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Versística y prosística en la poesía de Álvaro Mutis

Américo Ferrari

Todo aquel, pienso, que se haya asomado a la obra de Álvaro Mutis y que, habiéndose asomado, se ha sentido atraído por estas moradas y ha entrado o tratado de entrar en ellas habrá percibido como una especie de aura poética que rodea y vivifica los relatos en prosa cortos o largos (“La mansión de Aznacaíma, “La muerte del estratega”, “El último rostro”, “Ilona llega con la lluvia” y tantos otros); habrá percibido también cierta andadura prosaica de los textos en verso y más aún en unos relatos o prosas calificados de “poemas” o en tanto que tales incluidos en las antologías: es el caso de ciertas composiciones que uno lee como prosa narrativa (“En el río”, “La nieve del almirante”, “La visita del gaviero”, “El viaje”, entre otros) y que son efectivamente eso, aunque a veces en estos relatos se intercalan fragmentos líricos que suspenden el relato al suspender el tiempo. Un solo ejemplo que para comenzar puede introducir concretamente la reflexión sobre el tema nos lo da “La nieve del almirante” que es un relato breve, escueto y completo en prosa narrativa iluminada acá y allá por breves fulgores poéticos, como el de la mujer que “cantaba con una voz delgada como el perezoso llamado de las aves en las ardientes extensiones de la llanura”; hasta que el texto propiamente narrativo se corta y cede el paso a un texto lírico que conforma un buen tercio del conjunto: “Soy el desordenado hacedor de las más escondidas rutas, de los más secretos atracaderos. De su inutilidad y de su ignota ubicación se nutren mis días (…) Todo fruto es un ojo ciego ajeno a sus más suaves substancias. Hay regiones en donde el hombre cava en su felicidad las breves bóvedas de un descontento sin razón y sin sosiego. (…) Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla” (…)”. Estos remansos líricos son frecuentes en la obra propiamente narrativa de Mutis aunque pensamos que, por más frecuentes que sean, no justifican calificar de “poemas” los textos propiamente narrativos donde no se trata de cantar sino de contar (“En el río”, “El sueño del príncipe-elector”, “La visita del Gaviero” entre otros).

Cantar y contar: en varios ensayos nuestros hemos abordado el asunto de la imbricación de la expresión poética en la narrativa de algunos insignes narradores y poetas hispanoamericanos contemporáneos como Macedonio Fernández, José Antonio Ramos Sucre, José María Arguedas, Juan Rulfo o Gabriel García Márquez[1], refiriéndonos a un trabajo fundamental de Luis Cernuda, “Bécquer y el poema en prosa en español”, donde aquél señala que Bécquer fue el primer poeta de lengua española que adivinó la necesidad de la poesía en prosa, dándole forma en sus Leyendas; pero Bécquer choca -dice Cernuda- con la dificultad de cantar y de contar al mismo tiempo y de ahí que aísle “algunos momentos del canto en el curso regular del relato”.

 Podemos pensar que Álvaro Mutis se encuentra en la misma disyuntiva, insertando momentos poéticos o pequeños poemas en prosa en el curso de su narrativa, o bien escribiendo directamente poemas en prosa y algunas veces poemas independientes en verso que más de una vez son sabiamente influenciados, si no deformados, por  el ritmo o la andadura propios de la prosa: versos libres pues, versículos y a menudo versos prosaicos, así podríamos llamarlos en la medida en que, de una manera deliberada se entiende, el poeta-prosador busca situarse en equilibrio entre el verso y la prosa, entre el canto y el cuento porque lo que quiere realizar el autor o su texto las más veces no es tanto la inserción de fragmentos en verso dentro de un texto en prosa, sino la fusión de ambas estructuras en el llamado “verso libre” de la mayoría de los poemas: textos por ejemplo como “204”, “Oración de Maqroll”, “Una palabra”, “El miedo”, “El húsar”, “Los trabajos perdidos” en Los elementos del desastre o la segunda “Sonata” en Los trabajos perdidos.

Carmen Barrionuevo, en su interesante estudio “Summa de Maqroll: la poesía de Álvaro Mutis”[2] se refiere a “la característica ambigüedad de la obra de Mutis, la proximidad de la poesía al relato”, así como al carácter de “antihéroe” de Maqroll el Gaviero, al tiempo que, recalcando otra ambigüedad, cita al propio Mutis: “El Gaviero es el poeta...es el que ve más lejos y ve por los otros”, y el Poeta-Gaviero, declara el propio Mutis a continuación (citamos la cita de C. Barrionuevo), es Mutis el poeta: “No hay nada en Maqroll [que] no sea mío, (…) todo lo que hay en él lo he vivido yo, lo que sale de mí, [...] de mi mundo, de las sustancias que circulan entre el mundo y yo...”. Si tomamos al pie de la letra estas declaraciones, y así hay que tomarlas, tenemos que es el poeta Maqroll, alias Mutis, quien en los parajes de la imaginación vive las aventuras del antihéroe y el escribiente-aventurero Mutis, alias Maqroll, quien las escribe o transcribe en un papel; es lo que queda sentado en uno de los primeros poemas de la obra según el orden cronológico y uno también, seguramente, de los más conocidos: “Oración de Maqroll”, de la cual Mutis, el compilador, presenta algunas “de sus partes más salientes” recalcando que la oración no está completa. En  realidad, si la oración no está completa sería porque el poeta Mutis la ha escrito adrede incompleta, eso en la realidad de las cosas: en la realidad poemática el editor Mutis presenta una versión incompleta del texto del poeta Maqroll, pero claro que el editor sabe que esa incompletud no le importa un comino al lector, ya que éste por su parte sabe que toda oración y todo poema son por naturaleza in-completos y que oraciones y poemas no se completan ni se circunscriben sino en el silencio que circunda al poema y sus fragmentos como el mar a las islas.

La prosa propiamente narrativa de Mutis es del todo normal en la obra del escritor y cumple sobriamente con su deber que es narrar: contar sucesos, memorias, peripecias, aventuras, vidas; describir personajes y situaciones; es esta prosa la que encontramos en “Diario de Lucumberri”, “Diario del Gaviero” o los ya citados “La muerte del estratega” o “El último rostro”. La otra prosa, “impropiamente” narrativa es instrumento del canto más que del cuento; podríamos llamarla tentativamente prosa poética y es la que teje textos en apariencia narrativos o narraciones en trompe-l’oeil, cuando no verdaderos poemas en prosa; es la que constituye, por ejemplo, la textura de un poema como “El húsar”, compuesto todo de versículos desde los segmentos I a IV y fragmentos de prosa poética en el segmento V y final que lleva por título LAS BATALLAS. Es el caso también en los textos de “Caravansary” a los que pertenece “La muerte del almirante”, donde se entrelazan entre la prosa poética segmentos propiamente narrativos; finalmente “Caravansary” se inflexiona hacia una prosa descriptivo-narrativa entrelazada con fragmentos poéticos en los últimos textos, “Cocora”, “El sueño del Príncipe-Elector”, “En los esteros”: es decir la ductilidad y la maestría con que el autor trabaja la compleja red de sus textos, a veces prosa narrativa, otras veces narración poética en versos de los llamados libres, pero también otras veces, para terminar, serán poemas a secas y en verso. En todo caso, prosa o verso, la intención creadora del poeta y cronista Álvaro Mutis es indudable y definitivamente poética, y una vez que está clara la importancia del elemento narrrativo en la obra, alternando o con/fundiéndose con el canto lírico nos toca poner de relieve la manera y las formas de esta lírica.

La alternancia, la imbricación o la amalgama, según los casos, de verso y prosa en la poesía contemporánea occidental es de todos conocida. Ahora bien, en la obra de Álvaro Mutis están sin duda presentes las tres y en la breve reseña que precede hemos visto la importancia de la prosa poética y de la estructura del poema en versículos. Conviene ahora mirar más de cerca las composiciones en verso del poeta colombiano, ya se trate de versos libres o de versos.... ¿qué sería lo contrario de versos “libres” en poesía? “Todo verso es libre” ha dicho secamente T. S. Eliot en un ensayo sobre el verso, y es la pura verdad: en nuestras lenguas romances, más allá de los versos clasificados por el número de sílabas y la disposición de los acentos, heptasílabos, octosílabos, endecasílabos, etc.  que son libres porque el poeta libremente los ha elegido, hay una versificación rítmica libre en la que pueden entrar heptasílabos y endecasílabos según las necesidades rítmicas que en cada caso dependen del hacedor del poema: los “versos” serán entonces unidades rítimicas de número de sílabas y de acentución variables según la decisión del poeta; si éste dispone dichas unidades verticalmente tendremos un poema en “verso libre”, si horizontalmente saldrá un poema “en prosa”. Prosa y verso resultan así términos bastante abstractos en la prosodia poética moderna. Recordemos a este respecto que el llamado “poema en prosa” apareció por primera vez en Alemania a finales del siglo XVIII, y lo inventó, si podemos decir, Novalis, quien había escrito la primera versión de Himnos a la noche en “versos libres” o sea segmentos rítmicos dispuestos verticalmente; después alineó todos esos “versos” horizontalmente marcando pausas rítimcas con guiones largos (-) y así nacieron los primeros poemas en prosa. Hay que tener en cuenta finalmente que la prosa, y no solamente de los poetas, integra a veces disimulándolos a los ojos del lector, aunque más difícilmente al oído, párrafos en gran parte compuestos de versos; un ejemplo claro de ello nos lo da Juan Rulfo en uno de los primeros párrafos de Pedro Páramo: “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche.” Los segmentos en negrita conforman tres endecasílabos, los subrayados un alejandrino (o dos heptasílabos) y un dodecasílabo.

 Los textos en prosa poética compuestos de párrafos breves o versículos que a veces tienen casi la andadura del verso abundan en la obra del poeta colombiano (“El miedo”, “El húsar”, “Los trabajos perdidos” entre otros); pero al lado tenemos poemas compuestos en prosa prósica con toda la andadura de la prosa que sin embargo el lector recibe como verdadera poesía, como es el caso en la mayoría de los textos de Caravansary; y por otra parte textos en verso, libre por supuesto, pero por más libre que sea siempre verso: y esa misma libertad faculta al poeta para escribir un poema casi enteramente en endecasílabos, lo que no es ningún desdoro. Está en el poemario Los trabajos perdidos, donde hay dos sonatas y las dos llevan el título “Sonata”: he aquí el texto de la primera:

SONATA

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
         tus ojos asombrados de otros días
      con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
         como loba que entierra a sus cachorros,
         como óxido en las armas de caza,
         como alga en la quilla del navío,
         como lengua que lame la sal de los dormidos,
         como el aire que sube de las minas,
      como tren en la noche de los páramos.
         De su opaco trabajo nos nutrimos
         como pan de cristiano o rancia carne
         que se enjuta en la fiebre de los ghettos.
         A la sombra del tiempo, amiga mía,
         un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
         a llegar hasta el fin de cada día.

Casi todos los versos del poema son endecasílabos. En la otra “Sonata”, tres poemas más allá en el mismo poemario, no hay endecasílabos ni ningún otro tipo de verso canónico, pero lo que sí hay y muy marcado a la vez que muy suelto en ese texto es un ritmo sabiamente modulado que salta a los oídos de cualquier lector de poesía que disponga de órganos para captar un ritmo: y el ritmo es la vértebra misma de todo poema y también de la prosa narrativa sin duda alguna; pero eso es ya harina de otro costal y en nuestro costal estaba sobre todo la poesía de Mutis, sus versos y su prosa poética.

Las dos corrientes prosódicas confluyen en la obra poética del poeta colombiano como dos ríos que finalmente van a a dar en la mar, que es el cantar.


 

NOTAS

[1] “Macedonio Fernández : Belarte contra realismo y las perspectivas de la narrativa hispanoamericana contemporánea”, en El bosque y sus caminos, Valencia, Pre-textos, 1993, 165-183.- “José Antonio Ramos Sucre:  el cuento  el canto”, en El bosque y sus caminos, idem, pp. 147-164.-  “La imbricación de la expresión poética en la obra narrativa de José María Arguedas y Juan Rulfo”, Hueso Húmero, nº 34 [julio 1999] 18-32.- “El retorno al lugar: poesía y narración en los dos primeros capítulos de Pedro Páramo”, en El bosque y sus caminos, o.c., pp. 185-202.- “Épica y lírica en Cien años de soledad”, en El bosque y sus caminos,, o.c. pp. 205-214.

[2] En “Álvaro Mutis  Summa de Maqroll el Gaviero  Poesía, 1948-1997”, Ediciones Universidad de Salamanca, 1997.

 

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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