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banda  hispânica

jorge luis borges

 

Borges: traductor y traducido

Fernando Sorrentino

 

1. Avatares de un ciruja cerca del Duomotc "Avatares de un ciruja cerca del Duomo"

 

En abril de 1999, y con el título de Sette conversazioni con Borges, y «A cura di Lucio D’Arcangelo», Arnoldo Mondadori Editore publicó en Milán la versión italiana de mi libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges.

En su momento, recibí en Buenos Aires las pruebas de imprenta de la traducción italiana. Tras revisarlas con la atención que merecían, envié, el 19 de enero de 1999, una extensa carta a Lucio D’Arcangelo, en la que señalaba una cantidad de errores de traducción, nunca imputables a ignorancia del español sino a desconocimiento de algunos aspectos de la cultura argentina (por ejemplo, confundir cuadrera, ‘carrera de caballos’, con cuadra, ‘caballeriza’).

Afectado de un mutismo que envidiaría la momia de un faraón, D’Arcangelo jamás respondió una sola palabra. Pero, en general, siguió casi todas mis indicaciones y corrigió casi todo lo que había que corregir.

En las páginas 43-44 del original español Borges dice:

 

[…] y yo, que he conocido algo a los malevos, he observado —cualquiera puede observarlo— que casi nunca usan el lunfardo. O no sé: usarán una palabra de vez en cuando. Por ejemplo:

 

Era un mosaico diquero,

que yugaba de quemera.

 

Si alguien hablara así, pensaríamos que se ha vuelto loco o que está ensayando una broma. Porque nadie habla así. Todo ese lenguaje de las letras de tango, que tomó en serio Américo Castro, es un juego literario, no más.

 

Los octosílabos lunfardos son obra de Francisco Alfredo Marino (1904-1973) y pertenecen al tango El ciruja (1926). Ciruja es apócope humorística de cirujano, y designa al pobre diablo que vive de recoger desechos de los vaciaderos de basura. Formulada esta aclaración, voy a «traducir» los versos del lunfardo al español:

 

Era una muchacha presuntuosa

que trabajaba en la quema [de basura].

 

En las pruebas italianas, Lucio D’Arcangelo colocó un asterisco en el vocablo diquero para explicar su significado. El asterisco remitía al pie de página, donde —azorado— leí:

 

*È anagramma di «querido». [N.d.T.]

 

Como este aserto constituye un disparate mayúsculo, en mi carta le expliqué:

 

diquero no es anagrama de «querido»; es palabra que viene del caló español. Adjunto fotocopia del libro de la máxima autoridad en cuestiones de lunfardo, don José Gobello.

 

Y, en efecto, le mandé fotocopia de la página 26 de Vieja y nueva lunfardía (1963), donde, en el apartado «Del caló», Gobello nos ilustra con su sapiencia habitual:

 

Dique y diquero son palabras intrigantes. Creo haber deshecho la intriga mediante dicar, que en caló es ver. A comienzos de siglo dar dique era enseñar o dejar ver un objeto, al mismo tiempo que se lo cambiaba por otro sin que lo notara el interesado: una variante prestímana de la estafa. Como muchos otros modismos de la técnica ladronil, adquirió pronto un sentido traslaticio, y dar dique comenzó a ser, simplemente, engañar con falsas apariencias. […]. Luego a quien daba dique, o se daba dique, como se dice ahora, se lo llamó diquero. Tal como en los siguientes versos de El ciruja, menos esotéricos de lo que a simple vista parecen si se tiene en cuenta que mosaico no es sino una deformación de moza:

 

Era un mosaico diquero

que la yugaba e’quemera,

hija de una curandera

mechera de profesión.

 

(Nótese una ligera variante en el segundo verso. En rigor, hay elisión del fonema d; entonces debería ser que la yugaba’e quemera.)

Cuando, hacia mediados de 1999, tuve en mis manos el ejemplar de las Sette conversazioni con Borges, comprobé —doblemente azorado ante el hecho irreparable— que, al pie de la página 39, se hallaba esta información:

 

*È anagramma di «querido». [N.d.T.].

 

Sin embargo, en la página 56, D’Arcangelo añade a mi nota 26 el siguiente corchete, que contradice (y, por suerte, enmienda) la información anterior:

 

[Esempio di stretto linguaggio gergale, il cui senso è il seguente: «Era una ragazzotta presuntuosa / che lavorava da robivecchi». N.d.T.].

 

[649 palabras]

 

2. No le deis al césar lo que no es del césar (y, menos aún, si el césar lo ha rechazado)tc "No le deis al césar lo que no es del césar (y, menos aún, si el césar lo ha rechazado)"

 

Cuando tenía diecinueve años (1962), mi devoción por Kafka y mi desconocimiento del alemán me llevaron a adquirir la versión española de Die Verwandlung. Era la de la Editorial Losada (de Buenos Aires), cumplida, según rezaba la portada del libro, nada menos que por Jorge Luis Borges (en 1938).

Tiempo después, advertí que la traducción no respondía a las costumbres léxicas y sintácticas de Borges.

No se trataba de la presión que el texto original ejerce sobre el traductor, obligándolo a adecuarse, en mayor o menor medida, a las características del autor traducido. La divergencia estilística era abismal: resulta extrañísimo que nadie se haya dado cuenta de que tal traducción no era, ni podía ser, obra de Borges.

La simple lectura me indicaba dos cosas: 1) la traducción no pertenecía a Borges, y 2) tampoco pertenecía a ningún traductor argentino: una importante cantidad de rasgos la caracterizaban como labor de un traductor español. Por ejemplo:

a) Uso de pronombres enclíticos: encontróse; hallábase; sentíase; infundióle; díjose.

b) Uso de léxico o de giros no argentinos: aparecía como de ordinario; una estampa ha poco recortada; Mas era esto algo de todo punto irrealizable; Y entonces, sí que me redondeo; Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando; concentró toda su energía y, sin pararse en barras, se arrastró hacia adelante.

c) Uso del pronombre le como objeto directo (leísmo): un dolor […] comenzó a aquejarle en el costado; Estos madrugones le entontecen a uno por completo; Celebro verle a usted, señor principal; motivo suficiente para despedirle sin demora; harto mejor que molestarle con llantos y discursos era dejarle en paz.

Las piezas “Un artista del hambre” (Ein Hungerkünstler) y “Un artista del trapecio”, título del todo caprichoso por “Primera tristeza” (Erstes Leid), que forman parte del mismo volumen, nos ofrecen las mismas peculiaridades de La metamorfosis.

Unos años más tarde (hacia 1970) tuve la inolvidable experiencia de realizar el libro de entrevistas Siete conversaciones con Jorge Luis Borges. No quise, desde luego, desaprovechar la oportunidad de interrogarlo sobre aquel punto. El diálogo fue así:

 

F.S.: Me pareció notar en su versión de La metamorfosis, de Kafka, que usted difiere de su estilo habitual…

J.L.B.: Bueno: ello se debe al hecho de que yo no soy el autor de la traducción de ese texto. Y una prueba de ello —además de mi palabra— es que yo conozco algo de alemán, sé que la obra se titula Die Verwandlung y no Die Metamorphose, y sé que hubiera debido traducirse como La transformación. Pero, como el traductor francés prefirió —acaso saludando desde lejos a Ovidio— La métamorphose, aquí servilmente hicimos lo mismo. Esa traducción ha de ser —me parece por algunos giros— de algún traductor español. Lo que yo sí traduje fueron los otros cuentos de Kafka que están en el mismo volumen publicado por la editorial Losada. Pero, para simplificar —quizá por razones meramente tipográficas—, se prefirió atribuirme a mí la traducción de todo el volumen, y se usó una traducción acaso anónima que andaba por ahí.

 

Muchísimos años más tarde (1997), ciertos factores externos me impulsaron a buscar la “traducción acaso anónima que andaba por ahí” (y que, sin duda, Borges siempre supo cuál era y dónde estaba).

Como me resulta más sencillo aportar gris información verdadera que elaborar brillantes hipótesis falsas, ejecuté de inmediato la búsqueda necesaria (además, muy simple y nada misteriosa) y pude así encontrar en letras de molde las versiones de “La metamorfosis”, “Un artista del hambre” y “Un artista del trapecio”, que, transcriptas con las mismísimas palabras, fueron atribuidas a Borges, desde 1938 hasta hoy, en las sucesivas ediciones mencionadas.

Las tres constan en la Revista de Occidente, que en Madrid dirigía José Ortega y Gasset, y las tres se hallan —de una manera muy de entrecasa— sin mención del traductor, sin mención del título original y sin mención de la publicación de donde fueron traducidas. He aquí los datos precisos:

 

1) “La metamorfosis”, de Franz Kafka (1ª parte), Revista de Occidente, tomo viii, abril-mayo-junio de 1925, nº xxiv, págs. 273-306.

2) “La metamorfosis”, de Franz Kafka (2ª parte), Revista de Occidente, tomo ix, julio-agosto-septiembre de 1925, nº xxv, págs. 33-79.

3) “Un artista del hambre”, de Franz Kafka, Revista de Occidente, tomo xvi, abril-mayo-junio de 1927, nº xlvii, págs. 204-219.

4) “Un artista del trapecio”, de Franz Kafka, Revista de Occidente, tomo xxxviii, octubre-noviembre-diciembre de 1932, nº cxiii, págs. 209-213.

 

Con estas precisiones, tan fáciles de verificar, ya no será razonable seguir diciendo que Borges tradujo al español Die Verwandlung, Ein Hungerkünstler y Erstes Leid, afirmación errónea que se repite, con inmerecido éxito, desde 1938 hasta el día de hoy.

 

[800 palabras: ni una más, ni una menos]

 

3. El vuelo del águila

 

En el Trujamán titulado «El ilimitado don Francisco» escribí:

 

Sin que ahora logre determinar dónde ni cuándo, recuerdo que en cierta entrevista Jorge Luis Borges se refirió, de una manera por donde parecía correr una sonrisa irónica, a don Francisco Soto y Calvo.

 

«Debo a la conjunción» de mi memoria y el azar el hallazgo del texto en cuestión. Se encuentra en el libro de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, Proa, 2000). Habla —no escribe— Borges y, por supuesto, vale la pena escucharlo con atención:

 

[Francisco Soto y Calvo] era un hombre solemne, sin ningún sentido del humor. Él era estanciero, poeta, traductor y también editor. Soto y Calvo consagró toda su vida a las traducciones y a la poesía: un amor no correspondido, por supuesto, ya que era un poeta mínimo. Ahora, siguiendo aquello que dijo Bernard Shaw, yo no puedo referirme a este amigo mío en otro tono que no sea el del humor. Involuntariamente, su obra de traductor está llena de disparates y no se la puede ver en otra forma que no sea la del humor. Era el único traductor que traducía del idioma inglés sin conocer inglés, conociendo solamente el idioma castellano. Un caso curioso, ¿no? Soto y Calvo partía de la teoría de que había que traducir palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Yo le señalé, alguna vez, que esto era imposible. Por lo pronto, las mismas palabras, en el mismo orden, ya presupone una sintaxis similar en los idiomas. En inglés, en alemán o en francés se debe anteponer el sujeto al verbo: en cambio, en castellano no. Por ejemplo, si yo digo «llegó un jinete», «un jinete llegó», es lo mismo; pero en otro idioma no se puede empezar por el verbo. Esto, obviamente, no le importaba para nada a Soto y Calvo. Él sostenía, convencido, que con su sistema se podía traducir correctamente.

[…].

Una vez me leyó una traducción que había hecho de Al Aaraaf, ese poema largo de Edgar Allan Poe, donde por primera vez se fusionan la técnica y la poesía. Recuerdo que un verso decía así: The eternal voice of God is passing by, / And the red winds are withering in the sky! («¡Pasa la voz eterna de Dios, / y los rojos vientos se marchitan en el cielo!»). Soto y Calvo me leyó su traducción, realizada con las mismas palabras, con el mismo orden y con el mismo número de sílabas, y decía: «Ya no brama en la esfera el hórrido aquilón». Yo, entonces, observé tímidamente que me parecía que no eran las mismas palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Y Soto y Calvo me contestó: «Yo esperaba algo mejor de usted, Borges; el águila vuela muy alto». Esto lo dijo con cierta indulgencia hacia mí; el águila era él, por supuesto.

 

Desde luego, si yo fuera juez, consideraría con reservas este testimonio de Borges: son más que evidentes la alegría de crear ficción y de improvisar oralmente una anécdota graciosa, y también el placer humorístico de la hipérbole y del embuste.

Y está muy bien que sea así, pues siempre he sido de la idea de que la literatura debe ser más bella que la verdad.

 

[551 palabras]

 

4. El cuento de Borges sobre «el cuento de Borges»

 

Como se sabe, Norman Thomas di Giovanni tradujo al inglés la mayor parte de la obra de Jorge Luis Borges. Entregado a esa labor, estuvo, hacia el año 1970, residiendo bastante tiempo en Buenos Aires.

Yo lo conocí, vi cómo trabajaba y puedo asegurar que el hombre era inteligente, culto y capaz, y muy puntilloso en su tarea.

Por razones que ignoro, lo cierto es que la relación amistosa entre Borges y di Giovanni terminó por deteriorarse, y que el escritor argentino quedó resentido con su traductor norteamericano.

Por tal motivo, años más tarde consideró oportuno revelar cierta anécdota. Ésta se halla en las páginas 36-38 del volumen de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, Proa, 2000), lectura que, dicho sea de paso, me permito recomendar fervorosamente.

Borges y Alifano están conversando sobre el hábito de tomar mate, los errores que se cometen en su preparación, las ácidas consecuencias de una ingesta exagerada, etcétera. Ahora bien, el mate no sólo es la infusión sino también el receptáculo en que se lo bebe. La estricta ortodoxia indica que éste debe ser una calabaza; la heterodoxia puede adquirir diversas formas reprobables (un jarrito celeste, en el caso del don Isidro Parodi de los Seis problemas; un mate de madera, en el del autor de este Trujamán; y hasta —horresco referens— un vasito de vidrio en los ejemplos más heréticos).

Habla Borges:

 

—Yo tenía dos clases de mate, uno tipo galleta, y otro común, tipo jarrito. Ahora, caramba, he perdido ese hábito —se lamenta—. No me cae bien; aunque a veces suelo incurrir en algunos mates, quizá para despuntar el vicio, como decía mi madre.

Borges hace una pausa, ríe pícaramente y sigue hablando.

—¿Yo no le conté a usted lo que me pasó con di Giovanni? —comenta—. Bueno, él había traducido un libro mío al inglés. En uno de los relatos hay un indio que queda moribundo después de una batalla; se arrastra hasta el degollador y pide que lo terminen de matar. Dice así: «Mate, capitanejo Payé quiere morir». ¿Sabe qué puso di Giovanni, en un llamado que hizo al pie del libro?: «Mate: infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado bombilla». A mí me parece asombroso que no se diera cuenta de que lo que pedía el indio era que lo mataran y no que le cebaran unos mates… No sé, era como si pidiera una cerveza Quilmes o una ginebra Bols.

 

No puede negarse que la historieta es graciosa.

Sin embargo, las cosas sucedieron de manera muy diferente.

Primero, les sugiero a los amigos curiosos que, en las obras de Borges traducidas al inglés por di Giovanni, busquen esa llamada al pie de página, para verificar exactamente cómo es la cita.

En seguida les digo que fracasarán en su busca. No existe tal nota al pie debido a que no existe traducción de ese cuento al inglés.

Y no existe tal traducción al inglés debido a que jamás existió ese texto en español.

Mientras un segmento del cerebro de Borges exponía ante Alifano qué clases de mate tenía en su casa, otro segmento inventaba simultáneamente la realidad del cuento, el episodio, el capitanejo, su nombre, la súplica, la traducción al inglés, la nota a pie de página.

La alegría de improvisar, el gusto por la hipérbole, el placer del humorismo se aliaron en Borges para adjudicarle a su ex amigo di Giovanni un grado de estupidez y de ineptitud que éste se hallaba muy lejos de padecer: un brillante ejercicio, en fin, de literatura fantástica.

 

[606 palabras]

 

5. El original infiel

 

Jorge Luis Borges publicó por primera vez el poema en prosa «1982» en la edición del 28 de octubre de 1982 del diario Clarín, de Buenos Aires. Luego ese texto fue incorporado, ya para siempre, al volumen Los conjurados (1985).

Antes de que transcurrieran seis meses, el poema fue traducido al inglés por Nicomedes Suárez-Araúz (profesor boliviano radicado en Estados Unidos) y publicado en The American Poetry Review (Filadelfia, marzo-abril, 1983).

Ahora bien, cuando Borges recibió la traducción, decidió introducir en ella una serie de correcciones, modificaciones y agregados. Con esta nueva forma inglesa el poema fue republicado en el libro Twenty-four Conversations with Borges – Including a Selection of Poems (entrevistas por Roberto Alifano, traducciones por Nicomedes Suárez-Araúz, Housatonic, 1984).

Veamos algunas de las modificaciones:

 

A. Original español de Borges: detrás de la fila de libros.

B. Versión Suárez-Araúz: behind the line of books.

C. Versión Suárez-Araúz modificada por Borges: behind the row of books.

 

Que el inglés diga line o row no altera el original español.

Pero, en la enumeración caótica del párrafo segundo, las modificaciones son significativas:

 

A. Es parte de la trama que abarca estrellas, agonías, migraciones, navegaciones, lunas, luciérnagas, vigilias, naipes, yunques, Cartago y Shakespeare.

B. It is a part of that plot that encompasses stars, misery, migrations, sea voyages, moons, glow worms, night watchmen, playing cards, anvils, Carthage and Shakespeare.

C. It is but a point of the web that encircles stars, deathbeds, migrations, thorns, agonies, vigils, pyramids, glow worms, Carthage and Shakespeare.

 

Vemos que en A y en B los elementos de la enumeración son once, y que B respeta escrupulosamente el orden de A.

Pero en C los elementos sólo son diez y en este orden: estrellas, lechos de muerte (=¿agonías?), migraciones, espinas, agonías, vigilias, pirámides, luciérnagas, Cartago y Shakespeare. En primer lugar se repite, en dos términos, la idea de agonías; en segundo, desaparecen navegaciones, lunas, naipes, yunques; en tercero, se incorporan espinas y pirámides.

Las palabras finales del poema son la fragancia del nardo, que B respeta como the fragance of a thistle. Pero que Borges (C) reemplaza por the scent of a rose.

Por las razones que sean, Borges reelaboró la traducción inglesa del poema. Curiosamente, el original español no fue modificado: estamos, pues, en presencia de un caso extraño: el original que no guarda fidelidad a su traducción.

 

[398 palabras]

 

6. Borges: acusado y absuelto

 

El número 17 de la tercera época de la revista Proa (Buenos Aires, mayo-junio, 1995) registra un breve texto inédito de Julio Cortázar titulado «Translate, traduire, tradurre: traducir».

En él, entre otros temas, compara el placer de traducir con el trabajo de traducir:

 

Trujamán silencioso, en mi juventud viví tiempos de delicia mientras traducía libros como Mémoirs d’Adrien, de Marguerite Yourcenar, o L’immoraliste, de André Gide, y años después los pagué con jornadas de horror o de letargo frente a los informes de algunos expertos de las Naciones Unidas en las esferas (ellos lo escriben así) de la sociología / alfabetización / regadío / medios masivos de comunicación (sic) / biblioteconomía / reactores atómicos de agua pesada, etcétera, que en general merecían su denominación de «informes» pero en segunda acepción.

 

Hay también algunas bromas sobre errores o disparates variados que se deslizan en traducciones y no falta —en su estilo de artificiosa oralidad— la simpática autotomadura de pelo:

 

He palidecido al releer fragmentos de mis viejas versiones literarias, como en el caso del célebre pero olvidado estudio del abate Brémond sobre plegaria y poesía, donde me equivoqué sobre el esprit en el sentido de ingenio o agudeza y lo traduje derecho viejo como ‘espíritu’, estropeándole el pasaje al buen abate.

 

Pero en seguida agrega:

 

Claro que peor le ocurrió a Borges que en un poema creo que de Francis Ponge tradujo sol por ‘sol’ en vez de ‘suelo’, pero ya se sabe que esas cosas pasan en las mejores familias, vide San Jerónimo.

 

Muy bien. Ocurre que, en toda su vida, Borges tradujo, del francés, tres poemas (o, mejor dicho, un poema y una suerte de prosa poemática):

 

1. El poema es «Paysage cruel» (constituido por cuatro partes tituladas «Trame», «Moments», «Animale», «Le temps de l’insecte»); esta obra pertenece a Édith Boissonnas (1904-1980).

2. Las prosas poemáticas pertenecen, en efecto, a Francis Ponge (1899-1988) y se titulan «De l’eau» y «Bords de mer».*

 

La revista Sur, en su entrega dedicada a la literatura de Francia (Buenos Aires, año 16, nos. 147-148-149, enero-febrero-marzo, 1947), incluye todos estos textos en versión bilingüe con páginas enfrentadas: en las pares se halla el original francés; en las impares, la versión española de Borges.

Por exceso de escrúpulo (Cortázar escribió «creo que de Francis Ponge») revisé también el texto de Edith Boissonnas: allí no aparecen los vocablos sol ni soleil.

Tampoco se encuentran en «Bords de mer». Pero sí en «De l’eau», según este detalle:

El vocablo sol figura cinco veces (a = Ponge; b = Borges):

 

a. Comme le sol, comme une partie du sol, comme une modification du sol.

b. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.

a. […] se couche à plat ventre sur le sol […].

b. […] se acuesta boca abajo en el suelo […].

a. […] dans son désir d’adhérer au sol […].

b. […] en su deseo de adherirse al suelo […].

 

En cambio, soleil sólo se halla dos veces:

 

a. Cependant le soleil et la lune sont jaloux de cette influence exclusive […].

b. Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva […].

a. Le soleil alors prélève un plus grand tribut.

b. El sol le arranca entonces mayor tributo.

 

Como vemos —y no podía esperarse otra cosa—, no hay ningún error en la traducción de Borges. Queda, por lo tanto, absuelto de culpa y cargo de la acusación de haber cometido tan grosero dislate.

En cuanto a la información suministrada por Cortázar, puede considerarse un ejercicio de literatura fantástica, a la que tan afecto era el imaginativo y cosmopolita narrador.

 

*Transcurrido más de medio siglo, adviértase la abismal diferencia de magnitud literaria que existe hoy entre los encumbrados creadores francófonos y el humilde traductor al español de entonces.

 

[642 palabras]

 

7. Del supremo yo de las pólizas de seguro y el Ulises en español a las reflexiones de Borges

 

El pecador aburrido y el traductor del Ulises en el mismo continente

 

A los dieciocho años —corría 1961— padecí ser empleadillo en cierta compañía comercial de Buenos Aires.

El diablo me puso bajo la égida de uno de los hombres más estúpidos que en el mundo han sido. En melancólico jolgorio íntimo, di en fingirme humilde discípulo del señor B. para que este ejecutivo —acucioso en su nadería, risible en su severidad— imaginase que yo aspiraba a devenir una persona parecida a él en un futuro venturoso.

Yo solía andar con libros bajo el brazo. Advertida esta perversidad, el señor B. decidió edificarme: expuso la verídica parábola de un escritor que había trabajado en la compañía y que ya no trabajaba más.

—Figúrese —concluyó, atónito—, el hombre decía que este trabajo lo aburría.

Y sonrió, indulgente ante las extravagancias de la conducta humana.

Le pregunté quién había sido ese escritor.

—Querido joven —me aleccionó—, se revela el pecado pero no el pecador. Extraiga usted sus propias conclusiones.

Más que extraer conclusiones, me interesaba satisfacer la curiosidad: averigüé más tarde que el pecador tenía Augusto por nombre y Roa Bastos por apellido.

Lo cierto es que aquellos casi olvidados episodios del ayer resucitaron, súbitos, gracias a esta información:

 

José Salas Subirat […] trabajaba para La Continental […] una compañía de seguros.*

 

Ahora sé que, mientras en el tercer piso el señor B. modelaba mi personalidad, en otras oficinas del lúgubre edificio de la avenida Corrientes cumplía tareas el primer traductor del Ulises al español.

Conjeturo que, siendo Roa Bastos y Salas Subirat dos personas de inclinaciones similares, tienen que haberse conocido y tienen que haber conversado, más de una vez, de temas ajenos a las pólizas de seguro.

 

Reflexiones de Borges

 

En aquel momento, la labor de Salas Subirat contaba dieciséis años y una razonable aceptación por parte de lectores y estudiosos.

Sin embargo, en fecha muy cercana a la primera edición (1945) del Ulises en español, Borges interpuso sus objeciones a la versión de Salas Subirat. Los puntos negativos no están dirigidos tanto a la tarea del traductor cuanto a la imposibilidad de la lengua española de ejercitar ciertos recursos del inglés.

Entre otros conceptos, dice Borges:

 

[…] considero el problema de verter el Ulises al español. Salas Subirat juzga que la empresa «no presenta serias dificultades»; yo la juzgo muy ardua, casi imposible. […]. El inglés (como el alemán) es un idioma casi monosilábico, apto para la formación de voces compuestas. Joyce fue notoriamente feliz en tales conjunciones. El español (como el italiano, como el francés) consta de inmanejables polisílabos que es difícil unir. […].

En esta primera versión hispánica del Ulises, Salas Subirat suele fracasar cuando se limita a traducir el sentido. La frase inglesa: horseness is the whatness of allhorse es una memorable definición de la tesis platónica, no así la lánguida equivalencia española: el caballismo es la cualidad de todo caballo. Otro ejemplo, breve también: phantasmal mirth, folded away: muskperfumed es una frase melodiosa y patética; júbilos fantasmagóricos momificados: perfumados de almizcle es, quizá, inexistente. Hombre de inteligencia múltiple equivale más bien a la nada que a myriadminded man. Muy superiores son aquellos pasajes en que el texto español es no menos neológico que el original. Verbigracia, éste, de la página 743: que no era un árbolcielo, no un antrocielo, no un bestiacielo, no un hombrecielo, que recta e inventivamente traduce: that it was not a heaventree, not a heavengrot, not a heavenbeast, not a heavenman.

A priori, una versión cabal del Ulises me parece imposible. El propósito de esta nota no es, por cierto, acusar de incapacidad al señor Salas Subirat, cuyas fatigas juzgo beneméritas, cuyas aficiones comparto; es denunciar la incapacidad, para ciertos fines, de todos los idiomas neolatinos y, singularmente, del español. Joyce dilata y reforma el idioma inglés; su traductor tiene el deber de ensayar libertades congéneres.

 

El ensayo se titula «Nota sobre el Ulises en español» y se encuentra en la página 49 de la revista —que el propio Borges dirigía— Los Anales de Buenos Aires (nº 1, enero de 1946).

 

*Marietta Gargatagli (trujamán «Datos para una biografía: José Salas Subirat»).

 

[711 palabras]

 

8. Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (1)

 

Dos clases de chinas argentinas

 

Con respecto al sustantivo y adjetivo chino,na, el drae, sin mencionar etimología, lo define como «Natural de China». Pero en otra entrada del vocablo, la correspondiente a la etimología quechua (‘hembra, sirvienta’), afirma, entre otras acepciones, que se dice de una persona «de ojos rasgados» y de una persona «aindiada».

En la llanura de Buenos Aires e ignorante de la existencia tanto del Celeste Imperio como del drae, el paisano del siglo xix llamaba china: a) a su propia mujer (de modo muy afectuoso); b) a la mujer indígena (más bien con aborrecimiento).

De la acepción a) hay en el Martín Fierro (1872-1879) cuatro casos: bastará con un solo ejemplo:

 

mientras su china dormía

tapadita con su poncho.

(I, ii, 149-150)

 

Otro ejemplo de la acepción b) (aparece quince veces):

 

pues ni el indio ni la china

sabe lo que son piedades.

(II, vii, 995-996)

 

El uso, aunque no exclusivo del siglo xix, tendió a disminuir en el xx.

El vocablo, en diversos matices que participan de ambas acepciones a) y b), se registra, unas cuantas veces, en Don Segundo Sombra (1926), de Ricardo Güiraldes. En el capítulo VI, con tierno diminutivo, aplicado a Aurora, la muchacha que, por culpa del narrador, ha «perdido una sortija1 entre el maíz»:

 

Esa tarde no me había reñido, y al apartarme no fui yo quien dijo:

-Mañana te espero.

Pobre chinita, aquel mañana había sido nuestro último encuentro.

 

Con el sentido a) de «mujer propia» se halla en el colérico tango —de tono gauchesco— Contramarca (1930, música del argentino Rafael Rossi y letra del uruguayo Francisco Brancatti). Del contexto se infiere que la dama, después de haber traicionado al cantor y a pesar de haber recibido «en el carrillo», como castigo por tan abominable pecado, «esa flor que mi cuchillo te marcó bien merecida», parece no haber escarmentado pues vuelve, ¡oh, imprudente!, a la antigua vivienda, donde el floricultor del puñal la saluda con este mensaje de bienvenida:

 

China cruel, ¿a qué has venido?

¿Qué buscás en este rancho?

 

Como «persona de rasgos aindiados», derivación de la acepción b), Borges la emplea en «Hombre de la esquina rosada» (1935):

 

los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también

se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas

 

Y, de manera casi tautológica, en «El Sur» (1953):

 

otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose.

 

Con forma masculina y en aumentativo, aparece, muy avanzado el siglo xx, con la misma acepción. El niño que narra el angustiante cuento “Después del almuerzo” (Julio Cortázar, Final del juego, 1964) llama chinazo al guarda del tranvía:

 

pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender

El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio.

 

Acaso por la proliferación de chinos propiamente dichos que, con sus ubicuos autoservicios, proveen de alimentos a toda Buenos Aires, el término, tal como lo empleó Cortázar, hace muchísimo tiempo que ha dejado de oírse.

En el Trujamán titulado «Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (2)» veremos que, sin llegar a constituirse en peligro amarillo, resulta bastante riesgoso que un traductor confunda las chinas asiáticas con las chinas argentinas.

 

1. Enrique Anderson Imbert (Historia de la literatura hispanoamericana, XII) señala que «sortija —como en Chaucer— significa virginidad».

 

[586 palabras]

 

9. Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (2)

 

Un Marco Polo anglosajón en la Catay rioplatense

 

Marco Polo llamaba Catay al enorme territorio asiático que concluye en el Pacífico, pero todos confiamos en que realmente se llama China, y chinos y chinas son, según sus sexos, los naturales de tan desaforado país.

El Trujamán «Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (1)» pretende brindar alguna orientación sobre el significado del término china en las provincias del Plata.

Definidos esos hechos, y sabiendo que, en el siglo xix y en la llanura de Buenos Aires, encontrar un chino de Catay era casi tan difícil como encontrar hoy en Estados Unidos un bidet, recordemos que nuestro amigo norteamericano Norman Thomas di Giovanni («El cuento de Borges sobre el cuento de Borges») tradujo al inglés una parte muy considerable de la obra del maravilloso escritor.

Por las razones que sean, mucho tiempo más tarde su compatriota el académico Andrew Hurley publicó su propia versión inglesa de los cuentos de Borges, que tituló Collected Fictions (Nueva York, 1998). Yo no he podido ver este libro, pero…

El adverso hado de Hurley determinó que, entre los más de seis mil millones de seres humanos que viven sobre la faz del planeta Tierra, fuera el mismísimo di Giovanni, y no otro, el reseñador de los méritos de tal traducción. El artículo se titula «A Bad Translation»,1 y su lectura me ha inspirado la idea de instituir un concurso: premiar con una elevada recompensa a quien halle en esas páginas un solo e ínfimo elogio hacia la labor del traductor.

Merced a esas loas me he enterado de algo que los lectores juzgarán:

 

One of his notes [las de Hurley] betrays his innocence. Claiming that in Hispanic culture ethnic and racial denominations are often used as terms of endearment, he gives as an example the words ‘chino/china’, believing these to be Spanish for ‘Chinaman/Chinawoman’. In fact, in the Argentine context china is a Quechua word that originally meant a female animal and eventually came to mean a gaucho’s woman. In this sense, there is no male equivalent, and the word chino simply does not exist.2

 

1. The Literary Review, Londres, febrero de 1999.

2. Una de estas notas delata la ingenuidad de Hurley. Al afirmar que, en la cultura hispánica, las denominaciones étnicas y raciales se emplean con frecuencia como términos afectuosos, da como ejemplo las palabras «chino / china», creyendo que ésos son los vocablos españoles que se refieren a «nativo o nativa de la China». En rigor, en el contexto argentino «china» es una palabra quechua que en sus orígenes significó un animal hembra y, con el tiempo, vino a significar la mujer del gaucho. En este sentido, no hay equivalente masculino, y la palabra «chino» simplemente no existe.

 

[473 palabras]

 

10. Traductores con podadera

 

Siempre creí que el detective Sherlock Holmes y el doctor John Watson, ocupantes del piso de Baker Street 221b, se trataban de usted y no de .

Por tal motivo, al hojear distraídamente «La Liga de los Cabezas Rojas»1, no dejó de sorprenderme este diálogo:

 

—No puedes llegar más a tiempo, Watson —dijo cordialmente.

—Creí que estabas ocupado.

—Lo estoy. Muchísimo.

—Entonces, te espero en el cuarto de al lado.

 

Más o menos podemos tomar como regla que, cuando los personajes del texto inglés se dirigen unos a otros con vocativos como mister, sir, doctor o similarmente respetuosos, deberemos, en la traducción española, dar por sentado que se están tratando de usted; en cambio, cuando se llaman por el nombre de pila, podemos lícitamente suponer que se están tuteando. Pero, ¿qué hacer cuando los personajes se llaman recíprocamente por su apellido o cuando uno de ellos llama doctor, de vez en cuando, al otro?

Movido por la curiosidad, quise cotejar estos casos de tú/usted con el original inglés y entonces, como aquel ingenuo que sale a cazar perdices y se encuentra con pterodáctilos, comprobé que mis dos admirados compatriotas no sólo tradujeron «The Red-headed League» sino que, cuando les pareció oportuno (muchísimas veces), tomaron —como el «mozo de campo y plaza» de don Alonso Quijano— la podadera y, eliminando sin más trámite lo que juzgaron hojarasca, le enmendaron la plana a sir Arthur Conan Doyle.

Veamos sólo tres casos:

 

1

“Try the settee,” said Holmes, relapsing into his armchair and putting his fingertips together, as was his custom when in judicial moods. “I know, my dear Watson, that you share my love of all that is bizarre and outside the conventions and humdrum routine of everyday life. You have shown your relish for it by the enthusiasm which has prompted you to chronicle, and, if you will excuse my saying so, somewhat to embellish so many of my own little adventures.”

 

—Siéntate en el sofá —dijo Holmes—. Sé que compartes mi pasión por lo extravagante y lo misterioso. Lo has demostrado por la paciencia que tuviste al historiar y, si me permites, al retocar, tantas de mis pequeñas aventuras.

 

2

“A proposition which I took the liberty of doubting.”

“You did, Doctor, but none the less you must come round to my view, for otherwise I shall keep on piling fact upon fact on you until your reason breaks down under them and acknowledges me to be right. Now, Mr. Jabez Wilson here has been good enough to call upon me […].

 

—Afirmación que me atreví a poner en duda.

—No tardarás en aceptarla. Aquí está el señor Jabez Wilson, que ha tenido la gentileza de consultarme […].

 

3

“What on earth does this mean?” I ejaculated after I had twice read over the extraordinary announcement.

Holmes chuckled and wriggled in his chair, as was his habit when in high spirits. “It is a little off the beaten track, isn't it?” said he. “And now, Mr. Wilson, off you go at scratch and tell us all about yourself, your household, and the effect which this advertisement had upon your fortunes. You will first make a note, Doctor, of the paper and the date.”

 

—¿Qué quiere decir esto? —exclamé, después de releer la tan extraordinaria declaración.

—Sale de lo trivial, ¿no es cierto? —dijo Sherlock Holmes—. Y ahora, señor Wilson, empiece de nuevo. Háblenos de usted, de su casa, y de los cambios que este aviso produjo en su destino. Anote primero, doctor Watson, el nombre del diario y la fecha.

 

Aunque los efectos del tijereteo se manifiestan por sí mismos, nótese, en el último diálogo, el cambio de por usted: sin duda, en él se inspiró anacrónicamente Horacio cuando escribió Quandoque bonus dormitat Homerus. Acaso, como los traductores son dos, podamos tomarnos la libertad de decir: Quandoque boni dormitant Homeri.

 

1. Los mejores cuentos policiales (2) (Madrid, Alianza/Emecé, 1983, págs. 45-65), selección, traducciones y prólogo de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Los textos son los de la primera edición de Emecé (Buenos Aires, 1943).

 

[687 palabras]

 

11. Do perigo brasileiro de se confiar nos (falsos) amigos argentinos

 

Aunque logro entenderlas, no puedo sentir el sabor, el color y la temperatura de otras lenguas: por ende, me considero un individuo por completo monogloto. En rigor, mi único idioma es aquel en que puedo decir exactamente (no aproximadamente) lo que quiero decir.

Entonces, estoy en condiciones de opinar —con diversos grados de discreción o de desatino— sobre una traducción española en que algún término o alguna construcción me parezca, en orden creciente de méritos, un estropicio, un acierto o un hallazgo. Pero, si de una lengua extranjera se trata, sólo puedo aspirar a discernir cuestiones semánticas pero no estilísticas; de modo que sería temerario arriesgar un ínfimo juicio.

Esa tarea corresponde a los hablantes nativos, pero nada me impide curiosear en casa ajena.

En los volúmenes V (2000/1) y VI (2000/2) de Cadernos de Tradução (revista que publica la Universidade Federal de Santa Catarina, Florianópolis, Brasil), Walter Carlos Costa comenta los tomos II y III de la versión, en portugués brasileño, de las Obras completas de Borges.

Las reseñas son extensas, pormenorizadas y muy escrupulosas, y se refieren a muchos aspectos de los trabajos examinados. Aquí sólo traduzco dos pasajes que se ocupan de los deméritos de la excesiva literalidad.

Costa afirma que la versión de Otras inquisiciones

 

revela un aspecto predominante de las traducciones brasileñas del español y del género del ensayo: la literalidad como procedimiento principal. La acumulación de las transposiciones literales confiere al conjunto de los ejemplares ensayos borgeanos un tono arcaizante ausente del original y extraño a la poética del Borges maduro. Son innumerables los casos en que el traductor elige, por comodidad o por prudencia, la forma gráfica más próxima: así, legendario da legendário (en el célebre «A muralha e os livros») y revisan la biblioteca aparece como revistam a biblioteca (en el citadísimo «Magias parciais do Quixote»).

 

Me atrevo a inferir que, si legendário y revistam son formas arcaicas, el traductor debió haber preferido lendário y revêem o examinam.

Tal vez más perturbadoras que las literalidades léxicas sean las literalidades sintácticas. Walter Carlos Costa explica y ejemplifica:

 

O livro de areia elige de manera sistemática una forma culta que termina sonando un tanto artificial o preciosista para los lectores brasileños y que dista de cierta naturalidad presente en el original argentino. […]. Esa literalidad concluye por neutralizar o tornar impracticables algunos de los más sutiles efectos de la prosa madura de Borges, como en el ejemplo siguiente:

 

Se afeitó sin apuro y en el espejo lo enfrentó la cara de siempre. Eligió una corbata colorada y sus mejores prendas. Almorzó tarde. El cielo gris amenazaba llovizna; siempre se lo había imaginado radiante.

 

Barbeou-se sem pressa e no espelho enfrentou-o o rosto de sempre. Escolheu uma gravata colorada e seus melhores trajes. Almoçou tarde. O céu cinzento ameaçava chuvisco; sempre o havia imaginado radiante.

 

La secuencia no espelho enfrentou-o o rosto de sempre resulta de difícil comprensión debido al orden complemento circunstancial + verbo + complemento directo + sujeto, habitual en español pero poco frecuente en portugués brasileño, incluido el escrito. En la oración siguiente el empleo del adjetivo colorada parece inadecuado —si bien existe el vocablo colorado, éste se utiliza normalmente en otros contextos y, en el caso de gravata, lo normal sería, en este caso, vermelha colorida, o de cores vivas—. Por último, en ameaçava chuvisco, la literalidad reproduce exactamente el empleo insólito del original.

 

Para concluir, me limito a acotar que el fragmento en cuestión pertenece al cuento «Avelino Arredondo» (El libro de arena, 1975).

 

[600 palabras]

 

12. La honradez mexicana y el honor argentino

 

Gilbert Keith Chesterton publicó en 1911 los sorprendentes cuentos policiales de The Innocence of Father Brown. Traducido el libro al español por don Alfonso Reyes, se publicó en Madrid (1921) con el título de El candor del padre Brown. Desde la adolescencia poseo la edición de la Biblioteca Contemporánea (Buenos Aires, Losada, 1955; copyright: 1939), que, supongo, reproduce el texto de 1921; entre las páginas 113 y 129 corre el cuento «La honradez de Israel Gow».

En 1943, con «selección y traducción» de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y con el sello editorial de Emecé, aparecen en Buenos Aires Los mejores cuentos policiales. En la nota biobibliográfica asignada a Chesterton, se indica textualmente: «Alfonso Reyes ha traducido: El Hombre que fue Jueves, Ortodoxia, El Candor del Padre Brown».

Podemos inferir, entonces, que la traducción del cuento de Chesterton incluido a continuación pertenece a Reyes y no a los antólogos.

El cotejo entre ambas ediciones nos demuestra que, en efecto, el encadenamiento sintáctico y el contenido semántico son, en términos generales, los mismos. Pero en seguida nos daremos cuenta de que, lejos de reescribir la traducción de Reyes, y mucho más lejos aún de retraducir el texto inglés, Bioy Casares y Borges han ido retocando, aquí y allá, lo que juzgaron mejorable.

Donde Chesterton tituló «The Honour of Israel Gow», Reyes escribió «La honradez de Israel Gow», y Borges y Bioy prefirieron «El honor de Israel Gow».

Puesto que no tiene sentido ni utilidad señalar todos los cambios introducidos (que son numerosísimos), compararemos dos pasajes tomados al azar:

 

1

Chesterton:

The rhyme in the country-side attested the motive and the result of their machinations candidly:

As green sap to the simmer trees

Is red gold to the Ogilvies.

 

Reyes:

Una tonadilla local daba testimonio de las causas y resultados de sus maquinaciones, en estas cándidas palabras:

Como savia nueva para los árboles pujantes,

tal es el oro rubio para los Ogilvies.

 

Bioy Casares y Borges:

Una copla local daba testimonio de las causas y resultados de sus maquinaciones, en estas cándidas palabras:

Como la savia verde para los árboles

es el oro rojo para los Ogilvie.

 

2

Chesterton:

"You seem to have a sort of geological museum here," he said, as he sat down, jerking his head briefly in the direction of the brown dust and the crystalline fragments.

"Not a geological museum," replied Flambeau; "say a psychological museum."

"Oh, for the Lord's sake," cried the police detective, laughing, "don't let's begin with such long words."

"Don't you know what psychology means?" asked Flambeau with friendly surprise. "Psychology means being off your chump."

 

Reyes:

—Esto parece un museo geológico —dijo el Padre Brown, sentándose y señalando con la cabeza los montones de cristal y de polvo.

—No un museo geológico —aclaró Flambeau—, sino un museo psicológico.

—¡Por amor de Dios! —dijo el policía oficial riendo—. No empecemos con palabrotas.

—¿No sabe usted lo que quiere decir psicología? —preguntó Flambeau con amable sorpresa—. Psicología quiere decir que no está uno en sus cabales.

 

Bioy Casares y Borges:

—Esto parece un museo geológico —dijo el Padre Brown, sentándose y señalando con la cabeza el polvo pardo y los cristalinos fragmentos.

—No un museo geológico —aclaró Flambeau—, un museo psicológico.

—¡Por amor de Dios! —dijo el policía oficial, riendo—. No empecemos con palabras difíciles.

—¿No sabe usted lo que quiere decir psicología? —preguntó Flambeau con amable sorpresa—. Psicología quiere decir estar loco.

 

Aunque no hay manera de determinarlo con exactitud, sospecho que, en el binomio argentino, quien llevaba la voz cantante en las decisiones literarias no era otro que Borges. Su tantas veces proclamada admiración por don Alfonso («Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria») no le impidió, sin embargo, enmendarle la plana al maestro mexicano.

 

[649 palabras]

 

13. Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (1)

 

El libro se titula Escritos de enigma y misterio, y es una antología seleccionada por Fabiana Sordi.1 Como, precisamente, me intrigan los misterios y me atraen los enigmas, lo leí con mucho placer, a pesar de que ya conocía unas cuantas de sus piezas.

Los mecanismos de la memoria suelen ser caprichosos; no es raro olvidar cosas importantes y recordar minucias: aunque tenía desdibujada la trama de «La historia del difunto Mr. Elvesham», de Herbert George Wells,2 un ínfimo detalle me hizo prestar atención. En la página 105 leí:

 

Me detuve ante la vidriera de Stevens, el veterinario, y traté en vano de recordar la relación que tenía conmigo.

 

Al instante me pareció recordar que, en una lectura anterior (la cumplida en la encantadora Antología de la literatura fantástica,3 que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo compilaron en 1940 y aumentaron en 1965), el tal Stevens no era veterinario sino embalsamador. En efecto, en la página 416, encontré:

 

Ante la vidriera de Stevens, el embalsamador, traté vanamente de recordar qué nos vinculaba.

 

Para elucidar la divergencia, nada mejor que apelar a Wells:

 

I stopped opposite Stevens’, the natural history dealer’s,4 and cudgelled my brains to think what he had to do with me.

 

Entonces, casi sin querer, comprobé también que Borges y sus amigos dieron por sobreentendido el movimiento I stopped realizado por el narrador y, elípticamente, siguieron con «Ante la vidriera…».

Y, como una palabra trae la otra, una rápida comparación me demostró que Fabiana Sordi puso escrupulosamente en español todo lo que Wells había escrito en inglés. Pero el terceto de antólogos se tomó, acaso bajo el comando de Borges,5 libertades diversas.

Sin salir de esos pasajes, veamos qué escribió Wells y qué decidieron interpretar aquéllos:

 

He recollected something else with a start, felt in his breast-pocket, and produced another packet, this time a cylinder the size and shape of a shaving-stick. “Here,” said he. “I’d almost forgotten. Don’t open this until I come tomorrow — but take it now.”

It was so heavy that I well-nigh dropped it. “All ri’!” said I, and he grinned at me through the cab window as the cabman flicked his horse into wakefulness. It was a white packet he had given me, with red seals at either end and along its edge. “If this isn’t money,” said I, “it’s platinum or lead.”

 

Notas de pie de página

1. Fabiana Sordi (comp.): Escritos de enigma y misterio, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, 126 págs.

2. «The Story of the Late Mr. Elvesham» es el segundo de los diecisiete cuentos del volumen The Plattner Story and Others (1897).

3. Con el título de «El caso del difunto Mr. Elvesham» (Antología de la literatura fantástica, Buenos Aires, Sudamericana, 12ª. ed., 1996, 442 págs.).

4. Quiere decir que el tal Stevens era una especie de «proveedor de ciencias naturales» o «proveedor de flora y fauna», lo cual explica que, al narrador (estudiante de medicina), le hubiera prometido three frogs (se supone, para diseccionarlas). En tal caso, resulta más atinado «el veterinario» de los Escritos que «el embalsamador» de la Antología, pues, al futuro médico, ¿qué utilidad científica podrían prestarle ranas embalsamadas?

5. Puesto que los antólogos no brindan información, no tenemos manera de saber si el cuento fue traducido por Borges, o por Bioy Casares, o por Silvina, o por dos de ellos, o por los tres. Tampoco sabemos quién decidió las podas y los cambios. Un caso parecido puede leerse en el trujamán «Traductores con podadera».

 

Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (2)

 

[606 palabras]

 

14. Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (2)

 

Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (1)

 

I stuck it with elaborate care into my pocket, and with a whirling brain walked home through the Regent Street loiterers and the dark back streets beyond Portland Road. I remember the sensations of that walk very vividly, strange as they were. I was still so far myself that I could notice my strange mental state, and wonder whether this stuff I had had was opium — a drug beyond my experience. It is hard now to describe the peculiarity of my mental strangeness — mental doubling vaguely expresses it. As I was walking up Regent Street I found in my mind a queer persuasion that it was Waterloo station, and had an odd impulse to get into the Polytechnic as a man might get into a train. I put a knuckle in my eye, and it was Regent Street. How can I express it? You see a skilful actor looking quietly at you, he pulls a grimace, and lo! — another person. Is it too extravagant if I tell you that it seemed to me as if Regent Street had, for the moment, done that? Then, being persuaded it was Regent Street again, I was oddly muddled about some fantastic reminiscences that cropped up. “Thirty years ago,” thought I, “it was here that I quarrelled with my brother.” Then I burst out laughing, to the astonishment and encouragement of a group of night prowlers. Thirty years ago I did not exist, and never in my life had I boasted a brother. The stuff was surely liquid folly, for the poignant regret for that lost brother still clung to me. Along Portland Road the madness took another turn. I began to recall vanished shops, and to compare the street with what it used to be. Confused, troubled thinking was comprehensible enough after the drink I had taken, but what puzzled me were these curiously vivid phantasmal memories that had crept into my mind; and not only the memories that had crept in, but also the memories that had slipped out. I stopped opposite Stevens’, the natural history dealer’s, and cudgelled my brains to think what he had to do with me. A bus went by, and sounded exactly like the rumbling of a train. I seemed to be dipped into some dark, remote pit for the recollection. “Of course,” said I, at last, “he has promised me three frogs tomorrow. Odd I should have forgotten.”

 

Wells empleó 504 palabras. Los traductores, 220:

 

Luego, con sobresalto, recordó algo. Hurgó en el bolsillo y sacó un paquete cilíndrico, del tamaño de un jabón de afeitar. Era blanco y tenía dos sellos rojos.

—Casi me olvido —dijo—. No lo abra hasta que yo venga mañana, pero tómelo ahora. — Era muy pesado.

—Muy bien —dije, mientras se alejaba el coche. Lo guardé en el bolsillo y eché a andar hacia mi hospedaje.

Recuerdo vívidamente mis sensaciones. Al bajar por Regent Street, estaba extrañamente convencido de que ésa era la estación Waterloo. Casi entré al Politécnico como quien toma un tren. Me froté los ojos y la calle volvió a ser Regent Street. En ese instante me asaltaron varias reminiscencias fantásticas. Es aquí —pensé— donde hace treinta años vi por última vez a mi hermano. Me reí: hace treinta años no existía, y nunca tuve hermanos. Sin embargo, el recuerdo angustioso de ese hermano seguía entristeciéndome. En Portland Road, se modificó mi locura. Empecé a recordar negocios desaparecidos y a comparar el aspecto pretérito de la calle con la actual. Pasó un ómnibus y el ruido era exactamente igual al de un tren. Me sobraban y me faltaban recuerdos. Ante la vidriera de Stevens, el embalsamador, traté vanamente de recordar qué nos vinculaba. Está claro —dije al rato—, Stevens me prometió dos ranas para mañana.

 

Según apreciamos, los antólogos no sólo quitaron oraciones enteras y comprimieron pasajes sino que, además, modificaron las ubicaciones de algunos sintagmas: «Era blanco y tenía dos sellos rojos» y «Pasó un ómnibus y el ruido era exactamente igual al de un tren» no están donde estaban It was a white packet he had given me, with red seals at either end and along its edge y A bus went by, and sounded exactly like the rumbling of a train. Por último, no deja de constituir una curiosidad el hecho de que, en el viaje del inglés al español, una de las three frogs londinenses se haya esfumado en Buenos Aires.

Wells falleció en 1946, seis años después de la aparición de la Antología: ¿habrá llegado a enterarse de la colaboración prestada por el terceto argentino?; y, en tal caso, ¿se habrá sentido agradecido o, más bien, contrariado? Y, de darse esta última hipótesis, el disgusto ¿habrá acelerado su muerte?

[811 palabras] 

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Lengua y Literatura. Sus cuentos se caracterizan por entrelazar de manera muy sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que el lector no siempre logra determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Suele partir de situaciones muy "normales" y "cotidianas" que, paulatinamente, se van enrareciendo y convirtiéndose en insólitas o turbadoras, pero siempre recorridas por un arroyo sinuoso de espléndido y sorprendente sentido del humor.
Algunos de sus libros de relatos son Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), Sanitarios centenarios (1979), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005). Tiene, asimismo, varios volúmenes de relatos para niños y adolescentes, entre los que citamos Cuentos del Mentiroso (1978), La venganza del muerto (1997), Aventuras del capitán Bancalari (1999), etcétera. Es, por otra parte, autor de los libros de entrevistas Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992). Además de sus ensayos sobre literatura argentina, que suele publicar en diversos periódicos argentinos, ha escrito para la sección "El Trujamán", del Centro Virtual Cervantes muchos artículos que aúnan el rigor filológico y lingüístico con el tono humorístico y jovial.

 [Textos publicados na seção "El Trujamán", do Centro Virtual Cervantes, no período 2000/2005.]

 

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