y con ese dinero compré mi pasaje en tren. Muy poco tiempo después vinieron Óscar y Eraclio a estudiar a una escuela militarizada que estaba en el Desierto de los Leones. Allí conocieron a Jaime Augusto Shelley y a Jaime Labastida, con quienes luego conformaríamos la Espiga Amotinada.

JAL & BPH - ¿Cómo fue que tu camino se cruzó con el de Rosario Castellanos?

Fui muy amigo de Chayito Castellanos cuando ella quedó huérfana al morir primero su padre, de un infarto en la Ciudad de México, y quince días después su madre. Quedó completamente sola. Años más tarde regresó a Chiapas con un trabajo del Instituto Nacional Indigenista. Fue entonces que la conocí. Yo tenía unos 14 años de edad y comencé a mostrarle mis poemas. Me preguntó qué leía y le respondí que a Amado Nervo, Ramón López Velarde y algunos centroamericanos. Entonces se acostumbraba mucho a usar seudónimos para que nadie se enterara de la autoría de los poemas que se publicaban en los diarios o revistas. Así que le conté que había un poeta centroamericano que escribía bajo el seudónimo de Saint-John Perse. Ella se rió y me preguntó en dónde lo había obtenido. Le respondí que en una librería donde había también libros viejos, y allí había encontrado ese volumen descuadernado y sin cubiertas. No me dijo nada. Desde entonces comencé a acompañarla en sus constantes viajes por las comunidades indígenas de Chiapas. Rosario padecía muchas agresiones por su simpatía hacia los indios y me enseñó lo que ellos representaban, su cultura, la riqueza de su lengua, su cosmovisión, su mitología, sus expresiones cotidianas tan poéticas, que fui anotando, como ella, en libretas. Pasamos juntos muchas experiencias difíciles en la selva, en medio de tormentas, de situaciones bastante peligrosas. Recuerdo una ocasión en que se estaba hundiendo con su caballo en una zona pantanosa y tuvo que ser rescatada por los indígenas.

Cuando me vine a vivir a la Ciudad de México mi papá me recomendó con Jaime Sabines y con la propia Rosario Castellanos, quien venía enferma de tuberculosis. Todas sus amistades se negaban a verla. En Chiapas la tuberculosis era como padecer una gripe. Así que a mí eso no me asustaba y la visitaba con mucha frecuencia. Jaimito Sabines le dijo a mi padre antes de viajar a la Ciudad de México: “No se lo encargue a Rosario, se va a hacer demasiado culto. Ya le enseñaré yo a hacerse hombre, no se preocupe, cuidaré de que no nos salga maricón.”

Por esos años, 1960-1961, fue anunciado que Saint-John Perse recibiría el premio Nobel. Chayito me dijo burlona: “Don Juan, ¿ya reconoció a su poeta centroamericano? Va a recibir un gran premio. Venga a mi casa para mostrarle su obra.” Se trataba de las obras completas editadas por Gallimard.

Don Jaime era muy distinguido, durante el año que asistió a la facultad de Filosofía y Letras se presentó a diario de traje y de corbata. Se paraba a fumar sus cigarros en la puerta del edificio de Mascarones sin casi tratar con nadie. Los muchachos y las muchachas lo veían como si fuera extranjero, pues como era muy alto y espigado, de ojos verdes y cara muy afilada, algunos creían que era incluso noruego. Claro, como era muy narigón, herencia de sus antepasados libaneses, les asaltaba la duda acerca de su posible origen europeo.

Él me mostró la vida nocturna de la Ciudad de México y me enseñó a beber. Pasábamos mucho tiempo en los cabarets y cantinas de las calles de Tacuba, pues como su hermano Juan trabajaba en la Cámara de Diputados, Jaime ganaba también un sueldito y se la pasaba por esos rumbos. A veces nos amanecía y yo me iba a San Angel Inn, donde se encontraba hospitalizada Chayito Castellanos.  La visita con don Jaime a los centros nocturnos era casi cotidiana y en una ocasión bebimos tanto que la cuenta era muy grande y no completábamos. La señora de la pensión donde se alojaba Jaime, quien regularmente nos salvaba de estos apuros mediante préstamos urgentes, se hallaba fuera de la ciudad. En eso llegó una viejecita y nos pidió que le compráramos un librito a 20 centavos. Don Jaime le respondió un poco molesto: “No alcanzamos ni para nuestros tragos, tía. Pero, mirá, Juanito, por qué no le das unas monedas para que se vaya.” La señora agarró los centavos y se fue. Jaime seguía pensando en cómo resolver el problema de nuestra deuda. “Y qué pendejada te vendió, hermano”, me dijo distraído y mirando hacia otro lado. Era nada menos que El cuervo, de Edgar Allan Poe. Giró la cabeza sorprendido y agregó: “¿No es uno de esos libros que leemos con Chayo Castellanos?” Me lo pidió y comenzó a leerlo en silencio. Luego le ordenó a la orquesta, compuesta por unos cuatro músicos, que parara de tocar. Se puso de pie y empezó a leer el poema con su vozarrón a la concurrencia, primero en inglés y luego en español. Era una edición colombiana traducida por un cura. Los parroquianos comenzaron a acercarse para escuchar mejor. Jaime le iba dando mayor énfasis a la lectura y no paró hasta que terminó de leer el poema. Cuando terminó muchas mujeres nos pidieron que continuáramos bebiendo con ellas y sus padrotes. Les explicamos que aún no pagábamos la deuda y respondieron que no nos preocupáramos, pues ésa ya corría por cuenta de ellos. Fue increíble la manera en que esa gente despertó ante los efectos del poema y el vozarrón de don Jaime. La parranda duró hasta la siete de la mañana, cuando él me dejó en el tren que me llevaba a casa.

JAL & BPH - Y a los poeticistas, ¿cómo los conociste? ¿Te sentiste en algún momento parte de esa aventura intelectual?

JB - No, definitivamente no. Yo llegué a ellos por Marco Antonio Montes de Oca. Eran mayores que nosotros, pero al mismo tiempo eran muy jóvenes. Eduardo Lizalde tenía si acaso unos 22 años de edad y ya estaba casado con Rosita Philips. Se las veía muy duras para subsistir y militar junto con Pepe Revueltas en la Liga Comunista Espartaco.

Una vez instalado en la Ciudad de México descubrí a los poetas y las nuevas corrientes de la literatura. Si escribías poemas demasiado subjetivos y confidenciales eras amargado, si ocultabas tus penas eras cínico y superficial, si hablabas de Chiapas eras un localista, provinciano, igual que la Chayo Castellanos a quien se le acusaba de hablar sólo de indios, si estabas preocupado por la versificación a la manera de Efrén Hernández, eras un perfeccionista, un esteta, y si te atrevías a mencionar problemas de tipo social, o eras un poeta comunista o eras simplemente un panfletario. En esos años Pepe Revueltas fue expulsado del Partido Comunista y yo hablaba mucho con él sobre las características de dicho partido, al cual había tratado de afiliarme, y yo estuve en algún momento interesado en formar parte de sus filas, pero luego recapacité  y descubrí, junto con mis compañeros, que esa organización política estaba fundada en un esquema demasiado simplista y manipulado, y concluimos que nuestro camino no iba por allí. Eraclio Zepeda sí decidió afiliarse, pero ya ven cómo terminó, como tantos otros hombres de izquierda, que al ver tocados sus intereses, dio un gran cambio hacia la derecha.

Frente a las recetas que nos pretendía dictar la gente de izquierda tomé la decisión de no buscar temas, sino que los temas me buscaran a mí, explorar la poesía que estaba en circulación en el mundo. En ese momento conocí al poeta catalán Agustí Bartra, quien estaba traduciendo a los grandes poetas estadounidenses, como William Carlos Williams, Stevens, Walt Whitman. Preparaba un antología para la Universidad Nacional. Cada semana lo visitaba y me leía en voz alta sus traducciones del inglés y del francés. Pedía mi opinión acerca de cómo escuchaba los poemas en su idioma original y en castellano. Eso me llevó a inscribirme en la Alianza Francesa y a estudiar francés. Rosario Castellanos me insistía en que estaba obligado a aprender las técnicas de la versificación. Al mismo tiempo estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras en Mascarones y luego en Ciudad Universitaria.

Las cosas comenzaron a cambiar, vino el triunfo de la revolución cubana, hubo un gran impulso científico y técnico y los poetas comenzaron a perder mucho terreno, hasta hoy en día. Nosotros, los poetas de la Espiga Amotinada fuimos recibidos por el suplemento cultural de Novedades con el encabezado: “Cinco poetas jóvenes que no conocen el amor.” Yo ahora me pregunto, ¿por qué no escribíamos poemas amorosos, por qué los artistas habíamos perdido el sentido de la realidad? A estas alturas de mi vida, y tras lo que ha pasado en México y en el mundo, creo yo lo que dice un sabio griego, que es la ausencia de la imaginación lo que transforma al hombre en un inválido de la realidad. Eso está sucediendo, más que con los artistas, con los gobernantes. Ante esa realidad el poeta es visto como un extraño ocioso, que no aporta nada práctico. Pero grandes poetas a mitad del siglo veinte comenzaron a darse cuenta de esta problemática y aparecen figuras de la poesía como Odiseo Elytis y Giorgos Seferis, en Grecia, otros como Wislawa Szymborska, y muchos poetas importantes en la Unión Soviética, vuelven otra vez al mito. Incluso otros más recientes como Seamus Heaney, de Irlanda, vuelven otra vez a retomar las grandes sagas irlandesas,  normandas, y de todo el norte de Europa. Elytis dijo, el estado poético es un tercer estado, un estado que no se somete a las contradicciones de la vida diaria. Esas contradicciones que hacen que la poesía no se entienda.

JAL & BPH - Entonces, para ti, ¿qué era y es la poesía?, ¿qué nos dice la palabra poética acerca de la vida diaria y el provenir de cada sujeto y del individuo que conforma multitudes, la humanidad entera?

JB - Pienso que los poetas del mundo latino preferimos un arte que le exige a la vida los elementos de la realidad que le son necesarios para llegar, con la ayuda de otros medios, sin imitar nada, a crear una obra de arte por sí misma. La poesía no está en las cosas como el color y el olor está en la rosa, como emanan de ella; la poesía está en el hombre. Es una necesidad y una facultad de nuestra condición humana, una forma de pensar en imágenes. La poesía es el aparato respiratorio de la imaginación. Estoy de acuerdo con Paul Celan cuando dice que la poesía es la rosa de nadie.

La experiencia de los últimos años, sobre todo durante mi residencia entre los indios de Chiapas, me ha dado una certidumbre sobre la poesía: es un abismo.

JAL & BPH -¿Qué opinas de esa frase que Paz dijo de ti: “El peligro de Bañuelos no es la dispersión, sino el ruido, la retórica de la fuerza”?

JB - Se lo respondí meses después cuando recibí el premio Nacional de Poesía de Aguascalientes, en 1968. No creo que El traje que vestí mañana sea un ejemplo de dispersión. Ahora estoy convencido de que Paz no lo dijo de mala fe. Yo era muy joven y como tal corría el riesgo que señalaba Paz. Nunca me imaginé que pasados los años volvería a Chiapas y viviría de nuevo allí, pero inmerso en una problemática como la insurrección, no de un grupo armado, sino de una cultura de miles de años, como es la maya. Recuerdo una ocasión cuando unos periodistas argentinos, al ver la grandeza milenaria de las pirámides de Toniná y Palenque, le preguntaban al guía: “¿Pero dónde quedó esta gente, a dónde se fueron los constructores de estas maravillas?”, y el guía, un indígena de la región, les respondió: “Aquí estamos, haciéndola de guías del pasado para sobrevivir el presente.”

Volviendo a la pregunta, yo le contesté a Paz con un libro y un premio. Sé que lo de él era una advertencia, una preocupación legítima al ver el nacimiento de la Espiga Amotinada. Era, más que una opinión personal hacia mí, la observación a nuestra juventud. Pero yo creo que eso fue superado. Sé que un premio no es garantía de nada, mas el reconocimiento a mi obra sí tenía una fuerte carga de significados. En esa época me acaba de divorciar y debía mantener a cuatro hijas. Me fui a vivir a un cuartucho en Ciudad Nezahualcóyotl en condiciones lamentables y bajo la convicción de que mi problema marital se debía a que yo era poeta. Fueron días muy tormentosos, pues a ratos dudaba de la autenticidad de mi decisión y me preguntaba si no era más que un conflicto trivial con mi señora. El premio me dio energías para responder a la acusación de mi esposa, de que yo hacía reuniones con amigos subversivos, como Pepe Revueltas, para echar abajo al gobierno. Me amenazaban con la cárcel. No era más que un chantaje para obligarme a dar el 77 por ciento de mi sueldo para ella y mis hijas. El premio vino entonces a confirmarme que no estaba equivocado, que yo era un poeta y había tomado mi auténtico camino.

JAL & BPH - Parecería que en cada uno de tus pasos se ha presentado el mito como la gran posibilidad de salvación espiritual, humana. Tus versos buscan afanosamente esta perspectiva y parecería que también tu vida. ¿Cómo adviertes tu escritura en ese horizonte?

JB - Pasados los años nos dimos cuenta que el verso libre es el más difícil de hacer porque debe tener detrás una inmersión de 800 años de identificación con el castellano, una fuerte preparación intelectual y un conocimiento a fondo de las técnicas de la versificación. Ahora nos damos cuenta también que las artes y el hombre  en general se han venido achicando por este abuso de la tecnología, que representa la pérdida del humanismo y el totalitarismo de la usura globalizante, de la videocracia. Las cosas sólo se acercan en vano a los poetas y  a los artistas. Los grandes poetas han vuelto por ello a la mitología. No al mito como sinónimo de fábula o mentira, sino de creación. Al mundo interior, a la soledad solidaria, a la más profunda de las soledades que es la escritura.

La tendencia hoy en día es no pensar, sino devorar las imágenes digeridas, masticadas, de los medios. El tiempo se vive en el dinamismo de la trivialidad, de lo sin fondo, de lo que nos hace pasar las horas, los días, los años. No hay conciencia debido a la manipulación de los medios. Los pobres se alinean a los ricos y los poderosos, a la civilización tecnológica, la verdadera literatura queda al margen de dichos intereses, pero no así la escritura que se hace para el mercado. ¿Cuántos jóvenes y no jóvenes mexicanos conocen la obra de Bonifaz Nuño o de Jorge Hernández Campos? ¿Cuántos lectores se han interesado por la trayectoria de la literatura indígena propuesta por León-Portilla y que es muy actual? Necesitamos volver a nuestras fuentes para defendernos de esta manipulación de las conciencias. La fuerza mitologizante de nuestros pueblos es muy rica y puede ayudar a democratizar nuestras vidas, nuestro país. Insisto, no hablo del pasado, sino de la presencia de una cultura capaz de imaginar un futuro, un mundo más habitable, menos rapaz. Yo he descubierto entre los pueblos indígenas de Chiapas su fuerza creativa, su vocación de poetas.

JAL & BPH - ¿Podrías explicar por qué consideras que hay en ellos un modo de hablar poético y por qué el mito está presente en sus expresiones cotidianas?

JB - Los indígenas que hablan “la castilla” o castellano han venido adaptando este idioma a sus lenguas y han generado una manera de expresarse muy poética. Cuando viví en la frontera de Petén con Chiapas llegué a una comunidad que había sido acosada por el ejército. Se veía muy desolada. Entonces unas señoras se me acercaron y me dijeron: “Señor, no tenemos ni maicito. Nos quemaron la siembra.” Vino entonces una anciana y agregó: “Señor, no se vaya usted a reír, pero aquí al maíz le llamamos Papá Solito. Mire, está Papá Sol, o Solo, pero aquí en la tierra tenemos a Papá Solito. Cuando se nubla sale Papá Solito junto con los animales en busca del Sol. Aunque tengamos calabaza, chile y otros alimentos, lo único que nos llena es el maíz, Papá Solito.” Pura mitología que se comparte con los indios de Guatemala. Luego vienen todas esas expresiones que nacen de su manera de interpretar la realidad. Por ejemplo, cuando los grupos paramilitares y el ejército intensificaban sus acciones contra los campesinos indígenas, decía la gente: “Por favor, tapen la sufridera”, o “abran el sueño, abran el sueño que no podemos dormir” –se referían a los aviones que pasaban rasantes sobre las poblaciones--, o “dejen que salga la palabra del pozo”, o “aquí ya ni la muerte grita”, haciendo alusión a los cadáveres que dejaban las incursiones paramilitares y de los soldados. Sí, hablan como poetas, y la voz del poeta es la única que puede ayudar a resistir y a lograr que el hombre prevalezca. Por eso escribo poesía, por eso busco el mito. No sé si quede algo de mi palabra. Y en ello estoy de acuerdo con Valéry, pues un poema nunca se termina, se abandona.

JAL & BPH - Tu obra se mueve entre el deseo de cantar y el impulso de contar, de descifrar el tiempo del hombre, de la vida, del paisaje. ¿En qué medida es posible actualizar el mito a través de una poesía moderna?

JB - En la posibilidad de reciclar la capacidad mitologizadora de nuestros pueblos, o de nuestro pueblo. Los problemas económicos, sociales, políticos, están presentes en el mito, también su solución. En el ejemplo que ponía del mito del Sol está presente una realidad social. El cuervo, cansado de buscar el Sol, viene, descubre el maíz en la tierra y roba los granos. Entonces, la troje le reclama que por qué lo hace si ya viene la temporada de la cosecha. Al no haber siembra no hay cosecha y la troje se convierte en piedra. ¿Por qué tiene qué haber ladrones?

JAL & BPH - En los poemas finales de tu libro El traje que vestí mañana hay una parte muy cosmogónica, muy narrativa, y justo al lado vienen una serie de versos muy fragmentados, palabras que van rompiendo su estructura para generar imágenes poco acabadas, abiertas. Suponemos que eso atiende a una intención muy clara de tu parte, ¿es así?

JB - Por supuesto, responde a una visión del mundo actual, a la realidad fragmentada que nos toca vivir. Al aplastamiento tecnológico y científico que viene a producir también una disgregación étnica. Nos hemos quedado con un hombre sin cualidades, hecho pedazos, disperso. Pero el hombre sigue siendo el centro y el paisaje es una extensión de él.

Por tanto, no puede haber una épica, pues ésta exige un orden, un proceso narrativo paso a paso, una realidad completa que no tiene espacio para extenderse. En un sentido cosmogónico y narrativo, los problemas sociales se han convertido en un remolino que impiden una épica contemporánea y apenas dan la posibilidad de una innovación estilística. Por eso nos hemos reducido al control del ritmo de la escritura, de lo que escribimos.

También puede deberse a que el poeta con los años, o sea yo mismo, me he ido fragmentando.

JAL & BPH - Es obvio que al  hablar el castellano los indígenas tienden a alterar la sintaxis. Nos preguntamos hasta qué punto el haber pasado mucho tiempo escuchando sus lenguas y sus expresiones en castellano ha influido en tu obra, le ha dado un carácter y una sintaxis muy particular, sobre todo en la producción de los años posteriores al levantamiento indígena de Chiapas.

JB - Qué bueno que tocan ese punto. Incluso lo asocio con la pregunta constante de por qué elegí el título “El traje que vestí mañana” y no un verso mío para este libro reciente editado por Plaza y Janés. Ése es un verso de César Vallejo, pues yo viví durante estos siete años entre los indígenas de Chiapas lo que él en Perú. Vallejo no hizo más que reproducir la sintaxis castellana de los indios del Cuzco, una sintaxis que escuchó hablar desde la infancia.

Les voy a contar una pequeña anécdota que ilustra lo que deseo transmitirles. Una ocasión, en la zona de conflicto de Chiapas, me di cuenta de que hacía algunos días que ya no llovía. Le pregunté a un viejo: “Oiga, don Margarito, ya se fueron las lluvias, verdad?” Él respondió muy tranquilo: ”No, depende. Hace veinte días que no llueve, pero hoy vendrá un aguacero como a las seis de la tarde.” Yo me reí de su optimismo, pues en el cielo no se miraba una sola nube. Pasadas las seis vino la lluvia y Margarito llegó a mi casa cubierto con unos plásticos. “Ya ve, maestro, le dije que hoy llovería.” Estaba sorprendido y quise saber cómo había hecho el pronóstico del tiempo. “Aquí sabemos muy bien que hay tres vientos –me contestó--. Si se encuentran, pasan de lado y no se saludan, entonces ya no hubo lluvia. Pero si los vientos se topan y hacen un nudo de tres, entonces, seguro que caerá el agua con fuerza.” Yo le respondí en broma: “Oiga, Margarito, pero la lluvia se retrasó una hora, no cayó a las seis como usted predijo, sino a las siete y media de la noche.” El viejo, serio y sentencioso, comentó: “Eso es de cada quien. Para mí está lloviendo ayer.”

La obra de Juan Bañuelos circula por el mundo en numerosos idiomas. En 1968 ganó el Premio Nacional de Poesía (Aguascalientes), en 1984 recibió el Premio Chiapas por su trayectoria literaria, monto que donó a los refugiados guatemaltecos en México y lo puso en manos de don Samuel Ruiz, entonces obispo de Chiapas, y en 1987 recibió el premio de poesía Palermo (Italia). “Juan Bañuelos es una de las voces más poderosas de la poesía castellana”, resume la opinión de otro gran poeta, Juan Gelman.
Puertas del mundo, 1960; Espejo humeante, 1968; No consta en actas, 1971; Destino arbitrario, 1982; Escribo en las paredes; Destino arbitrario, Moralidades y epitalamios,  Coyote azul con guitarra, Vecinosinconjuntos y Nómadas de la aurora boreal, aparecen con la leyenda de inéditos en el libro que los reúne: El traje que vestí mañana, Plaza y Janés, México, 2000.

 

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