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La poesía de Ricardo Silva Santisteban: una tierra por conocer

Américo Ferrari

La obra poética de Ricardo Silva -treinta y cinco años de escritura lenta y recatada que más que alargarse se ahonda- es una exploración tan lenta como apremiante de unos parajes extraños y familiares a la vez donde incesantes se abrazan Eros y Thánatos. La suerte los engendró juntos y hermanos, ha dicho Leopardi en un poema célebre que lleva por título precisamente “Amor y muerte”; y análoga visión o sentimiento se percibe también en la poesía de Novalis, de Gerard de Nerval, de Baudelaire.

“Territorio erótico”, observa  Javier Sologuren refiriéndose a los primeros poemas de Terra incognita reunidos bajo el título “Los deseos oscuros”: territorio erótico que se revela al mismo tiempo como un territorio mortal en “Los deseos oscuros” y en casi buena parte de la obra que con ellos se inicia.  Glosando a Martín Adán podríamos comprender la poesía de Silva como una  travesía de extratierras donde cada uno de los pasos terrestres del poeta lo apega al cuerpo, al sexo inspirante y aspirante de la mujer amada,  al tiempo que lo despega de la vida para hacerlo trastabillar en la inminencia de la muerte: lo pega a la muerte, podríamos decir, con amada y todo. Hemos recordadado, releyendo de principio a fin toda esta poesía escrita a lo largo de treinta y cinco años,  los versos de Vallejo en Los heraldos negros: “La tumba es todavía / un sexo de mujer que atrae al hombre” (“Desnudo en barro”): sexo que lo atrae al abismo materializado en la tumba donde “supervive y llora / la angustia del amor, como en un cáliz / de dulce eternidad y negra aurora (“El tálamo eterno”); la misma noche de amor y muerte,  en nuestro siglo y en Hispanoamérica, envuelve la poesía de Julio Herrera y Reissig :(“y sea tu himeneo la esfinge sin palabra / y el ataúd el tálamo de nuestra boda negra”), así como la de José María Eguren, otro cautivo del amor y la muerte, a quien Ricardo rinde homenaje en un poema anexo al poemario Terra incognita y que lleva por título la fecha de la muerte del poeta de Simbólicas: “Diecinueve de abril de 1942: ”Cava panteonero / tumba para dos…”

El diálogo o la relación con otros grandes poetas, filósofos o narradores o con la poesía a través de ellos, se oye también en los epígrafes de Keats, Heráclito, Wordsworth, Pérez Galdós, Shelley, Vicente Aleixandre,  Edith Södergran, Quevedo  que se leen en el pórtico de los poemarios, los cuales integran a su vez una poética explicitada en las tres poiesis que se escalonan entre el umbral y el final de la obra. La primera (al huir del correr de mi sangre / Te persigo en el polvo / En las arenas / Y en los ríos (…) Mi demonio Poesía) encabeza la parte mayor de la poesía de Silva Santisteban -el poemario Terra incognita incluido-,  desde Los deseos oscuros (1965) hasta Junto a la puerta del fuego (1987-1988); la segunda cierra este período (toda la poesía escrita entre 1965 y 1987, reunida bajo el título general Terra incognita, editada en Lima, Mosca Azul, 1989) y abre la recta que nos lleva al cuaderno hasta ahora final de la poesía de Silva , Ajuste de cuentas (1997-2000), clausurada por la última poiesis: Poiesis III: Puedo ahora salir del laberinto / Abierto hacia la nada sin retorno (…) Que tu corazón levante el hálito del mundo / Cuando te diezmen el destino y su tumulto / Y la música y el verbo se disuelvan en el viento. Disolución del amor y el cuerpo y el alma de la amada y el amante en la nada sin retorno: cenizas, al fin, disueltas en el viento; pero al leer estos versos últimos no se puede no pensar en Quevedo de quien Silva, en el epígrafe que encabeza su penúltimo poemario, En el laberinto, cita los versos célebres: Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte, y hubiera podido citar también, de otro soneto quevediano, dos versos no menos conocidos: serán ceniza más tendrán sentido / polvo serán mas polvo enamorado. También Silva, como Quevedo, parece proyectar en su poesía algo como una imposible creencia en la magra inmortalidad de las cenizas y del sentido de la unión amorosa y el no apartamiento del polvo de los cuerpos de los amantes muertos; así en “Oración por una mujer” del poemario En el laberinto: Así amémonos de nuevo / Como el día siempre es aurora / Que luego el polvo nos cubra / Y de mí ya no te apartes. Polvo serán, mas polvo enamorado…

Si el lector sigue ahora el camino de esta poesía deteniéndose en los hitos principales en busca de las articulaciones de la obra notará un primer movimiento generado por la sucesión de cuatro poemarios breves, Los deseos oscuros, Sucesión, Noche de la materia y los once textos poéticos en prosa de Terra incognita, poemario central que dará su título a la obra toda, ya desde la edición de Mosca Azul en la que se reúne la poesía escrita hasta 1988; por eso mismo la expresión-título Terra incognita tiene una importancia particular, por cubrir semánticante una labor poética de treinta y cinco años, un todo que comprende doce poemarios o secciones o fragmentos, algunos de los cuales son un solo poema largo, como Las acumulaciones del deseo, aunque no siempre forzosamente largo, como es el caso en Homenaje a José María Eguren con un solo poema de veinte versos titulado “Diecinueve de abril de 1942”. Lo breve o lo largo de los textos no tiene mayor importancia para la carga poética de éstos, pero sí la tiene la irradiación semántico-poética de esa tierra desconocida que se ofrece al conocimiento poético a lo largo de todo el libro y de poema en poema representa un nuevo territorio ignorado que el poeta “al huir del correr de [su] sangre (…) Persig[ue] en el polvo / En las arenas / Y en los ríos / En imágenes subiendo y descendiendo por el aire” (“Poiesis”). La tierra incógnita es la poesía que el poeta explora en el acto de escribir cada poema y es el erotismo vital y mortal que lo sustenta en el acto unido de crear el poema, acoplarse al cuerpo de la amada y caer ambos en el abrazo de de la muerte tan amante; y así vamos hacia el amor y la muerte, palmo a palmo, paso tras paso, verso tras verso por el desierto o la selva interminables del poema, tierra por conocer, a la luz de la divisa: “Siempre a lo desconocido” de José María Eguren, uno de los poetas más admirados y estudiados por Ricardo Silva Santisteban, quien integra en su obra de poeta una labor de  crítico y traductor que ha trabajado sobre diversos poetas de diversas lenguas, traduciéndolos o comentándolos, desde Omar Jayyam hasta Mallarmé, Yeats, Apollinaire y César Moro.

Tras los textos anhelantes de Los deseos oscuros  y Noche de la materia marcados por la inquietud y el desasosiego de la busca por los desiertos del amor, los once poemas en prosa de Terra incognita constituyen un núcleo o centro formal y semántico que condensa seguramente lo esencial de la inquietud humana y artística del autor: la tierra incógnita es el mundo oscuro donde el poeta camina a tientas y avanza trazando surcos o versos en la ilimitada extensión. Podemos sentir en estos poemas, rodeándonos e impregnándonos, el bullir de la materia del mundo, la noche de la historia ciega y la noche alucinante de la poesía iluminada por la luz de relámpagos que nos han abierto la visión del mundo invisible: es lo que dicen más o menos los versos de Wordsworth puestos en epígrafe. Tierra incógnita es ese mundo invisible que el poeta entrevé y tierra incógnita es la poesía que el poeta descubre haciéndola, como se descubre un camino haciendo camino. “En realidad -ha dicho Silva Santisteban en una entrevista concedida al diario El Peruano en 1996- Terra incognita no es sino una metáfora para el espacio de la poesía. El poeta siempre está buscando algo”. El camino empieza ahora en una génesis (el poema “Génesis”) y termina en un retorno (el poema “Retorno”) que nunca se sabrá de dónde o adónde es retorno: de algún lugar imposible, “allá en el País Lejano del Mar Perdido “ donde el poeta, o el personaje oscuro que lo sustituye en los textos, “confinado y zafado de [su] centro” celebra “la caída del agua de un surtidor que brota de la boca de un serafín extraviado en la fuente de mármol mirando lo que hacen los humanos”: que podría ser cualquier fuente de mármol en cualquier parte del mundo, la Plaza de Armas de Lima por ejemplo, como el Mar Perdido del País Lejano igual puede ser el mar  de Lima, tan al alcance de la mano. Basta que la mano lo sienta muy lejos. Pero en verdad el lugar que dice el poema está en el poema y en ningún otro lugar.  

Salvando la distancia de la escritura poética - que en este libro de Silva tiene un sello muy personal por el ritmo acezante, precipitante y el acercamiento a menudo sorprendente de elementos heteróclitos de la realidad- al borde del barroco y a veces de una escritura aparentemente automática más o menos emparentada con la manera surrealista, aunque en realidad muy conscientemente controlada, salvando, digo, esa distancia, Los poemas de Terra incognita pueden recordar ciertos textos clásicos, como algunos himnos a la noche de Novalis, quien también inventa un Génesis poético romántico,  o la violencia de algún canto de Lautréamont. En efecto, una violencia sexual y mortal, oscura y dura, presiona desde el fondo de estos textos de Terra incognita: el odio cierne vestiduras izando el puente cabalgando un crepúsculo de nácar y el golpe se repetia y sublevaba (…) el amor pues surge delicado fuente húmeda o mojada transparentada aunque no se quiera (…) brota la espuma y guillotina los sexos arenas rojas ásperas cavidades rayos amorosos duro parcos y sol luna sol luna (…)  y fontanas de sangre y su delicia buscando germen suplicio semilla tronco buscado por quien fenece a la hora del amor… Como si el hombre feneciera siempre a la hora del amor, y se puede recordar que en francés llaman al orgasmo “la petite mort”: la pequeña muerte. Tema pues insistente y recurrente en la poesía de Ricardo Silva Santisteban; o más que tema, obsesión. A cierto nivel de altura y de concentración la poesía, pienso, no trata temas sino ahonda en obsesiones elementales y oscuras que llevan la marca de la necesidad y exigen invadir el poema y la página que lo va a albergar. Cuando hace muchos años yo escribía un libro sobre el universo poético de César Vallejo, lo había dividido en dos partes: “Los grandes temas” y “La escritura poética”. Con la escritura poética no había problema; lo de los “temas” sí sonaba falso, pues no hay temas en Vallejo y su poesía no es temática, a menos que se piense en el vocablo, hoy poco usado, “tema“ de la expresión “cada loco con su tema” en el sentido de manía o idea obsesiva. Taché pues, y puse “Las grandes obsesiones”; y son efectivamente obsesiones las que asedian también al poeta de Terra incognita, que comparte sin duda, además de la oscura visión de Vallejo, esa fijación en la ignotía que hay en la obra de José María Eguren.

Tras el intermezzo de El fuego del origen, hermoso texto que evoca la mística de la antigua civilización peruana, y Mutaciones, cinco poemas dedicados a pintores, Sílabas de palabra humana (primera edición, Lima, Arybalo, 1978)  reanuda el hilo del amor asediado por la muerte en los poemas “Presentimiento”, “Muerte”, “Aprensión”, “Posesión”, “Dolores del goce”, “Anhelo“ (Con la delicadeza de la música me llegas / para estrechar mis sienes con el abrazo de la muerte) entre otros.  En el mismo registro se sitúa el importante poema largo “Las acumulaciones del deseo”, de nuevo un texto  erótico intenso en una atmósfera mortuoria que, como el célebre poemario de Luis Cernuda, interroga la relación y la tensión entre la realidad y el deseo. El poeta situado “en el centro de la soledad” y hablándole a la amada, siente “[i]nalcanzable la unión de nuestros cuerpos” y se pregunta “cómo no pensar tu imagen con sensación de muerte”: muerte sentida pues, como es sentido el amor  y casi como si se experimentara la muerte en el acto mismo del amor; pero para decir esta experiencia no bastan las palabras del poema; y así la lengua que en la invasión del silencio del amor y la muerte ya no sirve ni siquiera para hablar parece guardar como única función en el poema lamer el sexo de la amada: “Y mi lengua en tu sexo”: “El roce de la lengua sólo puede terminar / en tu sexo y en sus formas de abismo”: Queda como consuelo que, en la práctica, la lengua acaba por servir también para redactar y decir el poema. Algo es algo. Y el poema termina con una patética invocación al espíritu de las aguas (el agua suele aparecer como un símbolo de muerte): La destrucción el deseo la suavidad / La altitud de los planetas / La realidad implacable estremeciendo el alma (…) / Sueño un cuerpo durante la vigilia de los sentidos / Y fluye un estremecimiento de la sangre del fin / Vuelve de nuevo a mí espíritu de las aguas / Y transpórtame a la región invisible de la muerte.

Siguen los diez textos cortos de La eternidad que nunca acaba, donde el poeta hace un guiño a William Blake en “Canto de experiencia”; encontramos después tres poemas cortos y finalmente las once composiciones de Junto a la puerta del fuego. Poiesis II cierra esta primera y larga etapa de la poesía de Ricardo Silva Santisteban que, como hemos visto, contiene dos tramos, al tiempo que nos introduce en la parte hasta ahora final de la obra:  ¿Es que tal vez perdí la música interior? Tiendo la mano para coger sólo polvo / Alargo la mirada insatisfecho / ¿Pasan los años o es la muerte que viene? / En compañía muere el hombre / Pero también a menudo solitario / Si la mariposa arde en el fuego / ¿Deberá desvanecerse la armonía?

Estas preguntas acuciantes y angustiadas de Poiesis II nos introducen en la “especie de callejón sin salida“ (la expresión es de Silva) que se representa el poeta al cabo de más de tres decenios de luchar con el amor y la muerte en el campo abierto de la poesía: “Desde la publicación de Terra incognita [1989] -dice el poeta en la ya citada entrevista al diario El Peruano en diciembre de 1996 con motivo de la aparición de En el laberinto- había tenido un vacío poético, esos vacíos que se producen en toda creación, ya que pienso que todo poeta no es un ser que componga a voluntad. En mi caso sucede un retorno con este libro. Se inicia con el largo poema “Fuego de tu fuego”. Y añade que el yo poético llega a [una] circunstancia de crisis justamente en el laberinto del que no puede salir . Esto se ve claro en el último poema “En el laberinto” donde hay un descenso literal y metafórico”. Hasta aquí Silva.

 El “retorno” que según el autor se inicia con el poema largo “Fuego de tu fuego” se puede entender en el sentido de que en el momento en que el poeta muestra el laberinto y se muestra él mismo metido en el laberinto del que “el yo poético no puede salir”,  cuando  “la desesperación nos envuelve con hedores de búho”, al mismo tiempo “[a] través de la sangre / alcanzamos la salida del aturdido laberinto”: como si al tocar el fondo del descenso la fuerza ascensional del amor, por más que se dé en una atmósfera de muerte, nos proyectara de nuevo hacia la salida: como si el abismo del amor y el cielo del amor unidos en el poema no fueran al fin sino uno: ““Aquel momento en que bajo la noche fugaz / Y el helecho del alba / Pude llegar a tu abismo / Para escuchar el latido de lo eterno”: el abismo amoroso que da la vida y la muerte en la frágil eternidad del instante. En el útimo poema , “En el laberinto”, que repite el título del breve poemario el poeta, desde “el centro del laberinto” comprueba “el repentino retroceso de [su] vida y “huye entonces sin volver la cabeza“. Y sale visiblemente del laberinto para un final ajuste de cuentas con el amor, con la vida, con la muerte, con las palabras, con el poema, con la así llamada realidad. Y desde el primer poema de Ajuste de cuentas, “Partida”, invita a la mujer a desnudarse sobre la hierba y redacta nuestro epitafio: Aquí yacemos por siempre / Destruidos por el fuego / Cobijados por el hielo / Nada más quiere la muerte. Y entonces, de nuevo “las palabras resbalan hata llegar -tal vez- al poema” . Entonces “[e]l poema se libera de nuevo lentamente” y en “Días de ocio II” (“Días de ocio” es un poema anterior en el mismo poemario) “…el declive aparta su silencio / El sol entra en eclipse / y puedo por fin salir del laberinto”, y es lo que repite definitivamente Poiesis III: Puedo por fin salir del laberinto/ Abierto hacia la nada sin retorno / Desde allí deben brotar ahora las palabras (…) / Que tu corazón levante el hálito del mundo / Cuando te diezmen el destino y su tumulto / Y la música y el verbo se disuelvan en el viento. Quizá el viento quedará al menos para consolar a los poetas….

La poesía de Ricardo Silva Santisteban es un ejemplo raro de homogeneidad y continuidad de las intuiciones poéticas y de las formas verbales en que se plasman: las mismas y pocas obsesiones centrales reaparecen y se ahondan a través de una escritura pareja, sin caprichos, sin sobresaltos ni estridencias. La frecuentación de poetas de lenguas extranjeras, anglosajones sobre todo, pensamos, puede haber haber influido quizá en la sobriedad de las formas verbales del poeta peruano, que recuerdan a veces la sordina del verso inglés, pero sin que que se note la menor veleidad de imitar o de calcar; actitud poética más bien rara en unos años en que tantos poetas de lengua castellana, también en el Perú, descubrían y a veces imitaban temas y formas de movimientos y poetas anglosajones sobre todo, primero a Pound y otros grandes de las vanguardias norteamericanas, después a la “Beat Generation”. La poesía de Silva se destaca, si me atrevo a decir, por su sencilla originalidad y homogeneidad formal, su textura metafórica y los temas obsesivos que la sustentan. Alonso Cueto ha recordado con mucho acierto en una nota sobre Terra incognita las afinidades que existen entre la poesía de Silva y la de otro gran poeta peruano coetáneo y amigo suyo, Armando Rojas, fallecido en 1986, igualmente señero y recatado en la expresión de su universo poblado de visiones y obsesiones de amor y de muerte. Yo los conocí juntos  y quiero reunirlos aquí en un solo movimiento de simpatía y de reconocimiento del valor de sus obras y de la integridad moral, intelectual y estética con que las han realizado.

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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