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Tamara Kamenszain |
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La poesía de Tamara Kamenszain
Alfredo Fressia
Este quinto libro de la argentina Tamara Kamenszain, Tango Bar
(Ed. Sudamericana de Buenos Aires [impreso en Barcelona], 1998), presenta 18 poemas, sin
títulos, ordenados en tres partes o secciones, bajo un acápite que nombra a la tríada
fundadora del tema abordado. Se trata de estos dos versos, sin contexto, de Delmira
Agustini: "Ven, oye, yo te evoco/ extraño amado de mi musa extraña".
Porque en esta poesía el acto de la escritura supera el binomio poeta-musa, e incorpora
ese "extraño amado", sin el cual la creación claudicaría: "Yo no sé
Enrique/ si la poesía trata de esto/ o trata de aquello/ pero es cierto que siempre hay/
un amado, no sé/ un evocado". Son versos del poema que incluye esta afirmación:
"Es mi arte poética", y donde comparece el fin trágico de
Delmira como "dos cisnes manchados" que "alcanzarían como
metáfora/ de un hombre y una mujer/ que se han amado y se separan/ en el hotel/ de los
sueños ajenos". Aquí, el poeta y la musa sólo existen en los sueños de un
tercero, el inefable voyeur, el amado "extraño".
Sobre esa clave del tres, del acto de la creación a tres puntas, que incluye al lector y el tiempo, el libro puede ser leído como una fina e intuitiva Poética. La instigadora reflexión sobre la escritura parte del espacio en blanco, desde el primer poema ("este espacio reservado/ dedico, lo dejo en blanco/ para que alumbre todo"), pasa por la misma adivinación en el segundo texto, que no excluye el humor ("Ese señor que me mira leer a los ojos/ en la borra del café/ tu futuro me tiene aterrada/ .../ no me dejes clavada en un bar") y construye, sobre las menciones del tango ("la vaguedad/ de estos versos que ni siquiera son/ letras de tango"), una delicada imaginería urbana con la que Kamenszain teje el verdadero motivo del libro: la escritura, aquella que medita sobre sí misma, la que "escribe" pensándose. De ahí las menciones de otros poetas, las citas literales de tango y poesía (como un encuentro entrañable en el "Bar" del título), sobre las cuales se funda otra nostalgia, no menos intensa que la del tango: la del paso del tiempo, que aquí condena no sólo al hombre sino también a las palabras: "Escribir es igual a pasarse de moda/ envejecer en Darío/ dejar que se engañen de uno/ los otros". En una especie de "Ubi sunt" por las palabras, la autora construye casi una parábola donde el poeta Néstor Perlongher, que preguntaba "Qué es para mí Domínico, qué es Quilmes", aparece como un fantasma y "qué es para él/ se pregunta hoy la calle desolada/ (...)/ si ya sus dichos pasaron de moda/ te vas para no volver/ amigo muerto en tu infancia/ cuando escribir todavía era/ una manera de preguntarle a alguien". El motivo del tiempo vuelve como uno de los rostros del "extraño amado", esa instancia del discurso que se contempla y "envejece", "porque es tu memoria la que llora/ el atraso de mis recuerdos/ Ma, ¿qué pasó en mayo del 68?". La memoria y el olvido transitan por las palabras de este libro, como ocurre en los tangos, pero su tránsito queda potenciado por la presencia cierta y también enigmática de un evocado "triangular" y proteico que puede diluir los sexos ("o si son ellos muchachos de antes/ los que ahora tocan de oído/ nuestro repertorio") o reducirse a su embrión ("que yo también soy/ una criatura tuya/ tan chiquito y desnudo ahora/ que nadie en vos me ve"). Y como el propio discurso, íntimo y reflexivo, la elegía de este Tango espléndido, que había partido de la página en blanco, se cierra con sabio recato en los versos finales, junto a la "nada" de las palabras acumuladas: "juntando en el cero/ la explosión de su charla". |