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El partido del Diablo de Raúl Henao

Carlos Bedoya

El infierno donde todo es deseo y el edén donde todo es delicia sólo caben simultáneamente en la literatura, única patria donde no hay imposibles.

Jorge Gaitán Durán

Si un hombre no comprende el infierno, no comprende su propio corazón.

Marcel Jouhandeau

Me atrevería a afirmar, tal vez para sorpresa o desagrado de muchos, que el libro del poeta y crítico colombiano Raúl Henao constituye, en el mejor de los sentidos, todo un acontecimiento dentro del proceso, habitualmente tortuoso, de la literatura escrita en nuestro país. Y digo acontecimiento en cuanto este pequeño volumen, El Partido del Diablo, permite establecer una clara diferencia entre el fárrago tedioso y uniforme al que nos han acostumbrado los escritores nacionales y la aventura vital, creativa y rigurosa en que se juega el todo por el todo la verdadera literatura, sin ceñirse a las prescripciones de ninguna tendencia, academia o partido político, pues en este caso el autor cuenta con la lucidez necesaria para saber que la esencia de su obra exige estar libre de toda servibumbre y de que, en tanto emana de la imaginación y de la vida, no tiene fin distinto a si misma.

Desde la publicación de Combate del Carnaval y la Cuaresma (1973), hemos seguido con cuidado y casi siempre, con admiración la búsqueda poética de Raúl Henao, una búsqueda tenaz y continuamente renovada a través de sendas intrincadas y poco usuales en un medio como el nuestro tan dado a las modas y, en especial, al facilismo. También hemos reconocido en Henao su voluntad de renuncia a las prebendas de ciertas instituciones y a cierto coqueteo con ese ente amorfo y proliferante constituido “por la multitud de grises y mezquinos plumiferos que medran como parásitos a la sombra que acertadamente se ha llamado cultura oficial” (El Partido del Diablo, p. 19).

Mantener dicha búsqueda y dicha independencia son precisamente los dos factores que le han permitido perseverar en un camino que no es otro que el de la imaginación y la libertad, es decir, el camino del auténtico poeta el cual lo emparenta, esta vez a sabiendas, con lo que el visionario inglés William Blake denominó “el partido del diablo”, el de aquella zona vedada a las coordenadas de la razón cartesiana donde el deseo y el sueño despliegan su tienda de campaña bajo el oscuro sol del sortilegio.

Rehusando el encasillamiento que implican los “géneros” ( que de categorias abstractas pasaron a convertirse en camisas de fuerza) y manteniendo como hilo conductor la perspectiva anteriormente indicada, El Partido del Diablo reúne e intercala 13 comentarios y 35 poemas. Encontramos en ellos una proyección hacia niveles de la experiencia que buscando emplear la palabra exacta en el lugar exacto, cuestionan la áspera pesadilla cotidiana que, ciegamente, denominamos realidad al tiempo que revelan o exaltan obras y dimensiones imprevistas ubicándonos en ellas con una fuerza enraizada no en la mera información o retórica sino en la vivencia individual. Son notas o poemas cifrados como espacio para la intuición, el extravío, la risa o el espasmo. Convergen allí René Daumal, El marqués de Sade, Alfred Jarry, W.B: Yeats, pero también César Moro, Enrique Gómez Correa, Jorge Cáceres, César Davila Andrade. Cuando no Robert Graves o Sri Aurobindo, pensador Hindú-bengalí a quien nos descubre con “ese grito supremo de guerrero, afirmando la existencia de “un corazón de beatitud en el fondo de un mundo de pena, que –paradójicamente- señala la búsqueda del éxtasis o Nirvana no en las impersonales alturas de espiritualismo puramente contemplativo sino en el seno de la oscuridad, el dolor, el sueño y la muerte propios de toda condición humana”,(E.P.D., P.102).

No deja de conmovernos poderosamente aquella nota titulada “Entrevisiones del Paraíso” respecto a Los Dos Nacimientos de Dionisos de Robert Graves y su experiencia psicodélica con el hongo amanita muscaria. En este caso, el texto logra condensar con extraña precisión la crónica de una vivencia personal supra-normal con las impresiones sugeridas por la lectura de un libro igualmente iluminador. No hay entonces sitio para la solemnidad con la que, infortunadamente, solemos confundir la seriedad, y menos aún para especulaciones racionalistas afines a “la desmelenada gramática… especie de código penal de la literatura” (E.P.D., p. 20). La sagrada tradición védica del soma se cojuga, gracias al lenguaje, con algo tan curiosamente cercano a nosotros como aquel hamaquero del morro El Picacho “tendido en el piso, en un charco de vómito”. (E.P.D. p. 25).

En cuanto a los poemas incluidos en el libro, por su número y características merecerían un comentario que excede las posibilidades de esta nota. Sin embargo, no podemos dejar de señalar en muchos de ellos una obsesión presente en libros anteriores de Raúl Henao, acerca del poeta y la poesía, sus relaciones con el mundo, con la exterioridad (el “afuera” al que hace mención Maurice Blanchot comentando a Rilke), sin olvidar otros dos aspectos fundamentales: el descentramiento (cuando no desintegración) del Yo experimentado tanto por el poeta como por el místico, y la presencia enigmática, por no decir demoniaca, de la mujer, o más exactamente, lo femenino. Y es que el diablo predilecto de nuestro poeta se asemaja con frecuencia a Belcebú, aquel demonio furtivo y juguetón (“el maligno”) que asedia bajo la forma de una preciosa muchacha a Don Alvaro de Maravillas en El Diablo Enamorado de Jacques Cazotte, relato escrito en el siglo XVIII y considerado por Gerard de Nerval como precursor del romanticismo y la literatura fantástica. El”dulce” Nerval, a quien los brujos habrían colgado de un árbol por haberse pasado al partido del diablo, “el partido de los amalecitas, la raza de los antiguos gigantes engendrados por los ángeles rebeldes en las hijas de los hombres, a las que revelarían el secreto… como lo cuenta el hermoso y aborrecible Libro de Henoch” (E.P.D.., p.80).

Así pues, los hechizos, los filtros, los aquelarres, la misa negra y, en fin, todas las manifestacions del culto al príncipe de las tinieblas se entrecruzan, de alguna forma y primordialmente, por vía del erotismo, con el culto al “eterno femenino” y, en último término, a la naturaleza. De ahí que, como lo afirma el autor en varias de sus notas, en el origen, la poesía, el pensamiento mágico, el mito, el exorcismo y la profesía compartan una misma raíz, una especie de rizoma que se extiende a dos fuerzas no menos esenciales: el amor y la muerte, que “…-hasta nueva orden- continuará siendo el maestro, el gurú de la humanidad”. (E.P.D., p. 29).

En este punto, contra viento y marea, El Partido del Diablo es el Partido de la Libertad y el Deseo, que rigen la “mecánica celeste” : “Satanás es el gran proscrito, y él da a los suyos la alegría de las libertades de la naturaleza, la alegría salvaje de ser un mundo que se basta a sí mismo”, según escribió Jules Michelet en la Bruja.

Que sea éste un motivo para abordar el nuevo libro de Raúl Henao no sin recordar (como bien dijo Baudelaire) que la jugada más astuta del diablo consiste en hacernos creer que no existe.

CARLOS BEDOYA (Medellín, noviembre de 1951) poeta, ensayista y traductor. Egresado de la desaparecida Facultad de Filosofía y Letras de la U.P.B. en la cual promovió la actividad literaria a través de la revista “Escritos”. Eterno finalista en numerosos concursos nacionales. Poemas suyos han sido publicados en Colombia, en las antologías: Poetas en Abril No. 11 y en Disidencia del Limbo, en Francia (Revista de la Universidad de Toulousse), en los Estados Unidos (Beloit Poetry Journal) y además otros textos en Venezuela y Nicaragua. Exprofesor de psicoanálisis en la Universidad de Antioquia. Desde hace más de 10 años se dedica a la radio, en la cual se ha destacado como programador de Jazz, rock y baladas. Entre los programas que ha dirigido podemos mencionar: “Fuera de Onda”, Full Jazz”, “Canciones para principiantes”, “Opus Jazz”, “Alto Voltaje”, en la actualidad dirige la emisora “Radio Exito” de RCN (Medellín). Tiene un libro inédito de ensayos, titulado: “Viajes en la cuerda floja”. 

 

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