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revista de cultura # 51 |
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El cine en sus divas Jorge Dávila Vázquez
Invito a Uds. a entrar en esta nueva versión del mito, despojándose de ciertos prejuicios y aceptando que las estrellas cinematográficas de todos los tiempos eran y son un sustituto de las arcaicas y maravillosas diosas del Olimpo, verdaderas divas, en toda la acepción del término, “mujeres que de alguna manera no son de este mundo”, como dice el insidioso Cabrera Infante. A veces se me ocurre pensar que entre las muchas cosas que ha sido el cine en la vida de quienes somos sus adeptos, fue y es una colección de rostros, cuerpos, voces, sentimientos, que se han quedado en la memoria a través del tiempo. En esa colección, única y personal, pero que puede, como en el caso presente, ser compartida, hay de todo: la extrema belleza de Hedy Lamarr, Jacqueline Biset o Michelle Pfeiffer; la envolvente seducción de Marlene Dietrich, Marilyn o Anita Eckberg; la serena hermosura de la Bergman o Michele Morgan; la gran dulzura de Maria Schell, Audrey Hepburn o Romy Schneider en sus primeros filmes; la sutileza de Jenifer Jones, Debora Kerr o Madeleine Renaud; la perfección de Vivien Leigh, Catherine Deneuve, Delfine Seyring o Anna Karina; el misterio de Debra Paget; la pasión de Rita Hayworth, Ava Gardner o Bardot; la atracción indescifrable de Arletty, la Garbo, Alida Valli, Katherine Hepburn, Claudia Cardinale o Magali Noel; el exotismo de María Félix (a momentos realmente hermosa) y de Dolores del Río, convertidas en iconos de lo mexicano, y también la dureza de Anna Magnani, Simone Signoret, Olivia de Havilland o la Moreau, y la fealdad voluntariamente buscada y la fuerza de una Crawford y una Davis. Esta enumeración, por supuesto, no agota el repertorio de las divas, pero aunque falten muchas, todas las mencionadas pertenecen al arsenal mítico de su época, y son musas: inspiraron a quienes las dirigieron, a sus compañeros de actuación, y despertaron en los espectadores una admiración sin límites.
La Bisset fue siempre una mujer soñada, así la vio el viejo Cukor en Bellas y famosas, que luego fue parafraseada en La flor de mi secreto por Almodóvar, pero su consagración la tuvo en La noche americana de Truffaut, en la que el director le dedica los momentos cumbres de toda la carrera de la actriz, transformándola en el símbolo femenino del filme y más largamente del cine, al que el francés rinde un cálido homenaje. Michelle Pfeiffer es bella siempre, incluso en esas películas sosas en las que aparece como simple atracción de taquilla, pero nunca como en su encarnación de Titania en Sueño de una noche de verano de Michael Hoffman. Es el momento justo en que la reina de las hadas y la diva encuentran su perfecta unión. Las seductoras tienen a la cabeza a Marlene Dietrich, sin duda. Von Sternberg la descubrió para los grandes públicos como la Lola-Lola de El ángel azul; la teoría y la práctica de la mujer fatal llegan en ese filme con una naturalidad que subyuga y aniquila. El efecto se repetirá en muchas películas suyas. La Monroe es uno de los iconos del siglo XX. Tenía un rostro de chiquilla y un cuerpo de diosa moderna, que los directores explotaron en esas comedias en que se empeñaban en que fuera lo que no era: rubia tonta, como La comezón del séptimo año, en que bajo la dirección de Wilder, se muere de calor todo el tiempo, buscando refrescarse cómo sea, aunque la falda se le levante hasta la nuca, para desesperación de uno de sus vecinos -marido con familia en vacaciones- y gozo de sus admiradores, que ya entonces eran muchos; Cómo pescar un millonario, en que no solo es miope, sino casi tarada, o Los caballeros las prefieren rubias, en que tiene la franca competencia de una de las morenas más atractivas de la pantalla, Jane Rusell; la deliciosa Adorable pecadora, en que hace que se le caiga la baba a Yves Montand y a todos los espectadores, y la farsesca Una Eva y dos Adanes de Billy Wilder, en que muestra ya no solo sus atractivos sino su talento. Con todo, para mi gusto, fue John Huston, que la dirigió en Los desarraigados, junto a unos inolvidables Clark Gable y Montgomery Clift, quien nos mostró que no solo era la seducción en persona, sino también un ser hecho de sentimientos, destrozo interior y soledad.
Sería hermoso evocar detenidamente a todas las divas arriba citadas y a otras como las inolvidables Kim Novak (en Picnic era un deslumbramiento), Grace Kelly (Princesa de mentirita en El Cisne, y heroína de Hitchcock, más sexy que muchas de las que se jactaban de serlo), o Lana Turner (Por quien un cartero podía llamar hasta tres veces); a la madura y aún atractiva Sophia Loren –en especial cuando, reducida casi a un guiñapo, se levanta y sigue su camino por la vida en Dos mujeres, de Vittorio de Sica-, o a Elizabeth Taylor, de quien ya solo se ven sus preciosos ojos, en medio de su actual gordura, pero que fue una belleza total desde su juventud, por ejemplo en Ivanhoe (¿No había la leyenda de que uno de sus numerosos maridos se enamoró de ella, contemplándola como la hermosa judía del relato cinematográfico inspirado en W. Scott? Pues no fue el único). Pero el espacio no dará más que para un ligero paneo de muchas de ellas, convocando a la Bergman, en el rostro inolvidable de Juana de Arco o en la imagen neo-romántica, eterna, de Casablanca; a Michele Morgan, misteriosa Margarita de la noche, y su ojos increíbles que habían dado luz al personaje ciego de La sinfonía pastoral, girando en medio del baile, en los brazos del dios del cine francés de entonces, Gerard Philipe en Las grandes maniobras; a Maria Schell, que nos dio tantos motivos para llorar, con ese rostro permanentemente dulce, en El puente, Los hermanos Karámazov (Esa escena en que baila con Yul Bryner y dice que es tan feliz que quisiera ser Dios para perdonar todos los pecados, creo que es digna de Dostoyevsky) o Gervaise. A Audrey Hepburn, siempre etérea y magnífica, deslumbrada por Roma y por William Holden en La princesa que quería vivir o enamorando inocentemente a George Peppard en Desayuno en Tiffany; a la noviecita de nuestros quince años, Romy Schneider, ya princesa de cuento de hadas acaramelado en la serie Sissi, ya adolescente descarada en Adorable mentirosa, ya amante indecisa en César y Rosalía, o visión ideal, casi póstuma, de Michel Picoli, en Las cosas de la vida. Y evocaré también para todos los que tengan memoria de ellas a Jenifer Jones, con el rostro lleno de barro, como la pequeña visionaria de Lourdes de La canción de Bernardette, sutil, enternecedora, en el otro extremo de la desafiante y carnal heroína de su célebre Duelo al sol; a Debora Kerr, magnífica en todo momento: como la esposa infiel, que se entrega a la pasión junto al mar, en De aquí a la eternidad, la muchacha traumatizada de Mesas separadas, la soltera secreta y aberrante de La noche de la iguana, la genial institutriz de Los inocentes o la leve, pero enérgica Ana, volando en los brazos del rey de Siam (Bryner, encore!) en El rey y yo; a la reina del teatro francés Madeleine Renaud, deliciosa, jugando a tomar El diablo por la cola, junto a Montand y Maria Schell, en la comedia de Philipe de Broca, como siglos atrás fascinara al público encarnando a la Madame del pequeño burdel de la Maison Tellier, en El placer de Max Ophuls. Vivien Leigh vivirá por su magnífica interpretación de Scarlett en Lo que el viento se llevó. Es un papel formidable, para una gran actriz, pero su perfecto rostro es lo mejor de El puente de Waterloo; sus ojos sirvieron a la trágica Blanche, que compuso para el cine Elia Kazan, a base de la pieza teatral de Williams, Un tranvía llamado deseo, y quién podría olvidar su fabulosa personificación de la dama sureña frustrada en La nave del mal, cuando intentaba romperle la irrompible cara a Lee Marvin? ¿Alguien recuerda a Debra Paget? Fritz Lang, el viejo Fritz de películas memorables como M el vampiro de Düseldorf y Metrópolis, la dirigió en dos películas en que hizo de ella una especie de ídolo y objeto de culto: El tigre de Esnapur y La tumba india. Poseía un exotismo de Ave del Paraíso, un misterio, un atractivo tales, que pienso que los fanáticos del cine deberían redescubrirla.
Delfine Seyring fue una de las musas de la Nouvelle Vague, igual que Anna Karina. Delfine en El año pasado en Mariembad, de Alain Resnais es una visión mágica –años después, Truffaut nos la mostrará bella y diosa, pero con los dientes desiguales, en Besos robados- y Anna en Vivir su vida sirvió a Godard a cabalidad y conmovió por su interpretación de una prostituta que lloraba viendo La Pasión de Juana de Arco de Dreyer. Y si de pasiones se trata, quién como Rita Hayworth para encarnarlas, cantando Verde Luna en Sangre y Arena, quitándose el célebre guante provocativo en Gilda o yendo directamente al desastre de la mano de su amado Orson Wells en La dama de Shangay. Ava Gardner, “El animal más hermoso del mundo”, como la calificaba machistamente Hemingway, era María, la gitana, fuego de La condesa descalza; la sirena Kitty Collins, que canta y encanta a Burt Lancaster en Los asesinos, y Maxine, la ardiente ceniza de La noche de la iguana. Por supuesto, Brigitte Bardot –su cuerpo, su rostro de gata, sus ojos increíbles- encarnó el nuevo lenguaje de la pasión, sobre todo gracias a Roger Vadim en Y Dios creó a la mujer. Si se habla de una atracción indescifrable, Arletty está en primer lugar. Su rol de Garance en Los hijos del paraíso de Carné, no tiene comparación, es uno de los privilegiados momentos en que la diva y el genio del director se dan la mano; del mismo modo que se dieron cuando Luchino Visconti dirigió a Alida Valli en Senso. Una extraordinaria actriz como ella –así se mostró en El gran camino azul, que conmocionó a los espectadores sensibles; en El tercer hombre, con su rostro enigmático, impenetrable, y en Diálogo de Carmelitas, en que ostentó una dignidad por todo lo alto- no tenía ninguna necesidad de ser comparada con la Garbo. Pero tonterías de la prensa del corazón y del negocio del cine arruinaron su carrera, aun sabiendo que la Esfinge nunca sería capaz de desgreñarse, gemir y arrastrarse, enloquecida de pasión, como la infortunada Livia de Senso (traducida como La amante perversa). El genial Visconti hizo de esa película una de sus obras maestras. Era un director sin parangón, y pese a sus caídas, hay momentos de la historia del cine, gloriosos, gracias a él, como la gran secuencia del baile en El Gatopardo, cuando Angelica, personificación memorable de Claudia Cardinale, entra al Olimpo del cine en los brazos del jovencísimo Delon y en los del singular y viejo Burt Lancaster. Ninguna galería de divas puede prescindir de la Garbo. Su rostro como tallado en fino alabastro, sus bellas manos, su encanto, cuando aparece de entre una nube de humo en un andén, deslumbrando a Frederic March y a los espectadores en Ana Karenina, son parte de lo inolvidable del cine, como su encarnación de Margarita Gautier, bella y fatal entre encajes e incurables males en Camille del viejo Cukor, que adoraba los lujosos trapos y la belleza inaccesible de las diosas del celuloide. Esa adoración la volcó también a Katherine Hepburn, a quien dirigió entre otras cosas en Amor entre ruinas. Pero fue bajo la batuta de Mankiewics, al que parece detestaba, que la diva llegó a su más refinada actuación en De repente en el verano. Otras películas como Historia de Filadelfia, en la que sostiene un duelo con Cary Grant, la soberbia El león de invierno, en la que se bate con Peter O’Toole, y la sutilísima obra final de Henry Fonda, La laguna dorada, son creaciones perennes de una de las actrices más célebres del parnaso cinematográfico.
Frente a su belleza mitificada por un director que se caracterizaba por volver verdaderos iconos a sus actrices, empezando por la increíble Giulietta Massina, su propia mujer, con la que realizó un derroche de ternura en La Strada y Las Noches de Cabiria, y a quien exaltó hasta las esferas del sueño en Giulietta de los espíritus, manifiesto surrealista contra el suicidio, se levanta como un muro el duro rostro de Anna Magnani, diciendo en Roma, “no me fío de ti Federico”; con la misma expresión indescifrable de La rosa tatuada o La caída de Orfeo, dos de sus grandes cumbres de madurez cinematográfica. Y dura era Simone Signoret, cuando odiaba, como en Las diabólicas de Clouzot, o en El gato, de Chabrol, en que se hacen la vida a cuadritos con el gigante Jean Gabin; y dura Olivia de Havilland, cerrando las puertas de su casa y su corazón a Montgomery Clift en La heredera; y dura, terrible, Jeanne Moreau en Fuegos de verano de Tony Richardson, en que causa la muerte del hombre que la ha hecho gemir de placer como una fiera. Finalmente, este breve, anárquico recuento estaría incompleto si no dijéramos unas palabras sobre la fealdad, que halla su expresión cinematográfica más estética en Barbra Streissand, ya sea en sus comedias o en sus dramas, en algunos casos gracias al encanto de su voz única; y que en décadas anteriores llegó a la cúspide en una interpretación de esas dos mujeres que fueron espléndidas en su momento de gloria: Bette Davis (Imposible no recordarla como la altanera protagonista de Jezabel de William Wyler o la seductora diva de Todo sobre Eva del famoso Joseph Mankiewics) y Joan Crawford, que nunca fue lo que se dice bella, pero que tenía una personalidad muy atractiva en Poseída o en Lluvia, viejas películas de la vieja guardia. Juntas la Davis y la Crawford espeluznaron al público que antaño las celebró, con su tremenda opción por lo horrible y lo cruel en ¿Qué pasó con Baby Jane?, demostrando que las divas pueden serlo hasta el último día, incluso bajo la máscara de la fealdad absoluta. |
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Jorge Dávila Vázquez (Ecuador, 1947). Poeta, novelista, ensayista y dramaturgo. Autor de libros como Nueva canción de Eurídice y Orfeo (poesía, 1975), Con gusto a muerte (teatro, 1981), y La luz en el abismo y otros cuentos (Quito, 2004). Contacto: jorgedavila@etapanet.net. Página ilustrada com obras do artista Raúl Vázquez (Panamá). |
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