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juan manuel roca

 

Juan Manuel Roca: Desde la patria de la infancia
(entrevista)

Guillermo Linero Montes

Desde que publicó Memoria del agua, su primer libro de poesía, en 1973, Juan Manuel Roca (Medellín, 1946) ha sido uno de los poetas colombianos más representativos de su época. Su reputación, alentada como ninguna otra por el interés de los jóvenes, tiene la singularidad de provenir de un hecho afortunado: de la exacta simbiosis entre los contenidos, la presentación y expresión de su poesía, y entre las necesidades espirituales de una sociedad en crisis. Un maridaje acorazado como maleable pues le ha permitido resistir, asimilándolas, las cardiacas transformaciones recientes. De hecho su obra calca de manera justa y sensible los altibajos de estos últimos años. Claro está que Roca no es un observador corriente, sus registros develan el lado oscuro, ese campo de la realidad que por inefable resulta vedado a lo extrapoético. Las visiones de su poesía acusan de un poder de atracción parejo al que desata lo no visto o lo no imaginado. Y es que sus poemas, embalados en una estructura moderada, propagan lo secreto y corren la voz sin moderación; hacen eco al mensaje guardado para siempre en la errante botella. En efecto, su poesía nos devuelve la realidad, por cruda que ésta sea, rodeada de una atmósfera inmaterial e intemporal (de leyenda o de fábula) que la atenúa, y lo hace, reiteradamente, sobre específicos ejes. En este sentido Juan Manuel Roca no se permite un amplio margen temático. Como para afirmar su cometido, su voluntad artística parece empeñada --en lo que no veo sino la aplicación de un método-- en unificar y coordinar estrictos recurrentes, señalados ya por quienes han comentado o criticado su obra, o por él mismo. En Luna de ciegos (obra poética 1973-1994) publicada en México por la Editorial Joaquín Mortiz, da cuenta de ello: “Los temas que me interesan son los mismos: la libertad, la muerte, el silencio, el agua, la palabra, la noche y la posibilidad de monologar desde el otro, de uno y los demás, todo esto envuelto en lo que creo es el tema único de mi poesía: el tiempo.”

Elementos, por alegóricos, adheridos con obstinación al “reino de la imagen”, a partir del cual, e inevitablemente, se despliega un universo intangible, cargado de símbolos, alusiones, metáforas, figuras, emblemas o imágenes; un universo donde avanzar es sostenerse como un cristo en la nata del agua.

Pero bueno, los escritos sobre su obra suman un buen número y los espacios en los que se ha difundido su trabajo poético son varios (sus poemas aparecen con regularidad en las anónimas “hojas-revistas” de los universitarios, como en las páginas de las publicaciones acreditadas. Es Premio  Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, Cúcuta 1975, y Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, Medellín, 1979. Igualmente, y con excepción,  su trabajo tiene reconocimiento en el exterior, como una de las voces representativas de la poesía contemporánea hispanoamericana. Algunos de sus poemas han sido traducidos a varios idiomas --inglés, rumano,  francés, ruso--, sin embargo, es poco lo que se ha dicho o escrito de ese otro a quien él ha delatado como beneficiario y víctima del poeta. Precisamente de ese otro desconocido quisimos indagar al poeta, y qué mejor espacio para hacerlo que desde el territorio de la infancia, esa porción tangible de lo que Roca confiesa constituye el tema único de su poesía: el tiempo.

GLM - ¿Qué recuerda, qué vive en usted de la infancia y de sus juegos?

JMR - Si fuera cierto lo expresado por Rilke, aquello de que la única patria del hombre es la infancia, yo sería de alguna manera un patriota del caos, a causa de mi niñez errante. Esos tiempos, esos espacios que ahora con distancia y no poco temor evoco, transcurrieron de un lado para otro por los continuos viajes familiares. Fue un tiempo de nomadeo, entre cajas y maletas, muebles embalados, ropas y libros, a los que mi familia agregaba un niño. Ese era yo, todo ojos, gozando del caótico paisaje casero. Mis otros dos hermanos aún eran niños a pesar de ser bastante mayores que yo. Quizá ese desarraigo de mi infancia tenga que ver, pienso ahora en retrospectiva, con una cierta inestabilidad física y espiritual que siempre me ha acompañado. Una suma de patrias, siguiendo a Rilke, a las que debo seguramente un sentido de extrañeza. A los dos años de nacido en Medellín mi familia empezó su gitaneo: El Havre, París, Madrid, Bogotá, Calarcá y más adelante México, para volver una y otra vez al Medellín de siempre. Las primeras palabras que pronuncié fueron dichas en la precaria lengua de un niño pero en la misma de Montaigne. Debo aclarar que me gusta el recuerdo de la infancia pero que no soy nostálgico, nunca ningún tiempo pasado fue mejor. Si sufro de algo parecido a la nostalgia debe ser de aquella que nace de los sitios que nunca he visitado.

Digamos que quizá, y lo aventuro más como hipótesis que como certeza, de todo ese jaleo e inestabilidad frente a un lugar único, nazca el hecho de que en mi poesía no haya del todo una geografía precisa aunque aparezca muchas veces el país, y que ésta sea una geografía más espiritual que física, hecha de paisajes vistos en el dorso de la intuición, de atmósferas vagas y elusivas. Por supuesto que esta es una reflexión muy posterior a esas circunstancias. Tuve que esperar a que se hiciera vieja mi infancia, esa niñez de arena movediza, para entender los lazos que unen algunos actos de hoy con ese ayer rastreado. En esa infancia, como en la de todos los niños del mundo, el juego tenía su epicentro. Por lo general eran juegos de niño solitario, pues mis dos hermanos, Fabio y Bolivia (bautizada así, como si no tuviera mar, a causa del amor de mi padre por Bolívar) eran casi adolescentes. Un juego recurrente, que recuerde, era el de esconderme en un armario para atraer a la noche. Hacer noche, lo llamaba. No lo sabía, pero ese deseo de transformar el entorno, de convocar a la noche en pleno día, de transferir los hechos cotidianos, tenía ya algo que para mí siempre ha estado ligado a la esfera del poema: la insatisfacción con la realidad inmediata, con el cerco de lo real. “Imaginación , mi niño”, decía René Char ligando pensamiento e intuición.

De esa infancia recuerdo, por sobre todos los demás paisajes de la evocación, la época en que vivimos en el barrio La Floresta, en Medellín. Medellín era, por los años cincuenta, un conato de ciudad. Tenía entonces una forma de esqueleto de pescado: una larga calle como espina dorsal y pequeñas calles saliendo hacia los montes. Por esos días corrían por mis venas más balones que sangre. Quería, y ese recuerdo lo disputo en el área con Darío Jaramillo Agudelo, ser delantero del poderoso Deportivo Independiente Medellín. Además de empezar a jugar futbol, que era una intensa  pasión, soñaba con ser maquinista de tren, o por lo menos fogonero del que iba de la vieja estación en el barrio Guayaquil hasta la estación del Limón o de Cisneros. Otro juego, deporte un tanto más riesgoso, era robar pomas en los pomares de un terreno casi baldío cercano al barrio Calazans, en la que llamábamos la Manga de don Lino. Este señor, que tenía fama de avaro, una especie de personaje salido de un Dickens montañero, nos arrojaba sus perros cuando desde su casa cercana a la quebrada de La Hueso, oía nuestras voces. Un escopetazo al aire y nosotros a correr, a llevar el mismo ritmo de corazón y piernas hasta pasar la última de las alambradas. Era el juego del miedo en el que se mezclaban el olor de la adrenalina y la fragancia de  las pomas, esas esferas de aroma que crecían en mitad de la infancia. Mi amigo de entonces, Álvaro García, amigo de hoy aunque pocas veces lo vea, corría con un suéter lleno de frutas. Otro muchacho, al que llamábamos Tuta, de una dinastía de futbolistas de apellido Monsalve, llevaba la camiseta de su equipo predilecto lleno de guayabas. Yo prefería las pomas, cargadas en un pequeño saco de yute, en una gorra, en las cuatro manos que se me multiplicaban para el goce.

Digamos que el sentido del juego siempre me ha acompañado. En la infancia era obvio ese sentimiento lúdico, como le ocurre a todos los niños. En la adolescencia nunca pudieron convencerme de lo contrario, de abandonar el juego, de hacerme a un aire solemne o trascendente, y todas las expulsiones del colegio vinieron por su culpa. Juego y humor siempre van de la mano, y yo espero que esa pareja indivisa no me abandone. Ahora podría parafrasear el inicio de La vorágine: jugué mi corazón al azar y me lo ganó el azar mismo.

De otra parte, creo que la gran mayoría de los poetas son asesinados en la infancia. Como los pintores también. Alguien los convence de que hay que reproducir la realidad de manera natural, que las mesas sólo tienen cuatro patas, los caballos el mismo número, que el sol siempre está arriba. Si se cede, y no se da espacio a la imaginación para que las mesas no tengan patas, o tengan alas, para que el caballo no posea sino tres patas que lo conviertan en trípode --como un caballete-- y el sol esté siempre en el sótano de la casa, el poeta-niño dará  paso al poeta-muerto e irá por el mundo satisfecho, solemne, maduro. O será un poeta sumiso, si es que esas dos palabras juntas no se codean o se escupen entre sí. Nunca serán pocas las advertencias contra la madurez, ese tiempo en el que los frutos maduros están a punto de podrirse. Recuerdo esta frase de Breton: “No ha de ser el temor a la locura lo que nos haga bajar la bandera de la imaginación.” Para añadir: ni el temor a ser niños lo que nos haga comportar como muertos.

GLM - Hablemos de los miedos de esa época de su vida, ya que el miedo es un elemento propio de su poesía, y de los miedos a la autoridad en el colegio. Usted se manifiesta antigregario y poco obediente...

JMR - Hay una afirmación de Hobbes que parece afincada en la infancia: “La única pasión de mi vida ha sido el miedo.” En la niñez los temores son muchos y de todo tipo, reales y metafísicos, legendarios como esas narraciones, esos mitos de Antioquia: hombres sin cabeza, endriagos, brujas, entidades del monte, animales fabulosos. Siempre he estado más ligado al reino vegetal que al animal, y mis miedos tenían que ver con esos bestiarios de sagas y leyendas, pero también con los animales cotidianos, como el perro, que es un animal por el que profeso una fobia siciliana, valga decir, entusiasta.

Desde una ventana de nuestra casa se veía otra casa donde había unos niños ciegos que jugaban futbol con el ruido, con una caja de lata. Pateaban el ruido. Esa imagen me viene cargada de dulzura. Pero también se veía otra casona donde correteaban unos perros gigantescos, que aún me ladran desde las rejas de la infancia. Ese es un miedo que persiste. Cómo serán de amedrentadores, de poco confiables los perros, que hasta hay perros policías. Bueno, y más fobia que temor, le tuve a la mayoría de maestros, aunque algunos eran en verdad igual de amedrentadores, sabuesos de oficio, Savonarolas de palo, inquisidores en medio de su pequeño feudo.

El mundo del claustro, del colegio, fue para mí algo traumático: difícil escuchar la voz de la obediencia y de las tareas forzadas. Pero también feliz en la posiblidad de la transgresión, en la opción de la ironía. Hay siempre cómplices de naturaleza antigregaria, que por instinto paradójicamente terminan reuniéndose, seres que de antemano son refractarios a volverse repetidoras de conceptos emanados del bajísimo canon del profesorado. En esos grupos díscolos, siempre, que recuerde, estuve yo. Los profesores que padecí, salvo doña Sofía, una señora tolimense que me enseñó a leer, eran vacuos, autistas, autocráticos, poco éticos, deshabitados, hipócritas. Y después nos preguntamos por el origen de nuestra violencia. Pero por otra parte estaba esa cosa colectiva de aprender a descubrir caracteres, esa sicología silvestre que nace de conocer y valorar al otro, de reconocer comportamientos sociales, las filias y fobias que esto comporta. Quizá  sea ése el mejor legado, el mayor  aprendizaje de esa patria boba de las aulas. Del periodo que estudié en México me apasionó su historia. Y su geografía. Asuntos que, al regresar a Colombia, me valieron repetir el año por desconocer la historia del país y su geografía. No fue difícil interesarme de nuevo en estas dos materias, aunque en el caso de la historia fuera tan pobre, tan superficial y sesgada la manera de interpretarla. La historia acá ha sido contada más que por la punta del lápiz, por el lado de la goma, por el lado del borrador. Por lo demás, cero en matemáticas. Y poco de literatura. Con lo que enseñaban entonces  en los colegios colombianos, de puro milagro no quedamos odiando la literatura y, sobre todo, la poesía. En casa se balanceaba el asunto. Durante los años en que viví con mi madre, con mi abuela materna y mi tío Luis, recién llegado de su exilio chileno, tuve la posibilidad de ver que las experiencias literarias no eran experiencias muertas, como las que recibía en el colegio. Un día le leí a un profesor poemas del libro de Luis, Suenan Timbres, y me dijo que no fuera tonto, que leyera a Aurelio Martínez Mutis. Leí entonces su Epopeya del cóndor y sentí gran pesar por la poesía. Y más aun, por los cóndores.

GLM - Hablemos de sus padres, de su familia...

JMR - Pertenezco a una pequeña familia, casi extinta. Los Roca Vidales somos tres: Fabio, Bolivia y yo. Con mis padres, hoy muertos, conformábamos una familia --eso que ahora llaman horriblemente el nicho familar-- de solo cinco personas, un número sagrado para los indígenas huicholes, pero un número caprichoso para nosotros.

La imagen que guardo de mis padres es cada vez más fuerte. Mi madre era una mujer dulce, muy interior, pero siempre como a la espera de una desgracia. Dentro de sus silencios había una especie de sabiduría que no todos podían ver pues no se manifestaba con alardes a través de una verbalidad, sino, más bien, desde sus actitudes benevolentes, de generosidad hacia el otro sin ademanes retóricos. Era la suya una bonhomía en punta de pies, silenciosa. Esa lección de desprendimiento que ella tenía quisiera que estuviera siempre a mi favor, presente en mis actos. En los momentos de crisis económicas, cuando pasábamos, gajes de la inestabilidad paterna, del fasto a la estrechez, mi madre cosía y cosía al pedal de su máquina Singer: yo pensaba que en su infatigable pedaleo, sumados cada pedalazo de su costurería, hubiera podido llegar hasta Java o a Burdeos, hasta Gales o Nepal. Se lo decía con una sorna cariñosa que ella aceptaba de buen gusto tras su sonrisa leve. 

Mi padre era su antípoda. De él, lo que más resuena en la memoria es su risa. Risa franca, abierta, y claro, ese sesgo burlón con el que contaba sus andanzas. Aún oigo esas historias suyas de amores y de embrujos, exageraciones que su fantasía tocaba de la palabra justa, del ademán exacto. Su habla estaba hecha para la sapidez de los vocablos a los que trataba como frutos: ponía tanto cuidado en el asunto oral como en su obra escrita, aunque supiera que sus historias habladas fueran raptadas por el viento. Aún así siempre preferí su obra hablada a la escrita, pues ésta a veces redundaba en un regodeo del idioma muy a la manera hispanófila de su tiempo, aunque haya páginas de sus crónicas, de sus entrevistas y ante todo de su novela sobre el barrio Guayaquil, El diablo tiene la vela, que me resultan memorables. Recuerdo estas palabras que le dedicó un gran cronista olvidado, Jaime Barrera Parra: “Juan Roca Lemus tiene la voz lejana y cantarina. Sobre ella, como sobre un riachuelo, corren canoas y cocodrilos. Son las historias de su vida. Es un gran narrador. Su colección de fábulas es inagotable. Una noche durmió sobre una palmera, otra dentro de una botella de ron costeño. Una vez se mató con un sacacorchos.”

Muchas veces pasé con él noches en vela oyendo sus historias, sus andanzas por Usiacurí y por Gamarra, por Jamaica o por París. Todo esto, antes de anclarse en Medellín, que siempre fue su gran amor, su amor a primera vista, un amor que aumentó cuando me dio por nacer allí. Atrás había dejado su Barranquilla adolescente, ya lejos de su Ocaña natal. Brillaban sus ojos aceitunos cuando hablaba de Bolívar, su otra pasión, o de la Cruz del Sur que iluminara su ruta. Tenía un temperamento que entreveraba un gran sentido del humor, un humor disolvente, con asaltos de soberbia.

Un día de 1966 llegó de madrugada hasta mi cuarto en la casa del barrio Las Acacias. Cargaba varias cajas de libros de todos los colores, de todos los olores. Extraía libros como un mago extrae liebres de su sombrero de copa: Kafka, Vallejo, Rimbaud, Miller, Chesterton, García Lorca, Miguel Hernández, Azorín, Dostoievski, Gogol, Flaubert, Lautreamont, Nietzsche, Machado, Hamsum, D. H. Lawrence, Wilde, Radiguet, Huidobro, Khayyam (su hermoso Rubayat del que él tomaría su caprichoso seudónimo) y Fernando González (Mi Simón Bolívar).

Un alud de libros que sepultó mi asombro por mucho tiempo ante su complicidad y ante mi deserción prematura de la vida universitaria. Su argumento era más o menos este: “Si ya se te metió el gusano de la escritura, su mejor alimento, aunque no el único, es la lectura. Me parece que de Los tres mosqueteros sólo has leído dos.” Y se reía. Ahora pienso que mi mayor deuda con él tiene que ver con ese coctel molotov que depositó esa madrugada en mi alcoba.

Era rabioso, pasional y cariñoso, y en ese trípode de su personalidad asentaba su cámara. A contracorriente de la oposición familiar con la que casi siempre cuenta un hijo que quiere dedicarse a algo tan ilusorio como la escritura, asunto sin duda más inútil que hacer agujeros en el agua, conté con su complicidad. Y con la de mi madre, que siendo hermana de poeta entendía de enfermedades literarias. Clara se llamaba mi madre, cobijada por un nombre que le venía muy bien por su nitidez. Ya ella sabía, por haber vivido de cerca la experiencia de su hermano, poeta en las duras y en las maduras, lo que significaba que a alguien se le atravesara ese fantasma, ese golpe de ola de la creación literaria, algo que  intuía como un viaje con boleto de ida, solamente.

A pesar de pregonarse de ordinario conservador, nada menos que seguidor de Laureano Gómez, mi padre, por su talento y su talante, me parecía un raro bicho que políticamente podría señalarse como un ácrata de derecha. Aún desde sus cargos diplomáticos, el viejo siempre logró ser  libre: sacrificaba un camino seguro por hacer un chiste y por ser el menos diplomático de los diplomáticos. Para mí, su ideología era motivo de conflicto, no lo juzgaba “políticamente correcto”, pero le respetaba su autenticidad. Él consideraba que yo era un marxista ortodoxo, aunque nunca lo fui. En realidad me acercaba al anarquismo y muy eclécticamente me interesaba en los escritos sobre literatura y arte de León Trotski. Los enfrentamientos eran obvios, cada vez mayores en la medida en que pasaron los años y llegara la Revolución cubana, tan cercana a los afectos de mi generación cuando todos veíamos posible dignificar de veras la palabra dignidad. De esos pugilatos verbales aprendí mucho, sobre todo a defenderme de un alud de ironías, una de las armas más afiladas que tenía. En esas lides verbales y de ideas descubrí que en el fondo lo que más nos separaba era tener los mismos temperamentos explosivos y soberbios. “Son iguales, tercos como mulas de arriero”,  decía su amigo de siempre y luego mi amigo, el viejo poeta aristócrata, gozón y cascarrabias, Ciro Mendía, mientras saboreaba su aguardiente adobado con cáscaras de limón.

El dulce carácter de mi madre, entre esos dos vietnames temperamentales, creaba una neutralidad suiza y los heridos de esas batallas no eran otra cosa que bajas temporales en el fortalecimiento de una intensa y contradictoria relación. Pero es curioso, muchos años después y no propiamente frente al pelotón de fusilamiento, mi padre, otra vez en un singular entronque anarquista, me dijo que el mejor poema que yo había escrito era el Epigrama del poder, esa pincelada que dice: “Con coronas de nieve bajo el sol, cruzan los reyes.”

No he sido amigo de ningún gobierno de este país, no he votado jamás --creo que lo que más debe amparar la democracia es el derecho a no votar, a no ir al ejército-- ni he sido corifeo de ningún político o de ningún partido. De ninguno de los tres partidos tradicionales: el conservador, el liberal o el comunista, aunque ahora un despistado “historiador” de Medellín, que hizo un pésimo libro sobre Luis Tejada, hable de una supuesta militancia mía en ese último partido, junto a José Manuel Arango. No sé él. Pero yo no tomo vodka Mamerkaya ni he tenido Stalinococos caballeros. Sólo he simpatizado con líderes anómalos como Jaime Bateman, y esta actitud descreída quizá haya sido fortalecida por esa independencia casera que me ayudó a buscar lo que de verdad me ha interesado, a no plegarme al rebaño. Claro, en esos intereses fundamentales la poesía y la literatura siempre me han ayudado a asumir posiciones sin pedir el beneplácito de nadie.

GLM -¿Y los amigos?

JMR - Soy un hombre de amigos. De pocos amigos, obviamente, pues si se es amigo de todos no se es amigo de nadie. La amistad es mi única religión, religión de un solo dogma, la lealtad. Y con ella, una sola virtud teologal, la ética. He tenido muy buenos amigos a lo largo de mi vida. En la infancia, Álvaro García, con quien crecí compartiendo las mismas cosas, los primeros asombros, las primeras fabulaciones: una noche --le decíamos a un grupo de alelados-- una bruja nos llevó en su escoba por encima del barrio y vimos a un vecino que le daba leche a un gato en su patio, vimos a una anciana que siempre nos escondía los balones que caían al suyo, arrodillada, rezando. Dimos tantos detalles de ese vuelo nocturno que hasta nosotros lo creímos. Después dejamos de vernos, cuando salí como tantas veces de Medellín, pero volvimos a encontrarnos en la adolescencia. Compartimos entonces las mismas pasiones por el futbol, por el mismo equipo, los primeros bailes, las primeras novias, las largas caminatas nocturnas de peripatéticos, hablando de La Floresta al centro, del centro a La Floresta, o de los barcitos de Guayaquil a los de La América. Luego compartimos lecturas (recuerdo la pasión por Kazantzakis y por El Coloso de Marusi de Henri Miller) y mucho trajinar en un ocio que podríamos llamar creativo. Aunque hace cerca de diez años no  lo veo, sé que es una amistad cosida con hilo de cáñamo. De alguna manera era feliz en esos días, aunque el aguafiestas de Rimbaud no dejara de recordarme, como una mala sombra, su sombrío estribillo: “Soy feliz, ¡cómo pude caer tan bajo!”

En el bachillerato, en la etapa que hice en Bogotá, tuve un gran amigo, Santiago Velandia, a quien los avatares de la vida lo llevaron a otros asuntos, a casarse muy joven y dedicarse a su familia. Era persona de gran sensibilidad, vago como yo, descreído del colegio como yo, con quien compartí el gusto por la pintura, una pasión primitiva, si se quiere, por la plástica. Hace muchos años no sé de él pero también es alguien que aprecio aunque no lo vea.

A mi regreso al Medellín de finales de los años sesenta, que fue un momento definitivo en mi vocación de escritor, me integré por azar, por ese subterráneo sistema de encuentros que él propicia, a un grupo que más que literario era un conciliábulo de amigos con el mismo tipo de pesquisas. Éramos contestatarios sin programas ni mandamientos, incrédulos de esas premisas vanguardistas que consisten en crear un manifiesto para que después la obra coincida con lo manifestado. Primero conocí a Raúl Henao, poeta de acentos surreales, temperamental, con mucho kilometraje de lecturas a su haber, con quien compartimos ideas en ese tiempo frente a una cultura de fonda antioqueña, nostálgica, con tufo de chocolate. De esa literatura nostálgica, de la teja y de la lágrima, dudaba tanto como del ruido sin nueces de los nadaístas, con la exepción de Los poemas de la ofensa de X-504. En los setenta conocí a Carlos Bedoya, que auguraba ser un excelente ensayista, pionero de la crítica del rock, ahora también lejano en las búsquedas y en los afectos pero en ese momento amigo entrañable. Lo mismo que a Luis Eduardo Espinal, a quien algunos mirábamos con cierto respeto ingenuo por haber sido publicado en El Caimán Barbudo de Cuba; buen cuentista y buen poeta, Espinal sigue escribiendo asordinado, en silencio, mientras ejerce su carrera de bibliotecólogo en Cartagena, de la misma manera como ejerce su gran sentido de la amistad. Y a Rafael Patiño,  poeta de tono muy personal y buen traductor. Lo mismo que a Samuel Vásquez, a quien me liga una amistad de muchos años, con quien he compartido momentos vitales muy fuertes, de auténtico júbilo y de alegría sin límites, pero también otros muy duros de cara a un país que no admite al fuera del rebaño. Con él aparecería en los años setenta una pléyade de pintores, músicos  y actores de teatro que hizo que ya Medellín no fuera la misma ciudad. El Taller de Artes que  realizó montajes enclavados en lo mejor del teatro colombiano, creó también bajo la batuta suya a Clave de Luna, excelente grupo musical donde el negro Billy, nuestro Paul Robesson de cabecera, alguien sin edad de quien se dice que no nació sino que lo fundaron, suelta sus intensos “spirituals”. Pintor, director de teatro, músico, Samuel hizo la carátula de mi primer libro de poemas publicado en 1973, Memoria del agua, año en que aparecerían dos óperas primas que me sedujeron: Combate del carnaval y La cuaresma, de Raúl Henao, y Este lugar de la noche, de José Manuel Arango, por entonces un poeta desconocido, silencioso e inédito a pesar de ser contemporáneo de los nadaístas. Esos años setenta fueron para mí más ricos que los cacareados sesenta. Medellín se desperezaba de una larga modorra. Como aún no entraba en la pesadilla del narcotráfico y del mundo sicarial de manera rampante, la ciudad preparaba fuegos más benignos, los de la creación.

Cuando vuelvo en el 75 a Bogotá hago un amigo para siempre: Antonio Samudio, pintor que entrelaza una gran sabiduría del color con un humor que nadie más tiene. Hablar de Antonio es hacerlo de una vocación irreductible, de un fuerte sentido ético, de una manera de encarar el mundo sin permiso de nadie, de una paleta asordinada, de una fidelidad a sí mismo y a sus amigos que no tiene tregua. Samudio no tiene fisuras, escisiones entre la persona y el artista, es auténtico como el agua. Tengo muchos y buenos amigos pintores: Mario Londoño, generoso, alegre, pintor de silencios y de sueños. Fabián Rendón, un monje del grabado con quien he realizado --al igual que con Samudio hice el libro Tríptico de Comala--  un par de libros con sus virtuosos linóleos y sus formas tan personales. Del lunario circense y Cuaderno de mapas, son dos volúmenes fundados en la amistad. Kike Lalinde, pintor y pianista que pasa del lienzo al teclado como quien pasa de la ducha a la sala, como quien cruza linderos muy tenues. Quizá tenga más amigos en la plástica que en las letras, me seduce mucho la pintura, una de las más altas formas de la poesía. Las artes plásticas han sido nutrientes de mi poesía, tanto como la voz de los grandes poetas. No soy amigo cotidiano de José Antonio Suárez pero lo aprecio como persona y como artista. Suárez pone, en medio del espejismo del arte colombiano reciente, de ese correr tras las viejas vanguardias o las que impone la “globalización”, un alto ahí, un recordar algo que no viene nada mal: el rigor. Él hizo dibujos y viñetas para la antología Luna de ciegos y para Prosa reunida.

De mis amigos poetas hay uno del que heredé, de alguna manera, su amistad con mi padre:  Héctor Rojas Herazo. De niño lo vi varias veces jugar ajedrez, tararear una canción o dibujar en servilletas. Ahora frecuento a ese gran espectáculo humano llamado Héctor, le oigo sus historias, su palabra tan rica que parece entresacada de sus novelas. Como nunca se ha vendido al mejor postor, que casi siempre es el mejor impostor, Rojas Herazo resulta en el medio colombiano una suerte de emblema para los nuevos poetas y narradores. Son ellos mis amigos, también, como lo es Omar Ortíz, fiel a ese dogma de la lealtad y el humor. Como lo son Marisol Cano y Claudia Antonia Arcila, con quienes trabajé durante diez años desenfadados y guerreros en el Magazín Dominical de El Espectador, antes de que la cultura de Sísifo, el síndrome bien criollo de que hay que hacer rodar la piedra cuando llega a un logro, lo acabara. 

Otros amigos a los que además admiro: Germán Espinosa, Alberto Salcedo, Carlos Vallecilla, Jaime Aljure, Luis Felipe Orozco, Beatriz Castaño, Gloria Erazo, Víctor López Rache, Julián Malatesta, Diana Gil, Pedro Badrán, Andrés Salcedo, Piedad Bonnett, Rómulo Bustos, Alberto Rodríguez, Olga Marín, Alejandro Torres, Gabriel Arturo Castro, Álvaro Marín, Jaime Echeverri, Federico Díaz-Granados, David Jiménez, Horacio Benavides y paro de contar, faltando datos de algunos municipios, porque ya empiezo a parecer un cantor vallenato enviando saludos.

Mi amigario es, viéndolo bien, más amplio de lo que yo mismo creyera a simple vista.

GLM -¿Qué libros y paisajes lo han acompañado a lo largo de los años?

JMR - Como ya lo manifestaba, decir infancia es decir paisaje. Pienso de entrada en los paisajes de la zona cafetera: mi madre era del Quindío. Pienso en los cafetales. Cuando los evoco recuerdo la teoría de Kandinsky de cómo el rojo sobre el verde canta. Esos frutos muy rojos en el follaje, como el pájaro cardenal que parece un pequeño incendio sin cenizas, habitan mi memoria. Me acompaña siempre el olor a humedad, a pastizales o a hierba recién cortada. Creo que hay una especie de paisaje del olor cuando oigo la palabra Quindío. Por ese motivo voy, como el musulmán  a La Meca, al Valle de Cocora, a Salento. Cuando dejo de ir, ese paisajismo de olores inolvidables me sigue rondando de manera persistente. Otros paisajes que me acompañan: las mangas de Medellín, de un barrio que aún era emisario del campo. En él aparecían, nocturnos y enlunados, algunos ladrones de ganado: era un recodo rural dentro de la ciudad. Y claro, los parajes de una preadolescencia mexicana, país que ha dado temas y atmósferas a algunos de mis poemas: desiertos, cactus que son como percheras del viento o como signos de admiración en el paisaje. Cuando leo a Juan Rulfo encuentro que esos paisajes físicos descritos allí pertenecen a buena parte de mis paisajes espirituales. Me siento más ciudadano de Comala que de Macondo, si hablamos de paisajes. Y la noche. El paisaje nocturno, su desgobierno que borra lo que trae el día, es un ámbito que me seduce. La noche pertenece al tiempo de la duda: sus paisajes dubitativos desde siempre me han atraído. Ese clima propicio para la poesía cuando la noche realiza su desdibujo, o cuando riega su tinta china, esos momentos en que el baúl deja de ser baúl, el vaso deja de ser vaso,  mesa la mesa, para integrarse a un todo, es uno de mis paisajes preferidos. Y el agua, todo paisaje lacustre me hace llamados. Soy hidrólatra confeso. Y sobre todo, amo el paisaje montañoso.

Qué duda cabe, soy más animal de monte que de mar, y tal vez por eso no pude responderle a mi hija Andrea, que por entonces tenía cuatro o cinco años, cuando me despertó en una madrugada de Cartagena de Indias para preguntarme “a qué horas abren el mar”.

En mi casa siempre hubo dos olores, dos atmósferas rondando. Uno era el olor de las flores (soy un José Celestino Mutis de bolsillo) y otro el de los libros (soy un Gutenberg de parroquia). Esto aún me produce una cierta embriaguez que procede, proustianamente, de paisajes de olor.

En mi niñez los libros eran más de olores que de letras. Creo que olí las obras completas de Silva, las novelas de Salgari que emanaban un tufo de yodo, el pequeño Larousse, los mil y un aromas...  Cuando llegué a los 17 o 18 años los libros me empezaron a interesar de manera más normal, para ser leídos. En la casa siempre hubo libros. Sólo más tarde entendí que ese bastimento literario que había en las paredes de la casa me iba a resultar tan necesario como la botella al náufrago. Uno de los primeros poetas que me inquietaban, cuando ya tuve 25 diciembres, y que todavía me acompaña, era César Vallejo. No lo entendía pero me atraía su palabra, me atrapaba sin por qué, como ocurre con cierta poesía que es para entender más que con la inteligencia del cerebro, con la del corazón. Vallejo es compañía desde entonces. Hay autores que vamos dejando en el camino. La prosa magra de Azorín, su ascetismo en el lenguaje, me raptó muchas horas, pero nunca he vuelto a leerlo. En general, esto me ocurre con los escritores españoles, aún con el magnífico Valle Inclán, del que he vuelto a leer su Romance de Lobos con otro tipo de deleite, aquel que nace de precisar la secreta maquinaria de un lenguaje. No entiendo bien por qué me ha ganado el desinterés casi total en los escritores españoles, tratándose de nuestra comunidad lingüística. Con la excepción clara de Cervantes, de Quevedo y a veces del “cejijunto rey de los venablos”, como llama don José Lezama Lima a Góngora, con la excepción de El poeta en Nueva York y de algún tramo de la obra de don Antonio Machado, difícilmente regreso a las letras hispanas.

Hablo de algunos libros leídos en la casa paterna. En la casa de Vidales gobernaba la literatura francesa, además de los rusos. Una estantería tenía a Villon, a Rabelais, a Rimbaud y a Baudelaire, libros de arte, un tomito de Cardoza y Aragón con su autógrafo, una pequeña y gran Babel que me hacía guiños. Allí leí, y vuelvo a hacerlo, a Luis Tejada. Nunca abrí Morada al sur de Aurelio Arturo, al que Vidales tenía por gran poeta, con lo cual demoré varios años la entrada en la mejor poesía colombiana. Pero una vez que lo hice formó parte de mi equipaje.

Ahora, hay autores y libros de los que difícilmente me deshago: Rimbaud, Pessoa, Kafka, Schwob, Edgar Lee Masters, Cendrars, Michaux, Rilke, Benjamin, Cioran, Nabokov, Bertrandt, Flaubert, Carroll, Milosz, Trakl, Faulkner, Bierce, Lowry, Beguin. La lista es incompleta, pero si agregamos a los narradores más poetas de América Latina como Rulfo, Arreola, Onetti, Guimarâes Rosa, Lezama, Piñera o Roa Bastos, podría decir que es grande el fantasmario que me acompaña. Siempre me ha gustado más la narrativa y el ensayo de Borges que su poesía, me siento más acompañado por estas estancias de su obra. Libros como Respirando el verano, como El coronel no tiene quien le escriba o La tejedora de coronas, novelas todas escritas por hombres del Caribe colombiano, me parece que contienen más poesía que casi toda la tradición lírica del país.

GLM - Hablemos de la muerte, de su relación con ella en la infancia, de sus tratos de ahora en un país donde, según sus palabras, la muerte “es la que más trabaja a toda hora.”

JMR - No tuve en la infancia muchas vecindades con la muerte. Más allá de mi adolescencia, llegó la muerte de mi abuela materna, Rosaura Jaramillo de Vidales. Llegó y se fue sin que me diera mucha cuenta. Pero además no era una entidad que yo amara mucho. Mi abuela era dura. Pequeña y dura y con un pragmatismo a la antigua manera antioqueña, aunque graciosa cuando quería serlo, anecdótica y charlatana. Como mis otros tres abuelos, mi abuela Elvira Lemus, mi abuelo Juan Manuel Roca García –paternos-- y mi abuelo materno Roberto Vidales, ya habían muerto, no asistí a esa ausencia de entidades humanas que generalmente son tan entrañables. No sé si no conocer a sus abuelos sea otra forma de la muerte, de la ausencia. Me hubiera gustado conocer a mi abuelo paterno, que era pintor, que era fotógrafo, que era tipógrafo. O a mi bisabuela Bárbara Vicenta Lemus, de quien se cuenta que se disfrazó de hombre, en tiempo de mujeres iletradas, para poder entrar a la Convención de Ocaña y estar cerca del Libertador. De niño nunca pensé en la muerte. Ahora lo hago con frecuencia pero sin temor. De una parte porque la muerte acaecida a algunos hombres no es más que un pleonasmo, de otra porque es justo que la soberbia humana tenga enfrente la talanquera de su fugacidad. La muerte ha sido eterna y asidua viajera por los fundos de Colombia. No me acostumbro a verla como algo natural porque durante largos años la muerte ha sido provocada por las manos del hombre. El crimen es la negación de la muerte, una forma pánica de matar a la muerte. Una cosa son las vidas truncas por la violencia, algo terrible, y otra, muy otra, la muerte natural. En algunas líneas de un poema yo decía tener más amigos en las tumbas que en los bares. Y esto cada vez resulta más verdadero: si miro por un espejo retrovisor veo una generación desaparecida por muertes violentas. Sí, en Colombia, donde la guerra siempre viene después de la posguerra, la muerte es la que más trabaja a toda hora.

GLM - En sus poemas a cada tanto aparece “la mujer que lava el agua”. ¿Es símbolo de transparencia o de algo imposible? ¿Podría hablar de la mujer en su obra?

JMR - La mujer ha sido fundamental en mi vida, y por supuesto, en la poesía. Y sí, un personaje emblemático de mi quehacer poético es “la mujer que lava el agua”, que aparece y desaparece a cada tanto del panorama de mis versos. Esa imágen mágica y poderosa de blancura vino a mi cabeza una vez, en las montañas de Envigado, cuando hacia 1970 hice una incursión en el ácido lisérgico, que me abrió súbitamente lo que Huxley llamaba “las puertas de la percepción”. Fue un viaje exploratorio por el alma y por el afuera, cuando descubrí por primera vez cosas que todos los días veía. Y que aún viéndolas no las había “descubierto”. Así, la savia subiendo al árbol, la respiración de la materia, el agua como poder seminal. De allí saldrían, de algunas de esas percepciones, ciertas imágenes de mi primer libro, Memoria del agua, título para mí premonitorio, pues muchos años después un científico norteamericano diría que el agua posee, como el hombre, una memoria.

La mujer que lava el agua nació al mismo tiempo que la percepción de un agua memoriosa. En el agua han sido escritos millones de nombres de pasajeros, del eterno pero fugaz narciso que es el hombre.

Esa intuición de una mujer capaz de lavar hasta el agua, es decir, de una entidad humana que puede habitar la mayor pureza, sin duda que es una imagen de fuerte estirpe romántica, en contradición con las mujeres cotidianas, las desacralizadas mujeres postmodernas, muchas de las cuales se reirían del propósito absurdo de lavar el agua. Pero ahí quedó, como búsqueda de transparencia, como un arte poética.

El eros, el festejo del cuerpo, que sin duda es una alta forma del amor, creo  que ha avasallado otras formas amorosas en mis poemas. Son pocos mis poemas amorosos pero, en los que existen, casi siempre hay una presencia del erotismo, propiciado siempre por la geografía corporal de la mujer.

Ahora que la mujer se ha vuelto su propia musa, es decir, que goza de una libertad creadora sin precedentes, no por eso deja de ser instigadora de la palabra que busca su blanco. Instigadora de poesía, lo femenino es quizá esa fuerza oculta que los antiguos llamaban musa, lo que García Lorca llamaba el duende, aquello nombrado por Rilke como el ángel, que es el diablo para Alloysius Bertrandt o diosa blanca para Robert Graves, algo que puede ser el rapto poético o la bendita inspiración de los antiguos. 

GLM - Es usted un poeta de obsesiones. ¿Además del agua, de cuáles es consciente?

La libertad de palabra, es una. Cómo salvarla en tiempos como estos hechos para la mímesis, para la clonación y la gris uniformidad. Es curioso que un deseo de libertad en el poema tenga un centro contradictorio: querer fijar la libertad en palabras, querer atraparla en una voz. El tiempo. La escritura está fraguada contra el tiempo. Siempre me ha resultado abrumador que las palabras acabadas de decir ya sean pasado, que alguien o algo las succione como un sifón, como una secreta cisterna. Ese gran resumidero que es el tiempo se traga, se absorbe todos nuestros gestos, los ademanes amorosos y los del rencor, nuestra vitalidad y nuestras esperas. El gran engullidor, el tiempo, que sufre una bulimia incontrolable por masticar el mundo, ha sido un tema a veces directo, a veces elusivo, presente casi en todo lo que he intentado escribir. Y la ceguera. La ceguera, más que física la ceguera histórica. De ahí la idea de una luna de ciegos, la poesía, que es una forma de ver en la oscuridad. La ciudad, porque casi todos mis versos nacen en la calle y desembocan, cuando desembocan, en el poema. El tema de Nadie me obsesiona desde mi primer libro de 1973 donde ya hay un poema con ese título, porque Nadie es un personaje que nos permite presumir que somos Alguien. La pintura, sus atmósferas que más allá de lo episódico, de lo anecdótico, ayuda a la poesía a crear imágenes pues así como hay una pintura escrita, hay una palabra pintada. El país colombiano, que en cualquier atlas actualizado debe figurar en el capítulo de erratas. Y el humor. Algo que me ha salvado siempre, mi ángel de la guarda, mi dulce compañía, es el humor ante los embates de un país donde no podría vivirse si no se contara con su extraña coraza. Un vigilado humorismo que es refractario al chiste toca algunos de mis poemas. No creo en el humorista profesional, en el que a todo trance quiere hacer reír, porque convierte el milagro en baratija, el rito en monotonía. Con el humor ocurre como con la poesía. En ella todo azar nace de una búsqueda, pero no puede programarse: el sueño de la razón produce malos versos. El humor es lo que me permitió trabajar varios años en un periódico aún después de recordar la frase de Guido Ceronetti citada por Cioran en sus Ejercicios de admiración: “¿Cómo una mujer embarazada puede leer un periódico sin abortar inmediatamente?” Ante alguien que goza del duende del humor babeo como un grafitero frente a la muralla china.

El humor me ha salvado del miedo en un país cruento, tabla de náufrago. El humor me ha resguardado de enemistades aunque también me las ha granjeado, campo de guerra. El humor me permite burlarme de mí mismo, espejo bizarro. El humor, que es un alto rango filosófico, entra a saco contra un país de políticos llenos de vacío, anómalo guerrero. El humor que atempera mi trascendencia, guardián severo. El humor me hace orar a un estrábico dios: señor, que tu risa se ponga de mi parte.

Debe haber otras secretas obsesiones de las que no soy consciente, ésas que son las más importantes por escaparse de lo intencional, de lo programático. Recuerde que cuando a Gogol fueron a decirle que había hecho la demolición del zarismo con sus Almas muertas, el primer sorprendido, y parece que indignado, fué él que se creía zarista. ¿Hasta qué punto, el fantasma de la creación engaña al autor, que creyendo decir algo está expresando lo contrario? A lo mejor Álvaro Mutis es bolchevique. 

Bibliografía

Memoria del agua, 1973; Luna de ciegos, 1975; Los ladrones nocturnos, 1977; Señal de cuervos, 1979; Fabulario Real, 1980; Antología poética, 1983; País secreto, 1987; Ciudadano de la noche, 1989; Luna de ciegos (Antología), 1990; Pavana con el diablo, 1990; Prosa reunida, 1993; La farmacia del ángel, 1995.

 

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