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Eduardo Laureiro
Américo Ferrari
Conocí
al poeta uruguayo Eduardo Laureiro en Ginebra, donde visitaba
fugazmente la librería hispanoamericana de Rodrigo Díaz que más
que una simple librería es un verdadero centro de difusión de la
cultura y la literatura hispánicas; yo sabia que Eduardo
escribía pero no sabía muy bien qué, hasta que un día vino a
visitarme trayéndome un puñado de excelentes poemas que me
dejaron encantado por la densidad y la concision de lo dicho y
la fuerte carga poética de ese decir. Renuente a publicar,
Eduardo escribía y sigue escribiendo de noche (los poetas somos
todos un poco murciélagos o vampiros o gatos de los que andan
de noche por los tejados): escribía por la simple necesidad de
escribir hasta que al fin se decidió a publicar lo escrito —o
buena parte de lo escrito— en la colección El bardo con
el título de Acordancias. “Acordancias” es un término
que parece fundir el sentido de acorde musical o de armonía con
el de acordarse o recordar que antiguamente tuvo también el
sentido de despertar: y efectivamente en la poesía de Laureiro
todo eso se funde y se confunde: la música con el recuerdo y el
recuerdo con el velar y desvelarse en las noches en que el poeta
duerme despierto con la musa, Polimnia o Euterpe, la que dicta
el poema o la música que lo hace audible, el poema que en la
antigüedad se llamaba “dictado”..
Si me refiero de entrada a la calidad musical de la poesía de
Eduardo es porque, aunque él no es músico en el sentido estricto
del que escribe o toca música, su poesía está muy penetrada de
un fuerte sentido musical; y es lo que aparece claramente en uno
de los poemas inolvidables de su libro en que el poeta habla de
la busca de la verdad y se intitula “La verdad de mi vecino”:
“Buscamos la verdad como la clave de un acertijo / del que sólo
vale la pena descifrar su obstinación”.; y el poema indaga esta
escurridiza verdad “ajena, escurridiza, ausente” hasta que de
repente —dice el poeta —“siento una felicidad tan franca que me
lastima / porque hay una verdad que —como una fiera /
hambrienta— se ha desatado y salta / desde la otra ventana al
patio / interior: es una melodía orgánica, caudal / que mi
vecino toca en el violín, magníficamente”..
La música es inherente a todo poema que no sea simple
declaración de sentimientos o pensamientos o narración y
descripción más o menos ritmada y versificada de hechos o
sucesos y cosas de la vida. La poesía de Laureiro se sitúa en
el plano de una indagación insistente de lo que solemos llamar
“existencia” : todo lo que está más allá de la llamada
“realidad” y la envuelve. Recordemos que la etimología de lo que
llamamos realidad refiere simplemente al mundo de las cosas,
del latín “res”: cosa, y en este sentido ha dicho el gran poeta
alemán Novalis: “Wir suchen überall das Unbedingte und finden
nur Dinge”: “buscamos por doquiera el absoluto (literalmente en
alemán lo no cosificado”) y sólo encontramos cosas”. Yo entiendo
que es esa atmósfera que envuelve y trasciende el mundo de las
cosas y es la busca de esa trascendencia lo que marca sobre
todo la obra de Eduardo y esa atmósfera envolvente es en buena
cuenta la que envuelve toda la poesía del poeta: el encanto del
canto, ahí donde anverso y reverso es lo mismo. En el poema
“Recurrencias” el poeta lo expresa tan bien que no puede ser
mejor: “¿Dónde se tocan anverso y reverso sino en el canto? / Si
eres capaz de expresar la forma como contenido, / amigo, lo
lamento, te ha mordido la alimaña”. Más claro no canta un gallo:
la alimaña es sencillamente la poesía.
La poesía en Laureiro se presenta a menudo explícitamente,
indisociable de la escritura del poema, en el poema mismo, como
una busca de la poesía, un salir a buscarla: “A esta altura de
noviembre no queda otra opción: si no hay poesía adentro hay que
salir a buscarla” y Laureiro, como todos los poetas, pienso, la
busca por los parajes del silencio que en realidad es morada
de toda poesía, voz que emana del silencio en soledad, y cabe
recordar en este sentido los versos de San Juan de la Cruz: “la
música callada / la soledad sonora”. La poesía nace del
silencio y es lo que dice excelentemente otro poema de Eduardo,
“Puntual”:
Es la hora en que las palabras no dichas
ambulan por las galerías de la voz
tratando de acaudalar su peso inerte
para saldar las cuentas con el silencio que las ocupó.
El silencio que ocupa o ha ocupado las palabras se oye
literalmente en el poema, pero la palabra y la música de la
palabra también se ve, como dice el poema “Teografía”: “La
palabra también puede contemplarse como un cuadro”: y cabe
recordar a este respecto un poema célebre de Baudelaire,
“Correspondencias”: “los perfumes, los colores y los sonidos se
corresponden”, y cabe recordar también lo que dice el gran
pintor Kandinsky comentando un cuadro suyo: “el negro es el
color que más carece de sonoridad”, lo que supone que todos los
colores son sonoros pero también que en la sonoridad del poema
hay una relación con la visibilidad del color: creo que la
poesía de Laureiro ahonda mucho en esta correspondencia. Y
finalmente detrás o al final de la poesía queda el poeta que es
como decir nadie, don Nadie, pero un nadie que está siempre
presente y transparente en la música y en “un cordón de luz que
cuelga en la memoria”. Les leo íntegro este poema que dice lo
que queda del poeta detrás o después de sus poemas: pavesas:
Este poema se intitula precisamente “Pavesas”:
¿Qué queda del poeta? Un anaquel de libros
con el lomo hacia atrás.
Un chasquido de palmas sobre tu palma.
El índice que deja una marca indeleble en el vacío.
La mano que al abrirse larga cinco semillas de agua.
Un tintero escondido con honor y vergüenza.
Una cruz de papel, un apagón de grillos,
Un ojo pesado como un ancla y alrededor del ancla
ningún mar.
Queda un cordón de luz que cuelga en la memoria
un amuleto con una puerta azul; si la abres
volverán los gnomos de la infancia
a disputarse contra tu propia sombra
el plazo caducado de la imaginación.
Pero además queda en el bosque cercano
un pájaro que tiembla porque tiene miedo
porque ha olvidado cómo se dice libertad.
Quizás toda la la función y la misión del poeta sea recordar y
recordarle al lector cómo se dice y aprender a decirlo en la
creación misma del poema; que es, pienso, lo que hace Eduardo
Laureiro: aprender, en el proceso mismo de la creación del
poema, a decir cómo se dice y soplárselo al lector. Y por
habérmelo soplado a mí yo le doy personalmente las gracias, y al
público que ha tenido la paciencia de escucharme, también.
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