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revista de cultura # 51 |
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La reciente poesía italiana Alberto Pellegatta
El primer aspecto a destacar se concentra en la indagaciones en el lenguaje que, después del aprendizaje, deja que el aliento se relaje, extendiéndose en los flujos electrónicos del chat y en las pantallas de las web-cam, contaminándose de nociones musicales, científicas, pero también populares como la televisión con la que hemos crecido, las sit-com o los dibujos animados japoneses, con la actualidad que poderosamente ha irrumpido en nuestras experiencias. Esta es nuestra actitud. En los mejores de nosotros la contemporaneidad no está relegada al catálogo de objectos futuribles -no es suficiente hablar de laptop para ser contemporáneo- sino a las estructuras misma del idioma, que buscan confrontaciones con sistemas matemáticos y temáticas o lenguajes técnicos (de la informática, de la geometría) y científicos (como la física y la astronomía). Hay también una gran atención con respecto a lo social, a las preguntas sobre grandes temáticas de la opinión pública, a la afirmación de una verdad plural y relativa, de un lenguaje compartido, de una koiné común a todos los campos de la inteligencia. Con la progresiva alfabetización y elevación de la media cultural determinada por la instrucción masiva, ha crecido también el número de propuestas (nacen pequeñas editoriales y revistas por todas partes) y el término de “lenguaje hablado” se hace más ambiguo, porque si entonces, en los años de nuestros maestros, era una elección razonable, hoy el habla es un lenguaje tapón y postizo, determinado por el marketing, y es así que los jóvenes tienen necesidad de desarrollar un lenguaje diferenciado, honesto y noble a la vez. Otros aspectos importantes de la producción reciente son la plasticidad de los paisajes urbanos y rurales (que, de físicos, se vuelven emocionales, estratificándose), la urgencia comunicativa que impone una posibilidad de lectura inmediada, que pero pueda abrirse a posteriores y diferentes interpretaciones, conteniendo infinidos link. El texto no tiene que ser un juguete virtuoso delante del cual el lector permanece complacido y aplaude, sino tiene que dejar un margen de intervención al publico, tiene que dosificar el claroscuro, comunicar ideas, dispuesto a ir más allá de la intención. La filosofía deconstructivista de Derrida, la atención a los sentidos del lenguaje de Deleuze, las observaciones de Baudrillard se han convertido de novedad del pensamiento en instrumentos adquiridos. De la misma manera hemos leído a Agamben, Trias, el primer Negri, Eco, Vattimo, Rovati, Virillo y otros filosofos contemporaneos. La plasmación de la simultaneidad es otro tema que merecería un discurso más amplio, pero lo que urge comprobar es cómo los nuevos autores, sosegados con la tradición reciente, saben utilizar con desenvoltura el bagaje cultural nacional, integrándolo con la lectura de novelas y ensayos, y con el decisivo descubrimiento de autores extranjeros como Grunbein, Hofman, Noel, Nielsen, percibidos como hermanos mayores, los primeros, es decir, que se han diferenciado de la cadencia de los mayores, de los cuales los nacidos en los primeros años ‘60 parecen más bien un apéndice generacional. Es también interesante la relación que todos los jóvenes poetas tienen con otras artes y disciplinas, como la música para Silvia Caratti, el dibujo y el cine para Massimo Dagnino o el arte y la arquitectura en mi caso, etc. En este humus multidisciplinar es fácil entrever las bases de un fecundo fermento, capaz de revertir desde el interior del lenguaje la convenciones (pensemos en la diferente concepción del trabajo, desde el sacrificio hasta la opaca inactividad).
Hay un renovado interés, todavía, del público. Este fenómeno espontáneo sorprende, por cierto, a las mismas editoriales, ocupadas en imprimir libros de cómicos televisivos. Para hacerse una idea de la poesía italiana, hay que mirar a su público. Las antologías de poesía son los libros preferidos, son libros práticos, el lector italiano no está acostumbrado a comprar los libros de los poetas prefiere abandonarse a la selección operada por el crítico. El éxito comercial parece premiar estas operaciones. En un solo volumen se pueden encontrar autores diferentes, estilos opuestos, generaciones también lejanas. Sólo después de la guerra se han publicado Lirica del Novecento por Anceschi e Antonielli (1953), Poesia italiana contemporanea por Spagnoletti (1954) y Quarta generazione por Luciano Erba y Piero Chiara, que contenía poemas del 1920. Tendremos que esperar el 1969 para que Sanguineti reúna para la editorial Einaudi Poesia italiana del Novecento - olvidando a Zanzotto, Raboni y Giudici. Fue, sin embargo, Il pubblico della poesia de Berardinelli y Cordelli, en 1975, la que dejó espacio a las nuevas voces, de los que habían publicado después del ‘68, y voces que encontramos tembién en la antología de Antonio Porta, Poesia degli anni ’70. No podemos olvidar otras dos panorámicas sobre el ‘900: Poesia e realtà por Majorino (1977) y Poeti italiani del Novecento por Mengaldo (1978). A esta lista falta agregar la antología fundamental de toda la segunda mitad del siglo, Poeti italiani del secondo Novecento por Cucchi y Giovanardi, publicada en 1996 en la editorial Mondadori. Para quien ame la poesía contemporánea, para quien la estudie o quien sólo la quiera conocer, éste es seguro el libro más amplio y sugestivo que existe. De los maestros -Bertolucci, Luzi, Caproni y Sereni- hasta el compromiso de Pasolini y Fortini, de la Quarta generazione de Erba y Scotellaro, pasando por Bellintani, Zanzotto, por la Nueva vanguardia de Sanguineti y Porta. Y también por Giudici a Raboni, hasta Lucio Piccolo y luego la generación de Bellezza y De Angelis. Para acabar con los actuales cuarentones -Anedda, Riccardi y Benedetti. Entre crisis y radicalidad, a través de la vuelta del Sereni de Gli strumenti umani (1965) -en el que el habla deviene medio expresivo vibrante- después de la vanguardia estamos en el final de la lírica, con los sujetos en dispersión de Cucchi, De Angelis y Conte: “Después de la programática y antirretórica contaminación de la Nueva vanguardia, los contactos con el orden prosaico de Montale y Pasolini, la fructífera relación con los géneros del cuento y del drama, presente en tantos libros de los años Sesenta, ahora la poesía va a la reconquista de su especificidad, de una palabra bien distinta de las otras formas del idioma”- como escribe el crítico Enrico Testa- siguiendo un discurso “comparativo y diferencial”. No faltan ya las antologías dedicadas a los jóvenes poetas, que además venden muy bien. Sólo menciono dos títulos : la pionera Poeti di vent’anni (Stampa, Varese 2000) por Mario Santagostini y la célebre Nuovissima poesia italiana por Maurizio Cucchi, publicada por editorial Mondadori en 2004.
Pero mencionemos algo más que simples nombres, hablemos de los casos particulares. Seguiré el orden de la primera publicación, para tranquilidad de los filólogos. Silvia Caratti (Cuneo, 1970), refinada música, ha realizado, en el 2000, La trama dei metalli (La trama de los metales) para la editorial Lietocolle, la pequeña empresa de Como que se dedica a buscar nuevos autores. “La fuerza viva y desnuda, la inusual firmeza de dicción” -escribe Cucchi en la introducción- es una evidencia desde los primeros versos, tan serenos y descarnados. La realidad irrumpe con violencia en el radar de la mente, después se enfría “como una extinción del pensamiento”. El lector es invitado a mirar a través de la trama mineral que custodia un sentido más profundo, orgánico e viscoso. La economía de la palabra, del verso controlado y elegante, encuentra una fuerza magmática: “Si pudiese estar en una circunvolución… ir a desanidarte./ Y destriparte. // ¿Tienes miedo, amor, de las duras palabras?”. Una vez llegados al “núcleo imparcial”, húmedo y animal, encontramos la “caída de la sangre en los vasos,/ la microscópica cuenta de valores,/ el infinitesimal crecimiento del pelo... si permanecemos/ en las vísceras y de ellas nos exponemos.// Mas que cualquier otra cosa/ hablan nuestros líquidos,/ los ojos derramados por las mejillas”. Es el relato de una vita “masacrada”, con “sus puertas desfondadas,/ y su nombre despedazado detrás de los dientes”, una historia que pasa por todos grados de la desesperación. De mi libro, Mattinata larga (Lietocolle), salido en 2001, por el contrario, prefiero hablar introduciendo mis poemas. L’inverso ritrovato (El inverso rencontrado) (Lietocolle, Como 2003) por Mary Barbara Tolusso (Pordenone, 1967) es uno de los libros más importantes de los últimos años. Los poemas se distribuyen siguiendo el recorrido de la Recherche de Proust (“cada uno tiene su Combray/ una madeleine que revierte el pasado”), pero el material, la vida, la fuerza de estos versos derivan de una experiencia original, sapientemente elaborada por la joven periodista de Trieste. Sin concesiones, despojada y casi resentida, despechada, la palabra logra ser más precisa, sin piedad. Las emociones se irizan en una pronuncia llana y contenida. El mérito es, sin duda, el riesgo de atravesar nuevos caminos, encontrar solucciones inéditas. Una poesía densa, pasional, pero refinada en la composición, regulada siempre por un pensamiento preciso: “tan poco lírico/ tan poco esencial/ pero siempre existen aquellos que añaden/ sustancia a las cosas”. La poesía puede ser despiadada cuando cuenta cosas más verdaderas que la realidad misma, en el catálogo de los objetos (“las boletas de la tienda... dos viejos cigarrillos robados a tu boca”) o en los tonos de la separación: “y sea este ir/ y sentirte por todas partes/ y, sabes, la cosa obscena, es la palabra que falta”.
Una poesía compacta y limpia, la del debutante Lorenzo Caschetta (Modena, 1975), que ha ganado el Premio Dario Bellezza. Carta annonaria (Anona), publicado en 2005 siempre para la editorial Lietocolle, es un libro sorprendente y ya maduro. “Búsqueda de la tierra”, “sentido del vacío”, “densa opacidad natural”: son palabras de la introducción con las que el lector no puede dejar de concordar. El lenguaje controlado y musical, cargado, pero serenado en la “oscuridad” de los paisajes nocturnos, como una “tos dulce”, lleva al lector a un mundo de personajes y derivaciones, de “trampas”: “Veinte gramos de encanto:/ de todos modos, faltan las golondrinas”. Caschetta opone al vacío “un atlas” vital, una geografía de “alcachofas”, de pájaros “altos sobre el mar/ sin litio”, de “cubitos para el caldo”. Una resistencia al dolor que no es jamás consolación y que se encrespa en imágenes eficaces (“La oscuridad es este lobo”, “la hora del perro”, el “pequeño talle educado”). Como un director de cine, el poeta utiliza atentamente el montaje: “De golpe me falta un esqueleto exterior/ seis patas para sustraerme”. Libro del amor imperfecto (“el amor que me pasas”), “resentido” pero poderoso, de horizontes superpuestos: ciudad de grúas mecánicas y reinos del lobo. Libro de la identidad disuelta. La poesía es un radar y su estrategia es el “monitoreo”, en una poética abierta, más allá del cubil confortador: “Pared en la que escribimos en blanco/ ”tambaleante” y que ya no sea casa”. Y al final la luna se presenta profanada, se ha convertido en “lana de conejo”. Poesía precisa y civil: “Utilizo palabras pobres… si no hubieran caído los grandes substantivos/ no estuviera más cara la verdura/ y en proporción los vestidos de novia”. El pensamiento corre veloz en estas páginas, se cierra en pocos versos: “Quisiera manejar mejor el momento/ pensarlo en términos de cara o cruz/ este cielo duro”. Además del evidente sentido del ritmo, Caschetta tiene una inteligencia viva que pone en relación el mundo con los mecanismos misteriosos de la mente, descubriendo relaciones inéditas. Por cierto, no es ya sólo una promesa, porque ha escrito este libro importante, conmovedor y enérgico. Francesca Moccia (Benevento 1971), en fin, con La muffa del creato (El moho del mundo) (Lietocolle, Como 2005) publica una primera apreciable plaquette. Tenebrosa y ambigua, la poesía de esta joven tiene raíces inconscientes en el hermetismo y entrega al lector imágenes para ser descifradas. “Una realidad temblorosa”, una “tensión siniestra”, anota Cucchi en introducción, una escritura que registra la resistencia del mundo a la lógica. El libro, fascinante por la fuerza imprevisible de sus visiones, tiene momentos de alto lirismo: “Sobre el racimo el instante se hace oruga”. Libro de las profundidades y de las superficies, de desconcertante opacidad: “lo escuché/ regresar junto el verde de las hojas… llené la caldera”. El paisaje es casi narcótico, mientras las acciones trasmiten el misterio: “Gestos transcriptos en bolsillos privados de sospecha”. El tema del miedo vuelve muchas veces pero la escritura es rápida, atlética. “Ventanas, jaulas y trebejos gigantes”: el catálogo es también esto. El gesto cotidiano se convierte en Historia: “El grito público es la época, el ciudadano mi sombra… En el fondo emparentados entre nosotros nacemos”. El paso del tiempo no sólo consume, sino que concede un rescate del tormento. El horizonte se deshace en el observador: “El río relee el campo”. La divinidad es “remota”, quema como llama viva, y sabe “recomponer” las formas, “anular cada cosa enferma”. Para nada diarístico, el exordio de Francesca Moccia se realiza en un juego de espejos y de identidades dispersas. “Levanto la cabeza, observo la boca precisa… la gran noche que nos indaga en las aulas”: con tanto talento no sorprende que haya entrado en la Nuovissima poesia italiana de la editorial Mondadori. Son páginas pobladas de personajes y enigmas: “Te envidio, hombre vestido de verde”. “La mente se vacía”, cerrada en “Hojas de puertas polvorosas, sin/ encargos”, mientras que “el aire se descompone” y el “paso revive en la nuez seca, envenenada”. Las dioptrías de Francesca Moccia abrazan distancias planetarias (“el horizonte de las penas ordena nuestros reflejos”), a la búsqueda del término “agudo”, de la palabra perfecta, viva como un nervio.
Y aún más, con respecto a los del ‘68, nuestra generación presenta el desencanto de la “imaginación al poder”, la desilusión racional. Somos una generación educada en las grandes aspiraciones (esperanzas, iluminismos) pero hundida en este nuevo medioevo fundamentalista y miope. El empleo del hipermetro, finalmente, y de la prosa poética, en muchos jóvenes autores, confirma mi hipótesis de un proyecto preciso sobre aspectos de orden técnico-estilístico. El nuestro es un sueño simultáneo, que quiere superar la ironía de nuestros padres y el individualismo estadounidense, un sueño que busca la “tercera vía” del pensamiento, que tiene aspiraciones de libertad y apoya el relativismo como instrumento político y económico, praticándolo en la pluralidad de los puntos de observación ofrecidos por nuestros textos. |
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Alberto Pellegatta (Itália, 1978). Poeta y filósofo. Sus poemas han sido publicados en revistas (Lo Specchio della Stampa, Pordenonelegge, Il Ramo d’Oro, Nuovi Argomenti etc.) y en la antología de Mario Santagostini Poeti di vent’anni (2000). En 2002 ha publicado el libro de poesía Mattinata larga. Ganó el “Premio Nacional de Poesía Ciudad de Meda 2002” y el “Premio Amici di Milano 2002”. Contacto: albertopellegatta@alice.it. Página ilustrada con obras del artista Raúl Vázquez (Panamá). |
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