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Jesús Hilario Tundidor: Reflexiones sobre la poesía

Montaje y nota introductoria a cargo de Gloria Ribé y Daniel González Dueñas

1 Nota introductoria

En la sexta década del siglo XX aparecen en España los iniciales trabajos del “grupo del 60”, la generación de poetas a la que pertenece Jesús Hilario Tundidor (Zamora, 1935): Credo de libertad de Miguel Fernández (1931-1993), Grito de carne y lluvia de Diego Jesús Jiménez (1942), Emilia es la canción de Ángel García López (1935), La búsqueda de Manuel Ríos Ruiz (1934), Las tentaciones de Joaquín Benito de Lucas (1934), El mar es una tarde con campanas de Antonio Hernández (1943), Las piedras de Félix Grande (1937) y La agorera de Rafael Soto Vergés (1936). Algunos críticos e historiadores han incluido como miembros de este grupo a Joaquín Caro Roniero, Antonio Martínez Sarrión y José Miguel Ullán.

La generación anterior cuenta con nombres como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Ángel González y Carlos Shagún; la subsiguiente, con los trabajos de Pere Gimferrer, Ana María Moix, Guillermo Carnero, Antonio Martínez Sarrión y Manuel Vázquez Montalbán. Tres generaciones en un lapso de veinte años, tres propuestas de renovar la poesía española, tres visiones situadas desde plataformas temporales íntimamente conectadas. La crítica, para valerse del acomodo a que es afín y atendiendo a la fecha de publicación del primer libro de cada poeta, habla de los grupos del 50 y del 70, quedando el del 60 como “intermedio” y por ello un tanto oculto.

El primer libro de Jesús Hilario Tundidor, Río oscuro, aparece en 1960; el segundo, Junto a mi silencio, recibe el Premio Adonais en 1963. “Desde ese primer libro”, escribe Joaquín Benito de Lucas refiriéndose ante todo a Junto a mi silencio, puesto que Tundidor ha retirado Río oscuro de su bibliografía, “su obra poética muestra una tendencia hacia la interpretación simbólica de la realidad ‘real’ en la que los elementos que la componen y aparecen en el poema quedan transformados en signos representativos de una realidad superior. Así, a lo largo de más de treinta años, ha ido creando una obra compuesta por libros en los que su visión del mundo se agranda y enriquece con nuevos motivos de contemplativa especulación. Y todo ello, estimulado por una incontrolable pasión por la vida. La realidad a la que el poeta se enfrenta, acaba integrándose en el poema a través de un discurso a veces entusiasmado, a veces crítico, en el que la palabra poética adquiere un sentido único y universal al mismo tiempo.” [1]

La obra de Tundidor (que en alguna parte comentaba haber recibido influencia de Hölderlin, Nietzsche, Villon, Wittgenstein, Enzensberger, el rock, el lenguaje puro y natural de los hombres de su pueblo y los neologismos técnicos) ha de complementarse con Las hoces y los días (1966), En voz baja (1969, Premio Álamo), Pasiono (1972), Tetraedro (1978), Libro de amor para Salónica (1980), Repaso de un tiempo inmóvil (1982), Mausoleo (1988), Construcción de la rosa (1990), Lectura de la noche (1993), Tejedora de azar (1995), Las llaves del reino (2000), galardonado este último con el Premio de Poesía de la Academia Castellano-Leonesa. Publicará también un ensayo: Seis poetas de Zamora (1979). “Toda mi poesía”, declara, “introduce siempre una teoría de conocimiento, epistemología que cae lejos de la pureza lógica que requiere, puesto que se realiza dentro de la más honda emoción humana que la interfiere y participa en el descubrimiento, el hallazgo y la reflexión.” [2] Recientemente, Tundidor ha recibido dos reconocimientos por el conjunto de su obra publicada: el Premio de la Academia Castellano-Leonesa 1999 y el Premio León Felipe 2000, por “el valor humano de su poesía, en la que conviven los valores éticos y estéticos”.

En 1994 la Universidad Autónoma de Madrid difunde sus Reflexiones sobre mi poesía; de este texto hemos hecho aquí un montaje intercalándolo con poemas de Tundidor procedentes de diversas épocas. “La poesía de Tundidor”, escribe J.P. Hilario Silva, “se convertirá en un largo recorrido de reflexiones fundamentales íntimas, de compromiso con su propia existencia y, como derivación, con la existencia del resto de los hombres, en busca siempre de la trascendencia de los hechos y de las cosas; todo lo cual lleva de igual forma a la indagación en el pasado (primordialmente a la infancia como inocencia y elemento primigenio perdido), como al compromiso solidario con una situación actual [...] y a mantener siempre presente la búsqueda de tipo religioso, la pasión erótico-amorosa o la reflexión filosófica e histórica.” [3]

Acaso un poeta de la rara estirpe de Tundidor pueda reconocerse como aquel que antepone a cada palabra una revuelta, un conjuro, un reclamo tan soberbio como humilde: “Ligeramente triste / escribí estas palabras, puras si dolorosas, fuertes / si solitarias, acaso repudiando / tanta mentira, tantas verdades inclementes”. [4] [G.R./D.G.D.]

2 Palabras de Jesús Hilario Tundidor

La poesía es pasión, selección emotiva y acto inteligente. Lo que no emociona no tiene cabida en lo poético; la vida y sus implicaciones, como acontecimiento en el corazón del hombre, son el verdadero camino del poema y el lenguaje su principal medio de expresión. La poesía no es un suceso ni gratuito ni sencillo y siempre, o casi siempre, lo es inexplicable. Escribir poesía es apasionar la inteligencia y clarificar la emoción del conocimiento; pero además, forma parte de una experiencia personal profunda y única como es la propia vida —intelectual y física— del individuo humano. El acto formador, creador del objeto poético, debe conformar y dar contenido a la apariencia real de lo existente y trascenderlo. Por eso la lectura de un buen poema debe consistir en una reescritura: renacerlo, crearlo, apasionarlo y apasionarse, olvidarlo, perderlo y encontrarlo hasta que yazga como una presencia brillante en el bazar más íntimo, más puro y más locuaz de la memoria.

La poesía considerada como hecho intelectual presupone una aproximación y una dilucidación del mundo de lo real y lo existente al sentido mítico de la vida. En cuanto dilucidación, la poesía cae dentro de la fenomenología del conocimiento y actúa, se aplica y nace en, y desde, la materia de todo lo real que es lo más inmediato operante sobre los sentidos y las potencias y facultades intelectuales que de ellos nos ocupan.

Todo poema representa desde el punto de vista de su fundamento y de su resultado, una enigmática propuesta creativa y original si olvidamos la parte operativa que le pertenece y atendemos a la finalidad de comunicación emocional que lo conforma. ¿Cómo poder explicarnos con exactitud las razones de su necesariedad lo mismo en su origen que en su destino? Lo más que podemos llegar a decir es que se produce en un estado urgente de expresión asociado a determinadas intuiciones de carácter sentimental y lingüístico que al límite del pensamiento desborda, a su vez, lo inteligente para apasionarse y apasionarnos desde las raíces primarias del subconsciente acumulativo. Todo poema es por eso también una fatalidad. Sólo una cosa nos es cierta: que la Poesía parte de hechos reales para ser una respuesta ante estados parciales del conocimiento y transformar toda realidad en donde estamos implicados, puesto que se ubica en el mundo del reto que la provoca. Tales hechos reales, bien sean de carácter mítico, intelectual o material, se trascienden y recrean con nuevas aportaciones imaginativas o interpretativas.

Igualmente fascinador, misterioso y mágico es todo el hecho poético en general. Sabemos que la verdadera poesía es indefinible por naturaleza como lo es, por ejemplo, la emoción erótica que nos produce la belleza intelectual o la selectividad de la pareja amorosa o los mismos presentimientos con que a veces anticipamos la llegada de ciertos sucesos... La poesía auténtica es única, particular, libre, independiente, honda, inabarcable por su espacialidad y temporalidad e inalcanzable en su perfectibilidad. Como mucho, nos deja un merodeo sobre sus contornos o un acercamiento al ámbito de la idealización, pero jamás nos entregará, nos dejará que lleguemos a la perfección absoluta.

Con los ojos
rojos, escribo
para la inmortalidad.

Con los ojos
blancos, escribo
para nadie.

He dado mi vida
por la realidad.

Con los ojos
rojos, escribo,
sin embargo,
también para nadie.

Si pensamos que la escritura se inicia por necesidad personal, se convierte en pasión y se reconoce y convalida en la lectura del receptor, la calidad intrínseca del poema puede muy bien ser dilucidada por la crítica literaria, especialmente en sus materiales formadores, mas el reconocimiento emocional sólo es posible realizarlo cuando se reproduce por el acto de la lectura en el mismo agente lector.

Debido a esto, la poesía fracasa de antemano como globalización y finalidad, pues toda solución poemática es parcial y todo destino de la obra poética inseguro. Nos exige la vida y nos apacigua con la incertidumbre. De aquí que en sus aspectos creacionales y operativos no podamos hablar de poéticas globalizadoras que tanto desbordan la imaginación de los estudiosos, poéticas totalizadoras valederas para definiciones de una obra completa —lo que a veces es perdonable por la necesidad de síntesis del correspondiente estudio monográfico—, sino que debemos hablar de multiplicidad y variedad de poéticas parciales que, eso sí, en su conjunto generan la posibilidad de valoración de la totalidad de un autor.

Cada poema ha necesitado y ha engendrado a su vez una poética individualizada, suficiente para sí mismo y, por lo tanto, lo que es válido para uno no puede ni debe serlo para los demás. La misma unidad poemática inventa y usa sus exigencias, sus necesidades de elaboración, sus presupuestos creativos, siendo sus resultados distintos y particularizados por las propias necesidades inmediatas de cada objeto poético. De todas formas, podemos reducir el proceso de la poética a los aspectos generales que conciernen en todo poema la emoción trascendida, que se realiza en el proceso que ocupa desde la materialización de la intencionalidad a la materialización en el lenguaje.

LA VOZ

Viene
del aire, de la luz, del día.
Pero no hay nada en cada sueño. Sólo
una arena, una arena allá en el fondo tiembla.

Casi una playa,
levemente una playa,
dulcemente una playa donde reposa y muere.

Ella
llega del día,
del abedul, del álamo, del chopo.
Pero no hay nadie en la esperanza,
apenas un esfuerzo, una cruz última,
un último sonido de pájaro en la niebla.
Y se derrumba allí, por sortilegio de la tarde, cesa.

Viene
de la piedra o el agua.
Y nadie siente su humedad, su enorme
dimensión. Trae cintas, hojas, hierbas, plantas
olorosas. Nadie la escucha. Llega y sucede.

Sucede entonces, cuando
se hace lenguaje el corazón y canta.

Si integramos mi supuesto de las poéticas globalizadoras en la hipótesis de dar como acto posible una visión general del mundo, ¿cómo entonces poder alcanzar una aprehensión fundamental de lo que existe si lo fragmentario es, casi exclusivamente, como se nos presenta todo el acontecer que sufre el hombre?

Sin duda, la forma de ofrecérsenos la realidad es fragmentaria, discontinua y caótica, agónica y desbarajustada. La complicidad en que aplicamos la gnoseología, delicada. Organizar este caos en que se nos ofrece lo real en una síntesis que produzca la emoción junto al conocimiento, es la auténtica misión del poeta, la justificación más pura como suceso intelectual de lo poético. La organización de este caos creando una unidad poemática es lo que da fundamento al poema.

Por otra parte, a lo más que podemos aspirar en esta organización que fundamenta el poema es a determinadas ordenaciones o comprensiones parciales en los ámbitos de la creación que desarrollen la unidad temática que construye el poema y su campo significativo. Quien me esté siguiendo se estará dando cuenta de que en lo que cuestiono, de apariencia tan sencilla, está nada más y nada menos implicado el conocimiento mismo del hombre que al cabo es la conciencia intelectual, presente y única, de todo lo existente y el objeto más importante de toda la epistemología poética.

CREACIÓN

Toda la cercanía: esta sorpresa
de la semántica, ese tejido de las palabras
con que se dan al mundo, reposa ahí, bajo tu mano.
¡Cómo sientes la vibración, el estremecimiento
de la fábula! ¡Y que los nombres sean, y
que los nombres hagan maternidades, limiten
vida...! Labor del signo,
no hay silencio, aun lo callado, vive,
como en la fruta así se continúa
el conocer, desde
sí mismo hasta sí mismo, todo
en la recolección que hace el lenguaje
por la yesca del cántico:
Poesía esencial,
única, viva, derramada
desde el ser a las cosas, de las cosas
al ser, convertida en pasión, oh, prometida.

Todo poema es en exceso impúdico por la desnudez y carga que de uno mismo, lo aceptemos o no, conlleva. Y además amoral, puesto que debe romper toda ley lógica y ética en que vanamente intenta integrarse la totalidad para ser verdadero. De aquí que surja de la ratificación de búsqueda de la esencialidad crítica del ser poético y de toda la posibilidad de verdad que quepa en la participación de la ultimidad y fundamento de la ordenación cognoscitiva de lo real.

Pero ¿qué es la verdad, qué es la verdad poética? ¿Existe, pues, una verdad que sea fuente y origen de lo que posteriormente utilizado nos llegue al poema como justificación básica de éste? ¿Está lo ineludible necesario en la realidad intelectual, en la sentimentalidad más o menos consciente, o en el proceso objetivo del lenguaje? ¿La creación es una función lógica o una reacción sentimental? ¿Nace de la finitud o del límite? Sin tener una precisa lucidez de estos postulados, ¿cómo poder entonces alcanzar una aprehensión fundamental y emocional de lo que existe en cuanto objetualización pensada de lo creativo poético?

LA PALABRA

Cautiva de su trama
cómo se enseñorea
sobre el agua

del aire. Cautiva
del caudaloso ritmo
de sí misma,

cómo se señorea,
brocal de plata,
sobre la existencia.

Aquellas raíces fundamentadoras que más arriba hemos anticipado están en mi poesía no en espacios superiores o mundos míticos sino en la misma razón de la vida, aquí, donde el vivir se pronuncia y nos pronuncia, nos sacrifica y enriquece y nos exige la necesidad y la fatalidad de la expresión.

En una reducción simple estos radicales serían: la tierra, la naturaleza —rural y urbana—, el lenguaje, el acontecimiento humano, la temporalidad del suceso (por el cual tomamos conciencia de lo existente como transitoriedad) y, sobre todo, la emoción prístina de ser ante la conciencia y el fenómeno en la torpe desnudez desvalida de la experiencia diaria que nos define. No obstante, mi poesía no es nunca una hermenéutica de lo real sino, resumiendo lo dicho, una posible ordenación sentimentalizadora de lo inteligente.

Son raíces atascadas en el ámbito extensivo, calificativo y trascendente de la significación existencial, de tan difícil comprensión cuando se ahonda en su radicalidad azarosa o determinativa. No olvidemos, no podemos olvidar, que la vida es misterio, que el mundo, el universo mismo como entidad viva, móvil y regulada es un misterio absoluto indesvelable hasta hoy mismo, por lo menos. Imposible salvar de esta concepción casi mágica de la totalidad este pequeño paréntesis que es lo poético ni como oficio ni como creación ni como Arte.

LA TIERRA QUE MÁS AMO

Esta tierra inmortal, tierra del vino,
tierra del pan, tierra de campos sola,
otero arriba el mar, la mar, la ola
del cielo azul inmenso sobre el pino.

Otro sueño aún mayor te lleva el sino
y donde el trigo es oro es desconsola-
ción la muerte y es doncella la amapola
enamorada por el sol y el trino.

Barcos de luz y pérgolas de azada
navegan el levante de la aurora
tan silenciosamente acompañada.

Y Antonio y Juan de Yepes y Teresa
bajan de Dios y escriben en la prora
el verso blanco de la luz ilesa.

Verdaderamente, la poesía carece de definición, pero esto no es privativo del acontecimiento poético sino que es común al Arte y genera su particularidad. Precisamente en aquello que no se define está en el Arte su naturaleza, lo intrínsecamente distinto a la Artesanía, al resto de la obra realizada por el hombre. Su ánima es la bifurcación de su sentido, la interpretación múltiple de la emocionabilidad inconsciente pero personificada. Prefiero que quien lea un poema mío sienta la inocencia de lo inmarchitable de la creación, la emoción del temblor ante lo irrepetible, todo antes que caer en la linealidad de la definición, la catalogación o la aberrante costumbre de la incorporación al cuadro sinóptico de las clasificaciones extemporáneas.

¿Cómo sin la metáfora
o el retráctil sentido de la imagen
tocarías el mundo?
Dificultad de ser
en la contemplación, de conocer aquello
que en sí, poema o rosa o vida,
contigo, inalcanzable realidad,
preexiste.

Una poesía rica en experiencias surgidas de la propia vida, profunda en reflexión y estructurada en sentimentalidad, no puede darse nunca con el realismo considerado como objetivación que no hace sino presentarnos una cuenta de debe y haber en un libro de contabilidades. Si así fuese, estaría condenada a la muerte como lo está todo realismo poético desde su nacimiento, pues el poema se trasciende, nos penetra y se recrea en la mente y en el corazón como recreamos y penetramos el sueño siempre inédito y próximo de nuestra amada, por ejemplo, en los más hondos ámbitos de nuestra interioridad.

Definitivamente he comprendido.
Todo el que bulle o hace ruido o grita
y gesticula y queda, unos instantes,
en la primera página de un mundo
inútil, locuaz mudez de muerte
representa. Paso fugaz, ira fugaz
es en el amplio conocer que olvida,
máscara, son, viento de una mañana.

Pero aquel que se sabe poderoso,
encauzado en el mar, llamado dentro
de una mortal entrega, de una lenta
labor, en la que vida o muerte sólo
es material de arquitectura o tránsito,
aquel que sufre y calla, acepta y toma
su herramienta, derrumba y edifica,
desnuda y viste, y multiplica el único
instante concedido, siendo humilde
penetra victorioso, pues conoce
que su ámbito es la luz y allí es su triunfo.

En nuestro tiempo apenas si tienen cabida y puesto seguro la fijación y las operaciones de la idealidad por la idea misma y, sin embargo, no hay otro camino más certero que ella misma para acercarse a la cosa en sí. Todos los aspectos mágicos de la coetaneidad que se supeditan a la humildad y a la soberbia del conocimiento han quedado perdidos, confundidos o degenerados. Ni siquiera el poema mismo, que es una condensación material del sentimiento y la reflexión, se ofrece libremente al entramado... Y no hay nada más mágico, ni intuitivo, a pesar de ser consecuente, que las ideas cuando resuelven aspectos de lo real extensivo. Ni nada más efímero en nuestro tiempo que la ideología ni más transformable.

PASIONO

Vine a nacer con olas y tornado
de sangre-españa fraternal y mía. 
Crecí en el miedo. Ahora, todavía 
recuerdo el mar aquél que yo he heredado. 
Toda mi suerte ha sido mi pecado
mayor y noble: la melancolía, 
junto a una profesión, que no quería 
y cien poemas que os he entregado.

Tuve a la tierra así de compañera, 
la hembra por varón, y porque sueño 
tengo la humilde sencillez del leño 
en llamas, que da todo y nada espera. 
Y amo la paz, y el viento, y la quimera 
de los hombres iguales, y es mi empeño
la luz, la luz hermosa y perseguida
y amo, tal como es, la puta vida.

Con las ideas el realismo, tan opaco, tan frío, tan mimético, confraterniza con la intuición, haciéndola operativa y pasando a ser, como la idea misma, ardor vivo, emoción viva, presencia viva del corazón del hombre que la ha dotado de objetividad, después de un largo proceso de aprendizaje y experiencia en el subconsciente, de un largo proceso de hondas adquisiciones vitales, intelectuales, sensitivas, culturales...

Dando al lenguaje la primera calidad que conlleva como relación y consolidación de lo fluyente, aceptamos, humildemente, la única claridad definitiva de nuestro verso, la sinrespuesta de lo que no tiene salida: la eternidad efímera del hombre.

Doliente eternidad que no tiene respuesta,
el azul infinito, miro.
Abejorros de luz, fantasmas vanos, tiempo
y tiempo de soledad reconstruida, caída
torre, lucubración inútil
del miedo. ¿Madeja es
o acaso? ¿O telar es
o es
una quimera inválida sin mano ni sentido?
Árbol de la verdad: cierra
tus ramas. Si el sol así esplendiese
no día sino puro
pensar fuera
el difluyente albor de la alegría.

Doliente eternidad, siempre
también doliente eternidad el hombre.

Notas

[1] Joaquín Benito de Lucas: Presentación de Reflexiones sobre mi poesía de Jesús Hilario Tundidor (con base en una conferencia dictada en el Colegio Universitario Santa María de Madrid), Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, Cuaderno de Literatura 14, Madrid, 1994. Cf. Jesús Hilario Tundidor: “El hacer del deshacer. El autor ante su obra”, en El Sol, Madrid, octubre 12 de 1990, y “Escribir poesía”, en Ínsulas Extrañas, suplemento cultural de la UNED, Ávila, 1995.
[2] Ibid.
[3] J.P. Hilario Silva: De la luz y la presencia. “Tetraedro” en la obra poética de J.H. Tundidor, Zamora, 1990.
[4]  “Fe más alta”, en Pasiono, Inst. Fray Bernardino de Sahún, col. Provincia, León, 1972.

Bibliografía de Jesús Hilario Tundidor

Junto a mi silencio, Rialp, Madrid, 1963.
Las hoces y los días, E.N., Madrid, 1966.
En voz baja, Álamo, Salamanca, 1969.
Pasiono, Inst. Fray Bernardino de Sahún, col. Provincia, León, 1972.
Cinco canciones en Zamora, ed. de autor, Zamora, 1974.
Tetraedro, Anthropos, col. Ámbito, Barcelona, 1978.
Seis poetas de Zamora (ensayo), Ediciones Caja de A. Provincial, Zamora, 1979.
Libro de amor para Salónica, Ediciones de la Diputación, Zamora, 1980.
Repaso de un tiempo inmóvil, Esquío, Ferrol, 1982.
Mausoleo: pájaros para la muerte de Cristo, Devenir, Barcelona, 1988.
Construcción de la rosa, Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1990.
Lectura de la noche (antología), Libertarias (Huerga y Fierro), Madrid, 1993.
Reflexiones sobre mi poesía, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, Cuaderno de Literatura 14, Madrid, 1994.
Tejedora de azar, Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1995.
El ojo de la lluvia (plaqueta), La Borrachería n. 4, Zamora, 1998.
Mundo ahí: antología primera, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, col. Puerta del Mar, Málaga, 1999.
Las llaves del reino, Hiperión, col. Poesía Hiperión, Madrid, 2000.
Elegía en el Alto de Palomares (antología), Caja Duero, Zamora, 2001.
El vuelo del albatros, Fundación Unicaja, col. Poesía Circulante n. 28, Málaga, 2002.

 

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