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Notas para la relectura de Poeta en Nueva York
(1929-1930) de Federico García Lorca
José Mármol
Un poema es siempre la clave para penetrar
sin ruidos en la planicie hueca de la incertidumbre. El poema es
la antítesis desnuda de la certeza; la constante amenaza a la
fuerza arrogante del silogismo; el desafío instintual, asombroso
al agobiante imperio de la costumbre. Un poema es, lo decía
Vicente Huidobro en un lenguaje apocalíptico y a la vez
genético, una cosa que será. El poema es, pues, un sinsentido,
cuya percepción se construye en la medida que se deconstruye el
lenguaje que lo funda. Un sinsentido que genera sentido; o bien,
al revés.
Los anteriores asertos hacen de la estructura
poética una entidad que se crea y vive en radical, diametral y
conjugada oposición a la realidad empírica. De ahí que sea
problemática y teóricamente enriquecedora la relación entre
poesía y realidad, entre palabra y espacio, entre imaginación y
naturaleza, entre sujeto y objeto concreto.
La obra que escribe el poeta granadino García
Lorca a raíz de su estancia de meses entre Nueva York y Canadá,
entre los años 1929 y 1930, justo en la emergencia de la gran
depresión de la economía de Norteamérica, que estremecería los
cimientos de esa Babel financiera; esa obra poética a la cual
nombra con inusual precisión Poeta en Nueva York,
representa un ejemplo característico de la oposición,
sustentable en y por la naturaleza misma del lenguaje, entre la
imaginación y la realidad.
La imaginación es el ámbito de desafío, de
oposición, de rechazo o negación, pero nunca de exclusión de la
realidad. La filosofía y la poesía han sido ámbitos proclives al
cultivo de la relación entre espacio urbano e imaginación
creadora.
Este hecho puede rastrearse desde el crucial
tránsito de physis a polis en la pionera labor racionalizadora
de los filósofos naturalistas o presocráticos, pasando por
Platón y Aristóteles, en la Antiguedad; Agustín de Hipona, en el
Medioevo; Bacon, en la edad Moderna; y poetas como Góngora y
Quevedo en el Siglo de Oro español, hasta llegar a los grandes
poetas de la ciudad del siglo XIX, a saber, Wordsworth cantando
a Londres, Baudelaire cantando a París y Whitman cantando a
Nueva York.
Si tuviéramos que hablar, de entrada, sobre
probables influencias de otros creadores en el García Lorca de
Poeta en Nueva York, habría que pensar en obras como
Manhattan transfer de John Dos Pasos; en el poema “A
Roosevelt”de Rubén Darío, que preludia la poesía antimperialista
de Hispanoamérica; el libro de 1917 del poeta español Juan Ramón
Jiménez, titulado Diario de un poeta reciencasado, que
canta las grandezas de la gran urbe newyorkina; la película
Metrópolis -Lorca disfrutaba y aprendía del cine mudo, y del
sonoro, el cual se dio a conocer para el período histórico de su
estancia en Estados Unidos- de Fritz Lang, en la que la ciudad
de Nueva York es presentada como el símbolo por excelencia del
mundo moderno.
Existe, además, una rastreable huella en el Lorca
de esta etapa del T. S. Eliot de Tierra baldía (1922).
Este autor había sido estudiado por poetas amigos del poeta de
Granada como León Felipe, que enseñaba en Cornell para finales
de los años 20, y Angel Flores, quien en 1929 trabajaba en su
traducción de Eliot, precisamente de esa obra, a la lengua
española.
Por supuesto, la visión lorquiana y su testimonio
poético sobre Nueva York están impregnados, aunque tal vez en un
tono emotivo diametralmente opuesto, de la gigantesca obra
poética de Walt Whitman, la cual también conoció a profundidad
en sus meses de estancia en Norteamérica, en lecturas
compartidas con León Felipe.
De acuerdo con la perspectiva seguida por el
poeta español Dionisio Cañas en su libro El poeta y la ciudad,
Nueva York y los escritores hispanos (1994), en la historia
relativamente reciente, y enfocando la cuestión desde una
perspectiva más sistemática, en términos de poética propiamente
dicha, la poesía de la ciudad podría clasificarse en cuatro
grandes períodos, que son: 1) el período romántico o del
Romanticismo, en el cual la ciudad se revela como cuestión, y no
simplemente como tema, de la poesía, por cuanto se complejiza la
relación dual individuo-espacio urbano; 2) el período de
transición del Romanticismo a la Modernidad, en el cual se rompe
la relación relativamente armónica entre individuo y ciudad,
dando lugar al sentimiento e idea discursiva de confusión -aquí
tiene lugar el Modernismo hispanoamericano-; 3) el período de la
Modernidad propiamente dicho, que implica, por parte del
individuo, el descubrimiento y experimentación del caos como
entidad física y a la vez actitud metafísica de irredención y
desesperanza -cosa que no ocurría en el Romanticismo-, y 4) el
período de la Posmodernidad, en el cual la ciudad deviene
espacio también caótico, en una perspectiva colectiva, pero,
además, espacio para el refugio íntimo, sin que esto implique
evasión.
Ahora bien, la ciudad y la muchedumbre pueden ser
tocados como referentes poéticos asumidos en aptitudes que van,
desde la identificación con lo urbano y sus micro y
macrouniversos, hasta el rechazo visceral o la indiferencia
analítica. Así varían, por ejemplo, las actitudes de poetas como
E. A. Poe, a quien, según Walter Benjamin, le repugnó siempre la
multitud citadina; Charles Baudelaire, quien sustentaba que
disfrutar la muchedumbre era un arte, experimentando ante ella
un ambiguo sentimiento de repulsa y seducción; mientras que Walt
Whitman cifró en las muchedumbres de la ciudad el futuro de la
humanidad, identificándose plenamente con las aspiraciones
colectivas y sus estilos de vida en la gran urbe de Manhattan.
En Federico García Lorca descubriremos una
particular percepción de la ciudad, contentiva de los cambios
tecnológicos y sociales, de la velocidad -que ya había previsto
Baudelaire- convertida en caos y de la fragmentación de las
estructuras individual y social, así como de las rupturas
epistemológicas que en los momentos iniciales del presente siglo
se manifestaron artísticamente bajo el concepto de vanguardias.
De hecho, la primera impresión de Lorca al ver y sentirse dentro
de la vorágine de Nueva York fue, y así lo testimonia, la de
estar en un “Senegal con máquinas”.
Es en el transcurso del presente siglo cuando los
poetas van a experimentar en forma más definida, por un lado,
una fuerte atracción y seducción por la vida urbana, una
exaltación de la metrópolis, su dinamismo, su diversidad, su
euforia colectiva; y por el otro, van a expresar en sus obras,
con mayor vehemencia y frecuencia, el desprecio por esta forma
de vida y su recóndito anhelo de, como expresó Martin Heidegger,
permanecer en la provincia, dado que las grandes urbes han sido
transformadas en infiernos tecnológicos, engranajes de autómatas,
grandes centros de explotación del hombre por el hombre, y sobre
todo, extensiones de pavimento y varillas verticales donde no
tiene lugar la vida espiritual.
Es de esa última forma como se manifiestan la
ciudad, en tanto que espacio físico urbano, y la muchedumbre, en
tanto que entidad carnal y espiritual, en Poeta en Nueva
York, de García Lorca, libro escrito a fines del segundo
decenio del presente siglo, que resurgirá con vitalidad
espantosa en el pulso angustioso y la tensa denuncia del poema
Aullido de Allen Ginsberg, en 1956.
Habría dos interrogantes importantes que
responder a propósito de una relectura de Poeta en Nueva York.
Y digo relectura porque, en honor a la verdad, la primera vez
que leí a Lorca fue tomando, en 1976, las Obras Completas,
publicadas por Aguilar en un solo volumen, en papel de biblia y
cobertura de piel marrón, que pertenecía a la biblioteca del
Colegio Agustiniano de La Vega, para retomarlo luego, en 1981,
cuando adquirí la edición, también de Aguilar, pero en dos tomos
bellamente editados, siendo ya estudiante universitario. ¿A
cuáles interrogantes, pues, me refiero? La primera ha de
apuntar hacia el por qué viaja Lorca precisamente a Nueva York,
ingresando luego a estudiar a la Universidad de Columbia, al
menos unos cursos de lengua inglesa, después de diez años de
estudios de Filosofía y Letras en Madrid. La segunda, trataría
acerca de por qué escribe Lorca, justo en ese momento y lugar,
un libro que implica una profunda ruptura estilística, si bien
la tragedia sigue siendo una constante de su poesía, una
exploración de recursos expresivos muy distintos a los que usó
anteriormente. Este último asunto es el que vincula Poeta en
Nueva York con la vertiente del surrealismo o superrealismo
en boga para la ocasión. Es de considerarse, además, que Lorca
había compartido múltiples experiencias vitales, teóricas y
creativas con artistas como Luis Buñuel y Salvador Dalí, quienes
trabajaban el cine y la plástica entregados a la causa estética
del Surrealismo. De su experiencia conjunta deriva la película
Un perro andaluz, de corte básicamente surrealista.
Las fuentes biográficas establecen que antes de
viajar a Norteamérica García Lorca había atravesado por una
crisis personal muy fuerte ligada, esencialmente, a dos
aspectos: primero, la traición y el abandono sufrido por amigos
entrañables como Dalí y Buñuel, entre otros; y segundo, el hecho
de confrontar una creciente dificultad para mantener en secreto
su preferencia homosexual. Este estado anímico contribuyó a su
decisión de escapar hacia otro mundo. En una carta que Lorca
escribe a su amigo íntimo Carlos Morla Lynch, despachada desde
Granada a principios de junio de 1929, le cuenta que se irá a
Madrid, donde pasará dos días, para seguir luego a París-Londres,
y desde aquí embarcar hacia New York. Pregunta al amigo si le
sorprende la noticia. Y se responde: “A mí también me sorprende.
Yo estoy muerto de risa por esta decisión. Pero me conviene y es
importante en mi vida. (…) New York me parece horrible, pero por
eso mismo me voy allí. Creo que lo pasaré muy bien. (…) Me
encuentro muy bien y con una nueva inquietud por el mundo y por
mi porvenir. (…) Tengo además un gran deseo de escribir, un amor
irrefrenable por la poesía, por el verso puro que llena mi alma
todavía estremecida como un pequeño antílope por las últimas
brutales flechas”.
En otra carta enviada desde Eden Mills a Angel
del Río, de agosto de 1929, llena de un tono anímico muy
favorable, termina diciendo que se siente perseguido por el
“licor del romanticismo”.
En una carta fechada en febrero de 1926, es decir,
casi tres años anterior a la primera que citamos, dirigida a
Melchor Fernández Almagro, Lorca empieza a hablar de su proyecto
de ir a New York: “Tengo ganas de refrescar mi poesía y mi
corazón en aguas extranjeras para darle más riqueza y ensanchar
sus horizontes. Estoy seguro que ahora empieza una nueva época
para mí. Quiero ser un Poeta por los cuatro costados, amanecido
de poesía y muerto de poesía. Empiezo a ver claro. Una alta
conciencia de mi obra futura se apodera de mí, y un sentimiento
casi dramático de mi responsabilidad me embarga…”. Se refleja,
pues, y a pesar de una aparente hesitación, en estas expresiones
un acto deliberado de búsqueda de crecimiento y transformación
personal y estética.
Un estudioso importante de la relación de Lorca
con la ciudad de Nueva York como lo es Dionisio Cañas sustenta,
sin ambages, que una de las razones de peso para que el poeta
andaluz se marchara a Nueva York fue el hecho de suponer que
podría allí dar riendas sueltas a su autocensurada
homosexualidad. De hecho, afirma que el poeta llega a esta
ciudad luego de que su amor compartido con el escultor Emilio
Aladrén había terminado, lo cual influyó en el estado anímico de
culpabilidad que pesa sobre la poesía que allí escribe.
Cañas establece, además, que el origen de una
conciencia de culpa en Lorca, de ascendencia freudiana y
vinculada a la relación entre disfrute del progreso, por la
conquista de Nueva York, y pérdida de la felicidad, al alejarse
de su Granada campestre, tiene tres niveles de manifestación, a
saber: 1) en el plano sexual, su homosexualidad empieza a ser
asumida por su yo real; 2) en el plano artístico, experimenta un
desarrollo de su conciencia estética, pasando de una escritura
tradicionalista a un lenguaje de vanguardia, y 3) en el plano
social, adquiere conciencia de su condición social privilegiada,
y con ella, abre su sensibilidad artística y social hacia la
preocupación por los desposeídos, criticando la opulencia.
Estos tres niveles de transformación lorquiana, y la angustia
que produce en el sujeto su realización o no, se ponen de
manifiesto en Poeta en Nueva York.
En lo que concierne a un cambio de estilo
escritural, a la adopción de diferentes planteamientos poéticos
visibles en la obra que analizamos, son también elocuentes las
propias palabras del poeta asesinado en la Guerra Civil de su
país. Hay testimonios del mismo poeta que evidencian su rechazo
tajante a la renombrada condición de poeta popular y epígono de
la gitanería en el mundo literario de habla hispana. “Confunden
mi vida y mi carácter”, llega a expresar. “Yo podía ser lo mismo
-le dice a Jorge Guillén, en esa ocasión- poeta de agujas de
coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un
tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje
que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento
que me van echando cadenas”.
A decir verdad, el temperamento esencialmente
poético de Lorca lo lleva a compartir ese arte con la música, el
dibujo, la pintura y el espectáculo. Recuérdese que en sus años
de la Residencia de Estudiantes, el poeta granadino convive
íntimamente con Salvador Dalí; además, tenían por amigo al
futuro genio del cinematógrafo, Luis Buñuel. De manera que,
además del conocimiento que por sus horas de estudio y alta
vocación tenía Lorca de la literatura universal, las vanguardias,
y sobre todo, el surrealismo, les eran muy familiares. Era de
espera, en consecuencia, que un deseo de cambio desde el
discurso poético tradicional, nutrido de riquísimas fuentes de
la tradición popular oral de su cultura, se interesase por su
antípoda, un discurso poético vanguardista, abierto a corrientes
universales y a la búsqueda de nuevos y originales giros
expresivos.
Si admitimos que la libre asociación de símbolos
u objetos en la estructura metafórica del lenguaje poético, así
como la transgresión de los límites de los referentes reales y
niveles, en mayor o menor grado, de automatismo verbal son,
junto al predominio del plano onírico, entre otros rasgos
discursivos atributos característicos del Surrealismo, entonces,
Poeta en Nueva York es un libro orientado hacia esa
estética, lo que no quiere decir, en modo alguno, que por ello
se despeje de la realidad del mundo urbano de Nueva York. Si nos
detenemos en textos como “1910 (Intermedio)”, “Paisaje de la
multitud que vomita”, “Paisaje de la multitud que orina”,
“Panorama ciego de Nueva York” y “Luna y panorama de los
insectos”, entre otros, la lectura nos irá revelando la
estrategia discursiva surrealista en cada texto, y por supuesto,
un García Lorca diferenciado del poeta popular y gitano con que
se conocía. Esta es una voz poética grave, llena de furia y de
rayos, y no la del poeta sutil y puro, a veces preciosista de
otros libros anteriores.
Es importante resaltar, que la visión lorquiana
de Nueva York en esta obra está centrada, fundamentalmente, en
la podredumbre de la sociedad norteamericana, en sus antros de
corrupción y explotación, en sus templos de culto al dinero (Wall
Street), en la zombificación y automatismo carente de espíritu
de las muchedumbres, en los hacinamientos, en la paradógica
degeneración cultural, en la penumbra de la luz de la gran urbe,
en la hipocresía de las capas sociales medias y altas, como
también de la vida religiosa, en fin.
El biógrafo de Lorca, Ian Gibson, afirma que en
Nueva York, al tiempo que el poeta lucha por acomodar su
elección sexual, minoritaria y difícil, ve, además, el
sufrimiento humano a una escala no imaginada hasta entonces, lo
que le hace acercarse a un análisis marxista o socialista de la
condición humana de finales de los años 20, influido en ello por
su amigo Fernando de los Ríos, a la sazón uno de los pensadores
socialistas más destacados de España. Por si fuera poco, Lorca
vivió en el corazón del centro financiero mundial que era Nueva
York, específicamente, Wall Street, la crisis financiera y
social de 1929, que estremeció los cimientos del capitalismo.
Acciones específicas como el suicidio de un corredor de bolsa y
la desesperación de los trabajadores de Wall Street entran a
formar parte del ambiente dramático de Poeta en Nueva York.
En otro orden, y empalmando, aún sea en niveles
diferenciados, con el sentido de esperanza de que está provista
la escritura de Walt Whitman, Lorca exalta la cultura de los
negros norteamericanos y su entronque con el Africa negra,
atribuyendo a ese grupo social un mayor sentido de
espiritualidad y de redención de la sociedad.
En la lectura que hará posteriormente de Poeta
en Nueva York, el propio Lorca afirma: “En una primera
ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa
el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa del
hombre y máquina juntos, se comprende aquella típica angustia
vacía que hace perdonable por evasión hasta el crimen y el
bandidaje. (…) Yo quería hacer el poema de la raza negra en
Norteamérica y subrayar el dolor que tienen los negros de ser
negros, en un mundo contrario; esclavos de todos los inventos
del hombre blanco y de todas sus máquinas, con el perpetuo susto
de que se les olvide un día encender la estufa de gas o guiar el
automóvil o abrocharse el cuello almidonado, o de clavarse el
tenedor en un ojo.”
Poeta en Nueva York
es un libro distinto, que sitúa a García Lorca en una
perspectiva más abarcadora de la calidad de su obra poética y
dramática. Sin este libro, el grito del poeta contra el estigma
encasillador se hubiese hecho un dramático lamento en el vacío.
Lorca permaneció 275 días, angustiosos y
depresivos en su mayoría, en Nueva York, desde donde salió,
cargadísimo de buen ánimo y grandes expectativas, hacia La
Habana, Cuba, el día 3 de marzo de 1930. Allí se reencontraría
con hablantes de la lengua española, luego de la traumática
experiencia de tratar de aprender inglés, y esto era ya algo muy
importante para él. Había salido rumbo a Norteamérica el día 19
de junio de 1929, junto a su amigo Fernando de los Ríos, desde
el puerto de Oxford a bordo del S.S. Olympic, un barco gemelo
del Titanic, perteneciente a la White Star Lines. Poeta en
Nueva York constituye el mejor de los testimonios que su
autor podía habernos legado, sobre su dramática, a veces
terrible impresión de esta ciudad moderna, sin que en modo
alguno haya dejado de ser, pese a su singularidad estética y
marcada diferencia ante la obra anterior, una de las obras más
relevantes del poeta español. |