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revista de cultura # 55 |
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Saint-Pol-Roux: el mago de Bretaña Rodolfo Alonso
El que más tarde iba a bautizarse a sí mismo como Saint-Pol-Roux, fue llamado por sus padres Paul-Pierre Roux y nació en Saint-Henry, en los alrededores de Marsella, el 15 de enero de 1861. Siendo por lo tanto un hombre del Mediodía, un provenzal, hijo del sol y de la luz mediterránea, su deseo de alejarse de las ciudades y su inclinación casi istintiva por un mundo de nieblas y leyendas, preñado de significados ocultos -el antiguo dominio de los celtas-, lo condujo primero a refugiarse con su familia en el bosque de las Ardennes y luego, ya para siempre a afincarse hasta concluir erigiendo su propia y mitológica morada (donde la tragedia habría de cumplirse) cerca de Camaret, en la Bretaña raigal, cara a cara frente al mar bravo de Armórica.
Su paso -inevitable- por París, había sido breve pero fulgurante. A partir de 1882 su juventud inquieta y subyugante se relaciona allí no por supuesto con los consagrados, sino con los valores escondidos, los disidentes, los renovadores. Entre ellos escoge como sus maestros al memorable Villiers de l'Isle Adam y al sintomático Mallarmé quien, el 23 de marzo de 1891, durante un banquete, se dirige a él, sentado a su derecha, como "mi hijo". En 1893 publica una leyenda dramática: Ame noire du Prieur blanc, primicias de su sueño (que nunca pudo concretarse) de instituir un "teatro poético". Pasa unos meses en Bélgica y, como dijimos, se instala luego en las Ardennes, donde la amistad de las gentes sencillas no le hace añorar en absoluto los salones literarios. Sin embargo, su paso por la Ciudad-Luz le permitió compartir junto con Maurice Maeterlinck y tantos otros el nacimiento del simbolismo, una corriente de fondo con la cual su espíritu siempre tuvo profundas connivencias.
En julio de 1898 Saint-Pol-Roux se instala con su familia en Lanverzanal, en una choza de Roscanvel. Así, a sus treinta y siete años, se aleja de la vida urbana, dando comienzo a la leyenda del Solitario de Barba Blanca, el último Santo bretón. Como para acentuarla, y ya trasladado al puerto pesquero de Camaret, habiendo mejorado su tradicionalmente difícil situación económica a consecuencia de recibir la herencia de su padre, se hace edificar en un promontorio rocoso, la punta de Pen’hat, cerca del sitio de Quelern, directamente frente al mar, una casi teatral construcción de ocho torres, a la que designaría como el Manoir de Coecilian, nombre de uno de sus dos hijos varones, que le arrebataría la guerra. La soledad de que Saint-Pol-Roux se rodeó en su exilio nórdico, con resultar llamativa desde los grandes centros poblados, no fue nunca total. No sólo porque, como le surgía en forma espontánea, él confraternizó siempre abiertamente con la gente del lugar, pescadores, marineros o labradores. Sino también porque permanentemente hubo escritores o artistas que se acercaron hasta él (Victor Segalen, Camille Mauclair, Alfred Vallette o el desdichado e inefable Max Jacob, por citar sólo algunos), y hubo otros, muchos otros, que no dejaron de considerarlo un faro, un modelo, una guía. Entre ellos, no es casual que el grupo de los brillantes jóvenes que iban a dar lugar a la revolución surrealista, lo percibieran de inmediato. André Breton lo proclamó estentóreamente, a los cuatro vientos, desde el número de homenaje que Les Nouvelles Littéraires le consagró en 1925: “Saint-Pol-Roux tiene derecho entre los vivos al primer lugar, y conviene saludarlo entre ellos como el único auténtico precursor del movimiento llamado moderno. Sería fácil mostrar lo que el cubismo, el futurismo, el surrealismo le tomaron prestado sucesivamente. Y de establecer que sin saberlo él quizás, su influencia, confesada o no, que ella se ejerza directamente por su obra o a través de alguna otra, no hace desde veinte años atrás sino revelarse más determinante y aumentar.” Y Breton -que iba después a dedicarle su libro Clair de terre- no estaba solo. Ese homenaje colectivo fue firmado también por Robert Desnos, Roger Vitrac y Michel Leiris. Louis Aragon llamó a Saint-Pol-Roux el “Hombre-Rayo”, y Jacques Baron, “el Hombre Libre, el Príncipe del Espíritu puro”. Mientras que Paul Éluard le demostró, no una sino muchas veces, su devoción y su respeto. A pesar del escándalo posterior de la Closerie des Lilas, que fue indudablemente un fruto del momento, esos jóvenes rebeldes de menos de treinta años habían vuelto a sacar de la sombra a un patriarcal poeta de sesenta y cuatro, percibieron antes que nadie y con absoluta nitidez el resplandeciente modelo, a la vez ético y estético que ofrecía, sin proponérselo en absoluto, el Mago de Camaret.
Esta vida cuyo aislamiento y fidelidad lo habían convertido como vimos en una legítima leyenda, iba a cerrarse con una tragedia. Ese recinto sagrado donde se había recluido fue hollado también por la barbarie nazi. Entre el 2l y el 24 de junio de 1940 un panadero de Silesia devenido miembro de la Wermacht se introduce en la morada de Saint-Pol-Roux, amenaza a todos con sus armas hasta conducirlos al sótano y, al pretender llevarse a Divine, la queridísima hija del gran poeta, provoca su comprensible resistencia, que desencadena el drama. El soldado alemán no sólo hiere en la pierna izquierda a la muchacha sino que mata de un tiro en la boca a su doncella Rose y, después de trabarse en lucha con el venerable anciano, lo deja como muerto con dos balazos en el cuerpo. No satisfecho aún, cargó a la pobre Divine sobre sus hombros y la condujo al salón, donde perpetró sobre ella un nuevo crimen. Y nadie puede saber lo que hubiera sucedido además si al perro-lobo de la muchacha, que dormía en el primer piso, no se le hubiera ocurrido despertarse, haciendo huir al infame. Como sonámbulo, sin poder aceptar del todo la cruda realidad, Saint-Pol-Roux sobrevivió todavía algunos meses casi automáticamente pero, un día de octubre, se vio obligado a asistir atónito al pillaje de su casa, y a la quema o destrucción de sus preciosos manuscritos, que representaban más de treinta años de labor. No pudiendo soportar esta última prueba, Saint-Pol-Roux muere el 18 de octubre de 1940, en brazos de su hija, internado en el mismo hospital de Brest donde Divine se había recuperado. El ataúd fue llevado en brazos por cuatro marinos langosteros con rostro de estatua, que hicieron un alto ante la tumba de Rose antes de conducirlo a su reposo final, en el cementerio de Camaret. Como si todo esto fuera poco, su Manoir de Coecilian, que había sido ocupado por los alemanes, fue bombardeado en agosto de 1944 por la aviación aliada, y completamente incendiado.
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Rodolfo Alonso (Argentina, 1934). Poeta, traductor y ensayista. Fue el primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina. Premio Nacional de Poesía (1997). Orden “Alejo Zuloaga” de la Universidad de Carabobo (Venezuela, 2002). Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2004). Palmas Académicas de la Academia Brasileña de Letras (2005). Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires (2005). Premio Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia, 2006). Contacto: gonyparanoico@hotmail.com. Página ilustrada con obras del artista Óscar Domínguez (España). |
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