|
Mompracem,
de Jorge Ernesto Olivera
Alfredo
Fressia
Emilio Salgari
(Verona, 1862) creó una luminosa literatura de aventuras, tan
vasta que hoy se la organiza en “ciclos”. El ciclo
indio-malayo incluye novelas de corsarios como La reconquista
de Mompracem, 1908, relatos protagonizados por Sandokán y su
infaltable amigo, el portugués Yañez, recurrentemente situados
en la rocosa isla de Mompracem, ese “nido de piratas” signado
por el sol, las pasiones y el coraje. Salgari se suicidó en Turín,
en 1911, hiriéndose como en un ritual de harakiri, “vencido
por toda suerte de desgracias”, según dice en la carta a
sus hijos y editores. Entre sus infortunios parecen haber pesado
la demencia de su mujer y la pobreza: “He hecho la fortuna de
mis editores, los que me dejan morir en la más escuálida de las
miserias”.
Jorge Ernesto Olivera
(Treinta y Tres, 1964) es autor de una premiada obra poética y
narrativa donde el desplazamiento, el viaje, en el espacio y en el
tiempo, también ocupan un lugar privilegiado. Hasta ahora, su
bibliografía comprendía: Cuatro cuentistas cuentan, 1988,
Poemas del desierto de Mojave, 1994, La expedición al
Dorado y otros cuentos, 1997, y el poemario Labios del
poniente, 2000. La presente plaquette Mompracem
(Ediciones de la Crítica. Montevideo, 2002), dedicada “a la
memoria de Emilio Salgari”, reúne 12 poemas (pero que, según
advierte Gerardo Ciancio desde el prefacio, pueden ser leídos
como un solo poema extenso) y se organiza en tres partes:
“reconquistando mompracem”, “fauna marina” y
“sargazos”.
Desde los paralelismos del
primer poema, el texto se presenta, en un primer nivel de
significado, como un homenaje al escritor italiano y a su obra.
Hay en él, explícitamente, un “más allá” donde una obra se
crea y un escritor muere: “más allá un hombre muere, pluma
en mano,/ más allá un pirata, reconquistando mompracem”, y
entran en un vertiginoso paralelo “la fuerza del filo de su
voz” y “la fuerza del filo de su espada”. Esa
crisis entre la obra y la muerte de Salgari (“sandokán no
rinde espacios a la gloria/ mientras un escritor muere”),
que es casi decir entre su vida y su muerte, sólo se resuelve “reconquistando
mompracem”, única aventura a la altura del narrador
italiano y a la que el poeta, desde el Uruguay de 2002, accede por
la metáfora y la elegía implícita en su construcción.
Efectivamente, en este
poemario Olivera no es sólo “uruguayo” por su ciudadanía
civil. Lo es también porque el locus de su única posible
Mompracem Reconquistada es la del reiterado “río como mar”
por donde circula su discurso. La miseria del hombre anulado de la
modernidad, el Wozzeck universal, sobreviviente en el siglo XX
desde Kafka, y “sin atributos”, como en Robert Musil (“en
la reunión cotidiana del ágora doméstica/ ignorando cualquier
alusión a la areté herida”, dice el poeta) se sitúa aquí
en un Uruguay real, donde las sirenas, olvidadas de Ulises, han
desaparecido, o sólo esperan almas naufragadas, como el mismo país,
y “el fuego sacude tu alma de zeppelines/ llora el fuego del
graf spee”. Pero el Uruguay de esta poesía, como suele
ocurrir en la literatura nacional, excede a sus fronteras, y
quedan incluidos escritores argentinos como Héctor Oesterheld
(1919-1977), el generoso guionista de historietas, y Rodolfo Walsh
(1927-1977), cuyo fin crea un estremecido pendant con el
fin trágico de Salgari. De hecho, Oesterheld y Walsh fueron
asesinados por las fuerzas de la represión y, en más de un
sentido, “suicidados por la sociedad”, según la definición
de Antonin Artaud aplicada a Van Gogh.
El arte como nostalgia de
una vida más bella, de acuerdo a la fórmula de Huizinga, suscita
en Olivera un discurso cuyos subtemas trascienden la metáfora
fundadora del poemario, para así sortear (casi siempre) los
peligros de la lectura meramente alegórica. Si el poeta afirma
que “vivimos tiempos de mentira” es justamente
porque cree en la palabra y en la dimensión ética de la poesía.
El lector queda así invitado a aceptar la verdad incluida en
estos versos libres que, sin embargo, tantas veces ceden al
endecasílabo, al juego intenso y delicado del quiasmo, un mundo
solar, indignado y restituido de sentido como la misma Mompracem. |