Las calles de Buenos Aires
ya son la entraña de mi alma.
No las calles enérgicas
molestadas de prisa y ajetreo,
sino la dulce calle de arrabal
enternecida de árboles y ocaso...
(Jorge Luis Borges: "Fervor de Buenos
Aires")
La luna, como la esfera luminosa del reloj de un
edificio público.
¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de"apache",
que fuman un cigarrillo en las esquinas!
¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de
cantar! ¡Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!
(Oliverio Girondo, "Veinte poemas para ser
leídos en el tranvía")
Escribiré para vosotros, vosotros, mis amigos,
mis camaradas (nos
afeitamos todos los días, todos los días entramos a la ciudad como a un
túnel luminoso seguros de encontrar la aventura, oh aventureros sin un cobre!)
- La credulidad nos hace falta, ¡el fervor!
Escribiré para vosotros la sinfonía de la ciudad.
(Raúl González Tuñón, "La calle del
agujero en la media")
Por tratarse del resultado de verdaderas operaciones extractivas,
que obedecen a criterios de lectura evidentes, las citas utilizadas como epígrafes
generalmente permiten reconocer, en una pequeña porción de texto, no sólo el sentido y
el valor indicial de su enunciado sino además, y acaso esencialmente, un cúmulo
de rasgos de escritura que su lectura revela en el acto mismo de su institución.
Auténticas sinécdoques de la totalidad de un texto, las citas epigráficas se revelan
así como una muestra privilegiada donde una escritura ausente se revela en el
espacio parcelario del fragmento, y por ello la dimensión emblemática que las
caracteriza puede pensarse no sólo a nivel de sus contenidos manifiestos sino también, y
fundamentalmente, a nivel de los procedimientos textuales que los posibilitan. Leídas
desde esa perspectiva, las citas que abren este trabajo podrían concebirse incluso como
una especie de representación, en el sentido escénico del término, de un
conjunto de escrituras que todavía no se han hecho presentes plenamente, pero que a
través de ellas anticipan los modos singulares de su textualidad: catáforas, entonces,
que ofician como representantes de las obras en la inminencia de ese advenimiento que
renovadamente suscita la lectura.
Así, la cita de Borges revela una ecuación notoria: las calles
de la ciudad son el alma misma del poeta, más precisamente aún, su entraña. Y si
la imagen exhibe el sentido de honda consustanciación que vincula a la ciudad con el
poeta -como si cada término de la relación solamente pudiera ser en el seno del otro- el
adverbio consagra la consumación absoluta del vínculo, sugiriendo el sentido progresivo
de esa fusión que recién ahora, en el momento justo de su enunciación, efectivamente se
realiza. "Las calles de Buenos Aires", dice el poema, "ya son la
entraña de mi alma". Pero no se trata de todas las calles ni de cualquiera de
ellas, puesto que no refiere a las calles del centro sino a las calles del arrabal: "no
las calles enérgicas / molestadas de prisas y ajetreo", dice el epìgrafe, sino
"la dulce calle de arrabal / enternecida de árboles y ocaso...". De modo
que estos versos actualizan, como es obvio, esa topología tan mentada que en Borges
privilegia los márgenes, el arrabal, por sobre el lugar axial del centro. Privilegio
sumamente legible en la adjetivación que las caracteriza tanto como las valora, ya que si
las calles negadas son enérgicas / molestadas de prisas y ajetreos, la dulce
calle de arrabal es una calle a la que los árboles y el ocaso enternecen.
La poesía de Borges dibuja, de ese modo, la escena primordial
sobre la que se desplegará su canto de lo urbano. En ella se recorta, nítida, la figura
del poeta y su correlato, la ciudad de la que tomará, esencialmente, la zona lateral del
barrio y los arrabales. Y si esa valoración de lo marginal implica una negación del
centro, al mismo tiempo representa un afán de diferenciación respecto de los ámbitos y
espacios que afirman las citas de Girondo y Tuñón, dado que en ellas sí se trata de los
espacios y lugares que desecha Borges.
En el caso de Girondo, visiblemente, se trata de una poesía
cosmopolita que homogeiniza la representación de Buenos Aires respecto de la de
las ciudades europeas e incluso africanas. Por ello, sus textos repiten en todos los casos
la inscripción de una mirada o de un modo de mirar que exalta los objetos en la misma
medida en que oblitera la manifestación explícita de la subjetividad que la sostiene:
ello constituye, ciertamente, uno de los gestos vanguardistas por excelencia, que exacerba
además su relación paródica con las formas tradicionales de los discursos poéticos.
Porque estos textos suponen, como ocurre en el caso de esta cita, un desplazamiento de los
objetos de la poesía clásica hacia nuevos contextos que los resignifican en la medida en
que los desacralizan: y es así que la luna y las estrellas, objetos típicos de la
lírica romántica y modernista, son conectados con los relojes, faroles y mingitorios
característicos de las grandes ciudades contemporáneas, para hacer de esa conexividad la
forma singular en que la poesía de Girondo adviene. De ello dá cuenta
paradigmáticamente la comparación, cuando dice: "La luna, como la esfera
luminosa del reloj de un edificio / público", tanto como la animación de
esos objetos que, como los faroles, están "enfermos de ictericia" y
"fuman un cigarrillo en las esquinas", o cantan, como los mingitorios,
"un canto humilde y humillado cansados de cantar".
Si la cita de Girondo representa una mirada radicalmente distinta
respecto de la visión borgena de la ciudad, la cita de Tuñón representa asimismo otra
perspectiva. Porque ahora se trata de un texto programático, que anuncia los propósitos
que lo animan al tiempo que instaura, de manera explícita, a sus alocutarios. "Escribiré
para vosotros", dice la cita, manifestando su intrínseca voluntad poética al
tiempo que nombra a los destinatarios de su texto: "mis amigos", "mis
camaradas". Y si la palabra amigos connota el sentido afectuoso,
fraternal, del nombre utilizado, la palabra camaradas denota el sentido ideológico
y político de un término que en el léxico de Tuñón resulta inequívoco. A ellos se
dirige entonces la cita, incluyéndolos dentro de un sujeto colectivo que se dice en la
forma del nosotros, al afirmar que "todos los días entramos a la ciudad como a un
túnel luminoso seguros de encontrar la aventura". La escritura de Tuñón, tan
enfática como la de Girondo, agrega a su sentido propositivo las formas vocativas con que
el otro es significado ("oh, aventureros sin un cobre"), y sin con ello
subraya la condición social y existencial de sus alocutarios, al mismo tiempo delimita
las instancias imaginarias de su circulación y recepción en el lugar de ellos. Por lo
tanto, parecería que esta escritura - a diferencia de las de Borges y Girondo - hace de
su saber sobre el otro una cuestión estratégica, puesto que ese saber le confiere, desde
su propio punto de vista, valor y sentido. "Escribiré para vosotros",
repite finalmente la cita de manera inmodesta, "la sinfonía de la ciudad",
articulando de ese modo en una figura tan intensa como explícita el sentido programático
y por lo mismo utópico de una escritura que, como las de Girondo y Borges, hará de lo
urbano el material y el asunto primordiales donde basar su despliegue.
De manera que las tres citas pueden utilizarse para reconocer la
recurrencia de una escena típicamente vanguardista, consistente en la emergencia de una
palabra y una figura poéticas que instituyen como objeto al espacio urbano
contemporáneo. Si proposiciones como éstas son pensadas desde un punto de vista formal,
entendiéndolas como una regla de carácter general de la que se derivarían una serie de
casos particulares, podría decirse entonces que cada cita resuelve de modo singular las
diversas posibilidades virtuales que ofrece la combinatoria que rige dicha escena.
Así, en el caso de la cita de Borges la figura del poeta es un término presente, que
despliega un discurso monológico y por momentos solipsista, donde desiste de los otros
como posibilidad de instituir vínculos explícitos de interlocución. En el caso de
Girondo, por su parte, la figura del poeta es un término ausente, que se manifiesta tan
sólo a través de las formas exclamativas y valorativas de sus palabras para dirigirse
asimismo a un alocutario tan genérico como indeterminado. Mientras que en el caso de
Tuñón, la figura del poeta y la figura de los otros se encuentran nítidamente
dibujadas, para hacer de ese vínculo la razón esencial de su propia escritura: escribe
para ellos, escribe por ellos, y es esa comunión con sus destinatarios lo que
organiza y confiere sentido a sus textos.
Por otra parte, al ser leídas como sinécdoque textual,
las citas anticipan asimismo la forma y el sentido del conjunto del texto. Como ocurre en
muchos casos, el uso del término conjunto aquí se vuelve problemático, por
cuanto puede referir a distintos universos. Por ello, digamos que, en este caso,
aludiremos con él no sólo a los libros de los cuales las citas han sido extraídas, sino
también a las series de libros que constituyen determinadas zonas o parcelas de las obras
producidas por cada uno de sus autores. Zonas que, en los tres casos, pueden adscribirse a
lo que genéricamente se denomina poesía "de vanguardia", y que comparten el
rasgo de pertenecer, cronológicamente, a una etapa primitiva de dichas obras: así, en el
caso de Borges el conjunto del texto referirá no sólo a "Fervor de Buenos
Aires" sino también a "Luna de enfrente" y "Cuaderno
San Martín"; en el caso de Girondo, además de referir a "Veinte poemas
para ser leídos en el tranvía" referirá asimismo a "Calcomanías",
mientras que en el caso de Tuñón, finalmente, designará, amén de "La calle del
agujero en la media", a "El violín del diablo" y "Todos
bailan".
En consecuencia, y dado que las citas comentadas operan, según
nuestro punto de vista, como representaciones no sólo de los libros que las contienen
sino además de tales conjuntos textuales, intentaremos leer, a partir de ellas, ciertas
características de dichos conjuntos entendidos ahora de manera indivisa. En tal sentido,
las calles de Borges se presentan como una auténtica tematización de los espacios
urbanos, ya que tales espacios son, fundamentalmente, un espacio a recorrer. Como
se ha dicho, como se ha leído en la cita, las calles borgeanas son calles de barrio,
de arrabal, que tienen la particularidad de dibujar no sólo una especie de
cartografía de la ciudad sino también, y esencialmente, una topología de lo
urbano: marcan, como se ha señalado, los lugares laterales como inscripción y los
lugares centrales como elipsis, haciendo por otra parte de esa inscripción el dibujo de
una difusión donde lo urbano se desdibuja para confundirse con superficie
abierta la pampa. Y como si ello produjese un sutil efecto de contigüidad o más
precisamente aún, de contaminación, los espacios urbanos devienen en la poesía
de Borges en espacios vacuos, despojados de presencia humana. Despojados de hombres
vivientes pero poblados de espectros y fantasmas: porque si por un lado los vestigios, los
monumentos funerarios, labran la pétrea memoria de los muertos, por otro lado los poemas,
recurrentemente, cantan a los mayores evocando sus figuras patriarcales para representar
las formas de una genealogía que se confunde con la de la patria misma.
La poesía de Borges parece entonces oponer las instancias de lo
pretérito y lo actual como los modos en que el mundo puede ocuparse: así, si el pasado
es el tiempo de los otros, el momento en el que su presencia, aunque fantasmática, se
despliega sobre el espacio urbano entendido como lar, el presente es el tiempo del poeta
de manera exclusiva, que percibe las formas evanescentes de la ciudad en el momento
agonizante de la tarde. En ese instante privilegiado y por lo mismo idiosincrásico, la
mirada del poeta registra esas formas como sensaciones de lugares, momentos y objetos que
configuran un universo cantado de una manera a la que podría llamarse elegíaca, como lo
propone, acaso con cierta ironía, uno de los títulos de sus poemas ("Elegía de
los portones"). Más allá de ello, lo cierto es que, en la poesía de Borges hay
una gravedad, incluso una solemnidad, que la distinguen de manera radical respecto de la
poesía de Tuñón y Girondo.
Por consiguiente, un parámetro que permitiría re-conocer
a estas poesías consideradas conjuntamente sería precisamente el de su peculiar tono o entonación
poética, dado que lo que en una es mucho más contenido, a la manera de un decir
sesgado que desestabilizara las formas convencionales del lenguaje por medio de sutiles
efectos de irrisión, en las otras es marcadamente enfático, tanto como paródico o
transgresor, al modo de un decir directo que hiciera de la confrontación con los sentidos
y las palabras comunes la vía privilegiada para afirmar una poética de ruptura. Junto
con ello, lo que también permitiría diferenciar a estas poesías consideradas en su
conjunto sería la apreciación del objeto poético que cada una de ellas construye.
Porque si la poesía de Borges compone casi con exclusividad una
representación parcial de Buenos Aires, la de Girondo parece componer, en cambio, una
especie de representación universal de las ciudades contemporáneas, que en su
cosmopolitismo, e incluso como consecuencia de él, parecen no diferenciarse de manera
esencial. Se ha señalado el sentido de itinerario, de despliegue cartográfico, que
suponen los nombres que datan sus poemas: Brest, Mar del Plata, Buenos Aires, Río de
Janeiro, Venecia, Biarritz, París, y finalmente Madrid, Granada, Toledo o Sevilla. Y si
en todos los casos, acaso con la excepción de algunos de los poemas de "Calcomanías",
todas estas ciudades son vistas desde la perspectiva de su modernidad, o más precisamente
aún, de su modernismo, ello se debe a que la mirada poética de Girondo se orienta
sobre lo que tienen de recurrente, esto es, sus objetos característicos, su arquitectura
expansiva, sus sujetos anónimos y emancipados respecto de los mandatos de la tradición,
o su cultura moderna que combina formas del arte popular con recursos y medios novedosos
ofrecidos por una incesante innovación tecnológica. Esa mirada es, además, una mirada
instantánea: constituída como un evento tan contemporáneo como los objetos que capta,
se sustrae del devenir temporal en las formas fugaces del presente, y quizás acuciada por
esa inmediatez, aprehende a esos objetos con las formas parciales y desmembradas de las
figuraciones metonímicas. La poesía de Girondo es, en consecuencia, una poesía
altamente elíptica, que hace de las formas fragmentarias de sus enunciados un rasgo
estilístico que a su modo reproduce las formas de discursividad características de su
época.
Enfática y en cierto modo optimista, la poesía de Girondo canta
así el espectáculo del mundo. Lo canta y lo celebra, porque el mundo parece estar allí
para ofrecer sentido y plenitud a la vida. Pero el espectáculo es el mundo y no el alma
del poeta. Por ello, la poesía de Girondo resulta tan poco subjetiva, por lo menos desde
el punto de vista de hacer de su propia subjetividad un motivo de representación textual.
El sujeto de esta poesía -lo mismo que el sujeto de la poesía de Borges y Tuñón- es un
sujeto esencialmente vidente, pero que en este caso muta además en sujeto
transparente, cuando soslaya toda posibilidad de representación o de figuración, al
despojarse del "espesor" y de la "interioridad" que caracterizan a las
formas de subjetividad de los otros poetas.
Frente a esa suerte de difuminación de la subjetividad que
practica la poesía de Girondo, la poesía de Tuñón -como la de Borges, pero de otro
modo- supone entonces un explícito despliegue de su dimensión subjetiva. Porque ahora el
poeta compone su propia representación - la figura imaginaria que sus versos labran - con
los atributos heterogénos que le ofrecen desde ciertas formas tardías del romanticismo
hasta las formas seculares de la picaresca, pasando por aquellas otras formas que de
manera singular recoge de la herencia simbolista. En tal sentido, podría decirse que la
poesía de Tuñón no es más que el gran relato de su devenir poeta, y que como
tal implica, en el nivel de sus manifestaciones, no sólo una experiencia de visión
como en Borges o Girondo, sino además, y esencialmente, una experiencia de vida.
Para Tuñón, como es notorio, se trata de poetizar a partir de lo vivido: por ello, desde
su primer libro, intentará transponer en el lenguaje de los versos diversas
circunstancias de su propia historia, que irán modelando su inconfundible imagen
poética. Signado -a diferencia de Borges y Girondo- por un origen plebeyo y para nada
ilustre, Tuñón se autorrepresenta desde "El violín de diablo" como un
joven que se convierte en poeta a partir de experimentar (o porque experimenta) distintas
formas de placer y goce - aquellas que se obtienen, literalmente, en tabernas, lupanares y
fumaderos - junto con formas intensas de dolor generadas por pérdidas y desgarramientos
existenciales. Despojado de otros bienes - dice el relato autorreferencial que urden sus
textos - se presenta pletórico de experiencias vitales, para expandir a partir de ellas
el canto apasionado de un mundo que se presta a esas formas de apropiación tan crudas
como formadoras. Porque allí, en esa clase experiencias, el poeta aprende a vivir tanto
como a cantar: de ello dan cuenta sus poemas, que dibujan las zonas recorridas en su
vagabundeo - que son otros márgenes, como los de Borges, pero distintos, ya que se trata
de la zona de los puertos o de lugares socialmente marginales - y las figuras de
esos personajes característicos que pueblan su universo poético - marinos, prostitutas,
camareras, delincuentes, payasos y todo tipo de segregados - con quienes el poeta se
identifica cuando los constituye en los destinatarios privilegiados de sus versos.
Como en el caso de los otros autores, en el de Tuñón mirada y
palabra confluyen en la manifestación de un cierto humor, o por decirlo con términos
más valorizados, un cierto "pathos". Pero ese humor, ese estado de ánimo que
puede dibujarse con la forma de las pasiones naturalmente que no es constante, y por ello
puede oscilar entre cierto tono decadente que preside la escritura de "El violín
de diablo" y cierto tono ciertamente eufórico y jovial que domina muchos textos
de "La calle del agujero en la media". Aunque entre ambos libros la
diferencia no es meramente de tono sino, una vez más, de vida y experiencia. Porque si en
el libro primigenio se trataba de cantar a Buenos Aires, en el momento inaugural de la
historia del poeta, en el otro libro se tratará de cantar a Europa, particularmente a
Francia, después de haber realizado la experiencia iniciática del viaje. Así, podría
decirse que se trata de la misma mirada, pero que los objetos mirados son otros, ya que el
poeta seguirá hablando de seres y lugares marginales similares a los que encontraba en
Argentina, pero situado ahora en un contexto diferente al que el tiempo parece trabajar en
una doble dimensión: en la dimensión objetiva, cronológicamente milenaria de la cultura
europea, y en la dimensión subjetiva, cronológicamente menor pero altamente
significativa de su propia vida. Ello puede leerse, de modo paradigmático, en un poema
como "Escrito sobre una mesa de Montparnasse", que exhibe la imagen del
poeta como un joven soñador, pobre y romántico. Dirigiéndose a sus interlocutores
parisinos, les pregunta si conocen Neuquén, Tucumán, Mendoza, La Rioja o Santa Fe, de
las que refiere algunos rasgos característicos. Y si con ello intenta representar el
sentido de origen, de raíces, que esos nombres implican frente a un auditorio europeo,
por otra parte provoca un efecto de descentramiento notable, ya que habla del
"interior" argentino -ese otro genérico de Buenos Aires - desde el
"exterior" europeo - esa otra forma de la alteridad rioplatense-. Verdadera
metáfora del desprendimiento exiliar, de un salirse de sí que supone asumir una
enunciación absolutamente errática, la imagen que el poema construye simboliza, de ese
modo, las formas de una escritura que registra al mundo como deriva incesante de su lugar
de origen. Si con ello la poesía de Tuñón pretende dar cuenta de su propia ubicuidad,
se diferencia al mismo tiempo de la poesía de Borges - mucho más apegada al territorio
patrio - y de la de Girondo - también nómade, pero en otros circuitos de la superficie
del mundo -. Son, de todos modos, tres actitudes poéticas similares, a las que el paso
del tiempo enfrentaría con la asunción de nuevas perspectivas: como si se dijera que,
una vez superada cierta comunidad juvenil de intereses ya que no de formas y lenguajes, la
madurez o el simple transcurrir de los años las llevaría por caminos tan heterogéneos
como irreductibles.