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¿De qué se burla don Quijote?
José
Ángel Leyva
¿Qué
nos conduce una y otra vez, a lo largo de estos cuatro siglos, a
insistir en la lectura de esa obra y ese personaje que de tanto nombrar
parece un cliché: el caballero de la triste figura? Esta imagen nos
llega de frente con su significado de indefensión y locura, de lastimera
realidad y anacronismo histórico. Un caballero en tiempos de mutación y
lánguidos códigos de honor, un hombre magro, un ser humano que nos mueve
a lástima. Hoy, cuando esa modernidad en la que emerge la novela -sin
etiqueta pero con claros recursos de la literatura llamada moderna- de
El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es tan lejana,
podemos continuar leyendo y accediendo a las voces que pueblan esas
páginas de un castellano acrisolado en la convivencia de culturas y
religiones vigorosas -la judía y la árabe, expulsadas de España un siglo
antes -y en proceso de expansión y dominio por tierras americanas. Un
castellano que significa unidad de lo español y que tendrá efectos
hegemónicos no sólo en contra de las lenguas nativas del “Nuevo
continente” sino además de lo vasco, lo catalán, lo gallego, lo
valenciano, lo aragonés; idiomas que se debaten entre la desaparición y
la resistencia. Esa España que conquistó América, como la define Manuel
Puigross, y que es la misma de Fernando de Rojas en La Celestina,
con sus dobles o triples sentidos, con sus dobleces y claves para no
decir lo que se dijo o para decir lo que no se dijo, pero en donde hay
una comprensión que consiste en el juego de la lengua, del entendimiento
más allá de lo políticamente correcto, en el nivel real de los intereses
de los interlocutores y no de las leyes y las normas (nada distinto a
como se vive en la cultura de la llamada globalización).
Esa misma
lengua en la que escriben Garcilaso de la Vega, Fray Luis León, San Juan de
la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Francisco de Quevedo, Góngora, Lope de Vega,
Calderón de la Barca, Zorrilla, es la que sobrevive y crece en el habla
popular, en la que se expresan los personajes de la fabulosa obra de
Cervantes, excepto su protagonista, Don Quijote, quien es hombre de letras y
celoso defensor del buen actuar, de la dignidad humana y de sus sueños, de
la posteridad, de lo que no existe pero puede existir porque alguien, loco
como él, como los poetas y los héroes, hacen que tenga lugar.
Cervantes
era todo eso, soldado, héroe, patriota, víctima de la ingratitud y la
injusticia, un gran lector y un testigo fiel de su época, un hombre que
sabía escuchar y asimilar el espíritu del habla común. Era del algún modo,
sin serlo, el caballero de la triste figura, al tiempo que encarnaba el
humor y la socarronería de Sancho Panza, su ambición material y sus anhelos
íntimos de gobernar para hacer mejor el mundo. Esa misma verdad que revelara
Flaubert, más de un siglo después, para reconocer que Madame Bovary era él,
el autor, y no porque fuese un travestido, sino porque él era su creador,
era parte de él, de su ser, aunque se hubiese gestado a partir de la nota
roja de un periódico. Cervantes, por su lado, vive porque don Quijote existe
y no a la inversa. Don Quijote y Sancho cabalgan y dialogan en el siglo XXI
en una lengua común, hablan no sólo con los habitantes de las tierras que
pisan sino con lectores de otro tiempo y son capaces de trasmitir los
significados de su ironía, de su juego verbal, del humor del doble sentido
que le dan a las palabras, de la intención moral y de la utopía que
representa cada acción contra la estrechez humana, social, del valor de las
palabras que en boca del noble y el pobre no valen nada porque nadie, que no
sea el desquiciado don Quijote, cree en su capacidad de triunfar sobre el
olvido y la infamia.
El genio
de Cervantes no cayó en la trampa de suponer que la crítica literaria de su
época lo inmortalizaría y mucho menos con una pieza literaria que pretendía
ser jocosa y divertida, crítica a su vez y especialmente mordaz con las
“buenas conciencias y costumbres”, caricaturizando el género, las novelas de
caballería, que había trastornado el cerebro de Alonso Quijano, hidalgo de
aldea. El autor de don Quijote sufrió la descalificación de sus colegas y de
sus críticos, desde Baltasar Gracián hasta Miguel de Unamuno, quien gritó
alguna vez en Barcelona: “Muera Don Quijote” -años más tarde se
arrepentiría-, y Ortega y Gasset, quien escribió: “Seamos sinceros: el
Quijote es un equívoco. Todos los ditirambos de la elocuencia nacional no
han servido de nada. Todas las rebuscas eruditas en torno a la vida de
Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal equívoco. ¿Se burla
Cervantes? ¿Y de qué se burla?” Quizás en ese enigma, en esa interrogante
¿de qué o de quién se burla Cervantes? esté la fuerza poética de su humor,
de su comunicación con el silencio, con el ojo y el oído de otro tiempo.
George Steiner dice que lo esencialmente representativo de Kafka en las
letras modernas es justamente que el acto de escribir es un escándalo
milagroso, pues ninguna sílaba escrita por él daba por sentado nada, “le da
nombre nuevamente a todas las cosas en un segundo Paraíso (aludiendo a La
Divina Comedia de Dante) colmado de cenizas y de dudas.”
Don
Quijote de la Mancha es una obra dialogante, no sólo entre los personajes
que fundan su desarrollo en la conversación, sino entre el autor y sus
lectores que descubren la paradoja como una forma dialógica entre la
realidad y la ficción. Cervantes se burla, es cierto, ¿pero de que se burla
él y sus criaturas? Quizás de sí mismo, de sus semejantes, de la realidad,
de la vida, de Dios. Cervantes satirizaba y parodiaba la sociedad
parasitaria y decadente de su época, a los feudales y los cortesanos
defensores de linajes y heráldicas en desuso, tal como lo describe en su
momento José Cadalso en su Cartas Marruecas: Nobles sin dinero y
ricos en busca afanosa de títulos nobiliarios. Pero no sólo eso, construía
una arquitectura poética basada en la verosimilitud, no de la razón, sino de
lo contrario, de la sinrazón que nos hace comprender la verdadera situación
de las personas y sus cosas.
El
discurso político y la realidad que representa hayan su sentido justo en la
manera como las proyectan la picardía de Sancho o la locura de don Quijote,
en la pluma que urde la simbología paradójica de una sociedad que se burla
de sí misma en la medida en que no cree en lo que nombra ni en lo que jura,
no en lo que ve ni en lo que oye. Es con el humor de las palabras con lo que
Cervantes nos persuade de que lo acontece es irreal pero es totalmente
válido, es serio aunque nos desternillemos de risa, es festivo aunque sea
dramático, es triste y es alegre, es malicioso y es ingenuo, es metafísico y
es material, inmediato y postrero, banal y poético a la vez. La construcción
poética del Quijote atiende a esa forma del habla popular en la que descubre
una sabiduría sedimentada en el refranero y los silogismos, en los dichos y
el juego constante de sentidos, en lo paradójico y en la mordacidad. Don
Quijote habla con el pueblo y no con los poetas ni con los letrados o lo
críticos, habla con Dios y con el público. ¿De qué se burla Cervantes?,
quizás, pienso yo, de nada en particular, del tiempo, de la fragilidad de la
memoria, de su drama. Tal vez por ello escribiese al inicio de la obra, con
evidente carga de ironía, poniendo en boca de Amadís de Gaula unas palabras
a la gloria de don Quijote: “Vive seguro de que eternamente, /En tanto, al
menos, que en la cuarta esfera /sus caballos aguije el rubio Apolo, /Tendrás
claro el renombre de valiente; /Tu patria será en todas la primera; /Tu
sabio autor, al mundo único y solo.”
¿Se ríe
Cervantes? ¿O es ese viejo loco quien se burla de la muerte?
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