revista de cultura # 58
fortaleza, são paulo - julho/agosto de 2007






 

Cristiane Grando o el Fluxus del espíritu poético

Ángel Ortega

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Cristiane GrandoEspontaneidad y poesía son, en estos momentos de concienzudo y material postmodernismo, rara avis dentro del universo de una literatura cada vez más comprometida con nihilismos egocéntricos, mecanicistas posturas formales o teoricismos pseudos (des)ideologizados. No es el caso de esta poeta exquisita llamada Cristiane Grando. Si el lector (a quien tomo por desconocedor como yo era de su obra) piensa que el adjetivo “exquisito” es un acto sutil de condescendencia o gesto escritural de amistad, o que es, en el menor de los casos, una exageración de la pasión, le invito acuda a la vasta sinonimia del supradicho para que, tras la lectura de este auténtico Fluxus[1] de espontaneidad poética, compruebe que vanidad no habita en nuestras palabras ni divorcio existe entre exquisitez y su poesía. Temáticamente parco, pero sugerente, estética y experiencialmente rico, Fluxus nos revela la interioridad, llena de franqueza y autenticidad, de un alma que – contrario a la masa humana arrastrada por la marejada de la cotidianidad y cada vez más deformada por la multiformidad globalizante de un mundo dominado por el hambre deshumanizante de éxito – es ella misma arroyo transparente donde lo cotidiano se sumerge en el delicado ethos de la palabra sencilla sin conceptualismos, malabarismos sintácticos ni exageraciones fonéticas. Abandono aquí mi ropaje y les invito a través de mis palabras a acompañarme, oídos desnudos, en esta aventura de flujo subacuatico.

En este epigramático Fluxus confluyen asuntos que más que preocupar (por ocupar la parte cerebral de su ser) a la escritora, parecen morar con ella desde la inmemorialidad del tiempo. Esto así incluso en aquellos temas que se encuentran fuera del ámbito subjetivo. De modo que naturaleza, cotidianidad (la cual esta presente en el cuerpo lingüístico de su apuesta poética), y existencia afloran en su poesía no como sinónimo de ser, sino de experiencia (o sea de ser con, contra y a pesar del otro con el que necesariamente uno se relaciona). Estos temas conviven con otros no menos importantes de índole intimista, casi místicos, así como con otros establecidos en su interregno. Nos referimos a aquellos poemas cuyo asunto es la poética en el doble sentido del abordaje de la vida y la experiencia escritural.

 La primera de las temáticas, esto es, la que tiene de manera directa o indirecta a la naturaleza como referente, se dinamiza en los poemas de las páginas que inauguran el libro. Titulados por sus respectivos primeros versos, los poemas “piensas”, “algunas veces”, “sangre”, “tengo miedo a los terremotos”, y “¿?” son ventanas que abren a un mundo de sensibilidad y delicadeza como esencia poética de este nuevo color dentro del amplio arco iris de la poesía brasileña. Así, inauguración de la temática de la naturaleza y del poemario, “piensas”, inicia este flujo dialógico de la poeta con un lector que lejos de ser, de sentirse, abstracción lejana, construcción escritural y excusa creativa, es (se siente) holográfica, carnal, otredad de espejo que se nos superpone. “Piensas”, con su retórica interrogación, pone en cuestión ese cotidiano dar-por-contado-al-otro, ese cosificar inocente, que la sociedad, con su diabólica rutina de supervivencia de día a día, inyecta en ese otro. Negación rotunda contra la cosificación, la respuesta, es aserción de un yo ausente de ego. Con la firmeza de su tono brahmánico, la autora antepone a la intrascendencia cotidiana el principio místico: “soy viento, lluvia, fuego, nada”. Este cuadrante elemental en el que “nada” y “tierra” en lugar de desplazarse, de oponerse, se supraponen, nos insufla con ese aliento de universalidad, tan propio de las visiones y sentires orientales. Con su discreto afán de totalidad, de fusión con la naturaleza, de honra de lo vital, nos recuerda – pese a la lejanía estilística (dilatación del verso, totalizantes enumeraciones, y multiplicidad anafórica contra economía verbal, estructural y metafórica), y la ausencia de inquietudes democráticas más cónsonas con índoles políticas – al poeta de nuestra América de centrípeta fuga indentitaria, Walt Whitman y al portador de su heredada antorcha poética, Pablo Neruda. Elemento donde lo vital se conjuga, la lluvia se nos presenta luego en paralela imagen con la sangre. Ya sea sangre de la naturaleza – que une en su simbología lo supremo con lo terrenal – o lluvia del cuerpo – que nos recorre como río vertical e interior –, la lluvia adquiere luego una conmovedora connotación de violencia que, de innotada manera, despierta nuestra atención ante la perturbadora realidad de nuestro mundo actual cada vez más imbuido de lo que podríamos llamar, de oximorónica manera, humanismo tecnológico.

Siegbert FranklinA pesar de no estar poblada de multivaria temática, Fluxus nos plantea de una manera más que explícita en la forma de algunos de sus poemas, implícita en el dégagement de su lectura, un sutil cuestionamiento de nuestro lugar en la vida, que refiere más que al existencialismo filosófico o al existencialismo rosa, intelectual, a un existencialismo sin posturas, donde la vida, ese complejo enigma, se expresa de tan múltiples y contradictorias maneras entre y fuera de nosotros. Para este existencialismo la vida no es un objetivo sino incertidumbre constante que, para acercarnos más a nuestro centro, nos desencaja del eje, y nos impulsa a asumir el reto de ser:

¿?

hay una parte de la vida que me espanta / ese desasosiego entre árboles y agua / secretos, campanas, misterio // un no sé qué / tranquilidad y turbulencia // salir y al volver querer salir querer volver // ¿para los brazos o para el vientre?

El mismo cuestionamiento existencial se expresa con tono más místico, en los dos interrogativos versos:

¿para qué la introspección? / ¿para qué ver lo oscuro?

En ellos hay una aparentemente contradictoria puesta en cuestión del mirar interior como cuestionamiento del ser y como método de acceso a la esfera metafísica. Se sugiere que tan vano es tratar de acceder al insondable espejo del universo que es nuestro interior como el uso del intelecto como instrumento para develar el acertijo de la existencia, el misterio sin develamiento que es la vida y su ignoto doble: la muerte. Más válido es dejar de ofrecer resistencia con nuestra búsqueda, abrir nuestros oídos sordos a ese canto lejano, por ser negado, que invitándonos nos canta (“alguien canta a lo lejos / alguien canta en mis oídos sordos”). Salud a la intuición: más valido es abrirnos sin temor al misterio, a la muerte y su doble (por ser insondable como ella), el mar:

la muerte y su doble vienen / seducciones y misterios / marmuertemar / la muerte viene / la muerte que mora en mí / la muerte y sus ecos

Aunque el mar se nos propone aquí como doble de la muerte, debemos interpretar que el mar es símbolo del doble natural de la muerte, la vida. Válido es también asumir como doble su consubstancial, el sueño. Tanto el mar como el sueño, como la propia muerte, seducen el intelecto con su insondabilidad. Es esta insondabilidad lo que los sinonimiza con el misterio; en especial con ese misterio, que desvelándose nos perpleja, que es la vida: referencialidad tautológica.

Lo existencial, consustancial con la poesía de Cristiane Grando, se muestra con ribetes menos místicos y más emotivos en los temas que de entrada apuntáramos. Angustia, nostalgia, subyacente erotismo, en fin, espectros intimistas, definen la esfera cuadrática de su poesía. Desde el erotismo atado a la tierra de “tengo miedo a los terremotos” hasta “me ama mas no me mira…”, pasando por “yo sé de la angustia de Virginia Woolf”  “infernal el calor del cuerpo...” “quisiese tanto ser hombre” atravesamos las latitudes más carnales de su poesía. Por ejemplo en “tengo miedo a los terremotos”, que identifica los movimientos telúricos de la tierra con los estremecimientos de la carne invadida de ludismo, transitamos sin visa por las traslúcidas esferas del erotismo; un erotismo que atemoriza por cuanto en su desenlace climáctico nos desembaraza de la certeza que nos da lo perceptible. Lo exterior en el mundo nos da certeza de nuestra existencia porque nos sirve de parámetro, de obligatoria referencia. Cuando se ausenta o se nos despoja, lo exterior nos deja sin centro, sin eje de apoyo. Nace así el desasosiego. Se hace carne la angustia. Ésta nace de una necesidad que, a pesar del deseo o la intención del necesitado, no puede (ya razones externas, como el no encontrar trabajo pese a la búsqueda, ya por razones endógenas, como los principios o modelos éticos-morales,) juntarse con su realización liberadora. Este quizás sea el caso que detrás del telón del subconsciente mueven los hilos de las manos que originaron, estamparon, estos versos:

yo sé de la angustia de Virginia Wolf / y de las hormonas de la mujer / que explotan como volcanes

En estos versos se mezclan una angustia erótica, sexual, y una de género. Por un lado el empuje natural biológico arrea las emociones, la carne, hacia una salida que parece cerrada por un muro de indiferencia tal que trasciende las esferas carnales y toca lo que llamaremos la endospección: la inspección de la esencialidad del otro por el uno. Esa inspección resulta angustiosa, dolorosa experiencia para seres de sensibilidades exquisitas, educadas, que dignatarias de altos valores humanos, reciprocidad en el aprecio de tanto de su carnalidad como de su esencialidad. Obviando lo obvio, la corporeidad y sus voluptuosidades, su erotismo, el alma exquisita sabe como “El Principito” que “lo esencial es invisible a los ojos”; nunca al alma que, despojándose del ego, se agemela con la otra. Ello es de lo que precisa; tal y como se expresa en los versos que preceden los anteriormente citados:

me ama mas no me mira / con la profundidad / de los ojos que no ven

Lo genérico asoma sutilmente la cabeza en la alusión que se hace a Virginia Woolf cuya propia angustia existencial la llevó (como llevaría luego a nuestra Alfonsina Storni) a entregarse como ofrenda viviente a ese grandioso símbolo del misterio, la vida y su doble, que es el mar. De manera más explicita se nos muestra potencializada en dolor irreversible en las dos líneas finales de:

quisiese tanto ser hombre / y tal vez así / pudiese ser menos / muerte // abandono es mi nombre / mi ser gestado por el tiempo

 Esta angustiosa alusión a la muerte parece subyacer en las aguas, un tanto lúgubres a veces, de su Fluxus. Así la vemos – clamor de hastío, queja soterrada de una vida medianamente vivida; incompleta; falta de piezas más preciosas para completar su rompecabezas – en:

Náuseas / yo que estoy casi muerta / de la vida y del silencio

Es este silencio cómplice de un dolor sotto voce que sólo parece erosionarse con el Fluxus escritural, con el liberador oficio de poeta. La escritura, el oficio de poeta, la dinámica escritural y lectoral (temas que cierran el cuadrante temático del poemario), son el bálsamo que calma la angustia, manos cirujanas que restauran el estado inicial de la carne y el espíritu que difuminan las:

cicatrices en el rostro / mucho más que arrugas // cicatrices en la cara / en que el mundo golpea / y golpea y golpea / como el viento en las ventanas / de una casa abandonada

Siegbert FranklinLa escritura, que evidencia una conciencia de la poesía (y su acto tanto escritural como lectoral) como dinámica terapéutica, sublimiza el tono de su discurso, trasluciendo las oscuras aguas estancadas de la nostalgia, la angustia, la violencia entumeciente del mundo, con las corrientes puras de la poesía. Escribir se asume entonces como instrumento. El valor de un instrumento viene definido tanto por el telos (o fin por el que fue ideado), por su funcionalidad (eficacia con que se cumple su cometido en el acto siempre consciente de la dinámica) como por el uso (siempre en consonancia con el usuario y el resultado final). Es en esta última instancia que el acto de escribir se instrumentaliza trascendiendo su funcionalidad original, primaria, en correlación con la intención del usuario de modo que:

escribir puede ser un acto de amor / y también el suicidio / de las palabras

Las palabras aquí se trasponen al silencio, pero el silencio posee una potencial elocuencia: el suicido de las palabras sería entonces ese acto último en que la expresión del ser, nulificándose, se potencializa. Sin embargo, es en su expresión, decir o escribir, donde las palabras tienen verdadero poder. Ese poder, sugiere la poeta, le es connatural. Ellas, las palabras, no sólo soportan los objetos, ideas, o mundos que referencian sino también la vitalidad de quien las enuncia o escribe. Como los hijos, las palabras cargan – no en su sonido ni en su forma sino en su flujo inalterable – el gen heurístico de quien las hace poiesis, júbilo doble de maternidad; doble fuente de sensaciones antitéticas:

qué gracia, ligereza y peso / recargan las palabras y los hijos / que han de llegar / un día // poeta-escultor-de-silencios-y-piedras / qué dulzura y amargo / soportan los fonemas y los versos

El silencio puede ser también lo que es: no ausencia de palabras; ausencia de sonido: ausencia necesaria para la poiesis y el poema:

¿cuánto silencio es preciso / para hacer un poema? // el silencio de la soledad y de las puertas, / de la imaginación, del mundo, / del viento, de las aguas y de los gatos // el silencio del blanco // tanto ruido por nada // silencio, silencio, el silencio / y algunas palabras

Ya hemos dicho que la poética en su vertiente escritural es sanatorio, terapéutico, oficio, pero también es lo que determina el ser (“escribo para ser”) del existir (“porque estoy”) pero este escribir-para-ser determina el ser no porque lo coloca como una parte más dentro del engranaje de la vida sino porque en el hay un ímpetu que busca trascender “el bermejo de la vida” que “aún corre” porque mediante el acto creativo atrae hacia sí todo lo que es fuera de su vida para convertirlo en su vida exponenciada mediante la actitud y el acto creativos:

escribo para ser / porque estoy / y aún corre / el bermejo de la vida

Escritura como riada intuitiva; brote fluvial en cuyo impulso subyace el mensaje esotérico, brota plena la revelación última:

jamás escribí tanto de un solo golpe / tal vez esté lista para el mensaje cifrado

Al mensaje, verdad revelada por la poesía, conocimiento absoluto, (instantáneo como la intuición) que trasciende al tiempo (meta inexpresa de todo escritor), sólo se puede acceder en ese agora futuro que, experiencia abrupta, iluminación poética, se autorrevela en el logos y la carne de ese agora pasado que la propia poesía defiende de las carroñas del olvido.

mañana comprenderé las frustraciones de hoy / como tú, Carlos, / comprendes / solamente en el ahora / tus palabras e hijos del pasado

Siegbert FranklinQuizás sin saberlo la poeta porta en sus versos la concepción del tiempo de Kierkegaard, angustia laudatio, según la cual al estar lo eterno inserto en el tiempo, el instante se hace presente eterno que, como dijera Unamuno, “pasa quedando y queda pasando”. La poesía, en su escritura y su lectura, replica esta concepción. Como el tiempo, escribir y leer no son sólo actividades acabadas. Ambas tienen constancia, vida, en la memoria; ambas se vitalizan, respectivamente, mediante el acto de poiesis e intelección. Sirva otra metáfora culinaria: de la misma manera que la receta no es el plato. Entre una y otro median actos: cocinar y comer; escribir y leer. Su esencia es de rigor dinámica, fluvial. Sólo el flujo los salva de la inexistencia (a priori) y del olvido (a posteriori). Sólo el flujo escritural nos libera desintegrándonos y reintegrándonos en la multidimensionalidad cósmica:

escribo / como si fuera un solo grito / en la noche // escribo, escribo y escribo / energía oscura del multiverso // plurivérsase la noche / y aún anochece más

El flujo dinámico de la escritura, rapto esotérico, contradice con todo derecho lo que postulara Octavio Paz en su “corriente alterna”: la poesía no es medio de acceso al misticismo. La poesía – parafraseamos de mala memoria – es palabra que se refiere a sí misma, espejo de cara al espejo. Su mundo es endógeno, tautológico, vernacular. Misticismo y religión son conexiones con entidades metafísicas exógenas: entre ellas y el ser social, carnal, media el lenguaje; el ducto es la palabra. Para Cristiane Grando, el flujo poético, escritural, es la forma de trascender tiempo y materia, de ascender, sino de manera física por lo menos a través de la metáfora, el propio acto de escritura, de “flujo dinámico de estrellas”:

escribo en un flujo dinámico de estrellas / en el casi-oscuro del cuarto / para no ver las letras / para ver sólo para ver // la perfección

Esta imagen, con su paradoja “cuarto-casi-oscuro/ver” y con su verso final “la perfección”, refunda la naturaleza trascendente, esotérica de ese “flujo dinámico” la oscuridad, tan presente aquí como en el ya citado poema “escribo…” muéstrasenos como necesario contexto para, mediante la cerrazón voluntaria de los sentidos, hacerse una con el “pluriverso”, con el “multiverso”, con “la perfección”.

 La poética, ya adelantamos, Cristiane Grando la asume de manera dual: como moneda, tiene dos caras. Ambas determinan tanto la identidad como el valor de la poesía y con la poesía del ser, su ser. La primera la constituye el acto escritural, la segunda el acto por el cual el poeta, el escritor, aspira, consciente o no de ello, a trascender, a cantar Victoria ante el tiempo, ante lo que se queda en el plano oscuro y misterioso de la existencia: la muerte. La lectura es viajar a través de las almas ajenas mediante el lenguaje; y en el caso de la poesía, un lenguaje que se refleja a sí mismo.

 En otras palabras, la lectura nos permite permanecer en el otro, en su memoria. Verlo de esta manera parecería paradójico, problemático, en vista de que la memoria se percibe de manera metafórica; como estática; como almacén donde van a dar los recuerdos que por extrañas circunstancias se pretende despojar al olvido, al esquecimento, al caer en el abismo. Sin embargo, la paradoja se disipa una vez atendemos a la lectura en su elemento dinámico, en su fluir mental y espiritual, en la reintegración psicoemotiva mediante la palabra compartida, en la transformación de los signos en significancias, en imágenes que, motivadas por el poema, se integran con las experiencias y sentires del lector creando en él una nueva experiencia. Por otro lado, se disipa en la permanencia subliminal del autor en la propia voz del lector. En esa voz y en ese instante climáctico, en que dos mundos se funden y se multiplican mediante la imaginación, se asegura la permanencia del espíritu poético, no sólo de quien mediante las palabras hace poiesis, sino también de todos aquellos que mediante la propia lectura hicieron presencia en él. ¿Hablamos de influencias? Desvergonzada y ciertamente. ¿Hallaremos buen ejemplo para sustentar lo que creemos no necesita sustento? Creemos que sí; en la propia poesía de Grando (“Os amores de Edgar Allan Poe”):

Valéry amaba a Mallarmé que amaba a Baudelaire

que amaba a Allan Poe quién amaba a la Virginia

de cabellos negros como el cuervo

 

Valéry murió después de proyectar el Angel,

su última inspiración poética

Mallarmé buscaba aún El Libro esencial

cuando encontró la Muerte

Baudelaire sufrió una larga agonía

antes de morir y ser enterrado

en el cementerio de Montparnasse en París

y Allan Poe se casó con Virginia

que murió a los 25 años

Siegbert FranklinComo se evidencia en este poema tan especial, clausura del cuadrante temático de Fluxus, el espíritu poético transita de intelecto en intelecto, de alma en alma, mediante el revitalizador poder de la lectura. La influencia, lejos de la visión estigmatizadora y a la vez heroica del romanticismo y de la un tanto más hipócrita visión de la postmodernidad (más no de la modernidad y el modernismo) tiene aquí un aura de virtud, una carga de valor en la que subyace un vago aliento heroico. Ese cierto toque romántico, subliminalmente heroico y místico, subyace en la imagen del creador de la palabra sorprendido por la muerte en búsqueda de la perfección. A esa imagen le sirven como contrapeso la finitud, la terrenalidad, la carnalidad, simbolizadas por la Virginia de Poe. Mediante la influencia de su poiesis, Poe, bien conocido por su eufónica teoría de la poesía y su macabra e intelectual estética narrativa, se vio prolongado en Baudelaire. A su vez en Baudelaire, se prolonga, de multiplicada manera, un afán de pureza que encuentra expresión en la integración armoniosa de los diversos elementos estilísticos (abundantes aliteraciones, exclamaciones, ecos vocálicos, resonancias rímicas y rítmicas, alegorías, etc.) ajustados a manera de corsé formal al tema y la intención poética del autor. Prolongación de un ideal poético, Baudelaire se vio a su vez prolongado doblemente tanto en Mallarmé como en la ingente cantidad de lectores menos trascendentes. En Mallarmé, Baudelaire se prolonga de manera bífida: por un lado, extiende la liberación de la forma del último Baudelaire, el de los pequeños poemas en prosa; por el otro, extrema el simbolismo de aquel. Mientras el simbolismo de Baudelaire no rebasa la potencialidad sugestiva de la palabra establecida por la tradición, el simbolismo mallarmeano extiende el alcance de la imagen sugerida hasta los límites de la vaguedad y de la irracionalidad. Como Poe, como Baudelaire, como el propio y contemporáneo de éste, Paul Valéry, la poesía de Mallarmé apunta al ideal de pureza y de perfección a través de sus formalmente impecables y autónomos epigramáticos poemas. Valéry someterá todo ese desequilibrio psíquico del simbolismo a la cordura del intelecto. Su poética basada en la lucidez se arrima más al prototipo Poe que al de su modelo más moderno, Mallarmé. Él confía más en la elaboración de un lenguaje de sugerencias bajo el dictado de la prosodia clásica. La perfección tiene como símbolo las esferas. Cada uno de los poetas aludidos aquí es una esfera: todos son, junto con el poema, círculos concéntricos; espejos de perfección.

Es en esta vertiente que de manera más precisa podemos entender la poética de Cristiane Grando. En el poema citado unos párrafos antes, metáfora el mismo de la poética del instante, se nos sugiere la forma en que en la escritura (de manera centrípeta) y la lectura (de manera centrífuga) se despliega la permanencia del ser. “Gracias al” más que “a pesar del” interregno de la influencia y la interpretación, escritura y lectura van unidas en la dinámica del instante. Siguiendo de manera regresiva, las antonomásicas referencias textuales del poema, llegamos hasta la referencia original de Virginia. Ella es el símbolo carnal de la perfección, el anhelo de la permanencia del instante. Tal como Eva, en el jardín del edén, violentó el sagrado orden, ella es la musa prototípica. Como símbolo, como musa, Virginia reivindica en la poesía lo que Eva no pudo ni podría haber hecho, lo que la propia Cristiane Grando con su Fluxus pretende y podemos decir que de manera bella, exquisita, logra: la poética del instante, vale decir el boleto de ida a lo eterno en el tren del ahora de la poesía.

 

NOTA

[1] Fluxus y otros poemas / e outros poemas. Edición especial para la X Feria Internacional del Libro de Santo Domingo: Donde la imaginación florece. Poemas de Cristiane Grando. Traducción: Espérance Aniesa y Melania Yens. Santo Domingo-República Dominicana: Punto Mágico, 2007. crisgrando@yahoo.com.br.

Ángel Ortega (Dominicana, 1964). Profesor Adjunto de Lengua y Estilística Inglesa en la Escuela de Idiomas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde es además Coordinador Académico de la Cátedra de Inglés General. Ha publicado lingua ergo svm (1997). Contactos: angelortega44@hotmail.com y sinnamoann@yahoo.com. Página ilustrada con obras del artista Siegbert Franklin (Brasil).

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