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Renato Sandoval: el viaje al poema: el poema
viajero
Américo
Ferrari
Lo
primero que yo leí de Renato Sandoval fue Nostos. La
primera lectura podría decir que me mareó: me sentí como en
medio de un mar bravo, metido en una embarcación que se
desplazaba sin que el lector navegador supiera adónde o para qué:
¿cuál era el sentido de ese movimiento, de esos versos, su
dirección, su puerto? El reparar en unas palabras de la
dedicatoria manuscrita me sirvió de brújula y me alivió el mareo:
este libro de retorno constante a la poesía, decía; y
después, en otro libro, Pértigas, el segundo del autor,
que leí más tarde: estos poemas viajeros. Nostos
en efecto es una palabra griega que significa regreso: regreso
por ejemplo de Ulises a Itaca, su isla, pero aquí retorno
constante a la isla Poesía: como el poeta de Martín Adán en
Travesía de extramares, “el mudo” “taj[a]
la boza” y a partir de ahí toda la poesía es travesía y el poema
se desplaza o se extiende por espacios y elementos (aire, agua,
tierra) indefinidamente atravesados y siempre recomenzados como
el mar de Valéry. Pero esta travesía es periplo, y siempre
retorno al lugar donde la poesía se reveló al poeta.
Y es lo primero que uno nota: que la poesía de Sandoval aparece
siempre como movimiento que no cesa: viaje diverso por todos los
elementos y los espacios, navegación, carrera o vuelo: búsqueda
infatigada que deja lo encontrado detrás; y eso en el periplo
figurado del poema como en la figura trazada por los
desplazamientos del poeta en el mundo llamado real: el ya citado
Pértigas incluye un muestrario de poemas extraídos del
primer libro de Sandoval, Singladuras, fechados entre
1980 y 1985. De las cinco composiciones que contiene, la primera
(“Ícaro”) y la última (“Singladuras”) están fechadas en ciudades
lejanas; las otras tres, encerradas en medio, en Lima: ¿el
puerto adonde siempre vuelve el singlador? En cambio, de los 18
poemas con título y fecha que componen Pértigas sólo 4
están fechados en Lima, todos los otros en lugares extraños, de
Santiago, Montevideo o Roma a Florianópolis y Karelia. Y por
último, las fechas de El revés y la fuga:
Quito-Lima-Bogotá-Quito-Lima, agosto-diciembre de 1999. Lo que
el retorno a la poesía y el retorno al lugar tienen en común es
que son el punto de donde siempre todo parte porque son el punto
adonde todo vuelve
-o
todos vuelven, como dice un vals criollo-.
El segundo libro de Sandobad el Marino, Luces de talud,
en su primera parte es siempre un libro de viajes pero esta vez
por lugares del Perú no alejados de Lima, como Nazca y Paracas,
o no demasiado lejanos como el Huascarán, o por lugares, barrios
y calles de la ciudad: Higuereta, Barrios Altos, Malecón
Cisneros, Costa Verde. En estas primeras obras por lo demás, y
sobre todo en Pértigas, se prefigura ya en algunos poemas
(“Autorretrato temprano”, “Responso” entre otros) lo que será el
lenguaje proceloso y barroco de Nostos y de El
revés y la fuga: ráfagas de imágenes y metáforas que
iluminan con luz cegadora la noche oscura del texto: ¿para
dejarnos ver qué…?
Para dejarnos ver la luz de la distancia en ruinas: es una
metáfora del poeta. La distancia, que el poema recorre en una
atmósfera marina-terrestre-aérea, marcando los hitos entre
naufragio y naufragio, se reproduce y vuelve a extenderse a
medida que el poeta la salva de estrofa en estrofa: una
verdadera odisea, pero sin Itaca ni Penélope al fin del viaje
que no tiene fin; o una anábasis, como dice el propio poeta, con
la consiguiente retirada o la consiguiente desbandada. No hay
puerto final. Odisea o anábasis, el sino del camino es el
acercamiento a la poesía interminable, de poema en poema, de
estrofa en estrofa: errar, errancia, error, paso tras paso.
Nostos es un regreso a la poesía como explica su autor pero
este regreso no acaba nunca. Es como el “Curriculum vitae” de
Blanca Varela: “digamos que ganaste la carrera/ y que el premio
/ era otra carrera”. Mientras tanto, en la escritura del poema
el camino de la poesía se figura como los pasos que da un hombre
en trance de vivir, como un gráfico de la vida o biografía
poética, desde una primera estampa: la infancia narrada en
escorzo ya en las primeras estrofas, con la figura de la Madre,
dispensadora del alimento que es amor como en el poema XXIII de
Trilce (un homenaje o guiño de complicidad a Vallejo, muy
presente y glosado en los dos poemas largos de Sandoval): “Madre
/ lo decía con sus manos sumergidas / en el cuáquer de los
lonches nunca persignados / porque su palabra era verdad que yo,
feliz,/ engullía y devoraba devotamente con mis fauces, /
hostias / sus dedos de masa y de mampostería a diario
horneándose el albo corazón . Sí que has sido siempre blanca, /
si material harina que apanó todos mis huesos, / tú que sabes
quién es la que hoy me roe el paso” (…).
Segunda etapa en la pequeña carrera de la vida o segunda estampa
extraída del baúl de los recuerdos: “Y vuelvo el rostro y estoy
en la ventana a los diez años”; mirando siempre a la madre,
jugando a ladrones y celadores y “rodando por la cuesta
prohibida de la memoria”, soñando con Polifemo y las ovejas y el
vellocino sin dueño, “argonauta ciego en busca de ovejas
despeñadas”: el argonauta que, ciego y todo, ha visto su patria aún
niño “como una nube donde todo es virtual y nunca cierto”, se
representa en una tercera estampa “reptando sobre la arena, alto
ya y primoroso / con corbata […] y al parecer con un poema en
los bolsillos. Parecía un destino promisorio, qué párvulo ese
Homero y qué bandido”. Qué tal bandido, sí, ese Homero-Odiseo
que de pronto reaparece en Lima como aedo nato o renato para
cantar en registro irónico-lírico el regreso desde “el mundo
rancio y ruin como mi melancolía” a una “isla al garete donde
reposar su quilla”: “verdes fueron las tierras de mi melancolía”,
como la Costa Verde de Lima que nunca ha sido verde pero un
poeta se la puede imaginar así: y esas serán las tierras de la
poesía que nunca alcanzamos quizá porque han quedado atrás.
Mientras tanto la primera parte del poema culmina en un cruce
fatal: la pérdida de la infancia y la pérdida de la cabeza del
poeta para que nadie se la pise:
la infancia la perdí en un ojo-pare-cruce-tren de alguna
ferrovía
y ya se acerca el estruendo de la máquina a mil por hora
¿cruzo o no cruzo?
he de cruzar aun a destiempo para que nadie con olor
a santidad pretenda pisarme la cabeza.
¡VAYA PRESUNCIÓN !
Viene el tren, allí va mi cabeza
En los 9 fragmentos que siguen vemos al poeta (se supone que su
cabeza separada pero no pisada rueda detrás de él) proseguir su
viaje por un mar sonoro de brillantes e incesantes metáforas
sorteando las sirenas y las Circes, “fisgonea[ndo] en cien mil
vulvas para ver si en verdad era yo quien estaba del otro lado”:
“la mujer de labios estivales” y su “beso de extremaunción” (Fratelli,
a un tempo stesso, Amore e Morte / ingenerò la sorte, había
dicho Leopardi). La ansiedad erótica al par que funérea
acompaña las peripecias de la travesía en esta segunda parte del
poema y se hará más y más acuciante en El revés y la
fuga. “El viaje, el viaje hacia la sangre empozada en los
remansos de la gloria, / tan perdido ya por el capitán intrépido
que desde mi pecho otea la otra margen”... Ese viaje parece
haber terminado:
El mundo es rancio y ruin como mi deseo
Llegada está la hora, braman los clarines,
Las aves caen del cielo y un telón de sangre se cierne
Sobre un sombrío y sonriente capitán.
Este viaje a la otra margen ahora va comenzar. El revés y la
fuga es un poema, podríamos decir, gemelo de Nostos y
el autor ha tenido razón de publicar los dos juntos pues ambos
se complementan y casi se podría decir que constituyen la misma
composición en dos partes. El título puede requerir un conato de
interpretación : el “revés” ha de entenderse en el sentido de
suceso adverso, derrota, infortunio, fracaso, (y de ahí quizá el
tono desolado en varios momentos del poema). El propio Sandoval
lo explica en una carta reciente: “…como si todo el proyecto de
llegar a aprehender la totalidad del ser mediante la palabra
desde un principio no tuviera mayores esperanzas de realizarse y
no tardara en venirse abajo, como seguramente me temo que
sucede”. Pero, por otra parte, “el revés”se puede entender
también como “reverso”, como si el poeta apuntara al otro
lado de la realidad, lo que parece ser una constante en
estos textos (“es que era el otro frente”, “lo que vi se
desdecía al otro lado”, “para por fin estar del otro lado”,
etc.); y lo era ya, una constante, en el poema anterior aunque
de manera menos explícita: es la atracción del otro lado de la
llamada realidad, del lado de allá (¿el revés del lado de acá?)
lo que determina la necesidad del viaje, real y simbólico, por
mar, por tierra o a pata, cuando no por imaginación y sin
moverse de la cama. El “revés” en sus dos sentidos se hace
patente en el poema impreso al revés en este volumen: un manera
de visualizar el concepto y figurar el sentido. Por otra parte
en “la fuga” se podría imaginar que se funden el sentido de
huida y, en este poema impregnado de musicalidad, la acepción
musical del término: “Composición que gira sobre un tema y su
contrapunto, repetido con cierto artificio en diferente tonos” (DRA).
La huida hacia el revés de lo que es y lo que está y de lo que
somos y donde estamos y que puede ser un camino sin fin: “un
camino es un camino / si es que uno lo detiene / y una meta / si
es que nunca se termina”, dice el poeta en el sexto fragmento de
su poema; y está visto que en en la poesía de Sandoval el camino
de la poesía no tiene fin: el camino es la meta y en esta poesía
camino y caminante se representan como huida. Observemos que
este huir indetenible es ya un tema o una intuición insosloyable
en César Vallejo, que dice del hombre: Va corriendo, andando,
huyendo / de sus pies…(…) Corre de todo, andando / entre
protestas incoloras; huye / subiendo, huye bajando/ huye (…)
/ alzando al mal en brazos, huye / directamente a
sollozar a solas. // Adonde vaya / lejos de sus fragosos,
cáusticos talones, / lejos del aire, lejos de su viaje, / a fin
de huir, huir y huir y huir / de sus pies
-hombre
en dos pies, parado / de tanto huir-
habrá sed de correr.
El hombre de Sandoval representado en el yo poético de Nostos
y El revés de la fuga representa el mismo indetenible
destino, navegando o a pie.
La forma, la estructura y la configuración verbal de El revés
y la fuga, los esquemas rítmicos, así como el sistema
metafórico e imaginista son sensiblemente los mismos que en el
poema anterior, pero hay, en la disposición estructural del
texto, una novedad; y es que a lo largo del poema las tiradas
épico-lírico o lírico-irónico-narrativas (en letra redonda)
alternan de manera especular con segmentos reflexivos (en letra
cursiva) en los que se comenta por lo general lo narrado, de
modo que todo el texto constituye, podríamos decir, una original
sucesión de naufragios y comentarios. También para esta
particularidad del texto el poeta nos da una clave en la carta
arriba citada, refiriéndose al lugar que los versos ocupan en
las páginas: “las cursivas tienen justificación central, las
redondas (un discurso , efectivamente más barroco, más
hermético) justificación al margen derecho (es decir,
marginal).”
La parte narrativa al iniciarse el poema parece presentarnos una
vez más el retrato del poeta adolescente “regresando a
hurtadillas desde el celo y la blenorragia”; la “narración” es
en escorzo o en trompe-l’œil: más bien evocación y
conjuro; hay un sucederse de visiones y vivencias, y la
rememoranza de episodios eróticos vinculados sobre todo a unas
figuras femeninas, que ahora parecen tener más de hadas
benéficas que de hechiceras malas: Marga, Fernanda y, para
terminar, ¿Penélope?: “mi mujer / que furiosa me espera detrás
de la puerta” y que parece ser la misma que aparece unas
estrofas después en las que se anuncia el fin del poema-periplo:
“Esta tierra ya no es mía / ni este humor de carne rancia / que
se desliza bajo la puerta, / ni esa mujer del otro lado que a
veces viene / con un café en la mano / como si fuese la llave
viva de un amargo secreto (…) / ¿Dónde, por tu dios y el que
fuera mío, dónde / la fuente esquiva, los malos / pasos, aquella
gracia / que ya no veo / y que se va rodando con mi cabeza?”
Visiblemente la cabeza que la locomotora cortó a mil por hora en
el primer poema ha ido rodando con el descabezado (uno no se
libra nunca de su cabeza errátil) hasta las postreras estrofas
de este poema final que se cierra y de momento cierra con él el
periplo del sombrío y sonriente capitán: “El error es la fuente
de toda ciencia, primer / motor anclado en la memoria / de un
ojo aristotélico que ya no llora, / que sólo espera al ave fiel
/ para que en picada lo enceguezca. / Nada nuevo, pues, tan
tarde esta mañana; / otra vez la brecha, el doble / círculo del
deseo, aquel pozo indiviso en la pendiente / que ya no se
entrega / y tampoco se marcha”.
El error, el errar, la errancia: el siempre reiniciado error del
errabundo que de tanto volver a empezar acaba en acierto:
acierto del ojo que sabe que al fin del largo errar y del tanto
rodar de la cabeza todo ver es ceguera y todo decir es mudez,
porque el mudo tajó la boza y el ciego atendió al timón y la
poesía navegó hasta su puerto. Gracias al ave fiel.
Jorge Eduardo Eielson ha dicho de Nostos que es “una de
las más felices realizaciones poéticas de los últimos años”: ¿qué
mejor ocasión para sucribir el juicio de este otro gran poeta
peruano, haciéndolo ahora extensivo a El revés y la fuga?
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