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Francisco Hernández: Porque se dan las palabras
(entrevista)

José Ángel Leyva

La primavera cae de lleno en la amplia avenida donde una alfombra lila crece bajo un sol intenso, en una ciudad que perdió hace muchos años su legendaria transparencia. A veces, como este día, el valle del Anáhuac luce radiante. Desde el moderno departamento del poeta Francisco Hernández, contemplamos la avenida Veracruz con su carnaval de jacarandas. Es abril y el color estalla subversivo, subversante. Es un buen momento para conversar de la alegría de la palabra, de su origen, de sus motivos, de su destino. El poeta Hernández habla de la selva húmeda, de su natal san Andrés Tuxtla, Veracruz (1956), donde sospechó del fulgor de la poesía.

Francisco Hernández es un caso interesante en la república de los poetas mexicanos, su éxito es indiscutible, como lo fue el de Jaime Sabines, sin pertenecer a la academia, sin estar ensamblado a un grupo específico de intelectuales o políticos, sin tener (eso sí como Sabines) un hermano gobernador o influyente, sin ser considerado como un intelectual o literato reflexivo, sin ser un funcionario público que funge como poeta funcional. No obstante, Hernández es un escritor al cual sólo se le puede definir como lo que es, un poeta. Su obra denota diversos registros que van desde la poesía de gran aliento hasta la versificación que esgrime el juego oral, la nota íntima de un diario o el Mascarón de prosa que rompe la verticalidad del ritmo para hacerse a los piélagos profundos de una escritura horizontal y agitada. En todas esas incursiones, el poeta sostiene el rigor de la palabra, la fuerza enérgica de los significados y una encantadora melodía de sirenas que suena a inteligencia, humor, mundanidad, revelación, abismo.

JAL - Entonces le preguntamos a Francisco Hernández de dónde provienen estos vaivenes de su poesía, de que región íntima florecen los colores de su palabra, en qué momento figuraron las sombras de un lirismo que le dan a su trabajo también un carácter de depresión tropical.

FH - En 1956, cuando yo tenía 10 años, San Andrés era un pueblo muy tranquilo. En esencia lo sigue siendo, aunque se le califique desde hace cien años como ciudad. Entonces, en mi infancia, no había televisión, tampoco librerías. Mi padre llenaba un pequeño librero con revistas Selecciones de Reader Digest y con algunos libros que alguien le regalaba. Recuerdo entre otros alguno de Díaz Mirón, Rubén Darío, amado Nervo, Julio Verne. Eran poco volúmenes que me ayudaban a pasar el tiempo, pero sobre todo lo que leía eran historietas. Alguna vez mi padre me arrancó de las manos un cómic de Superman y me dijo con cierta violencia: “Deja de leer eso que sólo quita el tiempo” y me dio a cambio un libro de literatura. En lugar de reaccionar con rebeldía a la imposición, leí con mucho interés el volumen. Fue revelador, pues me abrió el panorama y despertó el deseo por leer otras obras.

Ahora, cuando regreso a visitar San Andrés descubro el encuentro, además del calor, con la serenidad. Todo es más pausado: caminar, conversar, soñar, todo tiene otro tiempo, otro ritmo, u otro tiempo. Estoy escribiendo un libro relacionado con mi pueblo y me pregunto qué voy a hacer de nuevo  a ese lugar donde todo transcurre lentamente. Pero una vez que me instalo en su dinámica ya no deseo abandonar esa placidez, no me son suficientes los días que permanezco allí. El peligro es que luego de una larga temporada me devore la calma. Quizás el calor sea la única razón que me empuja a la salida, pues no vuelvo a acostumbrarme. Yo dejé San Andrés, de manera definitiva, en 1965 para venir a estudiar a la Ciudad de México. Nunca tuve una buena relación con la escuela. He preferido ser autodidacta.

JAL - Si no había librerías y tampoco eras dueño de una biblioteca abundante ¿Cómo encontraste el camino de las letras?, Quizás te haya iluminado Carlos Pellicer, porque tienes también como origen el color y el calor.

FH - Recuerdo una reunión en casa de Antonio Castañeda, quien murió hace dos años y fuese uno de mis primeros amigos en la Ciudad de México, leí unos poemas míos. Alguno de los asistentes me dijo que mis versos le sugerían los poemas de Carlos Pellicer. Tuve que preguntarle quién era ese tal Pellicer, pues no tenía idea de quién se trataba. Seguramente el paisaje exuberante, la geografía verde donde yo nací permitan acercamientos también desde la literatura.

Supongo que más allá de lo familiar debía existir alguna motivación hacia la literatura y otras formas de concebir la realidad, de pensar en otros horizontes. ¿Reconoces algunas fuentes de tu vocación poética en San Andrés?

Sí. Patricio Redondo Moreno, un refugiado español que se quedó a vivir en mi pueblo porque se enamoró de una mujer local ¿por qué otra razón puede uno a quedarse a vivir en un sitio apartado de su origen? El llevó una técnica de enseñanza diferente, la escuela experimental Freinet, lo que después se llamó escuela activa. No había tareas. El horario era de las 9 a las 12 y de las 15 a las 17 hrs. A veces regresábamos por las noches porque había un telescopio y partidas de ajedrez, pero era por voluntad e interés propios. También solíamos pintar acuarelas en esas horas fuera de clases.

Hay un amigo que está escribiendo una novela sobre este personaje y yo lo he acompañado para que conozca bien el lugar y profundice en la historia de ese maestro que nos enseñó a leer y a escuchar sus libros de cabecera, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez y El Quijote de la Mancha. También nos ponía un disco de Rafael Acevedo, un declamador argentino, con poemas de García Lorca. Analizábamos con rigor la estructura y los sentidos de Platero y yo,  en el plano estricto de la creación literaria.

“Ha escuchado el grito de los monos en lo alto de los castaños o de los guayacanes?/ ¿Ha visto las bromelias con sus pálidos tonos bajar a los estanques desde el Árbol de la Fecundidad?”. La naturaleza de San Andrés Tuxtla, Veracruz, crees que pudo incidir de algún modo en tu manera de concebir la realidad. La Selva húmeda con su exhuberancia nos habla más de color y música, dos características presentes en tu obra poética. ¿Y la palabra, qué lugar ocupa en ese paisaje tropical?

En una región tan verde y tan fértil, las palabras cuelgan de los árboles. Al preguntar nombres de flores, pájaros, frutas o árboles, el oído empieza a acostumbrarse a ritmos más que a significados. Fíjate si no: zapote domingo, chilonchochi, cocuíte, champola de guanábana, plátano cientoenboca, papayita merenguera, chichito pecho amarillo, tulipán sin brisa.

JAL - ¿Tuviste conciencia del salto de ese ambiente recitatorio, de esa atmósfera doméstica y localista a un mundo abierto, de mayores alcances literarios y estéticos, de búsqueda personal?

FH - Tengo muy claro el momento. Había el grupo de recitadores que gustaba declamar sus versos y los de otros, casi siempre los que aprendíamos en la escuela. Una noche, en un pueblo cercano a San Andrés, Calerías, y en medio de una borrachera, un muchacho fuereño, que estudiaba en Jalapa, comenzó a decir poemas de un tal Pablo Neruda. Desde allí se produjo el cambio, el conocimiento de otro tipo de poesía que no se ceñía a los cánones de la rima y de la métrica. Desde entonces yo también comencé a experimentar con mi escritura. Aunque ahora regrese al cultivo de las formas clásicas, me gusta sobre todo partir de la manera como construyen sus coplas los improvisadores, los decimeros.

Luego vino la etapa en que abandoné el alcohol y las parrandas y pude sentarme a escribir de una forma más sosegada, más consciente de un trabajo que pretende crear algo que valga la pena.

JAL -¿Hubo entonces una reflexión sobre los anhelos de mayores alcances intelectuales?

FH - No, de eso no hubo conciencia. Realmente es una especie de lastre. Mi padre me reprochaba que entre el alcohol y mi afición por escribir versos “nunca iba a ser nada en la vida”. Además, por supuesto, de mi escaso gusto por la escuela. Cuando llegué a la Ciudad de México me liberé y realmente desarrollé mi gusto por la lectura. Me hice asiduo de las librerías, que nunca tuve al alcance. Luego comencé a trabajar en publicidad, en donde permanecí durante 29 años. Durante ese periodo publiqué 16 libros, pero nunca escribí ensayos, traducciones o cuentos, pero eso fue debido a mis limitaciones y no a causa de la publicidad.

JAL -¿Cómo te iniciaste en el mundo de la publicidad?

FH - Igual, no sabía qué hacer y lo único que sabía no servía para nada. Un día me topé con un anuncia que decía: “¿No sabe que hacer con su imaginación?” Escuela Técnica de Publicidad. Le pedí dinero a mi padre para la inscripción y la última oportunidad. “Yo me encargo de lo demás”, le dije. Vine a vivir con mi hermano mayor y me metí a la escuela, que lo mejor que hizo fue conectarme con agencias de publicidad, que elegían a quienes estudiaban sobre los que no. Conocí entonces a muchos amigos que me ayudaron, como Francisco Cervantes, Guillermo Fernández, Jomí García Ascot, escritores-publicistas que me dieron luces sobre cómo combinar una cosa con la otra.

JAL -¿Cómo descubriste la poesía?

FH - Por las coplas, por los sones tanto veracruzanos como cubanos y por los libros que, como ya te había dicho, encontré en mi casa: Rubén Darío, Salvador Novo Díaz Mirón, Víctor Hugo. Después mi hermano Sergio me descubrió a Gustavo Adolfo Bécquer y a Edgar Alan Poe. Todo fue por contagio y por imitación.

JAL - Recuerdo alguna vez que afirmabas que no eres un escritor que pueda teorizar sobre su quehacer literario, que pueda explicar la fuente y el caudal de su proceso, pero tu poesía es casualmente muy elaborada. No nace en su mayor parte de la casualidad, sino de la causalidad. Eliges temas en los que puedes investigar y echar mano de todo un anecdotario, de sus elementos históricos para luego erigir tu propio andamiaje poético. ¿qué piensas al respecto?

FH - Soy un narrador imposibilitado para escribir cuentos o novelas. Tal vez por eso recurro a los versos rimados o a la poesía en prosa. Simplemente se me ocurre contar algo y lo hago de la única manera que me sale. Ni modo. Cada quien con sus limitaciones.

Cuéntame un poco cómo fue tu desarrollo intelectual, cómo fue que ensamblaste tus lecturas con la escritura

Como te decía hace un rato, todo fue por contagio e imitación. Advertido por mi papá de que, como decía Cri-Crí “los poetas sienten mucho pero comen poco”, tuve que convertir mi gusto por la literatura en una actividad secreta. Al ver en una revista mi primer texto publicado, comentó: “No sigas escribiendo basura.” Sin duda tenía razón.

JAL - En una ocasión una amiga me comentaba que, en México, los escritores y artistas confundimos a menudo la bohemia con la creatividad. Se refería a que nos dejamos llevar por las corrientes de la verborrea y el delirio y no le damos el tiempo suficiente a las lecturas y a la reflexión. ¿Cómo ha sido tu relación con la disciplina y con los estimulantes, con lo que Edmundo Valadés describía como “placeres que llaman a la puerta”?

FH - Si realmente traes algo bueno por dentro, lo vas a sacar a pesar del alcohol o de otro tipo de drogas. Nada de esto debe de utilizarse como pretexto. Ni para escribir ni para no escribir.

JAL - La soledad parece ser un tema que recorre discreta pero intensamente tu obra, incluso le da título a uno de tus libros editado por Colibrí, Soledad al cubo. Cómo entiendes, vives gozas y padeces ese concepto que seguramente cambia con el tiempo ¿Cómo lo asumes en la cotidianidad?

FH - A pesar de ser como soy, siempre me he sentido más a gusto conmigo que con los demás. Introvertido y sin televisión, mi refugio desde un principio fueron los procesos imaginativos que se desprenden de los sueños, de las lecturas o del cine.

Desde hace ocho años vivo solo y he aprendido a disfrutar del aislamiento. Como decía Beethoven, “más vale sordo que mal acompañado”.

JAL - Se me viene a la memoria una conversación entre un escritor con obra publicada y otro que aún estaba en sus albores. El primero le cuestionó la falta de intensidad en su escritura y no reconoció el pulso neurótico (en Quevedo quizás sea el desgarrón existencial) indispensable para toda buena obra. ¿Qué opinas de ello?

FH - En su libro Fuegos, Marguerite Yourcenar señaló: “Hubiera sido muy aburrido ser feliz”. Yo creo que sí hace falta una sensibilidad extrema para crear una escritura valiosa, que marque o te provoque de vez en cuando escalofríos. Y este tipo de sensibilidad es enfermiza. Claro, algún Premio Nóbel debe ser la excepción que confirma la regla.

JAL - Hablemos de tu poética. Lo amoroso: “El tiempo, eso que yo conozco como tiempo,/ se mide con tu ausencia.” No obstante tu conciencia de la muerte irremediable de la rosa, hay una fuerte carga romántica en tus versos, hay, entre el humor y la imagen, la anécdota del objeto amado, de lo imposible de poseer en su esencia ¿Estás consciente de ese resplandor romántico en tu obra? ¿Quizás, incluso, la nostalgia de la rima?

FH - Siempre he estado muy ligado al romanticismo. Al grueso y al chafa. Música, pintura, poesía, me ayudan a sobrevivir de esa manera. Y no siento nostalgia por la rima porque continuamente la utilizo.   

JAL - “Voy a salir con mi escritura a un parque./ Si tengo suerte , hallaré prostitutas chupando paletas de mamey o de mango y me iré tras ellas, camino de la salvación.” Hay poemas tuyos donde la carnalidad se torna tangible y el deseo arremete contra la virtualidad y el virtuosismo literarios; lo mundano, lo banal, adquiere un rango de anhelos febriles y de escritura tangible. Diría incluso que te distancias de libros como Moneda de tres caras para buscar tu voz en terrenos más personales, por ejemplo en Soledad al cubo o Mascarón de prosa. Hay tonos que evocan a Catulo o que invocan a Mardonio Sinta ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Esta pregunta es muy difícil de responder. Recuerda que, por ser autodidacta y flojo, carezco de mucha información respecto a los vericuetos (o misterios) de la creación poética. A mí simplemente se me aparece el caminito y por él me sigo, sin conocer donde piso y a donde me dirijo.

JAL - Noto en tus diversos libros una trayectoria de búsqueda, un no estar conforme con un estilo que te evidencie, sino un incesante cambio de posición y de poética. ¿No es acaso el mismo Francisco Hernández que se desplaza de una temática a otra, de un poema extenso donde la locura y el extravío es la fuerza que lo mueve a uno breve donde el ingenio y el juego de palabras definen sus sentidos?

FH - Vuelvo a lo anterior. Simplemente me guío por el instinto, como los improvisadores, los mitómanos o los animales.

JAL -¿Cómo escribes? ¿Sigues alguna metodología, atiendes a ciertos principios y a determinados cánones, un horario, determinadas condiciones? Háblame un poco de ello.

FH - Escribo en cualquier parte, a cualquier hora. Por ejemplo, Soledad al cubo lo empecé en un cine, mientras se proyectaba la película. Mar de fondo lo inicié en una reunión con clientes, en una agencia de publicidad. Y Antojo de trampa se me ocurrió mientras veía bañarse a girls scouts en una fuente del Parque México.

JAL - Hay personajes y figuras literarias que merodean tus poemas, como Jomí García Ascot, Alvaro Mutis, Eliseo Diego y otros cubanos del grupo orígenes ¿Qué significan para ti y qué papel desempeñan en tu obra? Quizás habría que alargar la lista y poner sus nombres.

FH - Siento que mi escritura se desenvuelve mejor con personajes, ya sea reales o imaginarios. Es más sencillo hacer hablar a otros que a mí. Poniendo en plural la famosa frase de Rimbaud, diríamos “yo es otros”, En cuanto a los poetas citados, me ronda continuamente, motivándome, la admiración y el cariño que siento por ellos. A la lista habría que añadir cuando menos a Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Eduardo Lizalde.

JAL - Por último, Las gastadas palabras de siempre es el título del libro (publicado por Grupo Editorial Norma) que contiene diversas épocas de tu poesía y de un poema tuyo. A estas alturas de tu vida y de la historia de la civilización ¿para qué nos pueden servir las palabras, para qué la poesía?

FH - Un día, envalentonado por unas “caguamas” le dije a mi papá: “Si la poesía no sirve para nada ¿Por qué ha estado ahí desde siempre y no desaparece? ¿Por qué me rompiste un cuento de Superman y me pusiste en las manos Azul, de Rubén Darío?” No me respondió. Se puso el sombrero de petate y se fue rumbo a su consultorio dental.

Hasta la fecha sigo ignorando la respuesta.

Respecto al título Las gastadas palabras de siempre, debo confesarte que es de mis favoritos. ¿Será que me curan en salud? A fin de cuentas, no soy un innovador. Escribo sobre los temas de costumbre, con un vocabulario bastante traqueteado. Ni hablar. De ese lenguaje voy a seguir colgado.

Biobliografía

Francisco Hernández (Veracruz, México, 1946). Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales entre los cuales destacan el Carlos Pellicer en 1993, y el Xavier Villaurrutia, en 1994, además de ser miembro del Sistema Nacional de Creadores.

Ha publicado: Cuerpo disperso, 1982; Mar de fondo, 1983; Oscura coincidencia, 1986; En las pupilas del que regresa, 1991; De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios, 1993; Moneda de tres caras, 1994; Mascarón de prosa, 1997;  Las gastadas palabras de siempre, 2000; Soledad al cubo, 2001; Diario invento, 2003.

 

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