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Jotamario Arbeláez: Nada es para siempre

Rafael del Castillo

Jotamario Arbeláez (Cali, Colombia, 1940), es uno de los poetas colombianos más representativos. Se le reconoce como uno de los fundadores del movimiento nadaista, el cual tiene su punto de partida tanto en las vanguardias europeas del siglo pasado como en la generación beat, el hippismo y la “contracultura”. Autodidacta y antiacadémico, ha sido publicista, funcionario público, periodista y profesor universitario. En 1980 ganó el Premio Nacional de Poesía convocado por la editorial Oveja Negra y la revista de poesía Golpe de dados. Posteriormente ha obtenido otros como el Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura, el Premio del Instituto Distrital de Cultura, etc. En 1996 recibió la Orden del Congreso de Colombia y el V Encuentro Internacional de Escritores de Bogotá le ofreció su homenaje. Entre sus libros de poesía publicados se cuentan: El profeta en su casa, 1966; Mi reino por este mundo, 1980; En paños menores, 1994; La casa de memoria, 1995, y El cuerpo de ella, 2000. Sus memorias aparecieron en el 2002 bajo el título de Nada es para siempre.

RdC - ¿Cuándo y en qué circunstancias tuvo usted su primera cita con la poesía?

JA - Mi primera relación verdadera con la poesía se operó el día en que el profeta Gonzalo Arango, recién llegado a Cali a corromper a la juventud predicándole el nadaísmo en 1959, procedió a romperme uno a uno los poemas que había confeccionado de los 15 a los 18 años, siguiendo los nutrientes de la poesía convencional en boga: Silva, Barba, Valencia, Carranza, en lo nacional, y Bécquer, Geraldy, Leopardi, Nervo, Santos Chocano y Bernárdez, en lo universal. Era por tanto la mía una poesía primeriza y almibarada, apenas levemente tocada por el avizoramiento siniestro de Lautréamont, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. En realidad, a pesar de tener la sensibilidad del poeta, no había ingresado a ese nuevo mundo que nos descubrieron los monstruos. Me dejé romper la obra completa que para lo único que me había servido hasta ese momento era para romper culos, pues comencé a escribir poemas a raíz de unas calabazas que me diera Gloria Sánchez, una chica muy linda de un barrio marginal donde iba a visitarla todas las noches en bicicleta, y tuvimos la ilusión durante varios meses de ser novios hasta que un compañero me preguntó si me le había declarado y le dije que claro que no, entonces cómo pueden ser novios si no han oficializado, por lo cual organicé mis palabras para manifestarle mi amor, que sería punto menos que eterno, pues era la mujer más bella y más pura que habían tocado mis ojos, si a partir de ese momento me daba el sí, y naturalmente me dijo no, pues según me comentó más tarde, la sola mención de la palabra eternidad le hacía doler la cabeza. Por poco me tiro esa noche con todo y bicicleta al paso del tren. No  era posible que una mujer rechazara a semejante hombre como entonces yo era, inteligente y pinta y buen billarista y buen bailarín. Un poeta joven y según veo muy interesado por esa escuela del demonio, como consideraba por entonces la beatería las pistas de baile. Camaján por añadidura. ¿Sabe usted lo que era un camaján de la época? Era un bailarín arrebatado de la música mexicana y caribeña de los años cincuenta. Su atuendo consistía de pantalones de gabardina de bota angostísima con doblés estilo tarro y chaqueta de paño por lo general de cuadros con solapas anchas --como ancha era la pretina del pantalón por encima de la correa bien angosta-- y cuyos bordes daban hasta cuatro dedos más abajo del largo de la mano. Zapatos combinados y con puntera punteada, más una rodaja extra de suela en los tacones por aquello de la estatura.  El cabello, que formaba una bomba sobre la frente llamada “mota”, se apretaba con gomina en los parietales y se entrecruzaba en la perpendicular del occipital. Al caminar, oscilaba sus brazos por detrás del cuerpo y las puntas de los zapatos apuntaban hacia los lados. Su ídolo era Daniel Santos, quien en Cali tuvo un sosías, el cantante Tito Cortés, introductor de la yerba en el tablado de los artistas del ritmo. El camaján, también llamado “pachuco”, era el preferido como chulo por las putas de postín. Cada vez que se encontraba con alguien lo primero que expresaba era “uy, hermano”, oración heredada de los tristes cómicos mexicanos Resortes y Clavillazo, que marcaban la tónica gracias a los Laboratorios Churubusco Azteca. Su jerga impuso la palabra “legal” como sinónimo de bueno, disfrutable, agradable. De allí armé en un arrebato iluminado mi frase famosa: “¿Qué necesidad hay de legalizar la marihuana, si la marihuana es ‘legal’?”, utilizada después por Ernesto Samper para su campaña hacia la presidencia de la república, que se le andaba trabando.

RdC - Hablaba de sus calabazas poéticas y terminó bailando con la política.

JA - He bailado con todo porque nunca me he prohibido nada, no faltaba más. Pero le sigo contando del infortunio emocional que me lanzó a cultivar la palabra bella y sagrada como bala o escupitajo. Esa noche, en medio de tamaña decepción, topé en la reducida biblioteca de mi papá, que a pesar de ser dado al iluminismo algo guardaba de romántico, con unos poemas de don Ramón de Campoamor que parodié y llevé al otro día dedicados a la hermana de mi novia frustrada, a Florencia, quien con sólo leerlos cayó en mis brazos.  Habiéndome robado el albedrío un amor tan infausto como el mío, y ya perdidos la quietud y el seso, volvía yo a Salomia en taxi expreso. No podía creer en el poder de encantamiento de esa sarta de verba. Al otro día, como Florencia no había llegado de su clase nocturna, me recibió la visita el hermanito en el jardín de la casa, quien también quería que le echara su poemita. La situación iba tomando los ribetes de Teorema, de Passolini. Entonces descubrí que el poema es el arma más desleal para conquistar a otro ser. Escribir un poema a una persona es hacerle perder todas sus defensas, peor que el sida. Se te entrega indefectiblemente, así el poema sea malo. De modo pues que atenté contra el libre albedrío escribiendo a diestra y siniestra textos inescrupulosos, con un resultado 90 por ciento efectivo. Esos fueron los presuntos poemas que me rompió el profeta a la vista de la muda, a la vista de la absorta caravana de jóvenes aspirantes a hacer parte del movimiento más negativamente  luminoso en la época más oscura del planeta. Al otro día apareció en mi casa, mi padre orgulloso le franqueó la puerta, y  entrándose en mi cuarto de bachiller reprobado expurgó mis fatídicas influencias, incluso las que creía insertas en la modernidad. Prácticamente fue a dar a la basura mi precaria biblioteca. Adiós don Vicente Aleixandre con su amorío destructivo, adiós Luis Vidales a quien tomaba por vanguardista con sus musarañas, adiós Pablo Neruda con sus jodas elementales, adiós Rubén Darío con su querida de París, y hasta luego las obras completas de Vargas Vila y la colección de Selecciones. Me puso en cambio a Apollinaire, a Artaud, a Maiakovski, a Tzara, a Marinetti, a Peret, a Ginsberg, al Fernando González de Viaje a pie, al Van Gogh de Cartas a Theo. Y el tomo de Marcel Raymond, De Baudelaire al surrealismo. Me dijo que la poesía era un arma cargada. Que era el único instrumento válido para cambiar el rostro del mundo. Pero sin ni siquiera utilizarla para la queja o la denuncia. Incluso mientras más abstracta fuera la formulación tendría más poder de disociación e ignicencia. Enseguida nos fuimos a tomar un aguardiente donde las putas, que quedaban precisamente a la vuelta de la casa. Papá dijo que nos caería más tarde. Todavía lo estamos esperando.  

RdC -¿Usted nació o se hizo nadaísta?

JA - El hombre nace bueno, pero la sociedad lo va haciendo nadaísta. El espectáculo de mi infancia fueron los cadáveres de liberales en las esquinas, acribillados por las balas de los carros fantasmas conducidos por “los pájaros”, asesinos a órdenes del gobierno conservador. A mi padre y a mi tío Jorge Giraldo los buscaban para hacerles tragar sus corbatas rojas. La muerte de Gaitán, según Gonzalo Arango, fue un detonante para su rebeldía. El nadaísmo, a pesar de su aparente consistencia gaseosa, nacía como una manifestación de repudio al desangre y a la injusticia. Ya don Manuel Marulanda Vélez andaba descampando en el monte, mientras le bombardeaban sus puercos y sus gallinas. Cuatro años después fundaría las farc, segundo movimiento en importancia contra el orden establecido.

Pero la violencia no se aplicaba solamente en lo político; también había una violencia académica que nos imponía como modelos literarios a seguir esperpentos como la María de Jorge Isaacs. O la literatura costumbrista de don Tomás Carrasquilla. Y la influencia del clero en el comportamiento de las familias era catastrófica; a son de defender la moral y el statu quo hundían a la familia en el rebaño de la sumisión ante los atropellos de la clase dominante, sin ninguna posibilidad de liberación siquiera de la libido, pues era pecado mortal fornicar por fuera del matrimonio. Así se forjaban generaciones de tarados que marchaban como robots hacia la extremaunción.

Me hice nadaísta porque encontré en el nadaísmo mi bandera, mi patria, mi religión. Acababa de perder el bachillerato en el Santa Librada y nada tenía para ofrecerme el futuro. Todos los panes del sacrificio que había demandado mi educación secundaria se habían perdido. Y no habría universidad para este réprobo reprobado. Sin embargo, a pesar de que el nadaísmo generaba unánime rechazo cuando no la repugnancia sincera de los padres de familia, papá se sintió orgulloso de que yo ingresara a la horda de Gonzalo, que para él era el personaje más grande que había dado Colombia después de Vargas Vila y el Indio Uribe, también de Andes.

RdC - Desde esa perspectiva, ¿qué vendría  a ser el nadaísmo a estas alturas?

JA - A pesar de que a estas alturas el nadaísmo es el pan de los ángeles, durante cuarenta años fue cianuro en la mesa del opulento. A más de la poesía, ese viaducto para saltar hacia el absoluto, cultivamos el panfleto al que le cambiamos el insulto directo por el sarcasmo, contra esos poderes opresores de la vida, contra esos personajes nefastos ocultos a veces bajo respetables pantallas. No fue posible seguir una sola vía. Al andar de mano de la juventud y acogidos a la vanguardia, saltamos del rock and roll al go-gó y yeyé, a la canción protesta, al rock y al rock pesado y al rock ácido, a la metálica y al break dance, los que llegamos a él antes de que nos alcanzara el reumatismo. Como en pintura brincábamos del abstracto, que exaltamos con Marta Traba, al pop art, al op art, al arte monstruoso, al hiperrealismo y a las transvanguardias, terminan en Botero, al que tanto detesta José Luis Cuevas, pero quien fuera condiscípulo de bachillerato de nuestro profeta en la Universidad de Antioquia. Igualmente, a la par que cantábamos a los guerrilleros heroicos que hacían la lucha contra el sistema desde el monte apoyados en la cruz de su metralleta, como Camilo Torres, nos sumergíamos en la posición de los monjes zen frente a una sociedad con la que no podíamos tener ningún tipo de comunicación pues renunciábamos a la lógica de occidente, a Aristóteles y a Descartes. A algunos en algún momento nos llegó la tentación mística. Gonzalo Arango terminó su vida prácticamente como un santo varón, habiendo renegado de su “inventico”, que condujo a tantos jóvenes, según él, al desfiladero. Cuando él volvió su mirada a la divinidad nos dejó viendo un chispero. Respetamos su transición –que nunca traición-- como un acto muy personal que casi significaba la corona de la obra, como dicen los esotéricos, pero los demás continuamos sumergidos en la protesta y en la sacramental pereza. Yo tuve a mi vez contacto con una horda de místicos que se comunicaban con unos santos de la iglesia --San Nicolás de Tolentino y San Agustín de Hipona-- por métodos de mediumnidad, y me reclutaron para una misión cismática que terminaría con la imposición del verdadero Cristo sobre la iglesia de Roma. Esto fue en 1967. Estuve en la Luna cuando el alunizaje de Armstrong que conté en una oportuna crónica, recibí dictados acerca de temas de mi absoluto desconocimiento para conferencias en cenáculos de seminarios, dicté una conferencia en los baños turcos del Hotel San Francisco titulada El nadaísmo a todo vapor, por sugerencia de San Nicolás y me gané una larga temporada de vivienda gratuita. Todavía no he renegado de mi ateísmo pero cada vez siento más nítidamente a Cristo caminando hacia mí con pasos de animal grande. 

RdC - A juzgar por las imágenes, los momentos y el enfoque que da a los "personajes" que evoca a través de sus poemas, la actitud iconoclasta estuvo presente siempre en su encuentro con el mundo. ¿Qué incidencia tiene esta postura en su poética personal?

JA - Como dije en un poema, de iconoclasta sólo tengo este puño que tumba templos. Fui uno de los que siguió más a pie juntillas la sentencia del profeta de no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio. Durante mucho tiempo mis anti-ídolos fueron Laszlo Toth, el húngaro que destruyó a martillazos una rodilla del Cristo de La Pietá en el Vaticano, y Ali Agca, el turco que disparó contra el Papa en la plaza de San Pedro. Nuestra prosa sostenía en una mano el martillo del  uno y el revólver del otro. Pero nuestra fortaleza nunca fue la praxis, ni siquiera por pacifismo sino por física flojera. Nos contentábamos con ser los autores intelectuales de la revuelta del fin del mundo. Criminales perfectos.

RdC - Es de conocimiento público que hacia 1980 usted obtiene el Premio Nacional de Poesía de La Oveja Negra y la revista Golpe de Dados y empieza a trabajar como publicista. Cumplía también por esas fechas sus primeros cuarenta años, pero ¿quién era y qué hacía el Jotamario anterior?

JA - Para 1980 se había acabado el hippismo, bajo cuyas toldas escampamos algunos nadaístas que veíamos en esta irrupción el cumplimiento de nuestros vaticinios generacionales: la impetuosa presencia en los escenarios mundiales de la juventud, su irrefrenable resistencia pacífica que fue determinante para acabar con la guerra de Vietnam, el reverdecimiento de las doctrinas orientales, especialmente el budismo y el brahmanismo, la entronización del consumo de  marihuana como ritual, la práctica desembozada del amor libre en comunas al aire libre, la fusión indiscriminada de todas las clases sociales de todas las nacionalidades alrededor de un hongo o de una pastilla de lsd para emprender el gran viaje del conocimiento. Así como Ginsberg en Norteamérica, que había sido beatnik, nos tocó asumir una influencia natural en esta tribu que con su pacifismo inherente venía a imponer un tempo más revolucionario que la izquierda recalcitrante contra los altos muros del establecimiento. Su consigna de combate fue el no combate. Pero, ¿qué más embate que el no al consumismo? Para empezar casi quiebran los peluqueros. Y los fabricantes de elementos suntuarios de aseo, los perfumistas y modistos. Porque fue mucha la juventud burguesa que se adhirió a nuestras fachas y a nuestras mechas. Cuando se acabaron los hippies porque se nos acabó la ropa, me quedé viendo un chispero. Diez años llevaba en Bogotá viviendo de la magia mi amante Maga, y de mi nombradía alcanzada con el libro El profeta en su casa de 1965, pero había aparecido otro Jotamario que era presentador de televisión y me había desdibujado;  para los de mi casa había sido una promesa incumplida. El editor de La Oveja Negra, José Vicente Kataraín, no me recibía para no tener que rechazar el legajo de mis poemas. En todo caso los empaqué y envié al concurso convocado por él y por Mario Rivero, director de la revista Golpe de Dados, y desde luego, gané, pues en el jurado, además de Mario, figuraban Darío Jaramillo Agudelo y J.G. Cobo Borda, los únicos otros poetas nacionales que hubieran podido ganarme. Ese premio me representó, además de los abultados morlacos prometidos por San Nicolás, una amante burguesa espectacular, un llamado de la empresa publicitaria para que percibiera el mismo monto del premio todos los meses del resto de mi vida y una gira poética por Europa central a partir de la participación en el Festival Poético de Macedonia Las noches de Struga. Desde entonces cambió mi vida. Como Marinetti, me construí un castillo con las piedras que me tiraron.

RdC - Su amigo, el también poeta Jaime Jaramillo Escobar, lo pinta a usted como todo un dandy en el conocido poema "Jotamario de Cali" y usted mismo, hasta donde lo conozco, es un cultor concienzudo de la "vida pública". ¿Cómo atempera tales frivolidades con su trabajo poético?

JA - Ojalá hubiera podido ser un dandy como Baudelaire, aún con las solapas chorreadas. Todo se desprende de que como mi padre era sastre, hizo de mí un hombre de paño y sobre medidas. Casi no venzo su resistencia para que me dejara un día embutirme en unos bluyines. Era un muchacho de barriada destinado a comerme el mundo. Debía por lo menos aprender el uso correcto de la servilleta. Ciorán, que es el enemigo más grande de todo lo que huela a sociabilidad humana, afirmaba que asistía a los cocteles cuando escaseaba el whisky en casa. Me dediqué a la vida pública cuando fracasé en mi vida privada. La mayoría de las veces me iba mejor por la calle que por la casa. De modo que atemperaba el trabajo de la yemas de mis dedos en la casa sobre las teclas y afuera sobre otra teclas.

RdC - Durante la efervescencia seudo-revolucionaria de los sesenta, setenta y ochenta, a los nadaístas en general, y a usted en particular, se les acusó de mantenerse al margen de los compromisos políticos. ¿A qué atribuye el hecho de que para los jóvenes y adolescentes de hoy sean precisamente ustedes los que permanezcan aún vigentes en lo que a actitudes contestatarias se refiere?

JA -¿De seudo-revolucionaria califica usted, poeta, a nuestra efervescencia de los años sesenta? ¡Pero si es lo más auténtico que se ha sucedido en la historia de la humanidad desde la Atenas de Pericles, el renacimiento italiano, el Siglo de Oro español y el iluminismo francés! Hasta el comunismo de entonces tenía algo de mesianismo. La revolución había que hacerse de manera global, no dándole gusto solamente al estómago sino a cada una de las vísceras de la desasida criatura humana. Con la revolución económica había que hacer la revolución cultural, la revolución sensual, la de la mente hacia las regiones desconocidas. Actualmente seguimos luchando por introducir el sexo y la permisividad de la droga en los contextos legales, para que cesen las sicopatías de las aberraciones y la violencia del narcotráfico. Son problemas aún vigentes en la juventud, que ya ha superado felizmente los traumas del clero y de la academia.

RdC - Hay quienes aseguran que, si bien el nadaísmo es producto de la impetuosa influencia de las vanguardias y las post-vanguardias, y que con todo y que en consecuencia sus miembros se asumieron como grupo, existen marcadas diferencias en el trabajo de cada uno de ustedes. Más aún, se anota en torno a dicha idea, que pese a haberse erigido en movimiento, sus integrantes resultaron siendo menos dogmáticos que quienes adhirieron a los postulados del surrealismo, en  general todos ellos más papistas que el Papa. ¿Qué nos puede comentar en torno de tales aseveraciones?

JA - Hubo tantos nadaísmos cuantos nadaístas fueron. Cada uno iba haciendo la doctrina del nadaísmo a medida que avanzaba con sus actos fallidos. El único más o menos coherente con la formulación de la inasible doctrina fue su fundador Gonzalo Arango, quien aprovechaba su insomnio constelado para formular teorías a través de sus cuentos y de sus obras de teatro, apoyándose en lo que iba leyendo de sus aliados. Sólo trabajaron a fondo la filosofía nadaísta Gonzalo y Eduardo Escobar. Jaime Jaramillo Escobar formuló su estética. Elmo Valencia y yo nos dedicamos a la picaresca. A los demás sólo les preocupó la creación literaria. Recuerdo que, en el surrealismo, Breton era recalcitrante contra la homosexualidad de sus miembros, mientras que entre los beatniks casi era una condición. Entre nosotros fue hermoso y significativo el aporte de los discípulos de Cavafis. Acuérdese de que un señor Rubayata habla en Quién es quién en la poesía colombiana de la mariquería de los nadaístas, a la que opone la machera de un tal Zafir. Ahora que si lo que desea es que me refiera a circunstancias nacionales epigonales del surrealismo mal digerido, que confunden la unión libre con la libertad de joder al opositor y a la escritura automática con la navaja electromagnética, me abstengo de responder porque ya estoy muy herido. 

RdC -¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Los nadaístas o los beatniks?

JA - Primero fue el huevo de los beatniks y después la gallina de los huevos de oro del nadaísmo. Pero conocimos la obra de Kerouac cuando ya andábamos en el camino, y la de Ginsberg cuando estábamos afónicos de aullar. En nuestro magazine Esquirla publicamos Howl como el manifiesto amotinado, alucinado, libertario y drogo de la nueva generación. Elmo Valencia compartió con Ginsberg en la Habana como jurados del premio Casa de las Américas en el 65, cuando a éste último lo expulsaron a Praga porque, según las malas lenguas, declaró que quería acostarse con el Che Guevara. En Praga fue coronado por la juventud como Rey de Mayo, y dio un recital con Elmo en un club nocturno donde su majestad terminó dormido en el trono del inodoro.

RdC -¿En qué países la poesía tiene el sello nadaísta?

JA - El sello nadaísta para almohadilla de tinta todavía no lo hemos mandado a hacer. Además ya pasó a la historia con la revolución informática. En todo caso, la poesía en Latinoamérica entera ya tuvo su sacudón. No te diría que por obra del nadaísmo, sino de todas las influencias comunes que nos marcaron. Entre ellas la indeleble huella del poeta sacerdote nica Ernesto Cardenal. En los años sesenta estuvimos involucrados con la revista El Corno Emplumado, que manejaban Sergio Mondragón y Margaret Randall, y era el puente intercomunicativo de la poesía latina con la norteamericana. Y con Pájaro Cascabel, de la inolvidable Thelma Nava. Y con Eco Contemporáneo que dirigía en Buenos Aires Miguel Grinberg. Y con La Bufanda del Sol, de los tzántzicos comandados por Ulises Estrella e Iván Egüez. Y con Rayado sobre el Techo de los integrantes de El Techo de la Ballena venezolano. Lo raro es que el gran salto de vanguardia que propiciamos a nivel internacional es tratado ahora de contrarrestar con un neorromanticismo alemán que nos deja fríos. Se está tratando de que la juventud actual de un gran paso atrás en las conquistas poéticas. Pero habrá que aceptar que la reacción también tiene su derecho al pataleo.

RdC - Ustedes, como movimiento,  no tienen epígonos aun cuando sí poseen un gran número de lectores. ¿Qué opina de las actitudes epigonales?

JA - Todos los días de la vida se plantan ante mi estudio jóvenes que dicen querer continuar con el movimiento nadaísta, así haya que alterar o complementar sus primeros postulados. Les tiro un hueso y se van felices a roerlo y a hacerlo carne en su expresividad espontánea. Por ahora hay un grupo en Zipaquirá que se apresta a recoger el palo de la bandera, ya que no tuvimos recursos para comprar y pintar el trapo. El nadaísmo fue para siempre y fue para la juventud y fue para la libertad libertina y para el combate y para la diversión. Quién iba a creer que sería un movimiento vigente, y como el que más, en el siglo xxi. En estos dos últimos años se han publicado más libros nuestros que en los 40 anteriores. A lo mejor ni el mundo ni los intelectuales solitarios no solidarios estén para la elaboración de la poesía en pandilla, como logramos hacerlo.

RdC - Desde hace algunos años para acá se le ha visto apoyar de gesto y de palabra a algunos políticos que de una u otra manera son fieles a las feas costumbres que les caracterizan. ¿Cómo conciliará, llegado el momento, a sus seguidores políticos con sus seguidores poéticos?

JA - Si he andado con poetas de la peor calaña, de ésos que creen que si existe otro buen poeta en el país hay que exterminarlo, y he andado con putas de la mejor especie que han sido eminencias detrás del trono, y he andado con narcos cuya amistad era el orgullo social de nuestra clase dirigente, y con guerrilleros sin alma que creían estar cumpliendo sus idealismos justicieros, y con delincuentes comunes que nos han servido de guardaespaldas, ¿por qué no puedo andar con políticos como han hecho Gabo, Mutis, Rojas, Carranza, sin que nadie les diga nada? No tengo por qué retirarle la palabra a ningún leproso. A algunos les he ayudado para joder a los otros, como al general Rojas cuando le robaron las elecciones; a otros en cumplimiento de mi trabajo publicitario como al actual presidente Pastrana, a quien puse en la alcaldía de Bogotá, y a otros porque me generan una enorme simpatía personal y amorosa como Noemí Sanín. Siempre me cuestionan mis actuaciones precisamente quienes no tienen por qué ser mis veedores. Cuando trabajé en la publicidad me tildaron de tránsfuga, sobre todo los izquierdistas; cuando escribí en la gran prensa me llamaron vendido; cuando me gané los premios de poesía me acusaron de fraudulento; cuando tuve carro me dijeron que me veían desdibujado; cuando tuve hijos (a partir de los 50 años) me sacaron en cara mis antiguos escritos contra la paternidad. En todo caso, yo como nadaísta nunca hice votos de pobreza ni de castidad ni de aburrimiento. La poesía me permite comportarme como me de la puta gana, aún con mis errores políticos, como los tuvieron Whitman con la democracia, Pound con el fascismo, Neruda y Cardenal con el comunismo, Mutis con la monarquía, Ginsberg y Ferlinguetti con el hippismo, sin que ello le reste grandeza a su poesía.

RdC -¿Qué puede aportar la poesía en los días que corren?

JA - Ha llegado el tiempo de los asesinos, clamaba Rimbaud. En mi país ha llegado la guerra. Luego ha llegado el tiempo de los poetas. ¿Y qué puede hacer un poeta en la guerra aparte de no dejarse matar? ¿Aparte de tomar nota para la epopeya futura? ¿Deberá dirigirse a los bandos en trifulca y clamar por una paz boba? Lo único que le queda es no embanderarse, porque en el bando que se ponga la lleva perdida, ya que ningún bando tiene razón. Sobre todo si desconoce las razones del otro.

Jotamario Arbeláez nació en Cali, Colombia, en 1940. Su libro inicial, El profeta en su casa,1966, Jotamario muestra ya la ironía y la mordacidad heredada por sus lecturas del surrealismo. En su obra destacan los libros: El libro rojo de rojas, 1970, en colaboración con Elmo Valencia; Mi reino por este mundo, 1981, con el cual obtuvo, en 1980, el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días, 1986; El espíritu erótico (antología poética y pictórica realizada junto con Fernando Guinard), 1990. En 1985 ganó el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de la memoria. Otros libros de poesía: En paños menores, 1994; El cuerpo de ella, 2000. Nada es para siempre (memorias), 2002.

 

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