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Ginny Taulé Paiewonsky: romper la inercia del bla
José Mármol
Hablar o escribir acerca de una obra de
arte es una empresa que, si se toman bien las riendas del
propósito, podría implicar la necesidad de tomar en
consideración toda la historia del arte. De igual manera,
referirse a un libro de poemas podría exigir, en buena medida,
una mirada retrospectiva a la historia de la poesía como espejo
de la humanidad; o cuando menos, una reflexión en torno al
estatuto de esa expresión artística en el contexto
sociohistórico en que tiene lugar. Los extremos axiales de ese
pasaje habrán de ser el individuo y el lenguaje. El análisis
podría, sin embargo, trocearse, y el enfoque arqueológico,
asimismo, plantearse en forma elíptica, al margen de grandes y
prolijos relatos o reconstrucciones de extensos y establecidos
saberes, matrimoniados, casi siempre, con los grandes y
establecidos poderes.
La poesía es, de hecho, un saber menor, y de ahí
su poderosa dosis subversiva, su revolucionaria naturaleza y su
delicada misión de señalar los cambios y progresos de la
historia mediante cambios y evoluciones del lenguaje. Un libro
es el reflejo, minúsculo o inmenso, de toda la evolución de la
escritura. Un poema es toda la poesía, con la singular
complejidad de que es, al mismo tiempo, una pieza única e
irrepetible. Hay en el poeta la virtud de ser voz singular de
toda la humanidad; es decir, voz de las voces, sentimiento de
los sentimientos y pensamiento de los pensamientos.
La poesía encierra los dones de la revelación y
el testimonio. Revelación de la inocencia y de la rabia.
Testimonio de la alegría y del dolor. La poesía es, al mismo
tiempo, inocencia y experiencia, como lo legara William Blake a
la sensibilidad occidental. La poesía tiene la facultad de
revelar al ser humano sus más anhelados sueños y sus más
despreciables pesadillas. Hay en ella ensoñación y monstruosidad,
salvación y perdición, hipocresía y verdad. La poesía tiene por
misión hacernos vivir patéticamente lo eterno y lo mortal, lo
abominable y lo sublime, la belleza y el horror como
experiencias reales o imaginarias en la sociedad y la cultura.
Pero, qué sociedad es esta que nos ha tocado sufrir, en la que,
como escribió Octavio Paz, cuenta entre sus víctimas a sus
mejores poetas; qué sociedad es esta, que exhibe entre sus más
recientes víctimas a un museo, el de Bagdad, el cual guardaba
piezas notorias de los cimientos de la civilización en la
antigua Mesopotamia, testimonios desde diez mil años antes de
Cristo; qué sociedad es esta, en la que el parecer tiene un
mayor valor que el ser, y en la que la indigestión de la
información, puntual y efímera, desprovista de didaxia, amenaza
el arte de pensar, convirtiendo al individuo en un autómata
unidimensional, acrítico e insensible; qué sociedad es esta en
la que ha sido silenciada la voz de los poetas y los
intelectuales mediante el sometimiento de la opulencia y
soberbia del poder económico, bélico y geopolítico. La
conciencia social de los artistas e intelectuales se nubla de
ira y, a veces, de impotencia. En este panorama cobra vigencia
la frase de Shelley que reza: “Los poetas son los ignorados
legisladores de la humanidad”.
Para consolación de la cultura, de la lengua y de
la historia, el poema permanece como ineluctable e ineludible
evidencia del espíritu creador del ser humano y de su
innegociable vocación constructiva. Así es como viene a cuento
Catarsis de tinta (Editora Corripio, Santo Domingo,
2003), de la autoría de Ginny Taulé Paiewonsky, quien entra al
desafiante y filoso ruedo de las letras criollas, con el natural
donaire que dan, bajo el entusiasmo de un primer libro
publicado, la ingenuidad propia del arte de poetizar y la
pericia obtenida en las vastas lides de alguien que, como mujer
pensante, ha tenido que vencer acendrados prejuicios de género y
petrificados prejuicios de ideas.
La poeta convida a su cómplice lector, de
entrada, a una “catarsis de tinta lanzada al viento”. Recuérdese
que la catarsis y lo catártico provienen del griego katharós,
que de acuerdo con Joan Corominas significa “limpio”, mientras
que en términos retóricos o de poética, Aristóteles señalaba
como catártico el acto de “purificación” que una representación
dramática produce en el público o espectador. En adición, la
catarsis (katharsis) remite al método psicoterapéutico
basado en la descarga emotiva, relacionada con la manifestación
del recuerdo de actos reprimidos en la psiquis del sujeto, que
causan, a su vez, traumas y fisuras emocionales.
Ahora bien, hacer del poema un recurso catártico
implica, como bien señala la autora, “el valor de desnudarse de
alma y aceptar las consecuencias”, muy “a pesar del pudor”. De
ahí que el poema homónimo con que se inaugura la obra sea una
muy bien lograda metáfora de la catarsis, tanto en su acepción
estética o retórica, como en su acepción psicoterapéutica.
Núcleos expresivos, que crean campos semánticos, como “escándalo
interior”, “convulsión visceral” y “grito mudo”, entroncados con
la intencionalidad transgresora de la estrategia del poema, la
cual invita a salir de la “asfixia” mediante un “rumbo de
tinta”, es decir, una purificación o limpieza del cuerpo y del
alma por medio de la escritura y el dibujo, revelan la
conciencia de Ginny Taulé Paiewonsky respecto del acto de
escribir como llamado a la rebelión y a la provocación del
lector. ¿Qué podría connotar el verso que dicta tomar “un rumbo
de tinta”? Creo que significa asumir la creación poética como un
visceral compromiso, a través de la palabra, con el profundo y
valioso sentido de la vida. Sobre todo, si se la vive a plenitud,
y no a medias, como la misma autora cuestiona en textos como
“Vivir a medias”, o bien, “Loba feroz”, último en que deja
sentado el catártico acto de romper con la inercia impuesta a la
vida misma por los rigores metódicos y el acartonamiento de las
teorías y los presupuestos ideológico-discursivos; sobre todo,
la mala herencia de los desprestigiados ismos.
En Catarsis de tinta nos encontramos, pues,
con una escritura transgresora de paradigmas y esquemas, tanto
en el pensamiento y el sentimiento, como en la vida misma, sin
necesidad de un débil reclamo de genérica o sexista
especificidad discursiva, difundida y vulgarizada, las más de
las veces, como presunta necesidad y objetualidad de un lenguaje
y una literatura “femeninos” o “para mujeres”. Antes al
contrario, nuestra poeta remonta esos escombros pseudoteóricos y
eleva su decir, brotado de su concreta realidad de mujer,
imprimiendo al lenguaje poético una transparencia y precisión
propias de la creación sin concesiones ideológicas, de la
creación centrada en el poder de la imaginación y el dominio de
los recursos técnicos y estéticos del idioma. El poema “Mea
culpa” es particularmente revelador del anterior aserto: “…pretendo
olvidar qué es la rutina/ jugar dominó con los esquemas/ comerme
los dogmas con jalea/ y hacer de su juicio mi comedia”
(pág.38).
Dominio demuestra también la autora en su trazo
dibujístico. Ginny ilustra su libro de poemas con casi una
veintena de dibujos abstractos a lápiz, en cuyas curvas y
contrastes, que asemejan infinitas madejas orgánicas, se percibe
la sensibilidad plástica, en combinación con la poética, de una
mujer que por años sólo dejó entrever su sólida formación
intelectual y su vocación por la investigación social en favor
de la participación activa de la mujer en la sociedad y por la
enseñanza de disciplinas inherentes a la explicación, siempre
enigmática para mí, de la conducta humana.
Con esta su primera obra poética publicada, Ginny
Taulé Paiewonsky nos coloca ante la desafiante presencia de una
escritura desprovista de toda clase de artilugio verbal, vacía
de rebuscamientos retóricos, asentada al margen de filigranas
sintácticas o de sonoras rimbombancias que aspiran, fracasadas
de antemano, ser cadencias de la lengua, llegando apenas a
parecer guirigay o falso canto de chicharras. El lenguaje de
esta poesía de Catarsis de tinta se inscribe en la
acepción de Paul Valéry que invita a hacer del acto poético “un
viaje hacia la claridad”, además de una “fiesta del intelecto”.
Este hecho permite a Taulé Paiewonsky sostenerse firme, con
acierto y gracia, en el tremendamente difícil ámbito de la
desnudez, la sencillez, la llaneza expresiva en lo cantado, sin
ceder a la tentación del coloquialismo banal o el discurso
frívolo.
En tiempos tan difíciles, como estos, en los que
se ve cada vez más amenazada la supervivencia humana por la
destructividad sin límites y la corrupción de la autoridad y el
poder. En estos tiempos en los que, como cantó Ives Bonnefoy, “Tiemblan
los grandes perros de las frondas” a consecuencia de la
aplastante y omnímoda presencia de la muerte. En estos tiempos,
en los que la ignorancia y la prevaricación se campean por sus
fueros y se burlan ostentosas de la sabiduría y de la justicia.
En tiempos de penurias como estos, ante los que, a su hora y en
actitud profética, Hölderlin se preguntaba para qué ser poetas,
Ginny Taulé Paiewonsky reafirma la necesidad de la poesía y, en
efecto, la recomienda como una senda catártica, como un método
de purificación y limpieza por medio de la palabra. Y como un
final suspiro, un hálito de esperanza provocado por mi
complicidad con ella al leer sus textos, con Octavio Paz digo:
“Y sin embargo, la poesía sigue siendo una fuerza capaz de
revelar al hombre sus sueños y de invitarlo a vivirlos en pleno
día. En la noche soñamos y nuestro destino se manifiesta, porque
soñamos lo que podríamos ser. Somos ese sueño y sólo nacimos
para realizarlo. La poesía, al expresar estos sueños, nos invita
a la rebelión. A vivir despiertos nuestros sueños: a ser, no ya
los soñadores, sino el sueño mismo”. |