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revista
de cultura # 45 |
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Eugenio de Andrade o la crispación del silencio Susana Giraudo
1.
Sin
pensarlo mucho contesté “Conocer a Andrade”. Y
así, por la voluntad de un amigo complaciente, pude estrechar la mano y
saborear un oporto celestial con Eugenio, como le dicen allá al gran
poeta. Hablamos
de pocas cosas. De mi vida y la de él, de la familia y de la poesía y su
realidad. Después, se produjo un momento especial, emotivo, en el que el
silencio tenía la palabra. Y así, en medio de ese silencio,
intercambiamos libros. Y él siguió hablando, con su palabra suave y
serena, dando la sensación de estar en permanente contemplación de la
vida, de los seres que lo rodean y de los que viven en sus recuerdos.
Dijo, con la mirada perdida en la costa que entraba sin pudores por su
ventana “La poesía, si no fuera el lugar donde el deseo osa fijar el
norte de los ojos, sería la más innecesaria de las ocupaciones”. Sonríe
con melancolía y sigue: “La poesía me acercó a Borges. Fue en
Marruecos, en el año 1984, con motivo de un Congreso Internacional.” Siempre
ocupado con sus charlas y conferencias, Andrade debía cumplir con una
entrevista. De modo nos despedimos, pero cuando salí a la calle, sabía
que leería sus libros con voracidad. Unos
meses más tarde, recibí en mis manos un volumen dedicado completamente a
Eugenio, “El amigo más íntimo del sol”, en el que se registran
bellamente pasajes de su vida y obra. En
él, volví a encontrar la referencia de sus encuentros con Borges y me
pareció que entre este hombre y nuestro gran Georgie, (tal vez por
aquello de “Portugueses los Borges…”) había una cercanía colmada
de pasiones y visiones en común.
Dice
Andrade “Lo veía a él avanzar sin ningún miedo. Sabía que el
laberinto de sombras por donde caminaba a mi encuentro era el de los
versos de Blake, y los ojos calmos donde el tigre demoraba los suyos, eran
míos, multiplicados por no sé qué espejos. Comí con Borges y la tarde
se adormecía dentro de mi, con el sonido de esa voz profunda, a la que la
ceguera aumentaba la hondura // Tiger, tiger, burning bright/ in the
forest of the night, // y coincidía con la cantilena del muezim llamando
para la primera oración”. “Por
la mañana, Borges me preguntó “No
respondí, sin coraje para decirle que no era lo mismo, que en el mundo
había, por lo menos, dos tigres: el mío tenía ojos claros, y ardían”.
[1] Este
comentario, de una belleza estremecedora, pone de manifiesto la visión
que Eugenio de Andrade tiene de Jorge Luis Borges. Por
esa razón, aquel día, cuando salí de su casa, donde la ciudad de Oporto
lo ha alojado rindiéndole un homenaje merecido, supe que ahondaría en la
vida de ese hombre admirable, de ese poeta capaz de escribir “Cuando
volví a Alentejo,/ las cigarras ya habían muerto./ Habían pasado todo
el verano, transformando la luz en canto./ No sé de destino más
glorioso”. 2.
Póvoa
de Atalaia, año 1923, nace en Portugal Eugenio de Andrade. Sus primeros
estudios los realiza en Castelo Branco, para luego completar su educación
en Lisboa y Coimbra. En 1946, en Lisboa, ingresa en los Servicios Médico-sociales,
para luego ser trasladado a Oporto, donde vive desde entonces.
La
cultura está condicionada y los poetas recogen en su alma todo el
sufrimiento y la penuria del pueblo, cumpliendo de esta manera con su
destino natural. Asimismo,
Andrade, paralelamente a su actividad como funcionario público, teje
palabra a palabra una obra sustancial para la literatura portuguesa
actual. “Soy
hijo de campesinos, pasé la infancia en una de aquellas aldeas de la
Beira baixa que prolongan el Alentejo y, desde pequeño, de abundante
conocí el sol y el agua. En ese tiempo, que no fue solo de pobreza por
estar lleno del amor vigilante y sin fatiga de mi madre, aprendí que
pocas cosas hay absolutamente necesarias. Son esas pocas cosas que los
mismos versos aman y exaltan. La tierra y el agua, la luz y el viento, se
consustancian para dar cuerpo a todo el amor del que mi poesía es
capaz”. Hombre
sencillo, sabe de cosas ricas y densas, cosas que hablan sobre el hombre,
sus deslumbramientos y espantos, lo que lo llevó a desarrollar uno de los
trabajos poéticos más prestigiosos de la poesía de su país. Eterno
perseguidor de la sencillez y la trasparencia, despoja la palabra de
cualquier elemento superfluo y desecha asimismo cualquier tipo de
conceptismo barroco. Para Eugenio de Andrade, el acto poético es el empeño
total del ser hacia una revelación. Este fuego de conocimiento que es
también fuego de amor, en el que el poeta se exalta, se consume, es su
moral. Y no hay otra. El
señala que la rebeldía del poeta se nombra en una triple dirección:
“Fidelidad al hombre y a su lúcida esperanza de serlo totalmente;
fidelidad a la tierra donde hunde sus raíces más profundas y fidelidad a
la palabra que en el hombre es capas de la verdad última de la sangre,
que es también la verdad del alma”. [2] La
poesía de Andrade está exenta de alineación ideológica (lo que no
significa en modo alguno que de ella no se puedan sacar ideas), evita el
discurso, fluye, por así decirlo de palabra en palabra, constituyendo
cada poema en una unidad breve en la que la imagen, la dicción y el ritmo
se conjugan perfectamente. En
su poema “Mujeres de Negro”, puede percibirse una crispación, una
sensibilización especial al decir: “Hace mucho que son viejas/
vestidas/ de negro hasta el alma./ Contra el muro/ se defienden del sol de
piedra/ al fulgor./ Se ocultan al frío del mundo./ ¿Aún tienen nombre?
Nadie/ pregunta, nadie responde./ La lengua, piedra también.”
De
esos versos, el espíritu atento de Victorino Nemesio habla de una “estética
de desprendimiento y síntesis”. Dice Andrade sobre estas palabras “
Una tal estética, puede más que aproximarse cada vez mejor a un lenguaje
sustantivo, magro, seco y tornarme odiosa todas las formas de
exhibicionismo, comenzando por las culturales”. “Nacido
en tierras donde la luz de la noche era de aceite y el pan tenía el color
de las piedras, todo exceso me parece una falta de gusto, todo lujo, una
falta de generosidad” Jorge
de Sena dice en un comentario sobre Andrade “Las emociones tensas y
contenidas de entusiasmo erótico, la melancolía estoica ante lo que se
pierde y se desvanece, una vivencia vegetal y de aire libre, un frescor de
mañanas, un ardor de estilo, un fluir de noches silenciosas entre el
cielo y la tierra, en que los cuerpos se alargan y se acoplan en una
desnudez sin vergüenza o contrario de ella. Todo eso será después mucho
de la poesía de Eugenio de Andrade que surge en su obra en estado de
milagro momentáneo.” Una
larga lista de títulos jalonan sus cincuenta y tantos años con la poesía.
Entre ellos podemos enumerar Corazón del día (1958), Mar de
septiembre (1961), Antología breve, Memoria de otro río,
Escritura de la tierra y otros epitafios, Blanco en lo blanco,
etc En
toda su obra se dan las constantes que al leer su poesía cualquiera puede
apreciar: poemas breves, puros como chispas, impregnados de concentración
y desnudez. Y
como quién quiere dar un anticipo para incentivar al lector a la lectura
de Andrade, lo entrego en pequeñas dosis, tales como su poema Kérkira
“Como ese olor a lino/ que solo los hombros acariciados tienen/ la
tierra es blanca y desnuda” O
el que dice: “Gusto de estos palomos, de estos niños./ La eternidad no
puede ser sino así: palomos y niños inventando/ la luz incomparable de
la mañana/ el lugar inocente del poema”. Me
pregunto luego de admirar una vez más a este poeta ¿Habrá alguien capaz
de resistir la tentación de conocerlo? NOTAS |
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Susana Giraud (Argentina, 1947). Poeta e artista plástica. Autora de Trazo y poema (1988), La luna en fuegos del final de Noviembre (1998), e La armonía de las desarmonías (2001). Contato: susanagg@arnet.com.ar. Página ilustrada com obras do artista Nicolau Saião (Portugal). |
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